"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 28 de noviembre de 2014

Demasiados jóvenes para morir



Hace algunos años publique una serie de historias tituladas “Las Crónicas de la Valkiria y el Lobo”, la última de estas historias fue una novela corta llamada “El Casino de las Montañas” en el año 2010. No continúe la historia debido a otros proyectos, artículos, al final la historia quedo inconclusa. No obstante el año pasado durante un viaje decidí que quería continuar con esta historia pero reinventándola totalmente. “Demasiado jóvenes para morir” seria el prólogo del primer libro pero primero tengo que terminar otros trabajos—la tercera parte de la Saga del Vril, mi antología de historias de terror—antes de comenzar lo que es el primer libro. Tengo el mundo, tengo la historia en mi cabeza pero tardare en publicarla (tal vez a finales de 2015 o principios de 2016 si se puede). Mientras tanto espero disfruten de este relato que sirve como prólogo y sean bienvenidos de nuevo al mundo de la Valkiria y el Lobo.

Fernando Trujillo
                                                          




1

En un lugar como el Dominio no hay lugar para los débiles.
La caravana marchaba a paso lento hacia la Piedra del Sacrificio, apenas estaba amaneciendo, los primeros rayos del sol iban alumbrando el camino, era el último día del Mes del Emperador.
El llanto del bebe era el único ruido que se escuchaba, como si presintiera el destino que le estaba deparado. Mientras más iban cabalgando más alto gritaba, la madre lo cargaba, lo iba arrullando pero ella misma no podía esconder su dolor.
Odín Werling cabalgaba al frente en su caballo robot de ocho patas, no miraba a ninguno de los que iban detrás, el único que podía ir a la par de él, era Jasón Kirby su mano derecha y uno de sus pocos amigos. Cualquiera que se atreviera a igualarlo corría el riesgo de recibir un golpe a la cara….o una bala en el cráneo.
Era un hombre alto, de cabello rubio, su figura imponía respeto y temor en sus seguidores y en sus enemigos. El hombre más temido de todo el Dominio, era su padre.
El lugar al que iban se encontraba bastante retirado de Nueva Génesis, posiblemente entre una hora o una hora y media de camino. Todas las marchas que se realizaban en la piedra eran en su mayoría silenciosas salvo por el llanto de las mujeres y los niños.
Ester era la única niña que no le estaba permitido llorar, era la única hija de Odín, parte de una estirpe que alguna vez gobernó la tierra. Tan solo tenía siete años, iba en la carreta conducida por Arwin uno de los hombres de su padre, a su lado estaba Alina Trujillo la hija del capataz de la granja y a su derecha estaba Duncan Kirby el hijo de Jasón.
En todo el trayecto el llanto de la criatura era más fuerte, la niña sentía que eran como tambores dentro de su cabeza, cerró los ojos pero en la oscuridad el llanto continuaba.
Alina empezó a llorar, Angie la encargada de los niños se subió a la carreta para consolarla, Dunca no lloraba, no podía darse el lujo de hacerlo, tenía ocho años, ya era todo un hombre, sabía que si lo llegaba a hacer entonces perdería el respeto de los otros miembros de su comunidad.
Miro a los buitres volar alrededor, como si presintieran que pronto tendrían carne fresca que devorar. Entonces pensó que sería un cadáver por los alrededores, tal vez un explorador de otra comunidad, tal vez un hombre reptil. A sus siete años ya había visto la muerte, su padre la había llevado a una fosa con los cuerpos de muchos hombres reptil, la impresión fue de terror sin embargo su mismo padre le había dicho que tenía que acostumbrarse a la muerte, al olor de los cuerpos en descomposición, a matar.
El Dominio era una tierra trágica, un lugar de sangre derramada y violencia, sus antepasados habían llegado a esta tierra tras la caída del Imperio de Asgard, buscando una tierra prometida donde tener un nuevo comienzo, enfrentándose a tribus hostiles, a una tierra salvaje. Habían ganado el derecho a construir su comunidad y cada día era una nueva lucha por ganar el derecho a continuar vivo.
