"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







jueves, 31 de octubre de 2013

Al Dios Desconocido




Wotan.

"Antes de seguir mi camino
y de poner mis ojos hacia adelante,
alzo otra vez, solitario, mis manos
hacia Ti, al que me acojo,
al que en el más hondo fondo del corazón
consagraré, solemne, altares
para que en todo tiempo tu voz,
una vez más, vuelva a llamarme.

Abrásase encima, inscrita hondo,
la palabra: Al Dios desconocido:
suyo soy, y siento los lazos
que en la lucha me abaten
y, si huir quiero,
me fuerzan al fin a su servicio.

¡Quiero conocerte, Desconocido,
tú, que ahondas en mi alma,
que surcas mi vida cual tormenta,
tú, inaprehensible, mi semejante!
Quiero conocerte, servirte quiero"

F. Nietzsche, Werke und Briefe. Historisch-kritische Gesamtausgabe II, 428.

jueves, 24 de octubre de 2013

En defensa de la eugenesia (VII): El derecho a la vida




Por Fernando Trujillo

La vida es una lucha constante por la supervivencia, esa es la principal ley natural de este planeta y la civilización tecnológica ha ignorado esta ley. Creemos haber vencido a la Naturaleza, creemos haberla dominado con nuestras carreteras y nuestros vecindarios, creemos haber vencido esta ley primordial al poner cámaras de vigilancia en los postes de luz, tener métodos y medicamentos que alarguen  nuestra vida.
El hombre se ha hecho un ser apático, no necesita cazar para comer, en lugar de eso tiene que ir a un supermercado a comprar comida procesada, no tiene necesidad de cultivar su propio alimento cuando lo puede comprar. Ha engordado –y vemos esa gordura como algo natural—se ha vuelto flojo, para ir a una esquina necesita un auto, para pasear por un centro comercial necesita un carrito para moverse, se agota más rápidamente, el hombre de esta civilización carga con dificultad un aparato electrónico, se mueve más lento, necesita elevadores, escaleras eléctricas pero sobre todo ha perdido sus instintos de conservación y supervivencia. Sobre todo cree que por nacer ya tiene el derecho a la vida, cree que por el simple hecho de existir ya tiene derechos como los demás y cree estúpidamente que tiene más derechos que otras especies animales.
La Naturaleza es el sistema eugenésico perfecto porque desecha a los que no son aptos y favorece a los mejores de cada especie animal, solo los más aptos para sobrevivir, para luchar, para cazar, para adaptarse a los climas hostiles tienen el derecho a la vida.
El simple hecho de nacer no te da el derecho a la vida, ese derecho se gana día con día en la lucha, eso lo entendía el hombre de las cavernas, el espartano, el bárbaro germánico, el guerrero mongol pero el ser humano moderno ha perdido ese entendimiento.
La liebre que se esconde ante el halcón ha ganado su derecho a la vida, el árbol que permanece de pie en la tormenta ha ganado su derecho a la vida, la oveja que es devorada por el lobo ha perdido ese derecho. La lucha entre elementos y entre especies animales es parte de la belleza del Orden Natural.
La montaña que permanece inmutable ante terremotos y tormentas, los leones que cazan a los antílopes, los insectos devorando las plantas y las manadas de lobos peleando ferozmente por su territorio.
Es la lucha constante por el derecho a la vida, por la conquista del poder que se da entre las especies animales. La Naturaleza es un orden que solo acepta a los más aptos para el derecho a la vida.
Los biólogos han demostrado que algunas especies animales matan a sus crías si estas son enfermizas o débiles para la lucha por el derecho a la vida.
Esta constante lucha comienza desde el momento en el que nacemos, el infante que se va abriendo paso desde el útero materno hasta ver el mundo, que pelea por aferrarse a la vida.
Su llanto es un grito de triunfo, ha logrado salir del vientre materno a la vida, es la primera victoria en este constante ciclo de lucha y conquista.
El hombre civilizado ha olvidado la ley natural, se ha encerrado en sus grandes urbes creyendo que es ajeno al Orden Natural.
La conquista del poder, el territorio, la jerarquía y la supervivencia del más apto no son “construcciones artificiales” como el pensamiento nihilista del hombre civilizado los ha clasificado sino realidades biológicas.
Quizás creemos que hemos dejado en el pasado la lucha por el derecho a la vida pero en pos del progreso y la civilización hemos perdido ese instinto de supervivencia y la noción de las implacables leyes biológicas.

