"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







lunes, 30 de noviembre de 2009

El Gran Dios Blanco


Fernando Trujillo

© Relato extraido de La autopista y otras historias

Hace ya mucho tiempo, en una época de castillos, descubrimientos y conquistas, era un
tiempo dominado por la espada y la fe, un mundo de nobles caballeros, crueles
inquisidores y grandes reyes, en el que lo sobrenatural y lo humano convivían.
En este mundo donde los héroes y las leyendas eran reales, en este mundo hubo un
hombre que lucho contra un dios, fue como aquella historia bíblica en el que Jacob se
enfrento al ángel Uriel, la lucha de lo divino contra lo humano se manifestó una vez
mas en la España medieval.
Esta es la historia del encuentro entre Facundo Trujillo y el gran dios blanco.
Todo empieza en el seno de aquella España que estaba naciendo tras siglos de
reconquista, Facundo era un hombre alto, velludo, de hombros firmes y pecho fuerte, no
se diferenciaba al resto de los hombres de ese tiempo, pero era diferente.
Facundo era un hombre temperamental, de violentas emociones, un hombre nacido para
la batalla sin embargo también era un hombre de corazón sensible aunque lo escondía
muy en el fondo de su alma, no era una época fácil para la gente sensible, era una época
donde la espada y la astucia eran lo único que se tenia para vivir, no era una época de
burocracia o de papeles eso llegaría mucho después, en este tiempo el hombre valía por
su coraje y no por un papel que diga quien eres.
Facundo era conocido como el Toro de Toledo por su bravura en combate, era un
hombre que una vez iniciada una batalla se transformaba en un toro iracundo, cruel con
sus enemigos, con un golpe podía derribar a diez moros.
Su afán de probar su fuerza y el éxtasis que le causaba la aventura lo llevo a formar
parte del ejército de los reyes católicos en busca de reunificar su amada patria.
Aquellos guerreros sentían un verdadero amor por su patria, no era un simple
patriotismo como en el de nuestros días que el “amor a la patria” se reducía a cantar el
himno nacional o apoyar a un equipo de fútbol.
Lucho en Taifa en donde sus camaradas le apodaron toro al ver toda la violencia que
lanzaba en el campo de batalla, participo en Melilla, Villa Cisneros, Mazalquivir y el
Peñón de Vélez de la Gomera y en la reconquista del reino de Navarra (donde resulto
herido).
Cuando regreso a Toledo en 1513 ya era una leyenda, sus compañeros le tenían en alta
estima debido a su fidelidad y honradez, ese mismo año el rey Fernando lo declaro
caballero.
La familia de Facundo fue siempre de ascendencia guerrera, varios antepasados
lucharon al lado de grandes figuras como Don Pelayo y Pedro II el católico.
Cuando Facundo llego a su natal Toledo lo recibieron como un héroe, en sus aposentos
era silencioso, pasaba su tiempo leyendo a Dante, Homero y la epopeya del Cid que
tanto le gustaba.
Describiendo aquellos hechos deseo relatar los años en que Facundo fue exiliado de su
amada Toledo, sus años de vagabundeo y su encuentro con el ser al que llama El Gran
Dios Blanco.
Facundo en el fondo de su corazón era un romántico, le gustaba la soledad de los
bosques, siempre recorría esos bosques en busca de algún significado a su vida.
Reflexionaba sobre todas aquellas beligerancias que ha librado, sobre la España que
estaba naciendo ante el.
Aquella España que se aventuraba a nuevos mundos, la España de Torquemada y del
Santo Oficio.
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¿Realmente peleaba por Dios? No lo sabia, el único Dios para el era el caprichoso
destino, dicho pensamiento no se expresaba en voz alta, la inquisición tenía muchos
espías y aun el Toro de Toledo tendría que rendir cuentas por su blasfemia.
Caminando por los bosques encontró a una de las mujeres más bellas que solo Dante
podía describir.
La hermosa Natalia De Vivar la hija del conde de Toledo, era una criatura divina que se
había convertido en mujer.
Sus ojos eran de un café resplandeciente, su cabello castaño largo, su rostro risueño
reflejaba algunas pecas de la infancia que terminaba.
Era menudita, esbelta, de carácter dulce.
-Saludos caballero, he oído de usted y sus hazañas.
Facundo se inclino para besar su mano.
-Dichosos los ojos que la ven.
-Es usted tan delicado.
Dos chaperonas llegaron por ella, no vieron con buenos ojos a Facundo a sabiendas que
era un caballero.
-Que Dios lo bendiga caballero.
Las chaperonas escoltaron a la infanta a su residencia, aquella mujer (puesto que
acababa de dejar de ser una niña) era de las criaturas mas dotada de hermosura que ha
visto en su vida.
En su mansión Facundo pensaba en ella, sin embargo su padre la comprometió con el
hijo de un duque francés.
Facundo nunca se caso pues en su pensamiento eso limitaba la libertad, nadie se