Ester y su padre eran miembros de la raza Aseir considerados dioses y también demonios por los pueblos de la tierra, seres de gran belleza y gran crueldad también.
Después de la caída del imperio quedaban pocos Aseir, ella y su padre pertenecían a uno de las treinta familias que gobernaban el imperio. Su comunidad estaba integrada por Aseir y seres humanos, quedaban muy pocos de ellos en Nueva Génesis mientras que otras comunidades estaban pobladas principalmente por esta raza.
Las comunidades regidas por el clan Stenberg y el clan Leiber se encontraban entre estas, jamás había ido a ellas pero algunos regimientos iban a su tierra para ventas de ganado o de armas. Eran hombres altos, fornidos, de gran belleza, seres casi míticos y que ahora se encontraban al borde de la extinción.
Su padre le contaba que fue el hedonismo, la perdida de las antiguas costumbres, el relajamiento de las elites lo que provoco la decadencia y destrucción de Asgard.
Por eso las comunidades libres aceptaron la Fe de Mitra, antiguamente un culto solo para unos pocos iniciados, hombres que renunciaban a los placeres de la vida para tomar el camino del asceta, del legionario.
Su religión no admitía el hedonismo, la búsqueda del placer, sino el ascetismo, la vida austera y dura. Eso les había permitido sobrevivir por más de doscientos años en una tierra rodeada de enemigos.
Llegaron al lugar, Odín dio la orden de formarse para el rito, Angie los ayudo a bajarse uno a uno, junto con Arwin los fueron formando, había otros hombres con rostros solemnes mirando la procesión.
La piedra se alzaba detrás del despeñadero, era una roca enorme manchada por la sangre de cientos de infantes. Aun había moscas alrededor, Ester escuchaba el zumbido cada vez más cerca y más fuerte de lo que los demás lo escuchaban.
Su padre le ordeno que fuera a su lado, estaba ahí de pie frente al altar con un rostro sombrío, una barba espesa. Duncan tomo su mano.
-No vayas a llorar, no cierres los ojos, recuerda ante todo quien eres—le susurro antes de dejar que fuera a su lado.
Cientos de cráneos rodeaban la piedra, cuerpos diminutos y manchados de sangre se encontraban por todo el despeñadero.
Aquellos que nacieron débiles, aquellos que no eran aptos de vivir en aquella tierra cruenta, se les daba la muerte compasiva antes de sufrir.
Ella a su corta edad sabía que si hubiera nacido con un mal, entonces su padre no habría dudado de matarla, su cuerpo estaría junto con todos aquellos niños, aquellas criaturas que no tenían nombre, que jamás reirían ni verían la belleza y tragedia del mundo.
-Los ritos nos dan identidad, nos hacen fuertes, nos entregan un alma y un espíritu. Sin ellos somos polvo—le dijo sin mirarla, ordeno que trajeran al niño, al principio la madre se resistió pero el padre se lo arrebato bruscamente entregándoselo a su señor.
El niño había nacido sin un brazo y sin una pierna, un niño como el no podría cargar un fusil, no podía trabajar la tierra, no podría pelear y en un lugar como este todos los días eran una nueva lucha.
Aún tenía en su memoria el recuerdo del año pasado, unos esclavistas atacaron la sección de escuderas, su padre la había llevado consigo y vio un tiroteo, vio a su padre matar a cuatro de ellos y vio una bala perdida atravesar la cabeza de una niña.
La escena la había impresionado demasiado, ella tenía un año más que ella, vio su cabeza estallar y su sangre salpicada en su cara.
Odín desenfundo la Daga del sacrificio, forjada por Thor Werling hace casi doscientos años y con el que mato al primer infante en la piedra.
Empuño la daga en el pecho del infante dejando salir la sangre por su pequeño cuerpo, su sangre cubrió la piedra. Tal como lo dictaba la ley
La muerte ritual estaba hecha, Odín limpio la daga guardándola de nuevo, Ester miro de nuevo el altar con el cuerpo del bebe, ahora los buitres se habían acercado a devorarlo.
Su padre le ordeno a Harren que le entregara el Libro de la Memoria, el libro de su fe con el que se cimenta su comunidad, se dirigió a toda la comitiva rezando la Oración Negra, la plegaria dedicada a los niños que mueren, todos se pusieron de pie, los hombres de la Fe en Mitra jamás se inclinaban, rezaban de pie frente a la divinidad.

