"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 28 de noviembre de 2014

Demasiados jóvenes para morir



Hace algunos años publique una serie de historias tituladas “Las Crónicas de la Valkiria y el Lobo”, la última de estas historias fue una novela corta llamada “El Casino de las Montañas” en el año 2010. No continúe la historia debido a otros proyectos, artículos, al final la historia quedo inconclusa. No obstante el año pasado durante un viaje decidí que quería continuar con esta historia pero reinventándola totalmente. “Demasiado jóvenes para morir” seria el prólogo del primer libro pero primero tengo que terminar otros trabajos—la tercera parte de la Saga del Vril, mi antología de historias de terror—antes de comenzar lo que es el primer libro. Tengo el mundo, tengo la historia en mi cabeza pero tardare en publicarla (tal vez a finales de 2015 o principios de 2016 si se puede). Mientras tanto espero disfruten de este relato que sirve como prólogo y sean bienvenidos de nuevo al mundo de la Valkiria y el Lobo.

Fernando Trujillo
                                                          




1

En un lugar como el Dominio no hay lugar para los débiles.
La caravana marchaba a paso lento hacia la Piedra del Sacrificio, apenas estaba amaneciendo, los primeros rayos del sol iban alumbrando el camino, era el último día del Mes del Emperador.
El llanto del bebe era el único ruido que se escuchaba, como si presintiera el destino que le estaba deparado. Mientras más iban cabalgando más alto gritaba, la madre lo cargaba, lo iba arrullando pero ella misma no podía esconder su dolor.
Odín Werling cabalgaba al frente en su caballo robot de ocho patas, no miraba a ninguno de los que iban detrás, el único que podía ir a la par de él, era Jasón Kirby su mano derecha y uno de sus pocos amigos. Cualquiera que se atreviera a igualarlo corría el riesgo de recibir un golpe a la cara….o una bala en el cráneo.
Era un hombre alto, de cabello rubio, su figura imponía respeto y temor en sus seguidores y en sus enemigos. El hombre más temido de todo el Dominio, era su padre.
El lugar al que iban se encontraba bastante retirado de Nueva Génesis, posiblemente entre una hora o una hora y media de camino. Todas las marchas que se realizaban en la piedra eran en su mayoría silenciosas salvo por el llanto de las mujeres y los niños.
Ester era la única niña que no le estaba permitido llorar, era la única hija de Odín, parte de una estirpe que alguna vez gobernó la tierra. Tan solo tenía siete años, iba en la carreta conducida por Arwin uno de los hombres de su padre, a su lado estaba Alina Trujillo la hija del capataz de la granja y a su derecha estaba Duncan Kirby el hijo de Jasón.
En todo el trayecto el llanto de la criatura era más fuerte, la niña sentía que eran como tambores dentro de su cabeza, cerró los ojos pero en la oscuridad el llanto continuaba.
Alina empezó a llorar, Angie la encargada de los niños se subió a la carreta para consolarla, Dunca no lloraba, no podía darse el lujo de hacerlo, tenía ocho años, ya era todo un hombre, sabía que si lo llegaba a hacer entonces perdería el respeto de los otros miembros de su comunidad.
Miro a los buitres volar alrededor, como si presintieran que pronto tendrían carne fresca que devorar. Entonces pensó que sería un cadáver por los alrededores, tal vez un explorador de otra comunidad, tal vez un hombre reptil. A sus siete años ya había visto la muerte, su padre la había llevado a una fosa con los cuerpos de muchos hombres reptil, la impresión fue de terror sin embargo su mismo padre le había dicho que tenía que acostumbrarse a la muerte, al olor de los cuerpos en descomposición, a matar.
El Dominio era una tierra trágica, un lugar de sangre derramada y violencia, sus antepasados habían llegado a esta tierra tras la caída del Imperio de Asgard, buscando una tierra prometida donde tener un nuevo comienzo, enfrentándose a tribus hostiles, a una tierra salvaje. Habían ganado el derecho a construir su comunidad y cada día era una nueva lucha por ganar el derecho a continuar vivo.
Ester y su padre eran miembros de la raza Aseir considerados dioses y también demonios por los pueblos de la tierra, seres de gran belleza y gran crueldad también.
Después de la caída del imperio quedaban pocos Aseir, ella y su padre pertenecían a uno de las treinta familias que gobernaban el imperio. Su comunidad estaba integrada por Aseir y seres humanos, quedaban muy pocos de ellos en Nueva Génesis mientras que otras comunidades estaban pobladas principalmente por esta raza.
Las comunidades regidas por el clan Stenberg y el clan Leiber se encontraban entre estas, jamás había ido a ellas pero algunos regimientos iban a su tierra para ventas de ganado o de armas. Eran hombres altos, fornidos, de gran belleza, seres casi míticos y que ahora se encontraban al borde de la extinción.
Su padre le contaba que fue el hedonismo, la perdida de las antiguas costumbres, el relajamiento de las elites lo que provoco la decadencia y destrucción de Asgard.
Por eso las comunidades libres aceptaron la Fe de Mitra, antiguamente un culto solo para unos pocos iniciados, hombres que renunciaban a los placeres de la vida para tomar el camino del asceta, del legionario.
Su religión no admitía el hedonismo, la búsqueda del placer, sino el ascetismo, la vida austera y dura. Eso les había permitido sobrevivir por más de doscientos años en una tierra rodeada de enemigos.
Llegaron al lugar, Odín dio la orden de formarse para el rito, Angie los ayudo a bajarse uno a uno, junto con Arwin los fueron formando, había otros hombres con rostros solemnes mirando la procesión.
La piedra se alzaba detrás del despeñadero, era una roca enorme manchada por la sangre de cientos de infantes. Aun había moscas alrededor, Ester escuchaba el zumbido cada vez más cerca y más fuerte de lo que los demás lo escuchaban.
Su padre le ordeno que fuera a su lado, estaba ahí de pie frente al altar con un rostro sombrío, una barba espesa. Duncan tomo su mano.
-No vayas a llorar, no cierres los ojos, recuerda ante todo quien eres—le susurro antes de dejar que fuera a su lado.
Cientos de cráneos rodeaban la piedra, cuerpos diminutos y manchados de sangre se encontraban por todo el despeñadero.
Aquellos que nacieron débiles, aquellos que no eran aptos de vivir en aquella tierra cruenta, se les daba la muerte compasiva antes de sufrir.
Ella a su corta edad sabía que si hubiera nacido con un mal, entonces su padre no habría dudado de matarla, su cuerpo estaría junto con todos aquellos niños, aquellas criaturas que no tenían nombre, que jamás reirían ni verían la belleza y tragedia del mundo.
-Los ritos nos dan identidad, nos hacen fuertes, nos entregan un alma y un espíritu. Sin ellos somos polvo—le dijo sin mirarla, ordeno que trajeran al niño, al principio la madre se resistió pero el padre se lo arrebato bruscamente entregándoselo a su señor.
El niño había nacido sin un brazo y sin una pierna, un niño como el no podría cargar un fusil, no podía trabajar la tierra, no podría pelear y en un lugar como este todos los días eran una nueva lucha.
Aún tenía en su memoria el recuerdo del año pasado, unos esclavistas atacaron la sección de escuderas, su padre la había llevado consigo y vio un tiroteo, vio a su padre matar a cuatro de ellos y vio una bala perdida atravesar la cabeza de una niña.
La escena la había impresionado demasiado, ella tenía un año más que ella, vio su cabeza estallar y su sangre salpicada en su cara.
Odín desenfundo la Daga del sacrificio, forjada por Thor Werling hace casi doscientos años y con el que mato al primer infante en la piedra.
Empuño la daga en el pecho del infante dejando salir la sangre por su pequeño cuerpo, su sangre cubrió la piedra. Tal como lo dictaba la ley
La muerte ritual estaba hecha, Odín limpio la daga guardándola de nuevo, Ester miro de nuevo el altar con el cuerpo del bebe, ahora los buitres se habían acercado a devorarlo.
Su padre le ordeno a Harren que le entregara el Libro de la Memoria, el libro de su fe con el que se cimenta su comunidad, se dirigió a toda la comitiva rezando la Oración Negra, la plegaria dedicada a los niños que mueren, todos se pusieron de pie, los hombres de la Fe en Mitra jamás se inclinaban, rezaban de pie frente a la divinidad.

