"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 10 de octubre de 2014

Padres



Padres es el segundo relato de una antología que está en construcción (vengo hablando de esa antología desde finales de 2012), lo termine el domingo pasado y se los presento esta noche, espero lo disfruten.

Fernando Trujillo


El día había sido agotador, la familia llego a casa alrededor de las cinco de la tarde, el padre despertó a Josué dándole una palmada en su hombro. El niño dio un bostezo y se bajó del auto.
Hacía un mes que se habían mudado a Ciudad Caucel, para Josué que contaba con siete años la mudanza no había sido sencillo. Extrañaba su vieja casa, los niños con los que jugaba en el vecindario, su vieja escuela, a pesar de que sus padres le decían que pronto se acostumbraría a la nueva casa y al nuevo vecindario.
Ese domingo lo habían pasado en la casa de sus tíos de Acanceh, jugo con Lalo y Héctor sus primos mientras que sus padres platicaban con sus tíos en la sala, al entrar a su cuarto prendió la televisión, quería jugar a Mario Kart.
Su padre toco a la puerta, el niño no lo escucho, se encontraba demasiado concentrado en el juego. Abrió la puerta.
-Vamos a pedir una pizza, tu mama está demasiado cansada como para cocinar.
-Está bien.
-Oye ¿Hiciste tu tarea?
-Sí, Alejandra me ayudo—Alejandra era la niñera, era una buena muchacha que vivía en Pensiones, la hija de un buen amigo del trabajo. El padre asintió de buen agrado y cerró la puerta. Cuando su hijo estaba con el Nintendo y la computadora no prestaba mucha atención, eso le molestaba a veces pero no ahora, dio un bostezo y bajo a la cocina, necesitaba una cerveza.
Josué pensaba en su vieja escuela ¿Qué estará pasando? Quizás la maestra Mónica haya dejado mucha tarea como siempre, la nueva escuela no le gustaba mucho, jugaba futbol con los otros niños pero aún le quedaba nostalgia por su vieja escuela.
Continuo jugando, su primo Héctor le había dicho un truco del juego pero no lograba recordarlo, apretó varios botones intentando ver si le salía de pura casualidad pero no lo logro. Se olvidó de eso pronto y continuo jugando.
El día era demasiado caluroso pero recordaba que ayer su papa le prometió un aire acondicionado si todo iba bien. El niño se lo recordó hoy en la mañana para que no se le olvidara, su papa le dijo que sería cuando tuvieran dinero y el esperaba que fuera pronto, no le gustaba el calor.
En la otra casa tenían piscina y ocasionalmente se metía con la supervisión de alguno de sus padres, incluso a veces iban sus amigos y primos a bañarse y jugar. Otra de las razones por las cuales no le gustaba la nueva casa.
El padre estaba en la sala con su cerveza, mientras su hijo estaba jugando él pensaba en las deudas, la luz, el agua, el teléfono, demasiadas cosas que necesitaba pagar, el hombre se quedó en el sofá acomodándose hasta quedarse dormido.
Pensaba en la otra noche que escucho ruidos extraños, tal vez no fuera nada se dijo pero desde que habían llegado los escuchaba. Era el sonido de una bisagra, ese sonido que le parecía muy desagradable, su esposa interrumpió sus pensamientos, le pidió que llamara a la pizza. Miro el reloj viendo que era casi las siete, tomo otro trago de su cerveza mientras sus pensamientos volvían a ese sonido, una bisagra, desde la primera noche que durmió en esa casa lo había escuchado.
Josué bajo las escaleras, saludo a su padre y le dijo que iba por un vaso de agua, el hombre le dijo que estaba bien y le aconsejo que tomara un baño. Él también lo necesitaba.
-Hijo ¿Puedo hacerte una pregunta?
-¿Qué paso papa?
-¿Has escuchado ruidos raros?
El niño hizo un gesto negativo.
-Gracias—Josué asintió y regreso a su cuarto, el padre volvió al sofá y se terminó la cerveza, pensaba que no debió hacer esa pregunta, quizás solo fuera su imaginación. Lo más raro es que conforme pasaba el tiempo el sonido de la bisagra se hacía más fuerte y le daba la sensación de ser algo amenazante.
Sacudió su cabeza, no quería pensar más en eso, lo que si haría sería tomar un baño caliente antes de pedir la pizza.