Dios eterno
Rogamos por las almas de los infantes
Por aquellos que no murieron peleando
Por aquellos que murieron en la cuna
Rogamos por aquellos que no fueron aptos para la vida
Dios eterno
Rogamos por las madres que lloran
Para que les des paz
Rogamos por los infantes
Otórgales el descanso eterno
¡Que tu voluntad se manifieste!

Ella estaba mirando a los buitres sacar las entrañas al infante, algún día ella sería la líder y tendría que llevar a cabo ese rito.
Miro hacia otro lado, a lo lejos veía a un jinete, un hombre montado en su corcel, no era un corcel robot sino uno real, al principio creyó que se trataba de un esclavista pero lo había visto en sueños.
Al final de la oración todos exclamaron al unísono un fuerte amen, era hora de volver a casa. La profesora Angie los ayudo a subir a la carreta.
Cuando la niña se fijó el jinete había desaparecido.

Soplaba un viento fuerte
Estaba en una montaña rodeada de viejos ferrocarriles e iglesias derrumbadas, cuando el sol se ocultaba, un águila se posó a su lado, la niña vio a un  hombre a lo lejos. El hombre estaba rodeado de una manada de lobos, el águila dio un grito de batalla. El hombre rodeado de lobos alzo la vista, tenía los mismos ojos azules, idénticos a los de ella solo que en esos ojos se encontraba albergada una profunda oscuridad que la hizo palidecer. 
-Fenriz—pronuncio E ster sin saber por qué dijo ese nombre, lo que sabía es que ese hombre era un lobo con disfraz de humano.
-Ester despierta—era la voz de Duncan, se habían detenido un momento a recuperar fuerzas, la profesora Angie les dio permiso de jugar un poco pero sin alejarse demasiado.
La niña miro a la mujer siendo consolada por otras dos mujeres, vio a su padre hablando con Harren, Arwin y Jason Kirby.
Vio que Alina y Duncan se pasaban una pelota que les dio la profesora Angie, Alina la llamo para que fuera a jugar con ellos pero en ese momento quería estar sola.
Tenía una naturaleza solitaria salvo por muy pocos amigos entre los que se encontraban Duncan y Alina, los miembros del clan Werling eran conocidos por ser personas sombrías, de aspecto serio y de carácter oscuro. No eran bebedores de cerveza como los miembros del clan Heimdall ni eran músicos como los miembros del clan Ewers. En opinión de sus padres ambos clanes se estaban ablandando.
Ester se apartó un poco del grupo, se sentó en una piedra mirando fijamente un árbol casi muerto que ahí se encontraba.
Escuchaba las risas de Alina y Duncan, escuchaba a la mujer que perdió a su hijo orar porque Los le diera un hijo sano y fuerte que pueda servir a Nueva Génesis.
En todas las religiones pertenecientes a la Jerarquía, existía una triada de dioses. Mitra era el dios de los guerreros, Anastasia la diosa de las escuderas y mujeres que portaban las armas y Los el ser supremo, el dador de la vida, el orden y la luz.
Aquella triada era venerada también por la Iglesia de la Jerarquía pero a diferencia de ellos la Fe de Mitra excluía las grandes catedrales, la idea de un cielo para todos, las ideas de redención para los humildes. Para la Fe de Mitra la única posibilidad de ascensión era por medio de la guerra, el trabajo duro y una vida alejada de los placeres de la carne.