Durante toda su historia el hombre ha vivido por la lucha, la historia de la humanidad es la historia de la guerra entre razas por la supervivencia y la conquista del poder, la paz es una utopía y la guerra es una realidad.
Es esta ansia conquistadora, este intenso deseo por pelear, esta voluntad creativa la que saco al hombre primitivo de los hielos y lo que lo llevo a explorar, formar alianzas, cazar, luchar y dominar.
El hombre que vivía en los hielos tuvo que luchar por sobrevivir en un entorno hostil, tuvo que aprender a ser más rápido que su presa si quería vivir, tuvo que idear trampas y crear lanzas para poder dar caza a su objetivo, el deseo por vivir un día mas lo llevo a refugiarse en las cavernas y por descubrir el fuego para evitar morir congelado.
Fue su inventiva la que lo llevo a fabricar lanzas a idear planes para acorralar a su presa y darle muerte.
Fue en este entorno en el que el hombre desarrollo su musculatura con una dieta basada en la carne del animal que cazaba, el fuerte vivía mientras que el débil y el inadaptado moría en ese territorio hostil.
Las razas más fuertes se formaron en el hielo, vivían por la cacería y por la acción, no había lugar para el descanso y el ocio. Era luchar o morir.
Su deseo por explorar lo llevaron lejos del hielo, lo llevaron a la vida nómada y a descubrir territorios más cálidos donde vivía otro tipo de hombre.
El hombre de los climas cálidos era un ser humano más dado al ocio, al sedentarismo y a la agricultura no tenía los mismos instintos ni la misma fuerza que el hombre de los hielos. En cuanto estos dos tipos de hombre se encontraron surgió la lucha, dándole la victoria al hombre de los hielos.
Es la ley natural que favorece a los fuertes y a los más aptos, la Naturaleza es cruel con los que no aceptan su ley pero está del lado del que posee la fuerza.
Esa inventiva humana lo llevo a idear métodos para domesticar a los animales, para la cría y mejora de especies. Esos mismos criterios de crianza y selección, ideo métodos para seleccionar y educar a los más sanos de su especie.
La eugenesia es un triunfo de la inventiva humana, mejorar a los elementos de su comunidad y mejorar su condición como especie para la lucha por el derecho a la vida, mejores guerreros y mejores cazadores para un mundo hostil.
Esos criterios de selección y educación junto con esa voluntad de lucha y victoria llevo al hombre a forjar imperios, crear obras de arte, componer poesía, viajar y hacer la guerra.
Pero las civilizaciones degeneran, los imperios van envejeciendo y perdiendo su vigor y olvidan las leyes biológicas.
Esa misma curiosidad y ansia de conquista lo llevo al problema de la civilización, de encerrarse detrás de murallas y ser sedentario.
Eso sucede en esta época en la que el hombre ha perdido su instinto de crear, de descubrir y de luchar por la falsa seguridad de una errónea idea de civilización. El hombre de esta época vive encerrado en conglomeradas ciudades.
Las monstruosas metrópolis de esta época son grandes jaulas que almacenan a millones de seres humanos domesticados y sin instintos.
Es la domesticación humana de la que habla la etología y que es una realidad en esta cárcel-civilización, urbes como Londres, Nueva York, la Ciudad de México y Tokio que han acumulado a generaciones de seres humanos domesticados, mentalmente inestables, sin instintos y enfermizos.
Nuestra civilización ha logrado burlar artificialmente las brutales leyes biológicas de selección y eliminación pero ha envejecido velozmente y ha perdido su vigor. Los malos genes antes descartados por las condiciones de un medio hostil ahora se reproducen con más frecuencia, en un medio donde no se requiere luchar para vivir entonces los instintos se apagan, los genes degeneran y el genio se extingue.
El hombre-masa de nuestro tiempo ha olvidado la lucha por la vida y si hay algo que la Naturaleza no perdona es la ingenuidad.

