"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 14 de agosto de 2009

A la vera de un camino del sur de Alemania


Les dejo este bello escrito de Otto Rahn extraido de su maravilloso libro "La Corte de Lucifer", si no lo han leido les recomiendo que vayan por el.

Es verano, y he vuelto a tierras alemanas. Camino por suelo alemán. Bajo techos alemanes me tiendo a descansar. Por mi alma afortunada suena el «Tandaradei» del señor Walther von der Vogelweide.
Esta noche la pasaré en Tübingen, donde Holderlin vivió, sufrió y escribió poesías. Los hombres lo tuvieron por loco. Sí que Apolo le había golpeado...
Sentado a la sombra de un manzano, a través de sus ramas y follaje, le hago un guiño al luminoso cielo. Zumban abejas, avispas y mosquitos; los grillos chirrian. Una alondra alza el vuelo, jubilosa, hacia la luz. Saco pluma y papel de escribir de mi mochila. ¿Quién me regañará porque escribo? Debo hacerlo, porque poetizo a mi manera. Debo hacerlo, porque la poesía hierve demasiado poderosamente dentro de mí.
En espíritu veo a hombres de los siglos XII y XIII ir andando por el camino. Uno después del otro van pasando...
«¿Cómo te llamas?», le pregunté a un hombre. Ya no es joven. Su pelo es gris y sus mejillas pálidas. Lleva una vestimenta larga y negra, polvorienta y los bordes corroídos. Su paso es elástico.
«Me llamo Bertran y soy del país de Foix.»
«¿Adónde quieres ir?»
«Al Rin y más allá.» Respondió escuetamente.
«¿Eres hereje?»
«Lo soy.» El hombre me miró asombrado.
«¿Huyes de alguien?»
«Soy un proscrito y huyo de los romanos.»
«Conozco tu patria.»
«Bien que lo sé, pero no la conoces lo suficiente.» El hombre siguió hablándome en mi idioma: «Fui caballero. Cierta vez pasaste por los restos de mi burgo sin mirarlos profunda y respetuosamente y porque justamente ibas leyendo un libro. Debieras leer menos y mirar y aguzar más el oído. Mi castillo está cerca de Foix, sobre una colina. Mirando al Montsegur. Los inquisidores quemaron a mi hermano y a su mujer y a sus hijos, mientras yo estaba lejos. Celebraba el solsticio de invierno sobre las alturas de Ornolac, no lejos de aquella iglesia subterránea que viste en los Pirineos, en el monte Lujat, a la vera del camino de los herejes. Nadal llamamos a esta fiesta: Navidad.»
Le interrumpí para preguntarle: « En el oficio divino y en la fiesta, ¿habéis celebrado el Nacimiento de Jesús de Nazaret?»
«¡No! El nacimiento del sol salvador. Muchos de los nuestros lo llamaron tal como los griegos anteriores a Cristo lo llamaban, Christus. Christus no es Jesús. Jesús era de Jerusalén, era Romano. Sus adeptos sólo después de morir lo proclamaron como Redentor solar.»
«Por lo que el obispo Melitón de la cristiandad primitiva, oriundo de la ciudad de Sardes del Asia Manor, con toda razón pudo decir que la doctrina de Christus no era ninguna revelación religiosa, sino una filosofía, primero, sólo conocida por los bárbaros, que comenzó a expandirse en forma modificada bajo el emperador romano Augusto y fue al mismo paso que el crecimiento del Imperio Romano, dicho sea con otras palabras, Jerusalén y Roma. ¡Se apropiaron de la doctrina de Christus y, reformada la pusieron al servicio de sus fines!»
«Sí. La doctrina de la vida terrenal y muerte en la cruz de Jesús Cristo es antidivina.»
«¿Cómo es eso de antidivina?»
«Es antidivino representarse la divinidad como ser personal.»
«¿Qué es Dios?»
