"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







sábado, 26 de marzo de 2011

Wotan



Por Carl Jung

Nacerán en Alemania diversas sectas, muy cercanas al feliz paganismo el corazón cautivo y las menguadas rentas haran que vuelva a pagarse el verdadero diezmo
Profecías de Nostradamus, 1555

Con la guerra mundial parece haber irrumpido en Europa una época en la que pasan cosas que antes como mucho sólo podían soñarse. Se llegó incluso a tener casi por una fábula la guerra entre naciones civilizadas, opinándose que un absurdo semejante se hacía cada vez más imposible en este mundo racional internacionalmente organizado. Lo que ha seguido a la guerra ha sido un auténtico aquelarre de increíbles revoluciones, cambios en los mapas, regresos a modelos políticos medievales y antiguos, Estados que engullen a pueblos y que superan en su pretensión de totalidad a los anteriores intentos teocráticos, persecuciones a cristianos y judíos, matanzas políticas en masa y, finalmente, un alborozado asalto pirata a un pacífico pueblo semicivilizado.
Si ocurren estas cosas a gran escala no es asombroso que a escala pequeña y mínima también sucedan cosas extrañas. En el terreno filosófico habrá que esperar todavía algún tiempo para que alguien reflexione a fondo sobre la época en la que realmente vivimos. Pero en el ámbito religioso se producen acontecimientos importantes. Que en Rusia se haya sustituido la abigarrada magnificencia de la Iglesia greco-ortodoxa por un movimiento ateo deplorable en cuanto a gusto e inteligencia no tiene nada de particular, por muy lamentable que sea el bajo nivel espiritual de la reacción “científica”. Al fin y al cabo, también respiramos aliviados en el Próximo Oriente cuando salimos de esos humeantes grupos de lampadarios que pretenden ser las iglesias ortodoxas y entramos en una mezquita decorosa, donde la sublime invisibilidad y omnipresencia de Dios no se sustituye por un exceso de ritos y de parafernalia sagrada. En fin, también para Rusia tuvo que despuntar el siglo XIX con su Ilustración “científica”.