molesto en contradecirlo, eso implicaría un golpe a la cara.
Natalia le envió una carta donde le decía que se enamoro de el desde que lo vio en
aquellos bosques.
Muchas veces se enviaban mensajes de amor con Doña Rosa quien era la chaperona de
confianza.
Natalia le escribía poemas en los que le declaraba su gran amor;
¡Oh majestuoso hidalgo!
Eres el amo de mi corazón.
Soy una pecadora
Por que pienso en ti
Algo que no debo sentir
Te siento mi amor.
Su padre nunca permitiría tal unión, para el conde aquel no era digno de posar los ojos
sobre aquella diosa.
Conforme avanzaron los meses la depresión por su amada era cada vez más fuerte,
aclaro que su amor no era perverso ni enfermizo, era imposible y el lo sabia, jamás
intento secuestrarla o violarla, lo primero era su código de honor, en su lugar se marcho
de Toledo.
Pasaron los años vagando por España, permanecía lo mas posible alejado de las
ciudades y su gente.
En su andar se enfrento a toda clase de pillos, lucho contra bandoleros los cuales no
eran rival digno para el.
Fue en su camino que se encontró al Dios Blanco.
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En una región de la Mancha poco después del enfrentamiento con unos bandidos
Facundo se acostó junto a un arrollo a descansar.
Durmió profundamente escuchando el arroyo.
Al despertar se la noche cayo sobre la Mancha, se lavo el rostro en el arroyo, pensaba
que camino tomar en su andar.
Se sentó junto a los árboles a pulir su espada, limpiaba los restos de sangre de todos
aquellos bellacos a los que arrebato la vida.
Violadores, asesinos, todo tipo de calaña que envió al otro mundo con esa espada, los
moros eran buenos peleadores todavía tenia respeto por ellos, por esa escoria no sentía
otra cosa que asco.
No había gloria al matar a esas bajezas hijos de nadie, por lo menos libraba a su patria
de aquellos rastreros insignificantes.
Un ruido despertó su intuición, se levanto empuñando su espada desafiando a quien lo
perturbo.
-¡Canalla! ¡Sal de donde te encuentres!
Un hombre con una capa azul se descubrió de entre los árboles, tenía una capucha la
cual se quito ante Facundo.
Era un hombre viejo, de barba blanca, tuerto del lado derecho, no pudo identificar su
edad.
-He escuchado hablar de ti Don Facundo Trujillo. Te llaman el Toro de Toledo y se que
has estado en muchas contiendas.
-¿Qué es lo que quieres anciano?
El viejo lanzo una pequeña risilla.
-¡Identifícate!
Seguía riendo.
-Pero ¿Qué coño te ríes viejo? ¿Te parezco gracioso? ¡Contesta anciano!
El viejo solo mostró un gesto, con su único ojo seguía viendo al hombre que apodaba
Toro.
-Quiero pelear contigo.
Esta vez fue Facundo quien soltó una carcajada, pensaba que el anciano no era rival
para el.
-Quiero ver si peleas como un toro o como una niñita enojada.
Facundo alzo su espada aceptando el reto, le enseñaría a ese viejo con quien estaba
hablando.
-¿Cómo te atreves viejo?
-Solo quiero probar tu fuerza.
-Exijo que me digas tu nombre.
-Cuando termine nuestro encuentro te lo diré, bueno si todavía tienes la cabeza en su
lugar.
El viejo desenfundo una espada del tipo nórdica, Facundo desenfundo la suya, lo miro
fijamente, no parecía un viejo loco, tampoco parecía un hablador, esa era la mirada de
un autentico guerrero, un hombre que ha estado en mas contiendas mucho mas salvajes
que las que vivió en Navarra y Villa Cisneros.
-¿Empezamos?—pregunto el viejo, Facundo se abalanzo entonando un grito de guerra,
el anciano pudo defenderse sin problemas, mientras mas atacaba el viejo podía
defenderse sin mostrar cansancio, la espada que acabo con muchos guerreros turcos no
era tan veloz como la del viejo.
El viejo ataco, era rápido, su espada era tan poderosa como un trueno, a Facundo le
costaba el resistir el ataque, contrarresto al longevo guerrero, era un rival digno, fuerte,
un hombre nacido para combatir.
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Ninguno de los dos mostraba cansancio, al contrario estaban más animados de chocar
sus espadas.
-Eres fuerte viejo, admiro eso.
El viejo hizo una reverencia con su sombrero.
Facundo ataco con mas fuerza, el anciano casi cae por el filo de su espada sin embargo
resistió, el anciano ataco sin perder como todo un bárbaro antiguo, Facundo devolvió el
ataque sin problema alguno, el viejo retrocedió con ese ataque, Facundo noto que su
adversario estaba sorprendido por su fortaleza.
-Había esperado mucho por un encuentro como este—dijo el viejo que tenia su espada
en alto.
-¿Cansado?
El viejo soltó una ligera carcajada.
-¿Bromeas? Podemos seguir hasta el próximo siglo si lo deseas.
Siguieron chocando sus espadas cada uno con una fuerza inagotable, era atacar y
contraatacar, a eso se reducía el combate y la vida misma. Tanto Facundo como el dios