Somos parte de la Naturaleza, somos animales como los otros y estamos sometidos a las leyes biológicas. El hombre de este siglo y habitante de las urbes ha perdido su instinto en favor de un falso racionalismo.
Hemos perdido tres instintos claves para la supervivencia: la desconfianza, la cacería y el instinto de manada.
La desconfianza ese instinto que nos mantiene alerta, la desconfianza hacia el extranjero, hacia el otro, es un sentimiento bien justificado y arraigado a nuestra genética. La desconfianza nos permite apartar y analizar al otro, las manadas de lobos que apartan al que no es parte de la manada, el perro que desconfía de otro perro de diferente raza y le enseña los dientes.
El instinto cazador que nos permitió salir del estado de primates a estar por arriba de la cadena alimenticia, que nos promociono la inteligencia y la astucia para poder atrapar a nuestra presa. Hoy en día ya no es necesario cazar para adquirir nuestro alimento, el hombre de esta época es incapaz de matar a una gallina o a un cerdo por puro sentimentalismo y miedo.  
La educación de este siglo está enfocada a un humanismo pernicioso que nos aleja todo lo que sea violento, se nos educa para reprimir y anular nuestros instintos.
El instinto de manada, ese instinto de estar en grupo, de colectividad, de unión, nuestros antepasados se formaban en tribus, clanes y familias para luchar juntos, cazar juntos, estar entre iguales, entre hombres libres, conquistando y peleando juntos.
Esta es una época de individualismos, de falta de unión, de egoísmos en el que no existe el interés por tener un colectivo o una manada. Hemos perdido ese instinto por un individualismo en las ciudades, seres solos y egoístas viviendo en grandes ciudades.
Al perder estos instintos básicos para la supervivencia nos hemos vuelto una especie egoísta y débil para la lucha por el derecho a la vida.
Si la especie humana quiere sobrevivir debe recuperar estos tres instintos, debe volver a lo natural y abandonar ese falso racionalismo.
En la civilización de esta época el derecho a la vida se otorga simplemente por nacer, todos tienen derecho por igual a la vida, por el simple hecho de ser un ser humano. Todos tienen derecho a la vida eso es válido pero también tienen la obligación y el deber de pelear día a día por el derecho a la vida.
Es posible que Occidente no despierte a esta realidad natural hasta que sufra una experiencia traumática, el colapso de la civilización tecnológica, una invasión militar masiva, un desastre ecológico a gran escala, solo entonces el instintos dormido despertara y podrá pelear por su derecho a la vida.
¿Ganara? ¿Perderá? No lo sabemos pero la voluntad humana por sobrevivir es mas grande de lo que uno se imagina, la inventiva es algo que no tiene fronteras y que se encuentra sometida por tabúes y dogmas, si la liberáramos entonces encontraríamos la forma de mejorar nuestros genes y superar la condición humana. Prepararnos para la supervivencia y el combate por nuestra tierra, por nuestra familia y por nuestro derecho a la vida.
La Naturaleza es implacable, es dura pero es benevolente con la especie que tiene la voluntad para combatir por la vida.
Si como especie tomáramos conciencia de este Orden Natural, de estas leyes eternas podríamos estar en armonía con la Naturaleza y construir entonces una mejor civilización en equilibrio entre el ser humano y su entorno.

Octubre 2013



lunes, 14 de octubre de 2013

Breve tratado de la rebelión


Robert de Herte

Ernest Jünger escribió en 1951 en el “Tratado del Rebelde”: «Para el rebelde son indispensables dos cualidades. Rechaza dejarse prescribir las leyes del poder, ya sea que usen la propaganda o empleen la violencia. Su decisión es defenderse». Dominique Venner agregó: «Aquello que los rebeldes han tenido en común en todos los tiempos es el hecho de haber descubierto, por diversas vías, una incompatibilidad absoluta entre su propio ser y el mundo en que les tocaba vivir».


El rebelde rechaza, con su conducta, el orden en que está dado el mundo en el que fue arrojado. Lo rechaza en nombre de una legitimidad que se encuentra más allá de la legalidad. Lo rechaza porque encuentra la legitimidad y la norma en sí mismo[...]. Su rechazo es total. El rebelde es aquel que no cree, desprecia a aquellos que buscan deslumbrarlo haciéndole ver honores, intereses, privilegios, reconocimientos. En la mesa de juego, es aquel que no juega: el espíritu del tiempo resbala sobre él como el agua sobre las piedras. Espíritu libre, hombre libre, no coloca nada por encima de la libertad de la mente y de la persona. Él mismo es expresión de libertad. «Es rebelde, quien está inmerso en la libertad, ley de su propia naturaleza», escribió Jünger.