«Dios es espíritu y luz y fuerza.»
«¿Hay también un antidios?»
«Sí. Es la debilidad que obra en los hombres como mentira y duda. El es también el espíritu de la anarquía y destrucción.»
«Por lo tanto, para ti, Lucifer, que llamas Luzbel, ¿no es el diablo? ¿Quién es él?»
«Lucifer es la naturaleza tal como tú la ves en ti, alrededor de ti y sobre ti. Tiene un doble carácter: tierra carente de luz y vivificador cielo luminoso.»
«¿Es Lucifer vuestro dios?»
«¿Por qué no hablas de la divinidad? Vuestra denominación Dios, el Dios, comprende la representación de lo personal en sí. Mis contemporáneos alemanes llaman a la divinidad, tú debes saberlo, «lo Dios». Las representaciones bíblicas entre tanto os lo han deformado, lo queráis o no reconocer.»
«¿Entonces, Lucifer es vuestra divinidad?»
«No. El es un intermediario.»
«¿Así es que el hombre fuerte requiere a un intermediario?»
«Sí. Mas no un mediador que a él, al hombre, lo redima, sino que lo preceda dando ejemplo y siendo ejemplar. Lucifer es también el sol. Tú lo necesitas para querer vivir. Tú no lo necesitas menos para deber morir.»
«¿Cómo así?» Pregunté, aunque me figuraba la respuesta.
«En invierno muere el sol y en primavera resurge de nuevo. Trae la luz de la vida y de la certeza, que es lo opuesto a la duda.»
«¿La certeza del nacer de nuevo?»
«Si así quieres llamarlo, sí. Mejor dirías de victoria sobre la vida, de inmortalidad.»
«¿El hombre es inmortal?»
«Tú mismo tienes que hallar la respuesta. Mira a tu alrededor.»
Veo el tronco del manzano, bajo el cual estoy sentado. El tronco es viejo y está podrido. Cualquier día caerá desplomado sobre sí por descomposición. Mas todavía da flores. Estas serán fecundadas, crecerán hasta llegar a ser fruto, caerán, se hincarán en la tierra, resurgirán como árboles nuevos. -Y veo ante mí al hombre. Ya no es joven. Su pelo es gris. Pregunto: «¿eres padre?».
«Lo he sido. Me quemaron cuatro hijos en Toulouse por un auto de fe. Mientras ardían permanecí erguido, disfrazado en medio de esos hombres que pretenden estar en posesión de la creencia correcta y que fundamentan y disculpan todas sus atrocidades con pasajes del Antiguo Testamento...»
«¿Cómo continuarás viviendo después de tu muerte?»
«Por el ejemplo. Por el hecho de que hasta mi último aliento, pese a todo, he permanecido fuerte y orgulloso y gracias a esto he cumplido con la ley. Y...
'¿De qué ley hablas?'
«Tienes que hallar la respuesta por ti mismo. Mira a tu alrededor. Y veo el sol. Me deslumbra. Aun así reconozco: todos los anocheceres debe irse del mundo. Todas las mañanas tiene que alzarse sobre el horizonte. Todos los años tiene que bajar y luego levantar su órbita diaria prescrita. Vivifica a la tierra, regala su luz a otros astros, que se podría presumir que estos también fueran soles. Generosa y caballerosamente permite que soles más grandes y más luminosos, que sólo aparentan ser más pequeños, tengan el derecho a producir luminosidad según su propia manera de proceder. El es fuerte, triunfa sobre las nubes oscuras, la noche negra y el muerto invierno. Es orgulloso, ya que no permite que se le impida el derecho del día y del año de su vida...