Dios eterno
Rogamos por las almas de los infantes
Por aquellos que no murieron peleando
Por aquellos que murieron en la cuna
Rogamos por aquellos que no fueron aptos para la vida
Dios eterno
Rogamos por las madres que lloran
Para que les des paz
Rogamos por los infantes
Otórgales el descanso eterno
¡Que tu voluntad se manifieste!

Ella estaba mirando a los buitres sacar las entrañas al infante, algún día ella sería la líder y tendría que llevar a cabo ese rito.
Miro hacia otro lado, a lo lejos veía a un jinete, un hombre montado en su corcel, no era un corcel robot sino uno real, al principio creyó que se trataba de un esclavista pero lo había visto en sueños.
Al final de la oración todos exclamaron al unísono un fuerte amen, era hora de volver a casa. La profesora Angie los ayudo a subir a la carreta.
Cuando la niña se fijó el jinete había desaparecido.

Soplaba un viento fuerte
Estaba en una montaña rodeada de viejos ferrocarriles e iglesias derrumbadas, cuando el sol se ocultaba, un águila se posó a su lado, la niña vio a un  hombre a lo lejos. El hombre estaba rodeado de una manada de lobos, el águila dio un grito de batalla. El hombre rodeado de lobos alzo la vista, tenía los mismos ojos azules, idénticos a los de ella solo que en esos ojos se encontraba albergada una profunda oscuridad que la hizo palidecer. 
-Fenriz—pronuncio E ster sin saber por qué dijo ese nombre, lo que sabía es que ese hombre era un lobo con disfraz de humano.
-Ester despierta—era la voz de Duncan, se habían detenido un momento a recuperar fuerzas, la profesora Angie les dio permiso de jugar un poco pero sin alejarse demasiado.
La niña miro a la mujer siendo consolada por otras dos mujeres, vio a su padre hablando con Harren, Arwin y Jason Kirby.
Vio que Alina y Duncan se pasaban una pelota que les dio la profesora Angie, Alina la llamo para que fuera a jugar con ellos pero en ese momento quería estar sola.
Tenía una naturaleza solitaria salvo por muy pocos amigos entre los que se encontraban Duncan y Alina, los miembros del clan Werling eran conocidos por ser personas sombrías, de aspecto serio y de carácter oscuro. No eran bebedores de cerveza como los miembros del clan Heimdall ni eran músicos como los miembros del clan Ewers. En opinión de sus padres ambos clanes se estaban ablandando.
Ester se apartó un poco del grupo, se sentó en una piedra mirando fijamente un árbol casi muerto que ahí se encontraba.
Escuchaba las risas de Alina y Duncan, escuchaba a la mujer que perdió a su hijo orar porque Los le diera un hijo sano y fuerte que pueda servir a Nueva Génesis.
En todas las religiones pertenecientes a la Jerarquía, existía una triada de dioses. Mitra era el dios de los guerreros, Anastasia la diosa de las escuderas y mujeres que portaban las armas y Los el ser supremo, el dador de la vida, el orden y la luz.
Aquella triada era venerada también por la Iglesia de la Jerarquía pero a diferencia de ellos la Fe de Mitra excluía las grandes catedrales, la idea de un cielo para todos, las ideas de redención para los humildes. Para la Fe de Mitra la única posibilidad de ascensión era por medio de la guerra, el trabajo duro y una vida alejada de los placeres de la carne.
Ella solo observaba el árbol y las aves que ahí se posaban, al cerrar los ojos podía escuchar el llanto del bebe, podía sentir que el niño le pedía ayuda, le gritaba por un poco de compasión. Entonces volvió a abrir los ojos, aquello la hizo temblar un poco, su padre le decía que ella era una Aseir y ellos no conocían la compasión.
-Hola—la niña se dio la vuelta, no había nadie ahí, detrás de unas piedras a su derecha salió otra niña con la ropa andrajosa, tenía el cabello castaño largo y sucio. Jamás la había visto, era una niña alta, posiblemente dos años más grande que ella, la piel blanca casi pálida y una cara bonita pero el detalle que más llamo su atención fueron sus ojos.
Eran disparejos, uno de ellos era azul mientras que el otro era marrón, la profesora Angie le conto en la clase que los nacidos con ojos disparejos eran considerados marcados por los dioses, se les consideraba santos y podían obrar milagros. Eso era en los días del Imperio de Asgard pero para la Fe de Mitra eran considerados monstruos.
-Hola—devolvió el saludo.
-Yo te conozco.
Ester que jamás la había visto se mostró confundida.
-¿Quién eres?
-Me llamo Chloe mucho gusto.
-¿De dónde eres? ¿Eres de Tierra Blanca? ¿Tierra Libre?—lo único que sabía a detalle era que esa niña era una Aseir, lo sabía por sus orejas puntiagudas.
-De ningún lugar, soy libre de andar por ahí y por allá—dijo Chloe, había dos arañas que estaban sobre ella rodeando su cuerpo. Ester se mostró un poco inquieta pero para Chloe parecía no molestarla, esas arañas eran como sus mascotas.
-He soñado contigo.
Ester se mostró algo confundida.
-Eres la Valkiria y en este momento estas peleando en Gólgota pero no sé si vencerás—había muchas escuderas pero en cada generación solo había una Valkiria, era considerado un avatar, un ser de luz por algunos y una mensajera de la muerte para otros.
La niña reacción con confusión y con mucho miedo, Chloe se acercó y saco algo que tenía en su mano, era una carta del tarot, el onceavo arcano: La Fuerza.
-Acabo de verte descubriendo el Poder, ya no eres Ester Werling. Eres la Valkiria—dijo Chloe haciéndole entrega de la carta, escucho que alguien se acercaba, era Arwin.
-¡Abominación!—exclamo agarrando una piedra y lanzándosela a Chloe la niña resulto golpeada en la cara, antes de que desenfundara su pistola, la niña se levantó y arranco a correr. Arwin le arrebato la carta de las manos y la piso con furia.
-Señorita Ester si su padre la ve con esto la va a reprender—y era cierto, su padre aborrecía las practicas adivinatorias y en general toda la magia.
La niña volteo a ver a donde había corrido Chloe, la extraña niña no estaba cerca y se preguntó que fue de ella o si alguna vez la volvería a ver. Esperaba que no fuera así.
-Venga conmigo por favor—Arwin tomo de la mano a Ester y la condujo a donde se encontraba la comunidad.
-No le diere a su padre pero debe tener más cuidado, no debe confiarse de nadie.
-Ella dijo….
-Las abominaciones mienten—dijo llevándola a la caravana, la profe Angie la reprendió por irse lejos y la subió a la carreta. Ahí estaba su padre pero no dijo nada, se subió a su caballo después de hablar algo con Jason Kirby.
Odín ordeno que la marcha continuara, Ester se quedó mirando fijamente el camino de atrás pensando en la extraña niña y lo que dijo, pensando en el sueño, dio un bostezo y se quedó dormida junto con Duncan y Alina. No soñó nada en el resto del trayecto, con el paso de los días fue olvidándose de Chloe y del sueño.