Pero que en un país más bien civilizado, que cree haber superado la Edad Media hace mucho tiempo, un dios de la tormenta y la ebriedad, Wotan, hace tiempo históricamente jubilado, haya podido despertar como un volcán dormido que entrara en erupción es, más que curioso, verdaderamente picante. Cobró vida, como es sabido, en el movimiento juvenil, y nada más comenzar su resurrección se le dedicaron algunos sangrientos sacrificios de corderos. Fueron aquellos jóvenes rubios (a veces también vírgenes) que podían verse como caminantes infatigables por todas las carreteras, desde el Cabo Norte hasta Sicilia, armados de mochila y laúd, fieles servidores del dios errante. Posteriormente hasta el final de la República de Weimar, se echaron al camino los miles y miles de trabajadores en paro, peregrinando en todas partes sin rumbo. En 1933 ya no iban de un lado para otro sino que marchaban en formación de cientos de miles, desde el niño de cinco años hasta el veterano. El movimiento de Hitler puso literalmente a Alemania en pie y produjo el espectáculo de una invasión de los bárbaros in situ. Wotan, el dios errante, había despertado. En la sala de reuniones de una secta de gentes sencillas de la Alemania septentrional, vergonzantemente designado como Cristo se le ve sentado sobre un caballo blanco. No sé si estas gentes conocerían el antiquísimo parentesco de Wotan con la figura de Cristo y Dionisio. No es probable.
Wotan, el incansable errante, el agitador que suscita la pendencia tan pronto aquí como allí, o que ejerce efectos mágicos, fue primero convertido en Diablo con la llegada del cristianismo y ya sólo llameaba como un fuego fatuo en las noches de tormenta, cual cazador fantasmal con su comitiva de caza, en tradiciones locales que iban desvaneciéndose. Sin embargo, el papel del errante sin paz lo asumió la figura, surgida en la Edad Media, el Ahasvero (el Judío Errante) , en una saga que no es judía sino cristiana. Es decir, el motivo del errante, que Cristo no asumió, se proyectó sobre el judío, del mismo modo que, por regla general, los contenidos que se han vuelto inconscientes vuelven a encontrarse en el otro. En cualquier caso, la coincidencia del antisemitismo con el despertar de Wotan es una finesse [sutileza] psicológica que quizá valga la pena mencionar…
Ese murmullo de la selva primigenia de lo inconsciente no lo percibieron únicamente los adolescentes alemanes que celebraban el solsticio, sino que también lo presintieron y captaron Nietzche, Schuler, Stefan George y Klages. De todas formas, la cultura existente en el Rin y al sur de la línea del Meno no puede desprenderse fácilmente de la impronta clásica, y por eso se remite gustosamente (apoyándose en modelos clasicistas) a la ebriedad y el exceso antiguos, es decir, a Dioniso, puer aeternus y Eros cosmogónico. Sin duda mucho más culto que Wotan, pero es posible que éste acierte más. Es un dios tonante y rugiente, desencadenador de las pasiones y de la combatividad, además de un poderoso mago y artista de la ilusión, implicado en todos los secretos de la naturaleza oculta.
El caso de Nietzsche es de índole especial. Carecía de toda tradición germánica, descubrió al filisteo cultural y, al haber “muerto Dios”, encontró en Zaratustra a un Dios desconocido de insospechada figura, que tan pronto le salía al paso con hostilidad como se ocultaba en la propia figura de Zaratustra, también adivino, mago y viento tempestuoso: Y a semejanza de un viento quiero soplar entre ellos una vez más y con mi espíritu robar el aliento a sus espíritus: así lo quiere mi futuro. En verdad es Zaratustra un fuerte viento para todos los terrenos bajos, y he aquí el consejo que da a sus enemigos y a todo cuanto escupe o vomita:"¡Cuidaoos de escupir contra el viento!". En el sueño que Zaratustra es el guardián de las tumbas del Castillo del Monte de la Muerte, al abrir la puerta un "viento rugiente hace saltar los batientes, silbante, estridente y cortante me arrojó un ataúd: Y en medio de los rugidos, los silbidos y la estridencia, reventó el ataúd en miles de risas". El discípulo, interpretando el sueño, dice a Zaratustra:¿ No eres tú mismo el viento con el silbido estridente que abre las puertas del Castillo a los ciudadanos de la Muerte?¿No eres tú mismo el ataúd lleno de las variadas maldades y angelicales muecas de la vida? En esta imagen resalta poderosamente el secreto de Nietzsche. Ya en 1864 escribió un poema ( "Al Dios desconocido"): Quiero, Desconocido, conocerte a ti que te penetras en lo hondo de mi alma, que pasas cual tormenta por mi vida.
¡A ti, intangible, afín a mí!
Quiero conocerte, servirte incluso.
Y veinte años más tarde, en su magnífica Al mistral. Canción de baile, dice:

Viento mistral, barrecielos,
cazanubes, mataduelos,
bramador, ¡ah, cómo te amo!
¿Puesla primicia, los predispuestos
no somos de un mismo seno
eternamente el mismo hado?.
En el ditirambo que lleva por título Lamento de Ariadna es completamente víctima del dios cazador, situación que tampoco cambia ya nada, en última instancia, la violenta autoliberación de Zaratustra:
Tendida en tierra, estremeciéndome,
como una medio muerta a quién se le calienta los pies,
agitada, ay, por fiebres desconocidas,
temblando ante glaciales flechas agudas de escalofrío,
cazada por ti, ¡pensamiento!
¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Aterrador!
¡Tú, cazador tras las nubes!
¡Fulminada a tierra por ti,
ojo sarcástico que me mira desde lo oscuro!
así yazgo,
me doblo, me retuerzo atormentada
herida por ti, el más cruel cazador,
tú, desconocido dios…

