"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







jueves, 24 de octubre de 2013

En defensa de la eugenesia (VII): El derecho a la vida




Por Fernando Trujillo

La vida es una lucha constante por la supervivencia, esa es la principal ley natural de este planeta y la civilización tecnológica ha ignorado esta ley. Creemos haber vencido a la Naturaleza, creemos haberla dominado con nuestras carreteras y nuestros vecindarios, creemos haber vencido esta ley primordial al poner cámaras de vigilancia en los postes de luz, tener métodos y medicamentos que alarguen  nuestra vida.
El hombre se ha hecho un ser apático, no necesita cazar para comer, en lugar de eso tiene que ir a un supermercado a comprar comida procesada, no tiene necesidad de cultivar su propio alimento cuando lo puede comprar. Ha engordado –y vemos esa gordura como algo natural—se ha vuelto flojo, para ir a una esquina necesita un auto, para pasear por un centro comercial necesita un carrito para moverse, se agota más rápidamente, el hombre de esta civilización carga con dificultad un aparato electrónico, se mueve más lento, necesita elevadores, escaleras eléctricas pero sobre todo ha perdido sus instintos de conservación y supervivencia. Sobre todo cree que por nacer ya tiene el derecho a la vida, cree que por el simple hecho de existir ya tiene derechos como los demás y cree estúpidamente que tiene más derechos que otras especies animales.
La Naturaleza es el sistema eugenésico perfecto porque desecha a los que no son aptos y favorece a los mejores de cada especie animal, solo los más aptos para sobrevivir, para luchar, para cazar, para adaptarse a los climas hostiles tienen el derecho a la vida.
El simple hecho de nacer no te da el derecho a la vida, ese derecho se gana día con día en la lucha, eso lo entendía el hombre de las cavernas, el espartano, el bárbaro germánico, el guerrero mongol pero el ser humano moderno ha perdido ese entendimiento.
La liebre que se esconde ante el halcón ha ganado su derecho a la vida, el árbol que permanece de pie en la tormenta ha ganado su derecho a la vida, la oveja que es devorada por el lobo ha perdido ese derecho. La lucha entre elementos y entre especies animales es parte de la belleza del Orden Natural.
La montaña que permanece inmutable ante terremotos y tormentas, los leones que cazan a los antílopes, los insectos devorando las plantas y las manadas de lobos peleando ferozmente por su territorio.
Es la lucha constante por el derecho a la vida, por la conquista del poder que se da entre las especies animales. La Naturaleza es un orden que solo acepta a los más aptos para el derecho a la vida.
Los biólogos han demostrado que algunas especies animales matan a sus crías si estas son enfermizas o débiles para la lucha por el derecho a la vida.
Esta constante lucha comienza desde el momento en el que nacemos, el infante que se va abriendo paso desde el útero materno hasta ver el mundo, que pelea por aferrarse a la vida.
Su llanto es un grito de triunfo, ha logrado salir del vientre materno a la vida, es la primera victoria en este constante ciclo de lucha y conquista.
El hombre civilizado ha olvidado la ley natural, se ha encerrado en sus grandes urbes creyendo que es ajeno al Orden Natural.
La conquista del poder, el territorio, la jerarquía y la supervivencia del más apto no son “construcciones artificiales” como el pensamiento nihilista del hombre civilizado los ha clasificado sino realidades biológicas.
Quizás creemos que hemos dejado en el pasado la lucha por el derecho a la vida pero en pos del progreso y la civilización hemos perdido ese instinto de supervivencia y la noción de las implacables leyes biológicas.