Él no es solamente un hombre que rechaza someterse. Ciertamente, como el que resiste o el disidente, el rebelde es la prueba de que una alternativa es siempre posible, rebelión no solo ligada a las circunstancias; es de orden existencial. El rebelde siente físicamente la impostura, la siente instintivamente. Disidente se hace, rebelde se nace. El rebelde es rebelde porque cualquier otro modo de ser le es imposible. El resistente deja de combatir cuando carece de instrumentos. Pero el rebelde, aún en prisión, continúa su rebelión; por ello puede ser considerado un perdedor, sin embargo, no es vencido jamás. Los rebeldes no siempre pueden cambiar el mundo, pero el mundo nunca ha logrado cambiarlos.
Ante un mundo hacia el cual siente desprecio o disgusto, el rebelde no puede considerar satisfactoria la indiferencia, que es demasiado cercana a la neutralidad. El rebelde esta hecho para la lucha, aunque la misma sea sin esperanza. No es un
renunciante. El rebelde se siente extraño en el mundo que habita, sin todavía desear dejar de habitarlo: sabe que se puede nadar contra la corriente a condición de no abandonar el lecho del río.
Pertenece a esa minoría que en todas las épocas prefirió el peligro a la esclavitud, sabe que el respeto de sí siempre debe ser conquistado. Su alejamiento, puramente interior, no impide el contacto, dado que tal contacto es necesario para la lucha. Si «recurre al bosque», no lo hace para refugiarse -si bien a menudo es un proscrito- sino para retomar la fuerza vital. «El bosque siempre esta presente», prosigue Jünger. «Existe el bosque en el desierto como en la ciudad, donde el Rebelde vive escondido bajo la máscara de cualquier profesión. Existen bosques en la propia patria, así como sobre cualquier suelo donde pueda expresar su resistencia. Pero sobre todo existen bosques detrás de las líneas enemigas».
El revolucionario persigue un objetivo; no necesariamente es así para el rebelde. El rebelde puede luchar para afirmar un estilo. Lucha porque no puede hacer otra cosa que luchar. El revolucionario entiende llegar a un objetivo, mientras el rebelde
encarna, ante todo, un estado de ánimo. El rebelde desprecia el juego de dejarse arrastrar por la ola extremista y la manipulación presuntamente eficaz de los «slogan». No se encuentra entre aquellos que se limitan a anunciar el Apocalipsis, sin tener el mínimo medio para ponerle remedio. [...]
En el «curso de la historia», en compensación, el rebelde reconoce el instante y lo atrapa. Para romper el cerco, para tentar introducir un grano de arena en la máquina, razona sobre situaciones concretas. Determina la estrategia en relación con lo que ve transcurrir bajo sus ojos, no recurre a modelos superados. El rebelde es antes que nada móvil. Moviliza el pensamiento y lo hace móvil. No es soldado, sí guerrillero. No conduce operaciones regulares, lanza golpes de mano. No está detrás de una línea del frente, pero atraviesa todos los frentes. El rebelde puede ser activo o contemplativo, hombre de conocimiento o de acción. En el plano estratégico puede ser quebracho o rosal, lobo o león. Los hay de diversos géneros. En el ámbito del pensamiento, fueron rebeldes Péguy, Bernanos, Orwell, y mas recientemente Jack Keourac, Dominique de Roux, Burroughs, Passolini, Mishima, Jean Cau [...], En el ámbito de la acción, después de tantos «despertadores de pueblos», podemos citar al subcomandante Marcos, que, sin cometer ningún atentado, defiende de modo ejemplar la libertad de los indígenas de Chiapas. De Robin Hood a los zapatistas, la filiación es una sola.
Los rebeldes siempre existieron, pero el mundo actual les reserva un rol del todo particular Durante la modernidad, el rebelde aparecía rechazado respecto del revolucionario: se estimaba que estaba privado de una clara conciencia ideológica y que prefería el juego desordenado de las reacciones instintivas a las estrategias largamente meditadas. Hoy que la modernidad está concluyendo, ellos reencuentran el puesto e les corresponde.
La globalización hace de la Tierra un mundo privado de exterior, privado de otra parte, que no es posible atacar partiendo de un punto más allá de sí mismo. Un mundo de este tipo no es impulsado a la explosión, sino más bien a una depresión implosiva. El rebelde es apto para este mundo porque anima redes y propaga sus ideas de forma viral. Desde este punto de vista, es también una figura posmoderna, pero figura antagonista. De un modo siempre más homogéneo encarna la singularidad.
Es un punto opaco en un mundo lanzado a la transparencia totalitaria, un sujeto en un mundo de objetos virtuales, un sedicioso por excelencia en un mundo civilizado devenido en policíaco. Un extraño que puede ser en buen derecho excluido en nombre de la lucha contra la exclusión, si no fuera que preventivamente el mismo se excluyó.
He aquí por qué, en un cierto sentido, el futuro pertenece al pensamiento rebelde, al pensamiento que diseña inéditos frentes de batalla, esboza una nueva topografía prefigura otro mundo. Porque la historia siempre queda abierta. Jünger dice llamar Rebelde aquel «que aislado y privado de la patria por la marcha del universo, se ve entregado a la nada». Y escribe «Cuando un pueblo entero se prepara a pasar al bosque, se convierte en una temible potencia».