Josué miraba por la ventana de la sala, el vecindario se veía tan oscuro, tan solitario, quizás esas eran las razones por las que no le gustaba ese nuevo hogar.
No había otros niños cerca, la mayoría de quienes vivían por esa zona eran parejas jóvenes sin hijos y ancianos.
Se aburría demasiado a veces, cuando salía al porche con su pistola nerf disparaba contra latas vacías, no obstante a su madre no le gustaba que saliera demasiado.
Ha habido algunos robos en la zona y no quería que su hijo fuera una víctima, por lo que la mayor parte del tiempo se la pasaba jugando Mario Kart y viendo la televisión.
Su madre estaba recogiendo la mesa mientras que su padre tomaba un vaso de coca, el niño se apartó de la ventana y pidió permiso para ver la televisión antes de dormir.
Estaban pasando los Simpsons, Josué se sentó en la mecedora con un vaso de coca, su padre se levantó para hacer una llamada.
Se sentía lleno, comió dos pedazos de pizza y su madre le guardo uno para desayunar.
Vio dos capítulos de los Simpsons, cuando dieron las nueve su madre le dijo que era hora de ir a la cama. Josué se levantó de la mecedora y fue a su cuarto, su madre lo acompaño para arroparlo y darle la bendición antes de dormir.
Su padre se quedó un rato en la sala con su vaso de coca, el hombre estaba leyendo el periódico, no había tenido oportunidad de leerlo en todo el domingo y se encontraba en la sección de Deportes, dio un bostezo.
Se recostó en el sillón, cerró los ojos, la noche era silenciosa, solo había algunos insectos haciendo ruidos pero no había ningún auto pasando ni ningún perro ladrando, solo silencio.
Entonces lo escucho.
El ruido de una bisagra, de una puerta abriéndose.
Se despertó de golpe y subió las escaleras, abrió la puerta del cuarto de Josué viendo a su hijo acostado. Cerró la puerta y se dirigió a su recamara, mañana sería un día de trabajo largo.
Josué no estaba dormido aun, se quedó mirando el techo un momento, aun no tenía sueño. Quería seguir jugando Mario Kart sin embargo temía que si lo empezara a jugar sus padres lo castigarían, la última vez le quitaron la televisión y la consola durante dos semanas, no quería que volviera a pasar.
Se acordó en medio del sueño que le había mentido a su padre con respecto a ese sonido, no conocía la palabra “bisagra” pero aquel ruido lo definía como una puerta que se abría. La puerta del salón de su nueva escuela tenía un sonido similar.
Sintió culpa por haberle mentido a su padre, no se acordaba de eso pero de todos modos no era una agradable sensación.
Se quedó dormido, siempre había tenido un buen sueño no obstante esa noche era diferente, había algo que le molestaba, no podía explicarlo pero era una sensación desagradable. Esa sensación la había tenido desde que llegaron pero esa noche era más intensa y opresiva que antes.
Un mosquito zumbaba a su alrededor, el niño se cubrió la cara con la almohada, a mitad de la noche se levantó de la cama.
Bostezo, se preguntó cuánto faltaría para el amanecer y se paró de la cama, tenía ganas de ir al baño.
Abrió la puerta.
El pasillo estaba completamente oscuro, en su antigua casa tenía un baño propio pero ahora tenía que cruzar esa oscuridad para llegar al baño.
Trago saliva y puso el primer pie fuera del cuarto, antes prendió la luz para que iluminara un poco.
Todo el pasillo esta oscuro, dio otro paso, había un silencio total sin embargo eso no disminuía el miedo que tenía, sino que lo aumentaba.
Sus padres le decían que los monstruos no existen y son los padres los seres que nunca mienten, que tienen la confianza incuestionable de un niño.
Josué repetía que los monstruos no existían mientras caminaba, no veía nada, daba otro paso temblando, otro paso más. Cada vez más el niño estaba dentro de la oscuridad, caminaba lento,  al final del pasillo estaba la recamara de sus padres y aun lado se encontraba el baño.
El niño temblaba, el ruido de un insecto le hizo dar un salto, no había nada ahí, solo oscuridad y eso era lo más aterrador.
Dio dos pasos más, sentía que el corazón le palpitaba con más fuerza y tenía cada vez más ganas de llorar.
Los monstruos no existen.
Repetía esa oración hasta que llego a la puerta del baño, la abrió pero era demasiado chico para alcanzar el interruptor.
Solo orinaría y se iría corriendo de vuelta a su cuarto, si el pasillo era oscuro, el baño resultaba más aterrador.
Únicamente se escuchaba la caída de las gotas del grifo.
Una gota tras otra.
El niño entro y subió la taza del inodoro, estaba más oscuro dentro y detrás de él se escuchaban las gotas cayendo, una tras otra.
Respiro aliviado al terminar, jalo la palanca y estaba por salir cuando la luz del cuarto de sus padres se encendió. Josué nuevamente respiro aliviado, la luz lo guiaría de vuelta a su cuarto sin necesidad de atravesar la oscuridad.