«Mira en ti.» Así habla el hombre. Yo obedezco y escucho en mí dos voces que riñen. «Guardas silencio», dice la una a la otra, «tú eres la aceptación de la vida y confías, miope, en el teatro bufonesco de la vida, del mundo, de las cosas. ¿Qué es la vida? Esfuerzo y trabajo, enfermedad y muerte. ¿Qué es el mundo? La cornucopia de la miseria, valle de los lamentos, campo batalla de las pasiones. ¿Qué son las cosas? Materia imperfecta, efímera variable, desde un principio inserta dentro de la decadencia. Los propios astros, con los que tú te recreas, alegría de vivir, un día ya no serán más. También a vosotros aguarda la muerte. Nada de lo que tú comprendes con sentidos es ni duradero ni divino, porque Dios es permanencia eterna. Sólo hay una única certeza: la muerte. ¡Sobre estas rocas levantarás tu templo!» A esta voz le salió al paso la otra. «¡Yo soy el Si! Tengo la voluntad de seguir siendo el fuerte y valiente Sí! El ha creado a la divinidad, no por casualidad al mundo, a todas las cosas visibles y también a mí. De esto estoy cierto. Y esta certeza me hace todo sagrado: el firmamento, la tierra, los elementos, y ante todo aquello donde la divinidad universal me permitió abrir los ojos a la luz: mi patria y mi estirpe. La divinidad me dio la vida y yo construyo sobre la vida. Yo soy yo. Pero no podría serlo sin mi estirpe; no existiría mi estirpe si mi patria no existiera y mi patria no viviría si no hubiera divinidad.» -«La divinidad no tiene que hacer con tu patria más que con la patria de cualquier otro hombre, porque, para la divinidad todos los hombres y todos los pueblos son iguales.» Así contradijo la voz primera. La segunda calló.
Por eso me dijo el hombre: «Mi patria ya no existe. La transformaron en un montón de ruinas y por mandato del Papa la prepararon para una nueva estirpe. Fuimos exterminados por no reconocer al Dios de Roma, Yavhé, ni a Moisés y los profetas. El alma de mi pueblo fue muy distinta. Nuestro Dios era luminoso y claro y caballeroso. En perfección fue lo que nosotros como hombres hemos sido imperfectos».
«Razón por la que os llamaron herejes, a vosotros que habíais aceptado la consagración herética, ¿vosotros perfectos? ¿Es por esto que os autocalificábais de puros? ¡¿No es acaso osadía calificarse así por sí mismos?!».
«Nosotros así nos designábamos, a diferencia de Roma, que a todo los hombres indiferentemente de la sangre que sean, permite ser igual de innobles y corrompidos e impuros. Como nietos de nuestros antepasados, los helenos y los godos nos sentíamos nobles, pero no innobles, perecederos y aún alejados de Dios, ¡mas no corruptos ni impíos! ¡No necesitábamos al Dios de Roma ya que sabíamos que teníamos un Dios! ¡No necesitámos los mandamientos de Moisés, porque desde nuestros ancestros portábamos nuestros, mandamientos dentro del alma! Moisés fue imperfecto e impuro; de no ser así no habría permitido a su Dios que matara con lepra a sus hermanos, encargados de las reprimendas. Nosotros, occidentales de sangre nórdica, nos llamábamos cátaros como los levantinos de sangre nórdica se llamaron parsis: puros. Tendrías que comprenderme, o ¡también tu sangre es impura!»
«¿Parsis...? »
«Sí los parsis y los arianos y nosotros los cátaros, no hemos traicionado a nuestra sangre. ¡Este es el enigma de las «ligazones entre ellos» que tú buscas y buscas! Fíjate: Cuando meditas sobre un Parsifal, sabes desde entonces que este nombre representa una palabra iraniana. Esta palabra significa: flor pura. Y cuando tu buscas el Grial, buscas la sagrada piedra ghral de los parsis. Al Grial sólo será llamado aquél que sea conocido en el cielo, así lo has leído en Wolfram von Eschenbach. Nuestro cielo no es el cielo Jerusalén o de Roma. Nuestro cielo sólo habla a los puros.»
Alzo la vista. Yo estoy solo...

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