Durante toda su historia el hombre ha vivido por la lucha, la historia de la humanidad es la historia de la guerra entre razas por la supervivencia y la conquista del poder, la paz es una utopía y la guerra es una realidad.
Es esta ansia conquistadora, este intenso deseo por pelear, esta voluntad creativa la que saco al hombre primitivo de los hielos y lo que lo llevo a explorar, formar alianzas, cazar, luchar y dominar.
El hombre que vivía en los hielos tuvo que luchar por sobrevivir en un entorno hostil, tuvo que aprender a ser más rápido que su presa si quería vivir, tuvo que idear trampas y crear lanzas para poder dar caza a su objetivo, el deseo por vivir un día mas lo llevo a refugiarse en las cavernas y por descubrir el fuego para evitar morir congelado.
Fue su inventiva la que lo llevo a fabricar lanzas a idear planes para acorralar a su presa y darle muerte.
Fue en este entorno en el que el hombre desarrollo su musculatura con una dieta basada en la carne del animal que cazaba, el fuerte vivía mientras que el débil y el inadaptado moría en ese territorio hostil.
Las razas más fuertes se formaron en el hielo, vivían por la cacería y por la acción, no había lugar para el descanso y el ocio. Era luchar o morir.
Su deseo por explorar lo llevaron lejos del hielo, lo llevaron a la vida nómada y a descubrir territorios más cálidos donde vivía otro tipo de hombre.
El hombre de los climas cálidos era un ser humano más dado al ocio, al sedentarismo y a la agricultura no tenía los mismos instintos ni la misma fuerza que el hombre de los hielos. En cuanto estos dos tipos de hombre se encontraron surgió la lucha, dándole la victoria al hombre de los hielos.
Es la ley natural que favorece a los fuertes y a los más aptos, la Naturaleza es cruel con los que no aceptan su ley pero está del lado del que posee la fuerza.
Esa inventiva humana lo llevo a idear métodos para domesticar a los animales, para la cría y mejora de especies. Esos mismos criterios de crianza y selección, ideo métodos para seleccionar y educar a los más sanos de su especie.
La eugenesia es un triunfo de la inventiva humana, mejorar a los elementos de su comunidad y mejorar su condición como especie para la lucha por el derecho a la vida, mejores guerreros y mejores cazadores para un mundo hostil.
Esos criterios de selección y educación junto con esa voluntad de lucha y victoria llevo al hombre a forjar imperios, crear obras de arte, componer poesía, viajar y hacer la guerra.
Pero las civilizaciones degeneran, los imperios van envejeciendo y perdiendo su vigor y olvidan las leyes biológicas.
Esa misma curiosidad y ansia de conquista lo llevo al problema de la civilización, de encerrarse detrás de murallas y ser sedentario.
Eso sucede en esta época en la que el hombre ha perdido su instinto de crear, de descubrir y de luchar por la falsa seguridad de una errónea idea de civilización. El hombre de esta época vive encerrado en conglomeradas ciudades.
Las monstruosas metrópolis de esta época son grandes jaulas que almacenan a millones de seres humanos domesticados y sin instintos.
Es la domesticación humana de la que habla la etología y que es una realidad en esta cárcel-civilización, urbes como Londres, Nueva York, la Ciudad de México y Tokio que han acumulado a generaciones de seres humanos domesticados, mentalmente inestables, sin instintos y enfermizos.
Nuestra civilización ha logrado burlar artificialmente las brutales leyes biológicas de selección y eliminación pero ha envejecido velozmente y ha perdido su vigor. Los malos genes antes descartados por las condiciones de un medio hostil ahora se reproducen con más frecuencia, en un medio donde no se requiere luchar para vivir entonces los instintos se apagan, los genes degeneran y el genio se extingue.
El hombre-masa de nuestro tiempo ha olvidado la lucha por la vida y si hay algo que la Naturaleza no perdona es la ingenuidad.

Somos parte de la Naturaleza, somos animales como los otros y estamos sometidos a las leyes biológicas. El hombre de este siglo y habitante de las urbes ha perdido su instinto en favor de un falso racionalismo.
Hemos perdido tres instintos claves para la supervivencia: la desconfianza, la cacería y el instinto de manada.
La desconfianza ese instinto que nos mantiene alerta, la desconfianza hacia el extranjero, hacia el otro, es un sentimiento bien justificado y arraigado a nuestra genética. La desconfianza nos permite apartar y analizar al otro, las manadas de lobos que apartan al que no es parte de la manada, el perro que desconfía de otro perro de diferente raza y le enseña los dientes.
El instinto cazador que nos permitió salir del estado de primates a estar por arriba de la cadena alimenticia, que nos promociono la inteligencia y la astucia para poder atrapar a nuestra presa. Hoy en día ya no es necesario cazar para adquirir nuestro alimento, el hombre de esta época es incapaz de matar a una gallina o a un cerdo por puro sentimentalismo y miedo.  
La educación de este siglo está enfocada a un humanismo pernicioso que nos aleja todo lo que sea violento, se nos educa para reprimir y anular nuestros instintos.
El instinto de manada, ese instinto de estar en grupo, de colectividad, de unión, nuestros antepasados se formaban en tribus, clanes y familias para luchar juntos, cazar juntos, estar entre iguales, entre hombres libres, conquistando y peleando juntos.
Esta es una época de individualismos, de falta de unión, de egoísmos en el que no existe el interés por tener un colectivo o una manada. Hemos perdido ese instinto por un individualismo en las ciudades, seres solos y egoístas viviendo en grandes ciudades.
Al perder estos instintos básicos para la supervivencia nos hemos vuelto una especie egoísta y débil para la lucha por el derecho a la vida.
Si la especie humana quiere sobrevivir debe recuperar estos tres instintos, debe volver a lo natural y abandonar ese falso racionalismo.
En la civilización de esta época el derecho a la vida se otorga simplemente por nacer, todos tienen derecho por igual a la vida, por el simple hecho de ser un ser humano. Todos tienen derecho a la vida eso es válido pero también tienen la obligación y el deber de pelear día a día por el derecho a la vida.
Es posible que Occidente no despierte a esta realidad natural hasta que sufra una experiencia traumática, el colapso de la civilización tecnológica, una invasión militar masiva, un desastre ecológico a gran escala, solo entonces el instintos dormido despertara y podrá pelear por su derecho a la vida.
¿Ganara? ¿Perderá? No lo sabemos pero la voluntad humana por sobrevivir es mas grande de lo que uno se imagina, la inventiva es algo que no tiene fronteras y que se encuentra sometida por tabúes y dogmas, si la liberáramos entonces encontraríamos la forma de mejorar nuestros genes y superar la condición humana. Prepararnos para la supervivencia y el combate por nuestra tierra, por nuestra familia y por nuestro derecho a la vida.
La Naturaleza es implacable, es dura pero es benevolente con la especie que tiene la voluntad para combatir por la vida.
Si como especie tomáramos conciencia de este Orden Natural, de estas leyes eternas podríamos estar en armonía con la Naturaleza y construir entonces una mejor civilización en equilibrio entre el ser humano y su entorno.

Octubre 2013



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