[Robert de Herte es pseudónimo de Alain de Benoist. Este ensayo fue publicado en "Elements" Nº 101, Mayo de 2001, París, y en "Diorama" Nº 245, Mayo-Junio de 2001, Florencia]

lunes, 7 de octubre de 2013

En defensa de la eugenesia (VI): Dos concepciones diferentes



Por Fernando Trujillo

A pesar de que las practicas eugenésicas se remontan a la India Védica, la eugenesia moderna nace en la Inglaterra del siglo XIX, fue el antropólogo y geógrafo Sir Francis Galton (primo de Charles Darwin) quien acuño por primera vez el termino eugenesia, siendo uno de los pioneros en esta área llevo a cabo exhaustivos estudios en diferentes genealogías que lo llevaron a descubrir que el genio esta en los genes.
Galton fue un defensor de la eugenesia en una época en la que la eugenesia era respaldada por la comunidad científica y la comunidad científica no estaba atada a intereses políticamente correctos.
Durante el siglo XIX y principios del siglo XX varios países de los más avanzados tuvieron sus programas eugenésicos, esta fue la época de oro de la eugenesia moderna, hasta la caída del Tercer Reich cuando la eugenesia fue condenada al tabú varios países comenzaron a cancelar sus programas eugenésicos, desapareciendo finalmente a principios de los setenta.
¿Qué diferencia hay entre la eugenesia antigua y moderna? Que la primera está basada en las leyes naturales mientras que la segunda no. Para entender la eugenesia en la antigüedad tenemos que remitirnos a la India Védica y Esparta.
En India los arios impusieron un estricto sistema de castas formada por una nobleza guerrera, dura, ascética y con altos valores espirituales mientras que el dalit, el paria sin casta era condenado a un estilo de vida bajo, sufrían de enfermedades endogámicas, morían  en las peores condiciones.
En este sistema los mejores elementos de la población estaban en las castas más altas mientras que los peores en los más bajos.
El sistema de castas hindús represento un ejemplo de eugenesia negativa, es decir eliminar y limitar la procreación de los peores.
Esparta fue un sistema eugenésico diferente, los espartanos no querían tener una aristocracia fuerte con un pueblo que no lo fuera, para los espartanos no había opción, la población entera seria ascética o no lo seria.
Los espartanos aplicaron su sistema eugenésico a la población en general que genero a los guerreros más fieros y a las mujeres más bellas de su tiempo—las espartanas eran vistas como las mujeres más hermosas de toda Grecia—aplicando severos criterios de selección y educación la sociedad espartana tuvo a los mejores guerreros de su tiempo y como dije a las mujeres de una belleza inigualable.
El Tercer Reich heredo la misma visión de los espartanos, el Tercer Reich no quería una elite sana con un pueblo embrutecido y débil, quería un cambio total en su población, quería un pueblo ascético y noble.
En su día los periódicos más leídos y la comunidad científica elogio el programa eugenésico de la Alemania Nacional Socialista, el control que se estaba llevando en la población, la educación de los niños y jóvenes, los avances científicos que se llevaban a cabo en el campo de la eugenesia.
En tan solo once años Alemania fue el estado eugenésico más avanzado de su tiempo, todo el proyecto eugenésico alemán fue destruido con la derrota de Hitler, posteriormente la eugenesia seria estigmatizada como “ciencia nazi”, se borró cualquier referencia en libros  y paso a ser perseguida mediáticamente, los mismos periódicos que la elogiaron ahora la acusaban de genocida, sus científicos encarcelados y la eugenesia paso a ser un tema tabú.