                                                                       2


¿Quién era esa mujer? Tenía unos ojos azules idénticos a los suyos pero ella se encontraba oculta en las sombras. Aquella visión lo estaba acompañando desde que despertó.
Sam Hewitt estaba junto a los demás niños del orfanato en primera fila, Andy le dio con el codo para que prestara atención, era el momento de cantar los salmos.
El reverendo Moore pidió a la comunidad que abrieran el libro de cantos en el Salmo de la Vida, este canto era como cierre de ceremonia y hacia énfasis en la alegría y en la celebración de la vida como un regalo divino.
La Iglesia del Hombre de los Milagros era una comunidad religiosa minoritaria en la mayoría de la Republica Confederada pero tenía su fuerza en Nueva Camelot, Goghsburg y Ginebra, también Colonia tenía una importante rama pero era minoritaria en comparación con la Iglesia de la Jerarquía.
Aquella comunidad veneraba al Hombre de los Milagros que según el Evangelio de la Vida fue un hombre elegido por Los que apareció durante la Edad Trágica predicando el amor y la humildad frente a la tiranía de las Criaturas Oscuras que regían el mundo. Algunos mitos decían que fue un Aseir aunque su historia se remontaba a siglos antes de que el Pueblo de Asgard apareciera sobre la tierra.
Era el último día del Mes del Emperador y como tal se celebraba el día en el que el Hombre de los Milagros ungía a sus apóstoles que se convertirían en los antepasados de los reyes de Occitania. La Iglesia de la Jerarquía aunque tenía al Hombre de los Milagros como uno de sus santos, difería en la historia, fue el Águila el Espíritu de la Jerarquía que ungió a los apóstoles y no el Hombre de los Milagros al que consideraba uno más.
Los niños cantaron junto con el resto de la comunidad de Mayfair que se levantaron a cantar la alabanza con la que se cerraba el servicio.
El reverendo Moore despidió el oficio con una bendición y una invitación para continuar la fiesta. Los niños del orfanato salieron primero después los adultos, algunos de ellos felicitaban al reverendo por el sermón del día.
-Estuviste demasiado distraído—le dijo Chico a Sam, este solo respondió con un gesto afirmativo. Era un muchacho de once años, demasiado serio, reservado y aislado, prefería la biblioteca del pueblo y los lugares solitarios antes de jugar con otros niños. Tenía pocos amigos y se refugiaba en los libros, en el violín y la pintura.
-Sam ven a ayudarme con a poner las sillas—le pidió la señorita Evergreen la prefecta del orfanato, Sam fue corriendo a ayudarla a poner una de las sillas, el jardinero de la iglesia Sylvestre ayudaba al niño a cargar las sillas y ordenarlas en la mesa.
-Gracias, ahora ve y disfruta la fiesta—le dijo la señorita Ervergreen, era una muchacha hermosa de ojos verdes y cabello castaño recogido, Sam la consideraba un amor platónico. Se despidió de ella y fue caminando por toda la fiesta.
Le gustaba observar, caminar en silencio mientras los otros iban y venían, ahí estaba el viejo juez Howard sirviéndose un poco del pastel que la señora Hanson preparo para la ocasión. Arthur Benson IV el banquero y el hombre más rico del pueblo se encontraba en una mesa junto con su esposa conversando con el sheriff Harvey Moore quien al mismo tiempo era hermano menor del reverendo.
-Hola Sam—lo saludo Michael Benson el hijo del banquero, era tres años mayor que Samuel y era de sus pocos amigos, al señor Benson no le gustaba que su hijo se relacionara con los huérfanos.
Los Benson eran conocidos por su arrogancia, la familia era la única que poseía un auto Modelo T del año mientras que la mayoría se guiaba por carretas y caballos robots, aun así Michael era un joven que difería de la soberbia de sus padres, el reverendo Moore creía que sería un mejor empresario y persona de lo que era su padre.
En la mesa donde estaban los niños se encontraban Chico el niño que venía de Romana, Andy, Bill, Karen, Roy y su hermana Judith Hewitt.
Judith era tres años mayor que Sam, había llegado junto con su madre cuando ella se encontraba embarazada, pidiendo asilo en la casa del reverendo Moore. A sus catorce años Judith era una joven hermosa que se había ganado las miradas de Michael, ella se dedicaba a ayudar a la señorita Evergreen en la educación de los niños sobre todo los más pequeños.
Sam se sentó junto a su hermana y a una niña de nombre Bertha, la niña tenía seis años y le estaba agradecida por haber resucitado a su tortuga.
Era una habilidad que poseía, al aplicar sus manos a un cadáver podía devolverle la vida, la primera vez que sucedió fue cuando tenía ocho años. El gato de la señora Shawn había muerto, encontró el cuerpo en el jardín del orfanato y con curiosidad lo toco, el resultado para su sorpresa y temor fue que el animal volvió a la vida pero algo anduvo mal.
El gato tenía los órganos de fuera saliendo junto con las tripas y la sangre, se movía torpemente por el jardín hasta que Judith llego le rompió el cuello.
-No vuelvas a hacer eso—le dijo y desde entonces no había vuelto a usar ese poder hasta hace una semana cuando vio a Bertha llorando por su tortuga muerta. Sam poso sus manos en el animal devolviéndole la vida para alegría de la niña.
A pesar de que Bertha se encontraba agradecida el animal tenía un aspecto extraño, se iba descomponiendo en vida, caminaba torpemente y se portaba agresivo con la niña. Al final el pobre animalejo termino muriéndose después de una larga agonía.
Judith le había dicho que no usara sus poderes en público, que los ocultara bien hasta que llegara el momento. Sam no sabía a qué momento se refería.
La señora Edna Shawn la dueña del orfanato pasó a saludar a los niños, Bertha le dio un abrazo con un beso en la mejilla, Judith le dio un abrazo y le ayudo a sentarse al lado de la señorita Evergreen.
Sam le dio un saludo con un gesto, no era un niño muy afectuoso más bien de una naturaleza sombría y observadora, a la mayoría de los niños les parecía un poco extraño y a uno que otro le causaba miedo.
Pensaba que era diferente a los demás niños y lo era, en el fondo de su ser sabía que su destino no era solo quedarse en Mayfair, estaba predestinado a grandes cosas, Judith le decía que su madre creía firmemente que él iba a cambiar el mundo.
La señora Shawn recordaba cómo una vez Karen le conto una pesadilla que tuvo, en ella Sam se convertía en un enorme lobo negro que masacraba a los niños y a las personas de Mayfair. Ella dijo que Sam era un lobo disfrazado de humano.
Unos músicos invitados por el alcalde habían llegado para armonizar la fiesta, Michael invito a bailar a Judith, a sus padres no les gustaba la amistad con ella sobre todo pero tampoco querían hacer un escándalo público.
El juez bailo con la señora Shawn mientras que los Hanson dejaron un momento su puesto para poder bailar un poco.
Samuel observaba sentado hasta que Holly lo invito a bailar, ella era la hija del contador de la familia Benson, una chica hermosa de largo cabello rubia que contaba con su misma edad, Sam se levantó para bailar con ella, no solo era su amistad sino también su belleza la que le hacía sentirse atraído.
-¿Por qué no sonríes?
Sam no supo por un momento que responder, ella era tan risueña y el mientras tanto él era demasiado serio para su edad, algo que la señorita Evergreen y el reverendo Moore le achacaban. Ellos le decían que era un niño, que debía sonreír más a menudo.
-¡Sonríe! Estamos en una fiesta—dijo poniéndole una sonrisa en los labios, Samuel puso una sonrisa, no lo hacía a menudo pero esta ocasión lo ameritaba, se encontraba feliz.
-Tienes una sonrisa maravillosa Sam.
Sam siempre recordaría estas palabras, los músicos armonizaban la fiesta y el ambiente parecía el de un sueño del cual estaba por despertar.

