"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







lunes, 30 de marzo de 2015

Mentalidad romana



Por Fernando Trujillo

El gran legado de los romanos al mundo occidental no fueron solo sus construcciones majestuosas, los caminos que construyeron o la historia de su poderío militar, este gran legado fue su mentalidad, la transmisión de su pensamiento de vida a los pueblos de Europa, pensamiento que influyo (junto con el pensamiento cristiano)  en el Medievo.
No vamos a andarnos con romanticismos ni con idealizaciones, el imperialismo de los romanos fue brutal, fue despiadado con los pueblos conquistados, una cultura que no conocía la misericordia con sus enemigos tal como demostró al arrasar Cartago.
Era la época en la que no existían los derechos humanos, ni los activismos de dicha doctrina lanzando su verborrea en redes sociales, ese imperialismo duro fue lo que impuso el temor y respeto entre los otros pueblos para los mediterráneos pero también genero su mala reputación en libros y películas de épocas posteriores que no entendían la mentalidad romana. Sobre Roma se ha escrito muchas tergiversaciones, mucha basura por parte de historiadores políticamente correctos.
¿En que consistió esta mentalidad romana? Primero que nada recordemos que en sus orígenes los romanos se conformaban por clanes unidos por lazos sanguíneos, un profundo ritualismo militar así como una unidad tanto racial como espiritual.
Para el romano la gens, la familia era lo prioritario, el padre era el jefe del clan, los demás miembros de la familia le debían obediencia, era el padre quien tenía derechos sobre la esposa, los hijos y podía aplicar el mismo la pena capital a alguno de sus hijos si este deshonraba el nombre de la familia.
La figura del padre dominaba la cultura itálica, se le debía el respeto y culto por parte de los otros miembros de la familia, los antepasados tenían su propio culto dentro de la gens, su religiosidad tuvo como uno de sus dioses tempranos al legendario rey Rómulo, fundador de Roma y padre de la romanidad, herencia del patriarcado indo-europeo.
Esto para la mentalidad moderna (relajada y femenina) le parecerá cruel y lo era pero fue esa dureza, ese autentico patriarcado que llevo a los romanos de ser una tribu de pastores a ser los dueños del mundo conocido.
La mentalidad romana se diferenció de la mentalidad de otros pueblos barbaros en la disciplina, el ascetismo, el ritualismo religioso y el patriotismo que pronto desarrollaron contrario a otras civilizaciones que tenían el principio del placer como norma.

El pensamiento romano tenía tres partes vitales: un amor por la belleza, el arte y la cultura, un amor por la sangre, por la familia y por ultimo un amor por lo divino, por el mundo del espíritu y lo sagrado.
Este amor por la belleza llevo a los romanos a llevar una arquitectura inspirada en la cultura griega, a erigir monumentos a sus héroes y dioses que hoy el mundo admira, a la literatura de Virgilio al que el mundo medieval admiraba como máximo maestro.
Esta mentalidad tenía una cosmovisión del mundo como un lugar mágico poblado de deidades, espíritus y guardianes a los que se les debía respeto. Cada acto cotidiano tenía una influencia divina y el jefe del clan rendía un ritual de agradecimiento al espíritu protector de su clan. Antes de comer, regresando de una batalla, en el nacimiento de un niño, antes de la batalla, en el amanecer.
Este sincretismo religioso estaba unido a su vida diaria, una unión entre el mundo material y el mundo espiritual, eran uno para el romano, no había materia sin espíritu.
Esta cosmovisión religiosa de la unidad entre el mundo espiritual y terrenal fue parte de la mentalidad medieval que veía el mundo como una unidad entre lo divino con lo terrenal.
El ideal de Imperium, de orden de los romanos fue tomado por el imperio bizantino en oriente y más que nada por el Sacro Imperio Romano Germánico que continuo la tarea de los romanos de mantener este orden sagrado.
La mentalidad romana genero una verdadera voluntad de poder, conquistadora que domino la mayor parte de oriente y occidente.
La mezcla entre la cultura y la guerra, la disciplina y austeridad patriarcal, la voluntad de poder y la unidad tanto espiritual como racial llevaron a los romanos a destruir a los degenerados etruscos y fundar una nación dirigida por las principales gens-familias que dieron origen a la casta de los patricios.
Lamentablemente esta mentalidad sana fue degenerando con el tiempo, las guerras púnicas contribuyeron al debilitamiento de las castas patricias. A pesar del triunfo sobre Cartago y sobre otros pueblos de carácter matriarcal—como la Egipto de Cleopatra—llego la influencia de estos sobre los romanos.
Es la maldición de los pueblos conquistadores, de forma consciente o inconsciente toman la influencia de los pueblos conquistados. En este caso los romanos adoptaron a dioses orientales como la Isis egipcia, adoptaron ciertas costumbres de pueblos conquistados y el culto a otros dioses.
La aristocracia patricia pronto se volvió relajada, dejando de ser un clan de carácter patriarcal y volverse una familia real. El olvido de la mentalidad patriarcal pronto trajo la decadencia, la sumisión a las fiestas y placeres, la decadencia de la calidad genética y las traiciones entre familiares.
El romano primitivo, el pastor itálico brutal, bárbaro, impetuoso degenero en un ser hedonista, déspota, mentalmente desequilibrado—ahí tenemos los casos de Calígula y Domiciano—viviendo en orgias y decadencia.
Los emperadores hispánicos aportaron nueva sangre y continuaron con esta mentalidad romana en la ya degenerada aristocracia, emperadores como Trajano y Marco Aurelio llevaron al imperio a tener una época de prosperidad, este último además aporto junto con otros filósofos lo que es el estoicismo la última parte de la mentalidad romana.
La mentalidad romana influyo en el carácter medieval, en la disciplina y el ascetismo de los primeros reyes medievales, en el arte y la cultura del Renacimiento. Esa unión entre la cultura y la guerra que ha caracterizado las grandes naciones. El ideal de imperium influyo en la España victoriosa de la Reconquista que unió todos sus reinos independientes en una sola nación y que llevaron su cultura (tal como Roma hizo) al nuevo mundo.
Nuestra cultura, nuestra arquitectura son parte del legado de Roma, los pueblos latinos (entendiendo esto los pueblos herederos de la cultura del Lacio) como los países hispanos y los países del Mediterráneo tienen este legado romano en su arquitectura, en su forma de vida pero lamentablemente la mentalidad romana del patricio, del bárbaro itálico se ha perdido.

