"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







domingo, 18 de noviembre de 2012

Primer capitulo de "Caballero de la Jerarquia"

Saludos amigos lectores les dejo lo que sera el primer capitulo de mi proxima novela "Caballeros de la Jerarquia" una secuela de "La conjura de los masones", proximamente estara en descarga gratuita a traves del sitio Lulu.com. Espero que lo disfruten


La campaña electoral se iba acercando paso a paso, en las calles se hablaba de rumores sobre que Creel sería el candidato del PAN, algunos jóvenes que pasaban por su negocio murmuraban su apoyo al Peje mientras que las mujeres que entraban a su negocio cuchicheaban sobre lo guapo que era Peña Nieto. Homero Madero era un hombre que a sus cuarenta y cinco años se enorgullecía de ser priista, su familia lo habia sido y él lo era. Con el PRI cosas como el incendio de ese casino en Monterrey o las continuas balaceras en el norte no ocurrían.
Estaba convencido de que después de once años el PAN era incapaz de tener un buen gobierno y no estaba dispuesto a entregar al país a los izquierdistas si no que regresara el antiguo gobierno. No le importaba lo que dijeran de Peña Nieto o del partido, estaba convencido de que su regreso a la presidencia era lo mejor para el país.
Estaba mirando el programa de Laura mientras se comía una Whopper con queso, el doctor le habia dicho que demasiadas grasas sería malo para su corazón pero le daba igual lo que dijeran los médicos, dos veces a la semana no hacían daño pensaba.
El programa de Laura trataba sobre una chica que se habia hecho miembro de una secta satánica y mientras la chica hablaba de Satanás como su señor, la madre iba lanzando oraciones y persignándose. Homero soltó una carcajada y pedacitos de queso cayeron sobre la pantalla.
Afuera de su negocio estaba lloviendo, Paco Pérez el chico que trabajaba para él en las tardes estaba acomodando unos libros usados en el librero.
No le interesaban los libros pero a veces pasaban alguno de esos estudiantes de filosofía—esos que apoyaban a López Obrador—y compraban algunos. Eran baratos. Despreciaba a los simpatizantes del Peje pero eran buenos clientes y su negocio no era únicamente de vender libros.
Tenía lámparas antiguas, joyas, muebles, de todo un poco y en la venta en general le iba bien.
-Termina de acomodar esos libros y luego te vas a comer—le dijo a Paco, bebió un largo sorbo de su coca. Los libros que el muchacho estaba acomodando eran de un estudiante de letras que necesitaba el dinero. Le dio cincuenta pesos por los tres, estaban en buen estado pero no iba a darles doscientos por cada uno.
Uno era de un tal Marcusse, otro era de un tal Erich Fromm y el último era de José Agustín a ese si lo conocía por su hermano. Oscar que también era propietario del negocio si era un ratón de biblioteca que tenía a José Agustín como ídolo, tal vez el si conociera a todos esos escritores, a sus cuarenta años Oscar era uno de esos intelectuales de izquierda que daban su apoyo a López Obrador y fumaba marihuana.
-Don Homero ya termine de ordenar los libros.
-Bien muchacho vete a comer pero no te tardes—le dijo y Paco se fue corriendo al puesto de quesadillas que estaba del otro lado. Homero se termino el ultimo bocado de su hamburguesa, se sentía lleno y el corazón le iba doliendo. Una molestia menor pero que por una whopper valía la pena, escucho en su cabeza la voz de Oscar diciéndole lo pésima que era esa comida.
Se termino las papas y el refresco de un sorbo, en el programa de Laura la chica satánica habia comenzado a bailar una especie de danza ritual, no sabía exactamente que era pero le daba risa.
Dos horas más y cerraba el negocio, Oscar abriría en la noche pero el ya estaba cansado para seguir ahí. Quería irse a su casa pero tenía que pasar al super a comprar la decoración para navidad, estaba en los últimos días del mes de noviembre, en tres días comenzaría el mes de diciembre y con ello las ofertas. Estaba pensando en cerrar temprano, en decirle a Paco que se fuera y cerrar de una vez, quería dejar lo de la decoración para otro día, estaba cansado y fastidiado, lo único que deseaba era estar acostado en su cama.
No habia tenido un cliente salvo en la mañana, una señora que compro un libero viejo por trescientos pesos, aunque se habia acabado la hamburguesa aun quería algo más para comer, tal vez una quesadilla de chorizo.