Michael y Samuel se alejaron de la fiesta, entrando al interior del bosque, algunas veces salía del orfanato al interior del bosque a tener un poco de soledad, los muchachos iban a fumar o a tener algunas competencias entre ellos como pelear o ver quien trepaba el árbol más alto.
Chicos como Donny Kent el hijo del ayudante del sheriff iba con su pandilla a beber cerveza o solo a lanzar piedras al rio. A Sam no le agradaba Donny y la antipatía era mutua.
En el pueblo la fiesta continuaba pero ya había oscurecido por completo, Michael le invito un cigarro, Sam había estado fumando desde hace un mes pero guardaba el secreto como le prometió a su amigo. Ni siquiera a Judith que era su confidente se lo había dicho.
-¿Qué te parece la fiesta?
-Me gusta mucho.
Michael soltó un bufido.
-Demasiado aburrida, oye es cierto lo que me dijo esa niña Bertha ¿Qué resucitaste a su tortuga?—por un momento se quedó callado, volteo para ver si no había nadie cerca, tímidamente hizo un gesto de afirmación.
-Suena genial—dijo.
Se acabó el cigarro y tiro la colilla, Sam pensaba que el cigarro lo pudo adquirir del chofer, sus padres consideraban que fumar cigarros normales era de pobres.
-Me gustaría ver uno de tus poderes.
Sam se quedó atónito, no pensaba en eso como un poder de algo, Michael se sentó junto a un árbol desafiándolo con la mirada.
-Vamos quiero verlo amigo, úsame a mí.
-No puedo.
-¿Por qué?
-No estás muerto.
Michael puso un gesto pensativo, en eso su amigo tenía razón, se levantó y camino a su alrededor hasta que llego a una idea.
-Cúrame entonces—le dijo.
Le contó que había tenido problemas para dormir desde hacía dos noches, entonces le propuso usar su poder para resolver sus problemas del sueño.
-¿Por qué quieres ver mis poderes?
-Estoy aburrido, quiero ver algo de magia.
La explicación no lo convenció del todo.
-Vamos Sammy no hay nada interesante en la radio y mi madre pone en el tocadiscos esas operas tan aburridas. Déjame ver algo extraordinario—le dijo, los señores Benson tenían gusto por las óperas antiguas, de vez en cuando dejaban el pueblo para ir a la gran ciudad a ver la opera de temporada.
-Está bien—acepto por fin, Michael se acercó y Sam puso sus manos sobre su cabeza, estaba concentrándose esperando a que el poder llegara.
Se quedó intentándolo pero no pasaba nada, su amigo comenzaba a aburrirse, intentaba concentrarse, no sabía si podía curar el insomnio de su amigo pero intentaba que el poder fluyera de sus manos.
Michael sintió una inquietud, algo no iba bien, las manos de Sam eran más frías de lo normal. Levanto la vista y vio al niño en una especie de trance. Lo llamo con un susurro pero estaba con la mirada perdida.
Aparto sus manos cuidadosamente y se levantó, seguía con esa mirada perdida y sus brazos eran gélidos. Michael comenzaba a preocuparse.
-Sam…..amigo—lo llamo con un susurro.
Los ojos de Samuel se habían puesto completamente oscuros, movía la cabeza de un lado a otro y el cuerpo estaba sufriendo un espasmo. Michael tropezó con una piedra, se volvió a levantar y su primer pensamiento fue correr a pedir ayuda.
Samuel lo miraba con esos ojos completamente negros, una mirada despiadada y carente de humanidad. Una energía siniestra se sentía a su alrededor y Michael sintió una sensación de terror que jamás había tenido.
La boca de su amigo se torció en una sonrisa macabra, burlona, un rostro que reflejaba la locura y la maldad.
-¿Quieres dormir? Vas a dormir Michael, vas a dormir y jamás despertaras—esa voz gutural, no era de Sam, era la misma voz del infierno que lo acompañarían en sus pesadillas.
Michael soltó un grito y se alejó del niño pero su cuerpo se convulsionaba, intento gritar pero cayó al piso, no tenía voz ni podía moverse, estaba tieso en el piso con una mirada de pánico en los ojos.
Samuel abrió los ojos y vio a Michael en el suelo, lo tomo de la cabeza y su amigo solo hacia gemidos de terror. En su mirada se podía ver el terror que tenía.
Miro a su alrededor sin encontrar a nadie cerca, su primer pensamiento fue correr a buscar ayuda, grito esperando que alguien lo escuchara. Sostuvo la cabeza de su amigo murmurándole que todo estaría bien.
Judith llego por atrás y cubrió su boca, miro a Michael con miedo por lo que le había pasado, aparto a su hermano de su amigo que aun temblaba en convulsiones.
Comprendió que el momento había llegado, su madre se lo había advertido en una carta antes de morir, Sam estaba destinado a la grandeza, a llevar al mundo a una nueva era y ella debía protegerlo.
-Tenemos que irnos de aquí—le dijo pero el niño estaba llorando. Lo sacudió de los hombros para que se calmara.
-Escucha te van a echar la culpa, te van a hacer daño, tenemos que irnos de aquí ahora mismo—su hermano era especial, tenía un gran destino y eso su madre se lo había dicho, le había hecho jurar que lo protegería de cualquier cosa, que siempre lo protegería para cumplir con el destino que tenía.
Todos pensaban que su madre había perdido la cabeza pero ella estaba en lo correcto, su hermano era elegido por un poder superior y su destino era inaugurar una nueva era. Judith estaba convencida de que ella sería una pieza importante para la construcción de ese nuevo mundo. A pesar de ser una niña recordaba al hombre de la capa carmesí que los visito, el hombre que convenció a su madre de no abortar, no sabía mucho de la conversación pero fue ese hombre el que le hablo de refugiarse en Mayfair y del gran destino que Sam tenia.
Agarro su muñeca y corrieron juntos hacia el interior de los bosques, los señores Thompson marchaban en su carreta hacia un pueblo cercano, podrían subirse a su carreta de incognitos y llegar a Nueva Cardiff o a Sunnydale. Ahí se refugiarían hasta encontrar un tren que los llevara hacia Nueva Camelot.
-¿A dónde iremos?
-Vamos a ver al tío abuelo Frank, él tiene mucho dinero seguro nos recibirá—le dijo, recuerda que su madre le dijo en la carta del tío abuelo Frank Hewitt el cual no tenía ningún heredero o pariente cercano. Podrían refugiarse con él, si no les daba asilo entonces podrían usar el poder de su hermano para controlarlo.
Samuel miro hacia atrás, donde estaba Mayfair, Holly, el orfanato, el hogar que conoció y al que no volvería, por lo menos no pronto.
Se alejaron del pueblo, en la oscuridad iban buscando la carretera y la forma de llegar a Nueva Camelot, Sam se prometió que regresaría algún día, lo haría por Holly. Sentía un gran pesar por no haberse despedido de ella.
Judith lamentaba lo que le paso a Michael, le gustaba mucho pero su hermano era más importante y esa manifestación de su poder era una señal de que su destino estaba por llegar. Llegaron a la carretera, Judith pensaba que pronto pasaría un auto o la carreta de los Thompson. A estas alturas en el pueblo ya debían de haberse dado cuenta de su desaparición y de lo que el paso a Michael.
Sam miro al otro lado de la carretera, un enorme lobo negro, un cuervo y una cabra negra de aspecto grotesco se habían reunido. Al ver los ojos del lobo sintió que era el, que era su naturaleza oscura durmiendo en su ser. Los tres extraños animales desaparecieron frente a sus ojos dejándolo asustado.
-¿Estas bien?
Asintió con un gesto tomando la mano de su hermana.
Samuel miro las estrellas, su madre creía que era elegido para un gran destino, Holly, la señorita Evergreen y el reverendo Moore creían que él estaba destinado a la grandeza. Estaba seguro de que su momento llegaría pronto, aún era muy joven sin embargo por un momento pudo ver ese gran destino que le esperaba. Samuel Hewitt contemplo la oscuridad de la noche y apretó con fuerza y seguridad la mano de su hermana. Estaba decidido a lograr sus sueños, la grandeza lo estaba esperando y estaba decidido a conquistarla.


Noviembre 2014


Ó Fernando Trujillo, todos los derechos reservados

I      Ilustración de Howard David Johnson 



sábado, 15 de noviembre de 2014

La mirada del cadáver



La mirada del cadáver al igual que Padres y Apagón son relatos que formaran parte de una futura antología de relatos de terror. Había pensado en publicar este relato durante la noche de Halloween pero por diversos motivos no se pudo, así que puede considerarse un especial de dicha fiesta atrasado. El relato está levemente inspirado en un video de Dross (que al mismo tiempo es una anécdota de la deep web) con mi propio estilo de narración y escritura. Bien sin mas preámbulos espero lo disfruten esta noche.