Al salir vio a su madre en la puerta, era una mujer alta y esbelta con el cabello negro, su bata estaba abierta y usaba un sostén rosa con unos calzoncillos blancos.
Josué se sentido apenado y se cubrió los ojos, su madre lanzo una risa que no era propio de ella, era algo demasiado siniestro, demasiado horripilante.
-Abre los ojos cariño no hay nada de qué avergonzarse.
Josué los fue abriendo poco a poco.
Su madre lucia diferente, era ella pero había algo raro y el niño lo sabía, algo en sus ojos, incluso noto que estaba más pálida.
-¿Qué sucede? ¿No te gustan los senos de tu madre?—dijo con esa misma risa horripilante, el niño no respondió, nunca había visto a su madre actuar de ese modo, estaba muy asustado.
-Entra al cuarto.
Josué se quedó mirando atónito, no quería entrar ahí, ella era su madre y dentro se encontraba su padre. Había dormido con anterioridad con ellos pero ahora era algo diferente, algo aterrador.
-Entra cariño, quiera que estés conmigo—el tono de su voz era obsceno, era un tono que al niño le parecía tan repulsivo. La mujer le hizo un gesto coqueto mientras se abría la bata, Josué no sabía qué hacer, miraba a su madre de un modo extraño, estaba asustado.
-Entra hijo
El niño hizo un gesto de negación.
Su padre se asomó por la puerta, abrazo a su madre, estaba sin camisa, solo con el pantalón de la piyama, como su madre estaba más pálido y esos ojos tenían un brillo perturbador. Algo no estaba bien y Josué lo sabía.
-Entra al cuarto campeón, queremos estar contigo.
Su padre jamás lo había llamado campeón.
-Entra con nosotros.
-Quiero dormir.
-Aquí puedes dormir—dijo su padre haciendo una sonrisa que le resultaba grotesca, acaricio el cuerpo de su madre de forma lujuriosa mientras ella reía de una manera tan ominosa, el niño lo miraba sin comprender lo que sucedida, estaba asustado y con una nueva sensación, estaba lleno de asco.
-Entra podemos divertirnos.
-Mañana hay escuela.
-Claro y vas a ir jovencito pero entra, tu madre y yo queremos que estés con nosotros.
-No.
-Entra hijo, que quiero darte un abrazo—algo estaba mal, el niño lo sabía, no quería entrar con ellos y entonces se dio cuenta.
Aquellos dos no eran sus padres, tenían sus formas pero no lo eran, ni su papa ni su mama actuarían de esa forma. No podían ser ellos, no sabía que cosas eran y que habían hecho con sus padres pero debía de correr.
-Ven con nosotros.
-Ven cariño, tenemos pastel.
Josué se lanzó a correr lo más rápido que podía, entro a su cuarto y cerró la puerta, puso el seguro. Prendió la luz y se acostó en la cama, comenzó a llorar.
Golpes a la puerta.
El niño reacciono con un grito, no tenía teléfono, ni siquiera tenía celular, se acurruco en la cama, otros dos golpes azotaron la puerta.
-Abre hijo somos tus padres.
Josué no paraba de llorar.
Otro golpe con más violencia.
No tenía ventanas, no había manera de poder escapar, lloraba cada vez más fuerte pero no había nadie que lo escuchara.
-Abre amor por favor.
El niño no respondía, el llanto le impedía articular una palabra, dos golpes con violencia que le ponían más aterrado.
-Josué abre la puerta—era la voz de su padre.
Otro golpe.
-Abre la puerta Josué.
Esta vez quien hablo fue su madre.
Dos golpes más y el niño se arrincono en su cama, por un momento los golpes cesaron, el niño continuaba llorando. Se limpió las lágrimas con la sabana.
Tal vez ya termino, tal vez esas cosas se fueron, se paró de la cama cuando un golpe con más fuerza azoto la puerta lo que hizo que pegara un grito.
-Abre la puerta—aquella voz le helo la sangre, no era su padre ni era su madre, era un tono más espantoso, mas gutural y oscuro.
-Josué abre la puerta—exigió la criatura, no reconocía si era hombre o mujer, era una voz infernal, algo maligno.
-¡Déjame en paz!
-Abre la puerta—el niño estaba en un rincón con lágrimas, impotente de lo que sucedía, otro golpe tras otro golpe y el niño se iba escondiendo en una manta.
-Abre la puerta—esa voz era producto de una pesadilla, una cosa que salto de los sueños a la realidad, el niño con lágrimas pensó que al final los adultos mentían y los monstruos si existían.
La perilla se iba girando, el niño miro como estaban intentando abrir, otro golpe y la puerta se iba rompiendo.
Josué volvió a llorar, esa cosa iba a entrar, la puerta no sería suficiente y entonces….
El niño en su mente infantil sabía que esa cosa lo iba a matar como también mato a sus padres. Otro golpe y otro golpe. La puerta se iba destrozando. Estaban por entrar y no había ninguna salida.
Por último el niño comenzó a rezar en busca de algún consuelo o de alguna ayuda divina, los monstruos ya no golpeaba sino que jalaban la perilla.
Otro golpe.
Josué trago saliva, se cubrió con la manta escuchando otros dos golpes y escuchando con la puerta se iba rompiendo.
Intentaban abrir la perilla, el niño cerro los ojos esperando que los monstruos desaparecieron, solo se escuchaba como intentaban forzar la perilla.
Hasta que la puerta se abrió.