Para entender la eugenesia moderna tenemos que remontarnos a los siglos XIX y XX sobre todo a las naciones que estaban a la vanguardia: Inglaterra y Estados Unidos.
Tanto la comunidad científica como intelectuales, políticos, magnates y economistas entre otros eran defensores de la eugenesia, podíamos poner como ejemplos a hombres como George Bernard Shaw, el ya mencionado Francis Galton, el presidente Theodore Roosvelt, escritores como D.H Lawrence y Jack London, la enfermera americana Margaret Sanger y el medico americano John Kellogg.
Estos programa eugenésicos incluían la esterilización obligatoria, abortos forzosos, la segregación (tanto racial como de enfermos mentales), la restricción del matrimonio y el control de natalidad.
Sin embargo pese a ser la edad de oro de la eugenesia, esta época estuvo dominada por un capitalismo salvaje y un proceso de industrialización que termino por dar origen al hombre-masa de las grandes ciudades.
La eugenesia moderna no estaba basada en las leyes biológicas si no en criterios económicos y productivos. La burguesía aplicaba la eugenesia a vagabundos, trabajadores, gente de clase baja. No querían un tipo de ser humano superior si no obreros productivos que rindieran más en largas jornadas de trabajo.
Así mientras la burguesía tomaba el té en sus lujosas mansiones se aplicaban esterilizaciones a la clase baja aunque en esta podrían encontrarse hombres y mujeres con un material genético sano y de alta calidad.
Estamos en una época en la que comienza la masificación y lo que las clases dirigentes querían eran ciudadanos productivos que trabajaran duramente para que ellos pudieran tener una vida de lujos.
Aquí comenzó una distorsión de la eugenesia y el origen de una de las acusaciones más comunes sobre ella (que exalta la diferencia entre ricos y pobres), el propósito de un verdadero estado eugenésico es un tipo de ser humano física, mental y espiritualmente superior aplicando las leyes naturales.
Un obrero de clase baja puede tener una calidad genética superior a una persona nacida en el seno de la burguesía, una verdadera biopolitica no hace distinción de clases sociales sino de genes, en este sentido los anglosajones habían distorsionado la misión de la eugenesia al hacerla una ciencia que distinguía clases sociales en lugar de la calidad de los hombres.
No sirve de nada tener un programa eugenésico cuando la mayor parte de la población sufre de hambre, se degenera en los barrios bajos, aumenta la cantidad en disminución de la calidad y se entrega a los peores instintos mientras que la burguesía vive cómodamente en su opulencia.
No obstante y pese a estos defectos, esta época se caracteriza por una libertad científica libre de prejuicios políticamente correctos.
La burguesía estaba conformada por individuos cultos y creativos los cuales dieron grandes aportaciones a la ciencia, la literatura y la filosofía.
Sin trabas ni tabúes la eugenesia pudo avanzar como ciencia, se dieron grandes aportes desde las perspectivas biológicas y antropológicas que ayudaron a aportar fuerza a la eugenesia, poner frenos y prejuicios detiene el avance científico mientras que la libertad científica es progresar.
Actualmente esta libertad científica que se gozaba en estos siglos es absolutamente nula en esta época en la que la ciencia está llena de tabús y moralismos.
Hoy en día las opiniones del dramaturgo George Bernard Shaw sobre aplicar un gas venenoso a los indeseables serian vistas como una apología al genocidio, las opiniones de D.H Lawrence sobre meter a los indigentes en una cámara de gas harían que al autor de “La Serpiente Emplumada” lo llevaran a un linchamiento en los medios y a un juicio por promover el odio.
A pesar de sus obvios defectos la eugenesia moderna permitió mantener una población relativamente sana en las naciones que la practicaron, con la caída de la eugenesia y el advenimiento de una ciencia atada al prejuicio y a los intereses del Sistema estos países cancelaron sus programas.
Los últimos países en abolir sus programas eugenésicos fueron Canadá y Suecia a principios de los años setenta. El resultado fue una sobrepoblación en estos países con una baja de la calidad de sus habitantes.

Hemos visto un breve análisis de dos concepciones diferentes de la eugenesia, mientras que en Esparta se buscaba un hombre superior la potencias imperialistas de hace dos siglos solo querían un hombre productivo sin interesarse en superar la mera condición humana, cada época tuvo sus aciertos y errores.
Estas dos concepciones tuvieron su momento y su época, ya no podemos hablar de llevar a cabo una política eugenésica como en la antigua Esparta, esos procedimientos hoy en día son demasiado primitivos, tuvieron su momento pero la ciencia ha avanzado y la eugenesia también.
No podemos hablar tampoco de una eugenesia como la veían los anglosajones, demasiado clasicista, tuvo su momento pero en este nuevo siglo ha quedado superada.
Tanto la eugenesia antigua como moderna son referencias obligatorias para cualquier estudioso de esta ciencia pero no se puede hablar de volver a resurgir estos dos sistemas, toda ciencia avanza y la eugenesia no es la excepción.
Sin embargo si algo ha sobrevivido es la concepción de los espartanos, la eugenesia para beneficiar al pueblo no solo a una elite, un pueblo sano y vigoroso de hombres libres, en armonía con la naturaleza.
Un tipo de hombre física, mental y espiritualmente superior parte de una comunidad sana y de acuerdo a las leyes naturales.
En conclusión mientras que los anglosajones querían una clase aborregada y dominada por una elite, los espartanos querían un pueblo ascético y vitalista. Esa es la gran diferencia y yo me quedo con la concepción espartana.
Una verdadera política eugenésica debe de estar establecida por el bien del pueblo y no por el provecho de una elite.
No se puede tener un pueblo enfermo con una elite sana, eso es un desequilibrio que causo mucho daño durante los dos siglos pasados, un pueblo sano debe tener una aristocracia sana que lo dirija.
Aunque estas dos concepciones han quedado superadas siempre se debe de mantener el ideal de un mejor pueblo conformado por una mejor humanidad, una comunidad de individuos libres con altos valores éticos y espirituales.
Este nuevo siglo ha dado paso a una nueva concepción de la eugenesia pero que aún no ha visto su historia por los tabús y trabas de un corrupto y decadente sistema científico. El tiempo está por llegar.