Fernando Trujillo

El timbre de salida sonó.
Los alumnos iban abandonando las aulas por montones, era casi la una y media de la tarde de un día de octubre y el calor estaba tan insoportable. Algunos iban a tomar el autobús que los dejara en el centro, otros esperarían a sus padres en la puerta del colegio mientras que otros se iban al Seven a comprar algo fresco para tomar.
Jaime Pérez y sus amigos caminaron por donde se encontraba la iglesia mormona, los tres se encontraban platicando sobre varias cosas, entre ellas la tarea del profesor de matemáticas, la broma pesada que Paulo le hizo al chico nuevo de segundo año.
Pedro saco un cigarro de su cajetilla, les invito a sus amigos, Jaime y Eduardo sacaron dos de la cajetilla. No había nada que hacer ese día, tal vez solo rondar por ahí. Caminaron hasta llegar a la parroquia que se encontraba frente al estadio de beisbol, se sentaron a descansar un poco y planear que harían hoy.
Eduardo propuso ir a Plaza Sendero pero estaba demasiado lejos y el calor era una cosa infernal. Jaime decidió separarse e ir a su casa. Se despidió de sus amigos y agarro un cigarro para el camino.
En este momento lo que quería era ir a su casa y dormir una siesta, tenía quince años, dieciséis a partir de enero pero estaba comenzando lo que era la preparatoria, conocía a Pedro y a Eduardo desde el primer año de secundaria y había sido un golpe de buena suerte en el que les tocara el mismo salón este año.
Se fumó el cigarro que le compartieron a mitad del camino, tiro la colilla y se refugió en una tiendita buscando escapar del calor. Compro una botella de agua y continúo caminando, tiro la botella por ahí.
Estaba pensando ingresar al equipo de futbol, durante dos años consecutivos había sido capitán de su equipo de secundaria pero este año tendría que esforzarse más, por lo que sabía habían entrado muy buenos futbolistas.
Mientras pensaba se detuvo frente a la casa abandonada, era un lugar sucio, la hierba había ocupado toda la fachada y el techo era de lámina, recuerda que ahí vivía una familia de indigentes, de eso hace unos años.
Algo llamo su atención, un olor repulsivo lo cual no era raro, los vecinos aventaban gatos y zarigüeyas muertas sin molestarse en ponerles cal.
Abrió la reja, ni siquiera sabía porque estaba haciendo eso pero la curiosidad era un vicio muy poderoso. El olor se hacía más fuerte y nauseabundo conforme se iba acercando, abrió la puerta—una lámina oxidada—y miro lo que había dentro.
Dos ratas salieron huyendo, otras dos ratas gordas estaban devorando la cara del cadáver, Jaime se quedó petrificado sin pensar que hacer ahora.
El cuerpo pertenecía a un hombre, tenía una playera polo rosada y unos pantalones de mezclilla con unos tenis blancos ahora llenos de tierra y suciedad. Las ratas le habían devorado por completo el rostro dejando el cráneo descubierto.
Los ojos le habían sido arrancados—posiblemente por las ratas—quedando dos cuencas vacías que parecían mirarlo.
Los brazos estaban putrefactos y en uno parecía que sostenía algo, las moscas zumbaban alrededor y las hormigas estaban por todo el cuello y los brazos.
No pudo evitar vomitar en una esquina, miro de nuevo el cuerpo, a pesar de no tener ojos parecía que lo estuviera mirando, ese cráneo sonriente lo estaba viendo.
Por un momento pensó en salir corriendo, era lo más sensato que podía hacer, saco el celular y se acercó, a veces la estupidez podía más que la prudencia.
Tomo dos fotos, una al cuerpo completo y otra al cráneo, aun en la foto esa mirada le causaba horror.
Marco al celular de su hermano, el trabajaba en el Ministerio Publico y podía ayudarlo con este asunto.
-¿Qué paso bro?
-Carlos tengo una super bronca.
-Cálmate ¿Qué paso?
-Encontré un cadáver.
Hubo silencio en la línea por un breve momento.
-¿Qué?
Entonces Jaime le conto todo, su hermano se quedó un momento callado, el silencio le estaba angustiando más, al voltear hacia el cuerpo se percató de que el cráneo lo estaba mirando. Era una idea absurda sin embargo ahí estaban esas cuencas vacías, como si lo estuvieran viendo.
Esas cuencas, oscuras y vacías.
-Escucha cabron, vete de ahí y yo me encargo de todo. Pero vete y que nadie te vea—le dijo Carlos antes de colgar. Jaime guardo el celular, el cráneo seguía en esa posición como si lo estuviera viendo, como si se estuviera riendo.
Miro para ambos lados al abrir la puerta y salió corriendo de la casa.

Tres días pasaron desde que la policía encontró el cuerpo, en los diarios la noticia fue un escándalo que sin embargo se iba apagando poco a poco.
La impresión inicial fue dando paso a la apatía, en poco tiempo solo fue un tópico banal de redes sociales. Las primeras investigaciones habían resultado en que fue un suicidio, en su mano tenía un frasco de cianuro pero algunas teorías que se encontraban en las redes sociales afirmaban que el gobierno del estado lo estaba encubriendo, que fue un asesinato del gobierno (cosas que hacían reír a su hermano), por otra parte la identidad del cadáver no había sido confirmada aun por el Ministerio Publico. Por sugerencia de Carlos borro las imágenes de su celular no sin antes mostrárselas a Pedro y Eduardo los cuales quedaron impresionados por las imágenes.
Dejo la computadora y se acostó en la hamaca, la estaba pateando pensando en lo sucedido, había soñado con ese momento, entraba a la casa y ahí se encontraba el cuerpo, el zumbido de las moscas y el olor se sentían demasiado reales.
No podía olvidar esa mirada, una y otra vez volvía a ese momento y entonces despertaba de golpe, pensaba que con el paso de los días se le olvidaría toda esa mierda. Había algo en esa mirada, como si fuera un mensaje, como si intentara comunicarle algo.
Jaime quería olvidarse de ese asunto, acordó con Carlos en no contarle nada a sus padres ni a sus hermanas. Nadie debía de saber eso.
Tocaron a la puerta.
-Está abierto.
Era Carlos.
-Hola bro
-¿Cómo estás?
-Bien ¿Saben la identidad del cuerpo?
-No, el tipo no tenía ninguna identificación ni nada. Es un caso extraño sabes, usaba un rolex original y en su billetera tenía más de cuatro mil pesos—eso si lo saco de su estado contemplativo, por lo que veía el hombre fuera quien fuera tenía mucha dinero pero esto era aún más confuso ¿Por qué se suicidaría? Tal vez estuviera deprimido o algo así sin embargo aun así era demasiado raro.
Y las hipótesis llegaban, quizás fue una venganza de narcos—algo que leyó en un medio en la red social—tal vez un secuestro pero su propio hermano le dijo que encontraron residuos de cianuro en su cuerpo.
-¿Y qué van a hacer?
-Se nos dio la orden de cerrar el expediente. Hemos investigado pero no hay un reporte en personas desaparecidas que concuerden con esa descripción. Ira a la fosa común.
-¿Por qué se habrá suicidado?
Carlos alzo los hombros.
-No lo sé bro—justo cuando iba a irse lo llamo de nuevo, se quedó en la puerta y entonces le conto sobre los sueños. Carlos se quedó pensativo un momento.
-Es la impresión carnal, será mejor que te olvides de eso y que no le cuentes a los viejos—dijo Carlos retirándose.
Jaime pateo su hamaca una vez más, su hermano tenía razón, era mejor olvidarse de ellos, pensaba que con el pasar de los días dejaría de soñar con ese momento.
Oscuro y vacío.
Esas palabras venían a su mente desde que encontró el cuerpo, recordó las cuencas vacías, recordó la oscuridad y sintió una sensación desoladora.
Se paró de la hamaca y saco su Ipod del cajón de su escritorio, se puso a escuchar música. Primero a Babasonicos, después Mago de Oz, después Auténticos Decadentes, después a Rhianna para olvidar el asunto.