blanco sentían una admiración mutua, las espadas estaban casi rotas por la fuerza de los
golpes, solo que ninguno estaba dispuesto a ceder.
El combate pudo haber durado hasta la llegada de Napoleón, sin embargo Facundo no
era un dios y aun el toro de Toledo tenia que descansar, tres días había estado luchando
contra un rival mil veces mas fuerte de lo que podría llegar a ser el, Facundo estaba cada
vez mas cansado y admirando a su contrincante, no era posible que ese viejo siguiera
tan activo como un jovenzuelo, la sed y el hambre estaban llegando a su cuerpo, a pesar
de todo seguía manteniendo su espada en alto, el dios blanco no tenia intenciones de
matarlo, sentía gran estima por un guerrero tan valiente como lo era el.
-Deberías rendirte.
-Nunca.
-No seas necio, a veces bajar la espada es un acto de sabiduría.
Facundo volvió a atacar esta vez sus movimientos se habían vuelto torpes, el dios
blanco lo esquivo sin problemas, Facundo había caído por agotamiento, esperaba a que
el anciano terminara con el, al cerrar los ojos veía el dulce rostro Natalia la dulce
valkiria cuya belleza solo la igualaban la Beatriz de Dante y Helena la de Troya.
-Hoy no vas a morir, de eso me aseguro.
El dios blanco recostó a Facundo junto a un árbol, saco un cuerno donde tenia guardada
hidromiel, le dio de beber a Facundo, por un momento el toro pensaba que murió y que
estaba en los cielos, el hidromiel era tan delicioso que no podía creer que existiera una
bebida tan sabrosa en aquel mundo, el sabor era algo que no podía describir, ni el vino
ni siquiera el agua sabían tan bien como esa bebida.
-¿Quién eres anciano? No eres un hombre de eso estoy seguro, ¿Eres un ángel? ¿Un
diablo? ¿Un fantasma? Dímelo, prometiste que cuando terminara el encuentro me lo
dirías ¿Qué eres?
El dios blanco se coloco su capa, el viejo ya no estaba, en su lugar se encontraba un
majestuoso guerrero de cabello rojizo, el pecho descubierto y un casco vikingo,
Facundo pudo ver un aura resplandeciente detrás de el, pensó que se trataba de Otger
Khatalon el gran héroe de Cataluña o tal vez de Roderic el ultimo rey visigodo que
lucho contra los ejércitos árabes, un fantasma que había venido a probar su fuerza con
el, incluso ese hombre podía ser ambos personajes encarnados en un santo que había
reencarnado a lo largo de la historia.
El hombre era mas viejo que aquellos héroes, más antiguo que España y que todo el
mundo que conocía, Facundo llego a la conclusión de que ese hombre posiblemente
fuera el primer gran guerrero que la humanidad tuvo.
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-Me han llamado con muchos nombres a lo largo de los tiempos, he sido llamado Wotan
por los pueblos germánicos, Marduck por los sumerios, Thot por el pueblo egipcio y en
tierras lejanas me conocen bajo los nombres de Quetzalcoatl y Viracocha. He recorrido
muchas tierras, he peleado con los guerreros mas valientes que ha visto la historia,
estuve durante el hundimiento de Hiperbórea y estuve en el nacimiento de Roma, soy el
gran dios blanco, el dios protector de la humanidad y señor de la montaña llamada
Valhalla.
Facundo no dejaba de estar maravillado y aterrado ante la presencia del dios blanco,
ante esa majestuosidad cualquier rey o emperador no era nada mas que un simple
vasallo, estaba ante el autentico rey de todos los tiempos y eras. Facundo quiso hincarse
como un gesto de reverencia pero el dios se lo impidió.
-Me has demostrado que eres un gran guerrero Facundo y te agradezco esta batalla.
Facundo se sentía honrado por sus palabras.
-Di lo mejor de mí, llegue hasta mi límite—dijo Facundo golpeando su pecho, el dios le
toco el hombro:
-Tengo que retirarme, nos volveremos a ver.
-Eso espero.
Facundo quiso saber a donde iría, realizo la pregunta sin esperar una respuesta. El dios
blanco le dio una:
-He viajado por muchos mundos lejanos a este, por otros tiempos que vendrán, he visto
que dentro de siglos la civilización llegara a una decadencia, he visto como sufren en un
futuro próximo plagado de aberraciones que no te gustaría saber que existirán.
Facundo se mostró confundido, quiso saber a lo que se refiera pero en su interior sabia
que no lo comprendería (ni quería comprenderlo).
-¿Por qué no lo evitas?
El dios blanco no mostró una expresión.
-No puedo ni siquiera un dios puede interferir en el futuro del hombre, la decadencia es
algo inevitable, es un ciclo, algo muere y renace, como una rueda.
El dios blanco se alejaba de aquel rió despidiéndose de Facundo, volvería a su reino o
vagaría por la tierra hasta encontrar a otro gran rival.
Facundo Trujillo se quedo sentado mirando como el dios blanco se alejaba hasta
desvanecerse junto con la llegada de la noche.

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