La curiosa figura del Dios Cazador no es una mera figura de dicción no es una mera figura de dicción ditirámbica, sino una vivencia que a los quince años tuvo Nietzsche en la escuela de Pforta. Se encuentra reseñada en los Apuntes autobiográficos editados por su hermana Elizabeth Förster-Nietzsche. En ellos describe Nietzsche un fantástico paseo nocturno adentrado en el oscuro bosque donde primero le asustó el “grito estridente que procedía de un manicomio cercano”, encontrándose luego con un cazador de “rasgos salvajes e inquietantes”. En un valle “rodeado de arbustos silvestres” puso el cazador un silbato en su boca y “emitió un sonido estridente”. Nietzsche perdió el conocimiento y despertó en la escuela. Era una pesadilla. Es significativo que el soñante, que en realidad quería dirigirse a Eisleben, la ciudad de Lutero, discuta la cuestión con el cazador en vez de dirigirse a “Teutschental” [Valle de los Teutones]. Difícilmente se presta a equívocos la interpretación del estridente silbido del dios de la tormenta en medio del bosque nocturno.

¿De verdad se debió sólo al filólogo clásico que había en Nietzsche y o también, finalmente, al fatal encuentro con Wagner que el dios se llamara Dioniso y no Wotan?

En su obra Reich ohne Raum [Imperio sin espacio] vio Bruno Goetz, en extraña visión, el secreto de los acontecimientos que iban a producirse en Alemania. A la sazón tomé nota de este librito como pronóstico meteorológico alemán, y nunca he dejado de releerlo.
Adivina una oposición entre el reino de las ideas y el de la vida, entre el discrepante dios de la tormenta y la secreta cavilación que desapareció cuando sus robles cayeron y que reaparece cuando el dios cristiano se muestra demasiado débil para salvar a la cristiandad de matanzas fratricidas. Cuando el Santo Padre de Roma, carente de todo poder, sólo podía quejarse ante Dios por el grex segregatus, rió el viejo cazador tuerto en la linde del bosque germánico y ensilló a Sleipnir.
Si podemos olvidar por un momento que estamos en el año del Señor de 1936 y que, en correspondencia con esa fecha, creemos poder explicar racionalmente el mundo basando nuestra explicación en los factores económico, político y psicológico, y si podemos echar a un lado esta bienintencionada racionalidad, humana, demasiado humana, y cargar a Dios o a los dioses, en vez de al hombre, la responsabilidad por los acontecimientos de hoy… no sería nada inadecuado recurrir a Wotan como hipótesis causal. Me atrevo incluso a hacer la herética afirmación que el viejo Wotan, con su carácter abismático, nunca exhausto, explica mejor el nacionalsocialismo que los mencionados tres factores racionales juntos. Si bien cada uno de ellos sirve para interpretar un importante aspecto de las cosas que están ocurriendo en Alemania, Wotan dice más precisamente respecto al fenómeno general, que el no alemán, incluso después de la más profunda reflexión, siente en el fondo extraño e incompresible.