No se concentraba en la clase de historia.
El maestro Raúl estaba hablando de los cavernícolas o algo así, solo pensaba en el sueño, paso una semana y no había podido quitarse ese sueño de la cabeza. Era siempre el mismo, entraba a la casa y ahí estaba el cuerpo con las ratas devorando lo poco que quedaba de la cara. El sonido de las ratas al mordisqueas la poca carne que quedaba, el zumbido de las moscas, el olor putrefacto eran cada vez más reales y más fuertes conforme iban pasando las noches. Incluso una noche llego a vomitar porque no podía soportar más ese olor repugnante. Ahora no quería pensar en eso, sino en concentrarse en la clase y en las prácticas de futbol.
Recuerda que la noche de ayer vio un video de Dross, en el se narra una supuesta historia real de la Deep Web en el que un hombre narra como de joven regresando de la escuela encontró un cadáver, lo reporto a la policía y poco después tuvo sueños con el muerto, como le hablaba incitándole a suicidarse, hasta que el pobre hombre llevado por la desesperación lo hizo.
Nuevamente se dijo que no quería pensar en eso, se dispuso a continuar escuchando y despejar su mente, escribiendo cuanto podía anotar de la clase.
A la hora de descanso se sentó junto con sus amigos en una banca, Eduardo propuso ir a Plaza la Tecnología a ver unos videojuegos para playstation que quería, sus amigos le respondieron que estaría bien para dar una vuelta.
Se acercaron Güero y Camacho, los dos iban en su mismo salón, se saludaron y se sentaron junto a ellos.
-¿Planes?
-Ir a Plaza la Tecnología.
-Me refiero al fin de semana.
-Apenas es lunes wey—le dijo Eduardo, Camacho saco de su bolsillo un papel arrugado, la fiesta en casa de un primo suyo en Chelem con pomo incluido. Se veía bastante bien y Güero les dijo que se podían ir en el auto de Ortega. Jaime y sus amigos asintieron pero desconfiaba de quien iba a ser el conductor.
Ortega tenia diecinueve años, siendo el más grande del salón y el único que tenía una licencia para manejar, sin embargo también era impulsivo y estaba demasiado loco, sabía que ya había chocado dos veces por su manera tan salvaje de conducir.
-Oye Jaime ¿Qué paso con el muerto? ¿Ya saben quién era?—pregunta Güero y justamente cuando quería olvidarse del tema, le respondió que el caso estaba cerrado y que su identidad sigue siendo un misterio.
-Vaya que loco.
-Demasiado—antes de que terminara el descanso fueron por algo a la cafetería, quizás unas galletas y una coca, había desayunado bien y solo tenía antojos.

Quedo con sus amigos de verse en Plaza la Tecnología en la tarde, quería llegar a casa, darse un baño y dormir un poco.
El entrenamiento fue extenuante y lo único que deseaba era estar en su hamaca, desde que descubrió el cuerpo evitaba esa misma calle por lo que tomaba otro atajo.
Al llegar a casa sus hermanas estaban jugando con su casa de muñecas mientras que su mama estaba en la cocina, le sirvió un plato de milanesa con arroz. Se sirvió un vaso de coca, fue cortando la carne, le puso un poco de crema al arroz, tenía mucha hambre.
Cecilia su hermana prendió la televisión.
Se quedaron viendo el Canal Cinco, una caricatura que no conocía o que no se acordaba, después de comer fue a lavar el plato y se llevo el vaso con coca a su cuarto.
Se acostó en la hamaca, se estaba quedando dormido, entrando en el sueño iban pasando por su cabeza imágenes del día, sus hermanas peleando en la mañana, un cigarro antes de entrar a clases con Eduardo, Güero y Ortega estallando en petardo debajo del asiento de Claudia, ella gritándoles que eran unos pendejos, el regreso a casa pero esta vez no tomaba otra calle, sino la misma.
Estaba consiente en todo momento, intento alejarse pero estaba caminando contra su voluntad hacia la casa abandonada.
Podía escuchar el zumbido de las moscas, más fuerte que antes, el aleteo de sus alas en su oído. Entraba a esa casa y el zumbido de las moscas se escuchaba más fuerte que antes, ahí estaba el cuerpo, ahí estaban las ratas devorando la cara.
El mismo escenario.
Repitiéndose una y otra vez en sus sueños.
Se cubrió la nariz, el olor era desagradable, era asqueroso, miraba de nuevo el cuerpo como lo había hecho antes en sus sueños, las hormigas pasando, las ratas y sobre todo estaba la mirada, esas cuencas vacías que parecían observarlo.
Si esto tenía algún mensaje no sabía que era, miraba el cadáver buscando alguna respuesta y el cuerpo lo miraba a él.
Había algo en ese cráneo, algo en esa mirada que le hacía sentir un gran vacío, al mirar fijamente las cuencas vacías sentía una gran desolación.
En esa mirada había un secreto, había algo que no debía ser descubierto, solo había mirado la superficie sin adentrarse por completo en esa oscuridad.
Escucho unos pasos.
Hasta ese momento jamás había sentido otra presencia aparte del cadáver y el, estaba caminando, escucho como se abría la reja y una sensación de pánico se apodero de su ser.
¿Qué era eso?
Se aproximó al rincón, su corazón estaba palpitando mientras escuchaba sus pasos aproximarse.
Entonces la puerta se abrió.
Despertó en ese momento, todos sus sueños eran iguales pero esta vez fue diferente, no tenía idea de quien fue ese intruso o que podía representar pero algo estaba claro, había sentido una atmosfera de terror nunca vista hasta el momento.
Se tomó lo que quedaba de la coca y se quedó reflexionando un momento, esto se estaba saliendo de control, se volvió a acostar pensando en los sueños, en el hombre muerto y en esa mirada pero también en esa otra presencia.
Intenta despejar su mente usando la computadora, va a ver que hay de nuevo en face, fotos de unas amigas, el viaje que su prima hizo a Isla Mujeres con sus amigas, Camacho que subió una foto sosteniendo una caguama.
Aun así no se iba el recuerdo de esa pesadilla, esa sensación horrible que sintió, siguió mirando su face sin mucho que hacer hasta que recordó el encuentro con sus amigos en Plaza la Tecnología.
Cerro su cuenta, se levantó de su asiento y fue a darse un baño, quizás la vuelta le ayude a desaparecer el mal recuerdo y a olvidarse de todas sus pesadillas.
Al terminar de bañarse marco al celular de Eduardo para decirle que ahí se verían, el le respondió con un mensaje que iban por el en el auto de la madre de Pedro. Dejo el celular en cama y comenzó a vestirse.