Ella solo observaba el árbol y las aves que ahí se posaban, al cerrar los ojos podía escuchar el llanto del bebe, podía sentir que el niño le pedía ayuda, le gritaba por un poco de compasión. Entonces volvió a abrir los ojos, aquello la hizo temblar un poco, su padre le decía que ella era una Aseir y ellos no conocían la compasión.
-Hola—la niña se dio la vuelta, no había nadie ahí, detrás de unas piedras a su derecha salió otra niña con la ropa andrajosa, tenía el cabello castaño largo y sucio. Jamás la había visto, era una niña alta, posiblemente dos años más grande que ella, la piel blanca casi pálida y una cara bonita pero el detalle que más llamo su atención fueron sus ojos.
Eran disparejos, uno de ellos era azul mientras que el otro era marrón, la profesora Angie le conto en la clase que los nacidos con ojos disparejos eran considerados marcados por los dioses, se les consideraba santos y podían obrar milagros. Eso era en los días del Imperio de Asgard pero para la Fe de Mitra eran considerados monstruos.
-Hola—devolvió el saludo.
-Yo te conozco.
Ester que jamás la había visto se mostró confundida.
-¿Quién eres?
-Me llamo Chloe mucho gusto.
-¿De dónde eres? ¿Eres de Tierra Blanca? ¿Tierra Libre?—lo único que sabía a detalle era que esa niña era una Aseir, lo sabía por sus orejas puntiagudas.
-De ningún lugar, soy libre de andar por ahí y por allá—dijo Chloe, había dos arañas que estaban sobre ella rodeando su cuerpo. Ester se mostró un poco inquieta pero para Chloe parecía no molestarla, esas arañas eran como sus mascotas.
-He soñado contigo.
Ester se mostró algo confundida.
-Eres la Valkiria y en este momento estas peleando en Gólgota pero no sé si vencerás—había muchas escuderas pero en cada generación solo había una Valkiria, era considerado un avatar, un ser de luz por algunos y una mensajera de la muerte para otros.
La niña reacción con confusión y con mucho miedo, Chloe se acercó y saco algo que tenía en su mano, era una carta del tarot, el onceavo arcano: La Fuerza.
-Acabo de verte descubriendo el Poder, ya no eres Ester Werling. Eres la Valkiria—dijo Chloe haciéndole entrega de la carta, escucho que alguien se acercaba, era Arwin.
-¡Abominación!—exclamo agarrando una piedra y lanzándosela a Chloe la niña resulto golpeada en la cara, antes de que desenfundara su pistola, la niña se levantó y arranco a correr. Arwin le arrebato la carta de las manos y la piso con furia.
-Señorita Ester si su padre la ve con esto la va a reprender—y era cierto, su padre aborrecía las practicas adivinatorias y en general toda la magia.
La niña volteo a ver a donde había corrido Chloe, la extraña niña no estaba cerca y se preguntó que fue de ella o si alguna vez la volvería a ver. Esperaba que no fuera así.
-Venga conmigo por favor—Arwin tomo de la mano a Ester y la condujo a donde se encontraba la comunidad.
-No le diere a su padre pero debe tener más cuidado, no debe confiarse de nadie.
-Ella dijo….
-Las abominaciones mienten—dijo llevándola a la caravana, la profe Angie la reprendió por irse lejos y la subió a la carreta. Ahí estaba su padre pero no dijo nada, se subió a su caballo después de hablar algo con Jason Kirby.
Odín ordeno que la marcha continuara, Ester se quedó mirando fijamente el camino de atrás pensando en la extraña niña y lo que dijo, pensando en el sueño, dio un bostezo y se quedó dormida junto con Duncan y Alina. No soñó nada en el resto del trayecto, con el paso de los días fue olvidándose de Chloe y del sueño.