Marzo 2015



sábado, 21 de marzo de 2015

Aprendiendo a amar a Leni Riefenstahl



Por Slavoj Zizek 


La vida y la obra de Leni Riefenstahl, quien murió el lunes a la edad de 101 años, parece prestarse a una cartografía de la autonomía [1], progresando hacia una conclusión oscura. Comienza con los tempranos “mountain films” en los años veinte en los que ella actuaba y después empezó también a dirigir, con su famoso heroísmo y su esfuerzo corporal en las condiciones extremas del alpinismo de montaña. Siguieron con sus documentales notoriamente nazis en los años treinta, celebrando la disciplina corporal, la concentración, y Leni Riefenstahl la fuerza de voluntad en el deporte así como en la política.

Así, luego de la Segunda Guerra Mundial, en sus álbumes fotográficos, ella redescubrió su ideal de belleza corporal y el auto-dominio elegante en la tribu africana Nuba. Finalmente, en sus últimas décadas, ella aprendió el difícil arte de bucear en el mar profundo y comenzó los documentales sobre la extraña vida en las profundidades oscuras del mar.

Obtenemos así, una clara trayectoria de la cima al fondo: empezamos con individuos escabrosos que se esfuerzan por llegar a las cimas montañosas y gradualmente descienden, hasta que alcanzamos la abundancia amorfa de la vida en el fondo del mar. ¿No encontró ella allí abajo su último objeto, el obsceno e irresistible florecimiento eterno de la fuerza de la vida, la vida en sí misma, que es lo que ella estaba buscando desde el principio? ¿Y no aplica esto también a su personalidad? Parece que el miedo de aquéllos que estaban fascinados por Leni no era un “¿Cuándo ella morirá?” sino un “¿puede ella alguna vez morir?” Aunque racionalmente todos sabemos que ella simplemente ha fallecido, nosotros, de algún modo, no lo creemos realmente. Ella seguirá por siempre.