Quizá podamos denominar a este fenómeno general “posesión”. Esta expresión establece tanto un “poseído” como un “poseedor”. Si no queremos deificar directamente a Hitler, algo que ya se ha hecho, el único recurso que queda es Wotan, un sugestionador capaz de hacer que los varones sean poseídos. Bien es cierto que su primo Dioniso comparte con él esta propiedad, que ha hecho extensiva al género femenino. Las ménades eran sin duda una SA femenina que, según el mítico relato, no tenía nada de inofensivo. Wotan se limita a los feroces berserker, utilizados como guardia de corps de los reyes míticos.
Mientras los dioses sean tenidos, por mentes todavía infantiles, bien por entidades “metafísicas” existentes por sí mismas, bien por invenciones caprichosas o supersticiosas, el paralelismo que hemos establecido anteriormente entre Wotan redivivo y la tempestad sociopolítica y psicológica que ha conmocionado a la Alemania actual deberá considerarse por lo menos “algo como si”. Pero dado que los dioses son si duda personificaciones de las potencias anímicas, la afirmación de que su ser en sí es metafísico supone un abuso de la razón, igual que la opinión de que podamos habérnoslos inventado. Ahora bien, los “poderes anímicos” no tiene nada que ver con la consciencia, aunque nos guste jugar con la idea de que consciencia y alma son idénticas, lo que no es sino arrogancia del intelecto. El error ilustrado encuentra en el miedo metafísico suficiente motivo de existencia, pues ambos han sido desde siempre hermanos hostiles. La “violencia anímica” tiene que ver más bien con el alma inconsciente, porque todo cuanto se le presenta al hombre procedente de ese oscuro territorio se considera o bien algo que viene de fuera, por lo tanto real, o bien una alucinación, y en consecuencia no verdadero. Que una cosa no proceda del exterior y que sin embargo sea verdadera es algo que empieza a comprender la humanidad de nuestro tiempo.
Al fin y al cabo se puede prescindir, para una mejor comprensión, del nombre y el concepto, cargados de prejuicios, de “Wotan”, y expresar lo mismo llamándolo furor teutonicus. Se habría dicho exactamente lo mismo pero no tan bien. Pues el “furor” es en este caso una mera psicologización de Wotan, y lo único que quiere decir es que el pueblo está enfurecido. De ese modo queda fuera de consideración una preciosa característica de todo fenómeno: el aspecto dramático del poseedor y de los por él poseídos. Pero eso es precisamente lo más impresionante del fenómeno alemán, que alguien evidentemente poseído posea en tal medida a todo un pueblo hasta ponerlo al unísono en movimiento, empezando a rodar y deslizándose también inevitablemente hacia el peligro.
Wotan se me antoja una hipótesis acertada. Parece en efecto haber estado tan sólo durmiendo en las montañas del Kyffhäuser hasta que los cuervos le anunciaron la brisa matutina: Wotan es una característica fundamental del alma alemana, un “factor” anímico de irracional naturaleza, un ciclón que reduce y suprime la alta presión cultural.
Los creyentes en Wotan, pese a toda su extravagancia, parecen haber visto las cosas más certeramente que los racionalistas.
Wotan –parece haberse olvidado por completo- es una realidad germánica primitiva, verdadera expresión y personificación sin par de una fundamental característica, especialmente del pueblo alemán. Houston Steward Chamberlain es un sospechoso síntoma de que también en otros lugares existen dioses ocultos y dormidos. La raza germánica (vulgo aria), las tradiciones populares alemanas, sangre y tierra, cantos de Wagalaweia, ritos de Valkiria, un Señor Jesús, rubio héroe de ojos azules, la madre griega de Pablo, el Diablo como Alberico internacional en versión judía y masónica, nórdica aurora boreal de la cultura, razas mediterráneas inferiores… todo eso es una escenificación indispensable y significa en el fondo lo mismo, a saber: la posesión divina de los alemanes, cuya casa está “henchida por un potente viento”. Fue, si no me equivoco, poco después del ascenso al poder de Hitler cuando la conocida revista británica Punch publicó un chiste donde aparecía un furibundo berserker liberándose de las cadenas. En Alemania ha estallado la tempestad y mientras nosotros seguimos confiando en el buen tiempo.
Hasta nosotros, en Suiza, llega algún murmullo, tan pronto del Sur como del Norte, un tanto sospechoso en parte, en parte inofensivo, tan idealista incluso que nadie nota nada. Quieta non movere. Con esta filosofía nos va muy bien. Se le ha reprochado al suizo que tenga tan fuerte resistencia a convertirse en problema para sí mismo. Tengo que contradecir esa opinión: el suizo es reflexivo, pero no dice lo que piensa, y mucho menos cuando en algún sitio se nota una corriente de aire. Así pagamos nuestro tributo no explícito a nuestra época germánica del Sturm und Drang, con una opinión considerablemente mejor de nosotros mismos, mientras los alemanes sobre todo tienen una oportunidad histórica verdaderamente única de aprender a leer en lo más profundo del corazón de qué peligros del alma quiso el cristianismo salvar al hombre.