                                                                       2


¿Quién era esa mujer? Tenía unos ojos azules idénticos a los suyos pero ella se encontraba oculta en las sombras. Aquella visión lo estaba acompañando desde que despertó.
Sam Hewitt estaba junto a los demás niños del orfanato en primera fila, Andy le dio con el codo para que prestara atención, era el momento de cantar los salmos.
El reverendo Moore pidió a la comunidad que abrieran el libro de cantos en el Salmo de la Vida, este canto era como cierre de ceremonia y hacia énfasis en la alegría y en la celebración de la vida como un regalo divino.
La Iglesia del Hombre de los Milagros era una comunidad religiosa minoritaria en la mayoría de la Republica Confederada pero tenía su fuerza en Nueva Camelot, Goghsburg y Ginebra, también Colonia tenía una importante rama pero era minoritaria en comparación con la Iglesia de la Jerarquía.
Aquella comunidad veneraba al Hombre de los Milagros que según el Evangelio de la Vida fue un hombre elegido por Los que apareció durante la Edad Trágica predicando el amor y la humildad frente a la tiranía de las Criaturas Oscuras que regían el mundo. Algunos mitos decían que fue un Aseir aunque su historia se remontaba a siglos antes de que el Pueblo de Asgard apareciera sobre la tierra.
Era el último día del Mes del Emperador y como tal se celebraba el día en el que el Hombre de los Milagros ungía a sus apóstoles que se convertirían en los antepasados de los reyes de Occitania. La Iglesia de la Jerarquía aunque tenía al Hombre de los Milagros como uno de sus santos, difería en la historia, fue el Águila el Espíritu de la Jerarquía que ungió a los apóstoles y no el Hombre de los Milagros al que consideraba uno más.
Los niños cantaron junto con el resto de la comunidad de Mayfair que se levantaron a cantar la alabanza con la que se cerraba el servicio.
El reverendo Moore despidió el oficio con una bendición y una invitación para continuar la fiesta. Los niños del orfanato salieron primero después los adultos, algunos de ellos felicitaban al reverendo por el sermón del día.
-Estuviste demasiado distraído—le dijo Chico a Sam, este solo respondió con un gesto afirmativo. Era un muchacho de once años, demasiado serio, reservado y aislado, prefería la biblioteca del pueblo y los lugares solitarios antes de jugar con otros niños. Tenía pocos amigos y se refugiaba en los libros, en el violín y la pintura.
-Sam ven a ayudarme con a poner las sillas—le pidió la señorita Evergreen la prefecta del orfanato, Sam fue corriendo a ayudarla a poner una de las sillas, el jardinero de la iglesia Sylvestre ayudaba al niño a cargar las sillas y ordenarlas en la mesa.
-Gracias, ahora ve y disfruta la fiesta—le dijo la señorita Ervergreen, era una muchacha hermosa de ojos verdes y cabello castaño recogido, Sam la consideraba un amor platónico. Se despidió de ella y fue caminando por toda la fiesta.
Le gustaba observar, caminar en silencio mientras los otros iban y venían, ahí estaba el viejo juez Howard sirviéndose un poco del pastel que la señora Hanson preparo para la ocasión. Arthur Benson IV el banquero y el hombre más rico del pueblo se encontraba en una mesa junto con su esposa conversando con el sheriff Harvey Moore quien al mismo tiempo era hermano menor del reverendo.
-Hola Sam—lo saludo Michael Benson el hijo del banquero, era tres años mayor que Samuel y era de sus pocos amigos, al señor Benson no le gustaba que su hijo se relacionara con los huérfanos.
Los Benson eran conocidos por su arrogancia, la familia era la única que poseía un auto Modelo T del año mientras que la mayoría se guiaba por carretas y caballos robots, aun así Michael era un joven que difería de la soberbia de sus padres, el reverendo Moore creía que sería un mejor empresario y persona de lo que era su padre.