Sonó el teléfono, al contestar escucho la voz de su esposa que le dijo que quería la decoración de una vez, le dijo que la vecina tenía una decoración más bonita y ella la quería tener de una vez, le dijo lo que quería y Homero fue anotando en una libreta sin mucho interés.
El programa de Laura habia terminado y en su lugar comenzaba esa telenovela que tenia a Lucia Méndez y la cual no le interesaba.
Apago la televisión y se puso a buscar que hacer hasta que terminara su turno. La idea de cerrar temprano le parecía más tentadora al mismo tiempo que sentía un dolor en el pecho, debía ser el estrés se dijo así mismo para calmarse.
Respiro profundamente y el dolor seguía pero iba disminuyendo, junto con el dolor estaba también las ganas de vomitar.
Al alzar la cabeza vio a una niña frente al mostrador, no vio a ningún adulto junto a ella, algunas veces venían niños de la calle a pedir dinero pero esa niña no tenía pinta de ser de la calle.
Cabello castaño recogido con un prendedor rosa de Hello Kitty, ojos azules, tenía una camisa verde con un Santa en el centro y pantalones azules, una bufanda roja estaba alrededor de su cuello, una niña de ese aspecto no estaría en un vecindario como ese, no iba con el lugar.
-¿Dónde están tus padres?—aun sentía el dolor en su pecho.
-No se—respondió. No se veía asustada ni desorientada. ¿Qué padres irresponsables dejaban a su hija sola? Se pregunto.
-¿Se te ofrece algo?
-Quiero un dije.
La niña hurgo en su bolsillo y le mostro un dibujo de un dije de corazón con una S incrustada en medio, recordaba que tenia uno así pero faltaba la otra mitad.
 -¿Tienes para pagar?
La niña hurgo en su bolsillo y saco unos billetes, ahí debía de tener como dos mil pesos. En definitiva esa niña no pertenecía a ese lugar.
-Guarda eso, este es un barrio peligroso.
-Se cuidarme sola—dijo la niña con un tono jovial. Homero asintió levantándose a donde estaban los dijes. Se detuvo tocándose el pecho, esperaba que ese dolor pasara. Miro detrás donde estaba la niña y ella le enseño una sonrisa infantil. Su hijo más pequeño tenía una sonrisa como esa pero por alguna razón la sonrisa de la niña lo dejo inquieto.
-¿Tus papas saben que estas aquí?
-Quiero el dije—dijo la niña con un tono menos cordial, Homero asintió, tal vez un susto en este vecindario le darían una lección de humildad pensó mientras revisaba los dijes. Tenía muchos con la forma de un corazón, otros de oro y plata pero ahí estaba ese dije que se mostraba en el dibujo, recordaba que lo tenían desde hacia veinte años.
-¿Es este?
La niña asintió con un gesto.
-Falta la otra mitad espero que no te importe.
-No se preocupe la encontrare—dijo la niña, no sabía que quiso decir con eso pero lo ignoro.
Camino al mostrador y el dolor se iba intensificando, cuando la niña se fuera entonces cerraría, al diablo con la decoración, se iría directo a casa a dormir después de tomar una píldora.
-Esto es un diamante autentico así que te costara.
-Tengo más dinero en mis bolsillos señor.
-No déjalo así—le daría su regalo navideño con esa oferta, la verdad es que no quería hacer cuentas, solo irse a dormir. Le entrego el dije a la niña y se dispuso a guardar el dinero cuando sintió el corazón se le iba deteniendo.
Dio un paso hacia atrás soltando los billetes, lo que vio a su alrededor eran servilletas que no tenían ningún valor. No entendía lo que pasaba, su corazon estaba colapsando y todo iba dando vueltas a su alrededor. Cayo sobre un viejo jarrón, iba aferrándose a ponerse de pie pero era más doloroso, no podía moverse, no podía levantarse y frente a él estaba la niña con el dije.
-Rápido….llama a una ambulancia—pidió desde el piso, tenía la cara roja, se iba desabrochando la camisa, un intento por aferrarse a la vida.
La niña no se movía, solo lo miraba fijamente mientras sostenía el dije, Homero le repitió la petición pero ella ahí estaba parada viéndolo con una expresión que denotaba compasión.
-Es demasiado tarde Homero—dijo la niña, no recordaba haberle dicho su nombre, se iba arrastrando en busca de ayuda pero su corazón se iba deteniendo, gritaba ayuda, a quien pasara gritaba porque lo ayudaran. La niña se puso frente a él y con un dedo en sus labios le pidió que hiciera silencio, Homero intento gritar sin embargo ya no tenía voz, ya no se movía.
Solo veía a la niña que estaba a su lado, un minuto pero esa visión desapareció, escucho a Paco gritar pero después solo fue el silencio. Un largo silencio y oscuridad.


©Fernando Trujillo

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