Alemania es un país de catástrofes espirituales donde determinados hechos naturales se limitan a firmar una paz aparente con la Razón, la señora del universo. El adversario es un viento que penetra en Europa procedente de la infinitud y originalidad de Asia, en amplio frente desde Tracia a Germania, que tan pronto amontona desde fuera pueblos tal como si fueran hojas secas como inspira desde dentro pensamientos que conmocionan al mundo, elemental Dioniso que rompe el orden apolíneo. A Wotan se le llama desencadenador de tempestades. Para una investigación más exacta de su carácter no sólo necesitamos el conocimiento de sus efectos históricos en las perturbaciones y revoluciones espirituales y políticas, sino también las manifestaciones mitológicas de aquellas épocas, que todavía no han podido explicarse a partir del hombre y de sus limitadas posibilidades porque tienen su causa en la profundidad del alma y su poder autónomo. La intuición más temprana personificó siempre a estas fuerzas como dioses, caracterizándolas en los mitos con un cuidado y una consideración en consonancia con su carácter, lo cual fue posible por tratarse de tipos o imágenes de carácter primigenio innatos a lo inconsciente de numerosas tribus cuyo peculiar comportamiento caracteriza. Puede hablarse, así pues, de un arquetipo “Wotan” que, como factor anímico autónomo, genera efectos colectivos que trazan una imagen de su específica naturaleza. Wotan tiene su biología peculiar, separada del ser del hombre individual, que sólo de manera temporal cae bajo la influencia irresistible de esta condición inconsciente. Sin embargo, en los periodos tranquilos la existencia del arquetipo Wotan resulta tan inconsciente como una epilepsia latente. ¿Habrían pensado aquellos alemanes que en 1914 eran ya adultos lo que serían en 1935? Pues ésos son los sorprendentes efectos del dios del viento, que sopla donde quiere y que no se sabe jamás de dónde viene ni a dónde va, que conmociona todo cuanto se cruza en su camino y derriba todo aquello que exterior o interiormente carece de seguridad.
El conocimiento que tenemos de la naturaleza de Wotan se ha complementado y completado de manera valiosa en los últimos tiempos gracias a una monografía que le dedica Martin Ninck. No crea el lector que se trata de un estudio meramente científico escrito con distanciamiento académico. Ciertamente se hace en él justicia a la ciencia objetiva, y el material está recopilado con exhaustividad y esmero poco frecuentes y expuesto de manera clara. Pero además de esto da la impresión de que el autor ha sentido su tema con vital realismo, que la cuerda de Wotan también vibra en él, lo cual no es ningún reproche sino la mayor ventaja del libro, que sin esta consonancia hubiera podido fácilmente resultar una aburrida recopilación. De este modo hay en esta obra programa y vida, como puede apreciarse sobre todo en el capítulo final, “Perspectivas”.
Ateniéndose a las fuentes, Ninck ofrece en diez capítulos un magnífico cuadro del arquetipo alemán Wotan como berserker, Dios de la Tempestad y Errante, Luchador, Dios del Deseo y del Amor, Señor de los Muertos, Señor de los einherjer (de los caídos en combate) , conocedor de lo secreto, mago y Dios de los Poetas. También tiene en cuenta su entorno mítico, las valquirias y fylgjas , relacionadas con el significado del destino de Wotan. Sumamente esclarecedora es la investigación sobre el nombre y su origen. Muestra que Wotan encarna el lado instintivo-emocional tanto como intuitivo-inspirador de lo inconsciente, por una parte Dios de la furia y el delirio, por otro versado en runas y adivino.
Aunque los romanos le identificaran con Mercurio, su peculiaridad no responde en realidad a ninguna deidad romana ni griega. Con Mercurio tiene en común su carácter errante, con Plutón el dominio de los muertos, como Cronos; a Dioniso le une el delirio sobre todo en su forma mántica. Me he preguntado por que Ninck no menciona al dios helenístico de la revelación, Hermes, relacionado con el viento en su condición de pneuma y nous. Sería el puente con el pneuma cristiano y con los fenómenos del milagro de Pentecostés. Hermes asimismo, en cuanto poimandres, posee a los varones. Como observa Ninck con razón, Dioniso permanece siempre subordinado al todopoderoso Zeus, como los demás dioses, índice de la profunda diferencia entre la disposición griega y la germánica. La liquidación de Cronos, al que Ninck atribuye un íntimo parentesco con Wotan, podría indicar una superación y fragmentación, en el período prehistórico, del tipo de divinidad que representa Wotan. En cualquier caso el dios germánico en su totalidad corresponde a un nivel primitivo, a una situación anímica en la que el hombre apenas querría algo distinto a lo que quisiera el dios, razón por la cual quedaría fatalmente a su merced. Entre los griegos habría en cambio dioses que prestaban ayuda frente a otros dioses, y el padre universal Zeus no andaba ya lejos del ideal del déspota ilustrado y benevolente.