En la mesa donde estaban los niños se encontraban Chico el niño que venía de Romana, Andy, Bill, Karen, Roy y su hermana Judith Hewitt.
Judith era tres años mayor que Sam, había llegado junto con su madre cuando ella se encontraba embarazada, pidiendo asilo en la casa del reverendo Moore. A sus catorce años Judith era una joven hermosa que se había ganado las miradas de Michael, ella se dedicaba a ayudar a la señorita Evergreen en la educación de los niños sobre todo los más pequeños.
Sam se sentó junto a su hermana y a una niña de nombre Bertha, la niña tenía seis años y le estaba agradecida por haber resucitado a su tortuga.
Era una habilidad que poseía, al aplicar sus manos a un cadáver podía devolverle la vida, la primera vez que sucedió fue cuando tenía ocho años. El gato de la señora Shawn había muerto, encontró el cuerpo en el jardín del orfanato y con curiosidad lo toco, el resultado para su sorpresa y temor fue que el animal volvió a la vida pero algo anduvo mal.
El gato tenía los órganos de fuera saliendo junto con las tripas y la sangre, se movía torpemente por el jardín hasta que Judith llego le rompió el cuello.
-No vuelvas a hacer eso—le dijo y desde entonces no había vuelto a usar ese poder hasta hace una semana cuando vio a Bertha llorando por su tortuga muerta. Sam poso sus manos en el animal devolviéndole la vida para alegría de la niña.
A pesar de que Bertha se encontraba agradecida el animal tenía un aspecto extraño, se iba descomponiendo en vida, caminaba torpemente y se portaba agresivo con la niña. Al final el pobre animalejo termino muriéndose después de una larga agonía.
Judith le había dicho que no usara sus poderes en público, que los ocultara bien hasta que llegara el momento. Sam no sabía a qué momento se refería.
La señora Edna Shawn la dueña del orfanato pasó a saludar a los niños, Bertha le dio un abrazo con un beso en la mejilla, Judith le dio un abrazo y le ayudo a sentarse al lado de la señorita Evergreen.
Sam le dio un saludo con un gesto, no era un niño muy afectuoso más bien de una naturaleza sombría y observadora, a la mayoría de los niños les parecía un poco extraño y a uno que otro le causaba miedo.
Pensaba que era diferente a los demás niños y lo era, en el fondo de su ser sabía que su destino no era solo quedarse en Mayfair, estaba predestinado a grandes cosas, Judith le decía que su madre creía firmemente que él iba a cambiar el mundo.
La señora Shawn recordaba cómo una vez Karen le conto una pesadilla que tuvo, en ella Sam se convertía en un enorme lobo negro que masacraba a los niños y a las personas de Mayfair. Ella dijo que Sam era un lobo disfrazado de humano.
Unos músicos invitados por el alcalde habían llegado para armonizar la fiesta, Michael invito a bailar a Judith, a sus padres no les gustaba la amistad con ella sobre todo pero tampoco querían hacer un escándalo público.
El juez bailo con la señora Shawn mientras que los Hanson dejaron un momento su puesto para poder bailar un poco.
Samuel observaba sentado hasta que Holly lo invito a bailar, ella era la hija del contador de la familia Benson, una chica hermosa de largo cabello rubia que contaba con su misma edad, Sam se levantó para bailar con ella, no solo era su amistad sino también su belleza la que le hacía sentirse atraído.
-¿Por qué no sonríes?
Sam no supo por un momento que responder, ella era tan risueña y el mientras tanto él era demasiado serio para su edad, algo que la señorita Evergreen y el reverendo Moore le achacaban. Ellos le decían que era un niño, que debía sonreír más a menudo.
-¡Sonríe! Estamos en una fiesta—dijo poniéndole una sonrisa en los labios, Samuel puso una sonrisa, no lo hacía a menudo pero esta ocasión lo ameritaba, se encontraba feliz.
-Tienes una sonrisa maravillosa Sam.
Sam siempre recordaría estas palabras, los músicos armonizaban la fiesta y el ambiente parecía el de un sueño del cual estaba por despertar.