Octubre 2013

jueves, 3 de octubre de 2013

El budismo "aristocrático" de Julius Evola

Era 1943 cuando Evola publicaba La doctrina del despertar, o sea, un momento en que la historia daba un trágico giro, en particular en Italia, donde el estallido de una de las más crueles guerras civiles se injertaba en un conflicto mundial que parecía haber echado a doblar las campanas pregonando la muerte de la cultura europea. Ciudades enteras, transformadas en piras, habían dejado de existir, y esto no era más que el preludio del inminente apocalipsis... En esta atmósfera trágica, cuando cabría haber esperado de los intelectuales una actitud combativa, fundada sobre los valores de la acción, del coraje y del heroísmo, Julius Evola daba a leer a su público un libro ¡sobre budismo! Habida cuenta de la imagen que el Occidente se había formado de las tradiciones orientales y más en particular de la enseñanza de Shakya Muni, cabe pensar que entre los numerosos posibles lectores de obra tan inesperada en un periodo crucial de la historia de Italia, hubiera quienes vieran en este "ensayo sobre el ascetismo budista" una especie de ¡provocación! Tanto más que los orígenes aristocráticos del autor no parecían predisponerlo, en modo alguno, a interesarse de manera particular por una religión donde los monjes, ajenos al inundo, desempeñan el papel principal.

Se trataba, en realidad, de un malentendido. Se olvidaba, por ejemplo, que el futuro Buda era también de estirpe noble o, más exactamente, era h¡jo de rey y príncipe heredero y había sido educado en vistas a que un día heredaría la corona. Se le había enseñado la profesión de las armas y el arte de gobernar y, a la edad justa, se había casado y tenido un hijo. Cosas, todas éstas, que evocarían rnas la formación física y mental de un futuro samurai que la de un seminarista que se prepara a tomar las Ordenes. Un hombre como.Julius Evola era el mas apropiado para dlsipar tal error.

Y lo hace en dos frentes: por un lado, no deja de recordar en su libro cuáles fueron los orígenes de Buda, el príncipe Siddhartha, destinado al trono de Kapilavastu; por otro, se empeña en demostrar que el ascetismo budista no es una resignación pusilánime frente a las desgracias de la vida, sino un combate de orden espiritual no menos heroico que el de un caballero en el campo de batalla. Como dice el propio Buda (Mahavagga 2, 15): "Mejor morir combatiendo que vivir como vencido". Tal resolución coincide con el ideal de Evola de triunfar sobre las resistencias materiales con el fin de alcanzar el Despertar a través de la meditación; no obstante, hay que señalar que el vocabulario guerrero está contenido en los escritos más antiguos del budismo, o sea, los que mejor reflejan la enseñanza viva del Maestro. Evola se entrega incansablemente a borrar esa imagen flaca y desteñida que el Occidente se ha creado de una doctrina que en sus orígenes se la quería aristocrática y reservada a "campeones".

Es sabido que después de Schopenhauer, en la cultura occidental se difundió la idea de que el budismo enseñaba una doctrina de renuncia al mundo, entendida como actitud pasiva: "dejernos que las cosas sigan su curso; al fin y al cabo no nos interesan". Dado que en este mundo inferior "todo es malo", sabio es aquel que, como san Simeón Estilita, se retira, si no a vivir sobre una columna, por lo menos a un lugar aislado para meditar. Y la imagen más corriente que nos hacemos de los budistas es de monjes con hábitos color azafrán que van mendigando su alimento y no hacen ‑según se cree‑ más que recitar textos aprendidos de carretilla, puesto que la oración propiamente dicha está prohibida, por lo cual su religión se antoja una forma de ateísmo.

Evola demuestra muy bien que esa noción del budismo está radicalmente falseada por una serie de prejuicios. ¿Pasividad?, ¿inacción? ¡Todo lo contrario! Buda no cesa de exhortar a los discípulos a "esforzarse por la victoria" y él mismo, en el ocaso de la vida, podrá decir con ufanía: katam karaniyam (¡lo que tenía que hacer lo he hecho!). ¿Pesimismo? Es cierto que Buda, tomando una fórmula del brahmanismo, religión en la que había sido educado antes de partir de Kapilavastu, afirma que sobre la tierra "todo es sufrirniento"; pero es así, aclara él mismo, porque esperamos que nuestros actos nos reporten de inmediato beneficios concretos. Los guerreros arriesgan su vida por el ansia del saqueo y por el placer de la gloria; pero quedan inevitablemente decepcionados: el botín es magro y pronto malversado y la gloria se marchita con rapidez... Mas si se toma conciencia de este estado de cosas (he aquí unaspecto del Despertar), el pesimismo se disipa, por cuanto que la realidad es la que es, ni buena ni mala de por sí: pertenece a un devenir que no puede ser interrumpido. Es preciso vivir y actuar, pues, a sabiendas de que para nosotros ha de contar sólo el instante. Por lo tanto, el deber (el dhanuna) se afirma como la única referencia válida: "haz lo que debes", o sea, "haz, pero de modo que tu actuar sea del todo desinteresado".