Wotan no presenta señales de envejecimiento. Sencillamente desapareció, acorde con su estilo, cuando los tiempos se volvieron contra él, permaneciendo invisible durante más de mil años; es decir, actúa de manera anónima e indirecta. Los arquetipos son como los lechos de los ríos abandonados que después de un tiempo indeterminadamente largo el agua vuelve a rellenar. Un arquetipo es algo así como el viejo curso de un río por el que han corrido mucho tiempo las aguas de la vida, penetrando profundamente en él. Cuanto más prolongadamente hayan mantenido ese curso tanto más probable es que, antes o después, vuelvan a él. Si la vida del individuo está ya regulada como un canal que discurre por el interior de la sociedad humana, especialmente del Estado, la vida de los pueblos es como el curso de un torrente que nadie domina, en todo caso ningún ser humano, sino alguien que siempre ha sido más fuerte que los seres humanos. La Sociedad de Naciones, que debería tener autoridad supranacional, es, según algunos, una criatura necesitada aún de protección y ayuda y, según otros, un parto prematuro. La vida de los pueblos avanza así desenfrenada, sin dirección, inconsciente, como un bloque de roca rodando por una pendiente y al que sólo puede detener un obstáculo más fuerte. Por eso el acontecer político sale de un callejón para meterse en otro, como un torrente de montaña encajonado en gargantas, tortuosidades y pantanos. Allí donde no se mueve el individuo, sino la masa, cesa la regulación humana. y los arquetipos comienzan a actuar, como ocurre también en la vida del individuo cuando este se enfrenta a situaciones que ya no pueden controlarse con las categorías conocidas. Lo que hace el llamado Führer frente a la masa en movimiento podemos observarlo con toda la claridad deseada tanto al sur como al norte de nuestro país.
El arquetipo dominante no se mantiene siempre idéntico, algo también expresado, por ejemplo, en que el esperado reino de la paz, el Reino “milenario” está limitado en el tiempo. El tipo de padre mediterráneo que pone orden y gobierna con justicia, incluso con amor, ha sufrido la más grave conmoción en toda el área septentrional de Europa, de lo que da testimonio el destino actual de las Iglesias cristianas. El fascismo en Italia y la situación imperante en España muestran que la posesión llega también en el Sur mucho más allá de lo que se había pensado. Tampoco la Iglesia católica puede permitirse más pruebas de fuerza.
El dios nacional ha atacado al cristianismo en un amplio frente, se le llame en Rusia técnica y ciencia, en Italia Duce y en Alemania “Fe alemana” o “Cristianismo Alemán” o Estado. Los “cristianos alemanes” son una contradictio in adiecto y mucho mejor harían pasándose al Movimiento Alemán de la Fe de Hauer, es decir, al campo de esas gentes decentes y bienintencionadas que, por una parte, reconocen con sinceridad la “posesión” de la que han sido presa, mientras por otra procuran vestir el nuevo hecho innegable, es decir, la posesión, con una vestimenta conciliadora, históricamente aderezada, para inspirar menos miedo. Se abren así perspectivas consoladoras sobre grandes figuras, por ejemplo de la mística alemana, como el Maestro Eckhart, alemán poseído. De ese modo se evita lo escandaloso, es decir, la pregunta de quien es el causante de la posesión. Siempre ha sido “Dios”. Pero cuanto más se acerca Hauer, desde el ámbito mundial, indogermánico, al “nórdico” en especial a la Edda, tanto más “alemana” se torna la fe como expresión de la posesión, y tanto más claro resulta también que el Dios “alemán” es el Dios de los alemanes.