Michael y Samuel se alejaron de la fiesta, entrando al interior del bosque, algunas veces salía del orfanato al interior del bosque a tener un poco de soledad, los muchachos iban a fumar o a tener algunas competencias entre ellos como pelear o ver quien trepaba el árbol más alto.
Chicos como Donny Kent el hijo del ayudante del sheriff iba con su pandilla a beber cerveza o solo a lanzar piedras al rio. A Sam no le agradaba Donny y la antipatía era mutua.
En el pueblo la fiesta continuaba pero ya había oscurecido por completo, Michael le invito un cigarro, Sam había estado fumando desde hace un mes pero guardaba el secreto como le prometió a su amigo. Ni siquiera a Judith que era su confidente se lo había dicho.
-¿Qué te parece la fiesta?
-Me gusta mucho.
Michael soltó un bufido.
-Demasiado aburrida, oye es cierto lo que me dijo esa niña Bertha ¿Qué resucitaste a su tortuga?—por un momento se quedó callado, volteo para ver si no había nadie cerca, tímidamente hizo un gesto de afirmación.
-Suena genial—dijo.
Se acabó el cigarro y tiro la colilla, Sam pensaba que el cigarro lo pudo adquirir del chofer, sus padres consideraban que fumar cigarros normales era de pobres.
-Me gustaría ver uno de tus poderes.
Sam se quedó atónito, no pensaba en eso como un poder de algo, Michael se sentó junto a un árbol desafiándolo con la mirada.
-Vamos quiero verlo amigo, úsame a mí.
-No puedo.
-¿Por qué?
-No estás muerto.
Michael puso un gesto pensativo, en eso su amigo tenía razón, se levantó y camino a su alrededor hasta que llego a una idea.
-Cúrame entonces—le dijo.
Le contó que había tenido problemas para dormir desde hacía dos noches, entonces le propuso usar su poder para resolver sus problemas del sueño.
-¿Por qué quieres ver mis poderes?
-Estoy aburrido, quiero ver algo de magia.
La explicación no lo convenció del todo.
-Vamos Sammy no hay nada interesante en la radio y mi madre pone en el tocadiscos esas operas tan aburridas. Déjame ver algo extraordinario—le dijo, los señores Benson tenían gusto por las óperas antiguas, de vez en cuando dejaban el pueblo para ir a la gran ciudad a ver la opera de temporada.
-Está bien—acepto por fin, Michael se acercó y Sam puso sus manos sobre su cabeza, estaba concentrándose esperando a que el poder llegara.
Se quedó intentándolo pero no pasaba nada, su amigo comenzaba a aburrirse, intentaba concentrarse, no sabía si podía curar el insomnio de su amigo pero intentaba que el poder fluyera de sus manos.
Michael sintió una inquietud, algo no iba bien, las manos de Sam eran más frías de lo normal. Levanto la vista y vio al niño en una especie de trance. Lo llamo con un susurro pero estaba con la mirada perdida.
Aparto sus manos cuidadosamente y se levantó, seguía con esa mirada perdida y sus brazos eran gélidos. Michael comenzaba a preocuparse.
-Sam…..amigo—lo llamo con un susurro.
Los ojos de Samuel se habían puesto completamente oscuros, movía la cabeza de un lado a otro y el cuerpo estaba sufriendo un espasmo. Michael tropezó con una piedra, se volvió a levantar y su primer pensamiento fue correr a pedir ayuda.
Samuel lo miraba con esos ojos completamente negros, una mirada despiadada y carente de humanidad. Una energía siniestra se sentía a su alrededor y Michael sintió una sensación de terror que jamás había tenido.
La boca de su amigo se torció en una sonrisa macabra, burlona, un rostro que reflejaba la locura y la maldad.
-¿Quieres dormir? Vas a dormir Michael, vas a dormir y jamás despertaras—esa voz gutural, no era de Sam, era la misma voz del infierno que lo acompañarían en sus pesadillas.
Michael soltó un grito y se alejó del niño pero su cuerpo se convulsionaba, intento gritar pero cayó al piso, no tenía voz ni podía moverse, estaba tieso en el piso con una mirada de pánico en los ojos.
Samuel abrió los ojos y vio a Michael en el suelo, lo tomo de la cabeza y su amigo solo hacia gemidos de terror. En su mirada se podía ver el terror que tenía.