La niña estaba saltando la cuerda en el porche mientras que su abuelita la observaba, el atardecer estaba llegando a la ciudad.
Como todas las tardes la abuelita se sentaba a esperar al panadero, los papas de la niña se encontraban trabajando peor no tardarían en llegar.
-Nena voy por mi monedero, no te salgas—le dijo la abuelita entrando a la casa, la pequeña asintió mientras continuaba saltando la cuerda.
-Hola—la niña se dio la vuelta, era otro niño el que la saludaba, vestía una playera azul con un pantalón corto.
-Hola ¿Cómo te llamas?
-Josué ¿Y tú?
-Verónica, mucho gusto—dijo dándole la mano detrás de la reja.
-¿Dónde vives?
-A unas dos calles de aquí.
-¿Quieres entrar a jugar?
La abuelita llego al porche y vio a su nieta platicando con un niño, lo había visto en dos oportunidades acompañado de su mama en la tienda de don Nacho, no salía mucho de su casa por lo que sabía.
Estaba más pálido que la última vez que lo vio pero debía ser porque estaba siempre encerrado, pensó mientras se ajustaba los lentes.
-Hola señora.
-Abuelita, él es Josué mi nuevo amigo ¿Puede pasar a jugar?
-Mejor mañana para que le preguntes a tus papas nena—dijo la abuelita, la niña asintió y se despidió de Josué con otro apretón de manos.
El niño se alejó hasta llegar a la esquina, vio la calle poco transitada, las casas, los señalamientos y sonrió.
La puerta se había abierto y ellos habían entrado, un lugar inocente habitado dispuesto a ser corrompido.
La criatura continúo caminando, estudiando el terreno, llego a la esquina y miro el atardecer. La noche estaba por llegar y con la oscuridad venían ellos, los seres del abismo que caminaban de nuevo entre los hombres.
Pensó en Verónica, era una niña bonita, se la imagino llorando y con el rostro cubierto de su propia sangre.



©Fernando Trujillo, todos los derechos reservados


      Octubre 2014
           
                                   

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