Se adivina cómo Evola no ha tenido que fatigarse mucho para mostrar que este ideal es el de los caballeros andantes de nuestro Medievo, los cuales ponían su espada al servicio de toda causa noble, sin aguardar recompensa alguna. Combatían porque un día fueron preparados para rendir tal servicio y no para enriquecerse despojando a sus adversarios. ¿Eran pesirnistas? Desde luego que no, si al concluir su vida podían decir, como Buda: "¡Lo que debía hacer lo he hecho!" Tampoco eran optimistas, puesto que el principio "todo marcha bien en el mejor de los mundos posibles" no es menos ilusorio que su contrario.

Por fin, el término de "ascetismo" es susceptible de generar errores en quien observe el budismo desde el exterior. Evola recuerda, a tal propósito, que el sentido original de esta palabra es "ejercicio práctico", "disciplina" y, se podría decir también, "aprendizaje". Mas no, como estamos inclinados a creer, una voluntad de mortificación ligada a la idea de penitencia que llega, por ejemplo, a la autoflagelación, pues "es preciso sufrir para espiar los propios pecados", sino una escuela de la voluntad, un heroísmo puro (o sea, desinteresado), que Evola, conocedor de la materia, parangona con el esfuerzo del alpinista. Para el profano, la escalada es un esfuerzo inútil, para el montañista es un desafío que se lanza a sí mismo con el solo propósito de poner a prueba su valentía, su perseverancia y, eventualmente, su heroísmo. Hay aquí una actitud que el brahmanismo conocía ya bajo ciertas formas del yoga, en especial las tántricas. A esto, Evola, unos años antes, había dedicado el libroEl hombre como potencia (1926).

En el ámbito espiritual el modo de proceder es el mismo. Buda en determinado momento, según se sabe, estuvo tentado de una forma de ascetismo semejante a la del ermitaño del desierto; ayunos prolongados, prácticas tendientes a "quebrantar la resistencia del cuerpo", etc. Pero llegó a ser verdaderamente él mismo, obtuvo el Despertar, sólo cuando comprendió que este camino no llevaba a ninguna parte. Con gran escándalo de sus primeros discípulos dejó de mortificarse, comió hasta satisfacer el hambre y volvió a mezclarse con el mundo de los hombres. Pero a partir de entonces comenzó a actuar con desprendimiento: el mundo ya no podía hacer presa de él, que se había convertido en un “héroe", como habrían dicho los griegos antiguos, o casi un dios.

Tal es el significado profundo de la enseñanza del príncipe Siddhartha, transformado en "el Despertado", el buddha, o "el asceta salido de la dinastía real Shakya (Shakya Muni)". Y todo el valor del libro de Evola está en poner de manifiesto este budismo auténtico. Para ello recurre masivamente a las fuentes originales, las recogidas en el canon en lengua pali, la lengua utilizada por Buda en su predicación. Aunque se trata siempre de una erudición mantenida bajo control, que no se tiene ella misma como fin, cual a menudo ocurre con los especialistas, sino que cumple su papel, esencial pero subalterno, de medio de demostración. La obra de Evola, como él mismo recalca en el título, es un "ensayo", un compendio, no una summa. No es una historia del budismo primitivo, antes bien una reflexión sobre la verdadera naturaleza del ascetismo budista y sobre su posible integración en el mundo moderno.

¿Quién puede saber lo que Evola pensaba mientras escribía este libro? Por mi parte me inclino a creer que, presintiendo la tragedia inminente, quiso ilustrar la virtud de la perseverancia y de la fidelidad, aunque el combate no tuviera camino de salida. Y cuando, en 1945, recibió en Viena la terrible herida que lo dejó inmovilizado los treinta años que aún le quedaban por vivir, se puede creer que, sobreponiéndose a sus sufrimientos y a su desazón por no poder ya escalar las cimas que siempre lo habían atraído, se dijo que, como fuera, había hecho lo que tenía que hacer, habiendo nacido tal día y en tal lugar: testimoniar la verdad. Y si, por desgracia, en esta edad oscura en la que el universo se precipita hacia su fin (necesario para que aparezca un mundo nuevo, según la doctrina cíclica del tiempo), la gente no es capaz de recibir tal testimonio, ¿qué más da? Como dijo el propio Buda: "Quien ha despertado es sernejante a un león que ruge hacia las cuatro direcciones del espacio". ¿Quién puede saber cómo resonará el eco de este rugido? Como quiera, es el rugido de un vencedor y esto es sólo lo que cuenta.


Jean Varenne