Miro a su alrededor sin encontrar a nadie cerca, su primer pensamiento fue correr a buscar ayuda, grito esperando que alguien lo escuchara. Sostuvo la cabeza de su amigo murmurándole que todo estaría bien.
Judith llego por atrás y cubrió su boca, miro a Michael con miedo por lo que le había pasado, aparto a su hermano de su amigo que aun temblaba en convulsiones.
Comprendió que el momento había llegado, su madre se lo había advertido en una carta antes de morir, Sam estaba destinado a la grandeza, a llevar al mundo a una nueva era y ella debía protegerlo.
-Tenemos que irnos de aquí—le dijo pero el niño estaba llorando. Lo sacudió de los hombros para que se calmara.
-Escucha te van a echar la culpa, te van a hacer daño, tenemos que irnos de aquí ahora mismo—su hermano era especial, tenía un gran destino y eso su madre se lo había dicho, le había hecho jurar que lo protegería de cualquier cosa, que siempre lo protegería para cumplir con el destino que tenía.
Todos pensaban que su madre había perdido la cabeza pero ella estaba en lo correcto, su hermano era elegido por un poder superior y su destino era inaugurar una nueva era. Judith estaba convencida de que ella sería una pieza importante para la construcción de ese nuevo mundo. A pesar de ser una niña recordaba al hombre de la capa carmesí que los visito, el hombre que convenció a su madre de no abortar, no sabía mucho de la conversación pero fue ese hombre el que le hablo de refugiarse en Mayfair y del gran destino que Sam tenia.
Agarro su muñeca y corrieron juntos hacia el interior de los bosques, los señores Thompson marchaban en su carreta hacia un pueblo cercano, podrían subirse a su carreta de incognitos y llegar a Nueva Cardiff o a Sunnydale. Ahí se refugiarían hasta encontrar un tren que los llevara hacia Nueva Camelot.
-¿A dónde iremos?
-Vamos a ver al tío abuelo Frank, él tiene mucho dinero seguro nos recibirá—le dijo, recuerda que su madre le dijo en la carta del tío abuelo Frank Hewitt el cual no tenía ningún heredero o pariente cercano. Podrían refugiarse con él, si no les daba asilo entonces podrían usar el poder de su hermano para controlarlo.
Samuel miro hacia atrás, donde estaba Mayfair, Holly, el orfanato, el hogar que conoció y al que no volvería, por lo menos no pronto.
Se alejaron del pueblo, en la oscuridad iban buscando la carretera y la forma de llegar a Nueva Camelot, Sam se prometió que regresaría algún día, lo haría por Holly. Sentía un gran pesar por no haberse despedido de ella.
Judith lamentaba lo que le paso a Michael, le gustaba mucho pero su hermano era más importante y esa manifestación de su poder era una señal de que su destino estaba por llegar. Llegaron a la carretera, Judith pensaba que pronto pasaría un auto o la carreta de los Thompson. A estas alturas en el pueblo ya debían de haberse dado cuenta de su desaparición y de lo que el paso a Michael.
Sam miro al otro lado de la carretera, un enorme lobo negro, un cuervo y una cabra negra de aspecto grotesco se habían reunido. Al ver los ojos del lobo sintió que era el, que era su naturaleza oscura durmiendo en su ser. Los tres extraños animales desaparecieron frente a sus ojos dejándolo asustado.
-¿Estas bien?
Asintió con un gesto tomando la mano de su hermana.
Samuel miro las estrellas, su madre creía que era elegido para un gran destino, Holly, la señorita Evergreen y el reverendo Moore creían que él estaba destinado a la grandeza. Estaba seguro de que su momento llegaría pronto, aún era muy joven sin embargo por un momento pudo ver ese gran destino que le esperaba. Samuel Hewitt contemplo la oscuridad de la noche y apretó con fuerza y seguridad la mano de su hermana. Estaba decidido a lograr sus sueños, la grandeza lo estaba esperando y estaba decidido a conquistarla.


Noviembre 2014


Ó Fernando Trujillo, todos los derechos reservados

I      Ilustración de Howard David Johnson 



No hay comentarios:

Publicar un comentario