Estaba en la entrada de la escuela.
No había nadie cerca, solo esa espesa niebla a su alrededor, el Seven, los autos, la calle, el hospital, todo se encontraba abandonado.
Rápidamente se dio cuenta que se encontraba dentro de un sueño, entro al colegio, el lugar se veían normal salvo por la niebla.
Se sentó en una banca mirando a su alrededor, para ser un sueño la escuela se veía demasiado real, toco la hierba sintiéndola, tomo un puñado de tierra sintiendo su mano sucia y las hormigas pasar por sus dedos.
Se puso de pie caminando a su salón, en algún lugar había leído que en los sueños los nombres se encontraban al revés, no recordaba donde.
Estaba de pie frente a la puerta de su salón cuando escucho el zumbido de las moscas a su alrededor, el olor repugnante que penetraba sus fosas nasales y entonces se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Volvería a ese día, a esa vieja casa a encontrar el cuerpo, tenía el impulso de escapar, de correr lo más lejos que pudiera hasta despertar pero no pudo resistirse, había algo en esa escena, en esa repetición, un secreto que se encontraba en esa mirada y quería descifrarlo, abrió la puerta.
Era su salón, estaba vacío.
En el pupitre del profesor se encontraba el cuerpo, estaba sentado y lo estaba mirando, entro al salón y se sentó frente al hombre muerto.
-¿Qué quieres de mí?—estaba asustado pero quería acabar de una vez por todas con esto.
-Tú me encontraste—la voz que salía del cráneo era espectral, oscura, sintió un escalofrió recorrer todo su cuerpo.
Jaime no supo que contestar, quería que esa pesadilla terminara, que se esfumara y no volviera. Esa mirada vacía, sin ojos lo estaba atormentando, ahí había algo, un secreto, esa oscuridad envolvente y desesperanzadora.
-He visto el horror absoluto muchacho, tu solo has dado un pequeño vistazo.
-¿Qué quieres decir?
-Vacío y oscuro es el universo, no hay Dios, no hay una vida después de la muerte ni una recompensa celestial esas son ideas que se nos ha impuesto para no ver la verdad. No hay nada solo oscuridad y vacío—dijo el hombre muerto, Jaime se levantó retrocediendo unos pasos, no sabía porque le estaba diciendo esto peor no quería escucharlo, lo que quería es que este sueño terminara de una vez.
-Tú has visto la oscuridad, has dado un vistazo detrás del velo muchacho, ahora no hay vuelta atrás y lo sabes—dijo el cadáver,  se quedó mirando esas cuencas vacías, esa oscuridad profunda que había detrás de ellas.
Ahora lo miraba fijamente, sus ojos se encontraron con la negrura del universo, ahí solo había frio y una envolvente oscuridad.
No había vida. No había amor ni odio, ni un dios ni un paraíso. Solo frio.
Su mente se había transportado a esa infinita oscuridad, flotaba rodeado de la Nada, ni esperanza, ni belleza. Solo oscuridad.
Jaime comprendía con horror que el hombre era solo un ser insignificante, pequeño rodeado de un cosmos frio y negro.
Miro el Vacío, ahí donde no existe el tiempo y donde el alma se perdía en la infinita oscuridad, se escuchaba a las almas gritar en el Vacío, se escuchaba el llanto y la locura que se iba perdiendo mientras más se adentraba.
Todas esas ideas de paraísos celestiales, de recompensas divinas solo eran un escudo para protegerse de la verdad y aquellos desafortunados que abren el velo miran la existencia tal y como es: un Vacío infinito sin amor, sin esperanza.
Entonces llega la locura, llega la verdadera lucidez, Jaime no se extrañaba de que aquel hombre se haya suicidado.
Pero ¿Por qué le mostraba eso? Quizás una venganza por haber descubierto su cuerpo o tal vez una necesidad maligna de mostrarle la verdad a otro pobre desgraciado.
La mente se iba adentrando más en la oscuridad del Vacío, el frio era más intenso y entonces escucho gruñidos, escucho que algo se movía en lo profundo de la oscuridad.
No estaban solos.
Más allá del universo había algo que se movía, escuchaba el sonido de su respiración y escuchaba sus gruñidos.
No era uno sino muchos.
Su mente iba más allá, donde habitaban Ellos, algo más antiguo que el universo mismo, algo que se escondía más allá de la oscuridad del Vacío.
Comenzó a gritar.
Despertó en su hamaca levantándose de golpe y encendiendo la luz, estaba de vuelta en su cuarto, estaba temblando, se colocó en un rincón rompiendo a llorar.
De algo estaba seguro y era que no se trataba de una pesadilla, lo que el hombre muerto le mostro era la única verdad que existía. Ahora la conocía y Ellos lo sabían. Estaba seguro que lo habían visto.

Al día siguiente Jaime se dijo a si mismo que ya había sido suficiente, le confeso la verdad a sus padres, le confeso todo desde el encuentro con el cadáver hasta las pesadillas que había tenido.
Las siguientes semanas fue llevado con un psiquiatra que le fue recomendado a su padre, hablo de sus sueños, de su descubrimiento pero el especialista le decía que solo era un estrés postraumático causado por la impresión de ver un cadáver por primera vez.
Le recetaron medicamentos, eso fue suprimiendo los sueños con el hombre muerto, no obstante la revelación que tuvo aun persistía.
Oscuridad y vacío.
Pasaron los días y fue haciendo su vida a pesar de todo, continuo en el equipo de futbol, salía con sus amigos, hacia sus tareas y sin embargo esta revelación aun continuaba.
Había decidido que si después de la vida no existía nada, entonces disfrutar al máximo lo que podía de esta.
A finales de noviembre tuvo una cita con Natasha Ricalde, la llevo a dar una vuelta por Plaza Sendero, la llevo a ver una película a la cual no presto mucha atención.
La vida continuaba.
A veces salía con sus amigos a alguna fiesta o dar la vuelta por el centro, a veces se quedaba en face todo el día, algunas veces invitaba a Natasha a ir al cine o a tomar un capucchino. Conforme fueron pasando los días los sueños se esfumaron pero aún quedaba en su memoria el recuerdo de esa visión infernal, de esa verdad oscura.
Intentaba no pensar en ello, aunque algunas veces sentía ese frio y esa sensación de desesperanza absoluta se apoderaba de él.
Combatía esa sensación con los medicamentos, su consumo evitaba que pensara en ello, evitaba la desolación que eso causaba y evitaba algo más, también evitaba que tuviera intenciones de suicidarse.
No había vuelto a pensar en el hombre muerto desde entonces.
Paso la época navideña, paso el año nuevo, paso enero y también paso febrero, en todo ese tiempo se dedicó a la tarea de vivir la vida al máximo, quería hacerlo todo desde dedicarle tiempo a su novia hasta jugar futbol y videojuegos con sus amigos. Cualquier cosa que lo mantuviera alejado de sus pensamientos.
 A principios de marzo su familia tuvo un almuerzo en KFC, a su hermano lo promovieron en el trabajo, invito a comer a Natasha.
Comieron, rieron, su hermanita le dijo que quería comer en ese lugar para su cumple que sería a mediados de abril.
Después de la comida fue con su novia al cine, después de la película dieron la vuelta por la plaza y antes de que anocheciera la llevo a casa.

A mediados de marzo llevo a Natasha a un paseo al parque, estaban planeando que harían durante las vacaciones de semana santa.
Ella le dijo que iría con sus padres a Sisal una semana mientras que el se quedaría en casa, posiblemente fuera uno de esos días con ella.
Hicieron planes de ir al cine, de ir a la playa con los amigos, hablaban de todo eso mientras la llevaba de vuelta a su casa.
Estaba oscureciendo, regresaba a su casa mientras pensaba en algo que no le había dicho a nadie y era que a veces sentía que algo estaba a su alrededor, no el hombre muerto si no las cosas que merodeaban sus sueños, lo que habitaba más allá del espacio negro.
De alguna manera podía sentir que eso lo había visto, algunas veces—sobre todo en las noches—podía sentir su presencia.
Intentaba no pensar en eso, pensar en cosas mas positivas, en el futbol, en su novia, en las vacaciones, era una muralla para protegerse de esos pensamientos oscuros y peligrosos.
Escucho el zumbido de una mosca aleteando a su alrededor, no se encontraban moscas cercas. Al darse cuenta estaba sobre la misma calle donde estaba la casa abandonada en la que encontró al hombre muerto.
Su corazón se encontraba palpitando, el olor nauseabundo que despedía el cadáver penetraba sus fosas nasales, se dijo que todo era una alucinación, que no estaba sucediendo pero regresaba de nuevo a ese oscuro escenario.
El hombre muerto estaba a mitad de la calle, estaba de pie y lo estaba observando, Jaime quiso dar la vuelta y correr pero sabía que esa aparición lo perseguiría.
Oscuro y vacío.
Esas palabras volvían a su mente de nuevo, el hombre muerto dio dos pasos hacia adelante hasta estar frente al muchacho. Esa mirada vacía y oscura de nuevo lo transportaban a un universo sin esperanza.
-No los veas.
No sabía a qué se refería.
-Con el rabillo del ojo podrás ver la última verdad del universo pero no lo hagas—dijo pero no sabía a que se refería, lloro y le pidió al cadáver que no se aparecerá más en su vida.
-Descubrí el ultimo secreto, eso me llevo al cianuro, el velo está abierto por completo pero te falta mirar detrás de la oscuridad. Por el rabillo del ojo esta la respuesta—dio un paso atrás y mío como el cuerpo se iba deteriorando poco a poco, la piel putrefacta se iba cayendo a un ritmo acelerado y comprendió que esa seria la última vez que vería al hombre muerto. Pedazos de carne maloliente de su brazo se iban desprendiendo dejando su hueso desnudo. No había expresión alguna en ese cráneo y no entendía porque le decía eso.
-No lo hare.
El cráneo lo seguía mirando sin decir alguna palabra pero soltó un bufido que Jaime interpreto como una burla.
-Lo harás muchacho, se que lo harás como yo lo hice, claro que lo harás es demasiado tentador mirar más allá de la oscuridad. Lo harás—le dijo el cadáver, se iba deshaciendo cada vez más, la piel, la mandíbula, los huesos, el hombre muerto se deshizo frente a sus ojos quedando una masa putrefacta en la calle sin embargo su voz aun la podía escuchar en su cabeza.
Lo harás muchacho, se que lo harás.
Jaime comenzó a correr lo más lejos que pudo, quería escapar de esa visión de pesadilla, de esa voz maldita y de la oscuridad de esa calle.