No es posible leer el libro de Hauer Deutsche Gottschau. Grundzüge eines deutschen Glaubens sin emoción, contemplándolo como el intento trágico y verdaderamente heroico de un investigador concienzudo que, sin saber cómo, se vio llamado y poseído, como perteneciente al pueblo alemán, por la voz silenciosa del poseedor, y ahora, forzando todo su saber y su capacidad, trata de construir un puente que una la fuerza oscura de la vida con el claro mundo de las ideas y figuras históricas. ¿Qué significan todas esas hermosas cosas de un pasado y una humanidad distintos frente al encuentro, jamás experimentado por el hombre de hoy, con un dios tribal tan vivo como abisal? Serán arrastrados cual hojas secas por el torbellino del viento rugiente, introduciéndose las aliteraciones de la Edda en los textos de los místicos cristianos, la poesía alemana y la sabiduría de los Upanisads , y quedando el propio Hauer poseído, en un grado del que sin duda nunca fue consciente anteriormente, por la profundidad llena de presentimientos de las primigenias palabras germánicas. Esto no depende del indólogo Hauer ni de la Edda -pues uno y otra existían ya desde hacia tiempo- sino del kairós, que precisamente ahora, al mirarlo más detenidamente, se llama Wotan. Recomiendo por lo tanto al Movimiento Alemán de la Fe que no siga dando muestras de excesivo pudor. Los entendidos no les confundirán con los vulgares fieles de Wotan, que meramente afectan una fe. Hay representantes del Movimiento Alemán de la Fe que, intelectual y humanamente, serán perfectamente capaces de no limitarse a creer, sino saber, que el Dios de los alemanes es Wotan, y no el Dios cristiano universal. Esto no es ninguna vergüenza, sino una trágica experiencia. Desde siempre ha sido terrible caer en manos de un dios vivo. Yahvé, como es sabido, no constituye ninguna excepción al respecto, y hubo una vez filisteos, edomitas, amorreos y otros que se mantuvieron al margen de la vivencia de Yahvé, que sin duda sentían como desagradable. La vivencia semita de Dios, llamada Alá, fue durante mucho tiempo un asunto enormemente penoso para toda la cristiandad. Nosotros, que nos mantenemos al margen, juzgamos demasiado al alemán actual como responsable de sus acciones; quizá sería más exacto considerarle también, al menos, como paciente.
Si aplicamos de manera consecuente nuestra forma de ver las cosas –manifiestamente peculiar- tenemos que sacar la conclusión de que Wotan no es sólo un carácter inquieto, violento y arrollador, sino que debería manifestar también su muy distinta naturaleza extática, mántica. Si esta conclusión fuera correcta, el nacionalsocialismo no sería con mucho la última palabra, sino que cabría esperar, en los próximos años o decenios, cosas insospechables, de las que a duras penas podemos hoy hacernos una idea. El nuevo despertar de Wotan es un retroceso y una regresión: el río regresado vuelve a irrumpir en su viejo lecho. Pero ese retroceso no dura eternamente, se trata más bien de un reculer pour mieux sauter y el agua pasará por encima del obstáculo. Entonces se pondrá de manifiesto lo que Wotan “murmuraba con la cabeza de Mimir”:
¿Qué murmura aún Wotan con la cabeza de Mimir?
Ya hierve la fuente: la corona del árbol del mundo
se inflama al sonido del estridente cuerno
que Heimdallar empuña para llamar a la tropa.
Se estremece el árbol; pero sigue en pie con susurrante consejo, hasta que Loki se libera.
Salvaje aúlla el perro ante el barranco de Hella, hasta que el atrevido corcel rompe también las cadenas.
Desde la mañana, armado con su escudo, un gigante viaja, y así, furioso, el gusano del mundo se encabrita:
fustiga a las olas, gritan los númenes ávidos de cadáveres, pues la Nave de los Muertos ha partido.
Desde la mañana surca el mar, acercándose a Muspellhein,
Loki al gobierno de la tajante quilla;
a bordo lleva al lobo y los lobeznos,
el hermano de la tormenta a lo largo del camino.

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