No prestaba atención a la clase.
Pasaron tres días desde el último encuentro con el hombre muerto pero sus palabras continuaban en su cabeza. Tomaba sus medicamentos pero esas palabras rondaban su mente, esa sensación de querer ver detrás de la oscuridad era a cada momento más tentadora. No le conto nada de esto a sus padres ni a sus amigos, se encontraba tratando de mantener la calma, de no pensar en eso.
La maestra hablaba de algo, de Piaget y sus etapas pero no le prestaba atención, en esos días había pensado en mirar por el rabillo del ojo, en todo momento la parte racional de su mente le decía que no lo hiciera.
Tenía que hablar con el psiquiatra, que le recetara medicamentos mas fuertes para poder combatir esta creciente ansiedad.
Pensó en eso una y otra vez, quizás esta revelación era la venganza del hombre muerto por perturbar su lugar de descanso. Pedro que estaba sentado a su lado se dio cuenta de lo nervioso que se encontraba.
-¿Pasa algo Jaime?
Todos lo voltearon a ver.
-¿Puedo salir un momento?
La maestra accedió.
Necesitaba caminar, pensar en algo distinto, se sentó en una banca e intento pensar en otra cosa, en algo más agradable.
Sin embargo ese último encuentro lo perseguía, saco su celular y comenzó a marcar al número del psiquiatra sin éxito.
Se levantó a comprar una botella de agua, la señora que atendía le pregunto si se sentía bien a lo que respondió con una afirmación.
Nuevamente fue a la banca a sentarse, respirar profundamente y pensar, se tomó toda el agua de dos sorbos.
Había una pareja de tercer año, el conserje podando el césped, unos profesores platicando, pensó en pedir un permiso para ir a casa.
Iba repasando las palabras del hombre muerto, eso que dijo sobre ver por el rabillo del ojo, tenía el deseo de hacerlo y solo era el miedo lo que le impedía hacerlo.
Tal vez si lo hiciera una sola vez.
Los miro a todos, ahora había dos chicos platicando, también estaba una maestra hablando por celular. Solo lo haría una vez para quitarse esos pensamientos.
Una pequeña voz en su cabeza, la voz de la razón le decía que no sin embargo lo quería hacer, necesitaba hacerlo.
Era hora de abrir el velo de una vez, miro por el rabillo de su ojo, todo parecía normal y entonces una sensación de terror se apodero de su ser.
La figura que estaba frente a él, era en apariencia humana pero mucho más alta, vestía con un traje negro con corbata, era pálido casi diría que albino y tenía los ojos completamente negros. Su mirada era de indiferencia y desprecio.
Lanzo un grito cayendo de espaldas de la banca, el conserje y la profesora que estaba hablando por celular se le quedaron viendo con preocupación.
Estaban por todas partes.
Esos seres estaban a un lado de cada uno de ellos, había uno a la izquierda del conserje, uno del lado del profesor, uno mirando al chico y otro mirando a la chica.
Se puso de pie corriendo por la escuela, ellos estaban a un lado de cada ser humano, abrió bruscamente un salón y ahí estaban.
Se encontraban a un lado de cada estudiante y del profesor, mirándolos con indiferencia, los seres pálidos se le quedaron viendo, no había expresión alguna de ira o sorpresa solo esa mirada fría y sin emoción alguna.
-¿Por qué interrumpes mi clase?—pregunto el profesor.
Ellos estaban por todas partes, como oscuros ángeles guardianes pero no era ángeles, Jaime sabía lo que eran. Ellos eran sus carceleros.
La ultima verdad revelada, el velo por fin se había abierto por completo mostrando la terrible verdad del universo.
Volvió a correr queriendo escapar de su propio carcelero, de esa verdad y de todo lo que le rodeaba.

Esa noche Jaime se despertó en plena madrugada.
Aun veía a la entidad que lo miraba con frialdad pero no le importaba ahora, fue al porche y quito la tapa de la gasolina  guardándola en un cubo grande.
Una vez que estaba hasta el tope salió de su casa, iba camino a la casa abandonada donde empezó todo.
Comprendía por qué ese hombre se mató, el descubrió el secreto de este universo oscuro, uno podía vivir con la idea de un cosmos negro sin un dios y sin ninguna esperanza, vivir solo en un universo frio y oscuro, pero esa última verdad no podía soportarla.
No había nadie en las calles, camino hasta encontrar la casa abandonada, abrió la puerta y entro, se fijó que no hubiera nadie cerca.
Se roció la gasolina mientras miraba a la criatura, estaba empapado y por un momento titubeo de lo que iba a hacer.
No había vuelta atrás.
Saco el encendedor y pensó en sus padres, en sus hermanos, en sus amigos, en Natasha, pensó en muchas cosas y pensó en la verdad que descubrió. Abrió los ojos a la oscura realidad que se esconde detrás de esta.
El ser humano vivía en una ilusión, en una fantasía diseñada para no ver el horror que estaba a su alrededor y solo cuando se rompía la ilusión llegaba la lucidez y con ellos llegaba la locura.
Dudo por un momento, al ver a esa cosa mirándolo sin expresión alguna se decidió a acabar con todo. Prendió el encendedor y en cuestión de segundos el fuego se propago por todo su cuerpo. El dolor era atroz, envuelto en llamas corrió derribando la puerta y saliendo a la calle envuelto en las llamas, gritando, los vecinos pronto salieron mirando con terror lo que estaba sucediendo.
No murió.
Los policías que llegaron pronto apagaron el fuego con ayuda de unas cubetas de los vecinos, fue llevado al hospital en estado de emergencia.
Así pasaron los días.
La totalidad de su cuerpo sufrió quemaduras extremas del tercer nivel, en los días en el hospital solo repetía “vacío y oscuro”, los médicos no tenían idea de lo que significaba esto.
 Sus padres destrozados lo internaron en el Hospital Psiquiátrico de Mérida, el psiquiatra dijo que se trataba de un brote psicótico pero a pesar de todo Jaime sabia la verdad, sabía lo que había detrás de nuestra realidad y mientras el psiquiatra hablaba con sus padres, los veía, veía a esos seres cada uno al lado de sus padres y el médico.
Los veía en cada paciente, en cada enfermero, en cada uno del personal, algunos pacientes podían verlos y gritaban aterrados pero eran sedados inmediatamente.
No pronunciaba palabra algunas, solo “vacío y oscuro” una y otra vez, lo pusieron en una habitación aislada en donde repetía su mantra todo el día.
Cada noche al cerrar la puerta se quedaba a solas en la oscuridad con ese ente que lo miraba con indiferencia, en sus ojos solo se encontraban el vacío y la oscuridad.
Encerrado en esa oscura celda miraba con miedo y cierto respeto a la criatura, no había escapatoria, estaría encerrado en esas cuatro paredes por años hasta su muerte, atrapado por siempre en esa falsa realidad, solo en un universo vacío y oscuro.


© Fernando Trujillo, todos los derechos reservados


Octubre 2014