A esta continuidad de su carrera normalmente se le da una torcedura fascista, como en el caso ejemplar del famoso ensayo de Susan Sontag sobre Leni, “Fascinante Fascismo”. La idea es que invariablemente sus películas pre- y pos- nazis articulan una visión fascista de la vida: el fascismo de Leni es más profundo que su celebración directa de la política nazi; reside ya en su estética pre-política de la vida, en su fascinación con los cuerpos hermosos que despliegan movimientos disciplinados. Quizás es tiempo de problematizar este topos. Permítanos tomar la película de 1932 de Leni Das blaue Licht (“La luz azul”), la historia de una mujer de pueblo que es odiada por su rara proeza de subir una montaña mortal. ¿No es posible leer la película de manera exactamente opuesta a como usualmente es interpretada? ¿No es Junta, la solitaria y salvaje muchacha montañesa, una marginada de que casi se vuelve la víctima de un pogromo (no hay ninguna otra palabra apropiado para los lugareños)? (Quizás no es un accidente que Béla Balázs, el amante de Leni en aquel tiempo, que co-escribió el guión con ella, fuera un marxista.) […]

El problema aquí es mucho más general; va más allá de Leni Riefenstahl. Permítanos tomar a el más opuesto a Leni, el compositor Arnold Schönberg. En la segunda parte de Harmonielehre, su mayor manifiesto teórico de 1911, él desarrolla su oposición a la música tonal en términos que, superficialmente, anticipan el posterior aparato antisemita nazi. La música tonal se ha vuelto “enferma”, el mundo “degenerado” necesita de una solución purificadora; el sistema tonal ha cedido ante “las relaciones incestuosas”; los acordes románticos están disminuimos, son “hermafroditas”, “vagos” y “cosmopolitas.” Es fácil y tentador afirmar que semejante actitud mesiánico-apocalíptica es parte de la misma “situación espiritual” que eventualmente dio nacimiento a la solución final nazi. Esta, sin embargo, es precisamente la conclusión que uno debe evitar: Lo que hace al nazismo repulsivo no es la retórica de la último solución como tal, sino la torcedura concreta que da de ella.

Otra conclusión popular de este tipo de análisis, más estrechamente ligado a Leni, es el alegado carácter fascista de la coreografía de las masas, los movimientos disciplinados de miles de cuerpos: los desfiles, las actuaciones de las masa en los estadios, etc. Si uno también encuentra esto en el comunismo, uno bosqueja inmediatamente la conclusión sobre una “solidaridad más profunda” entre los dos “totalitarismos”. Tal formulación, el mismo prototipo del liberalismo ideológico, yerra en el punto. No sólo no son semejantes actuaciones en masa inherentemente fascistas; ellos no son nunca “neutrales”, esperando a ser apropiados por la izquierda o la derecha. Fue el nazismo quien los robó y se apropio de los movimientos obreros, su sitio original de nacimiento. Ninguno de éstos elementos “proto-fascistas” están en el fascismo per se. Lo qué los hace “fascistas” es sólo su específica articulación – o, para ponerlo en los términos de Stephen Jay Gould, todos estos elementos son los “ex-apted” por el fascismo. No hay ninguna fascismo avant la lettre, porque es la propia lettre que compone el bulto (o, en italiano, fascio) de elementos lo que es propiamente el fascismo.

A lo largo de las mismas líneas, uno debe rechazar radicalmente la noción de que la disciplina, del autodominio y el adiestramiento del cuerpo, es inherentemente un rasgo proto-fascista. De hecho, el mismo término “proto-fascista” debe abandonarse: Es un pseudo-concepto cuya función es bloquear el análisis conceptual. Cuando nosotros decimos que los espectáculos organizados de miles de cuerpos (o, digamos, la admiración de deportes que exigen un alto esfuerzo y autodominio como el alpinismo de montaña) son “proto-fascistas”, nosotros no decimos nada estrictamente, apenas expresamos una asociación vaga que enmascara nuestra ignorancia.

Así, cuando hace tres décadas, las películas de kung fu se hicieron populares, ¿no era obvio que nosotros estábamos tratando con una ideología genuina de la clase obrera de jóvenes cuyos únicos medios de éxito eran el entrenamiento disciplinario de sus cuerpos, su única posesión? La espontaneidad y la actitud de indulgencia de “dejarlo ir” pertenece a aquéllos que tienen los medios para permitirse el lujo de ello – aquellos que no tiene nada sólo tienen su disciplina. La “mala” disciplina corporal, si es que lo hay, no es el “entrenamiento en colectividad”, sino, más bien, el jogging y el fisico-culturismo como parte del mito de la New Age de la realización de los “potenciales internos” del yo. (No es ninguna sorpresa que la obsesión con el cuerpo es una parte casi obligatoria del pasaje de los radicales ex-izquierdistas a la “madurez” de la política pragmática: desde Jane Fonda hasta Joschka Fischer, el “período de latencia” entre las dos fases estuvo marcado por el enfoque en el propio cuerpo.) […]

Así, regresando a Leni: Todo esto no significa que uno debe desechar su compromiso nazi como limitado, un episodio infortunado. El verdadero problema es sostener la tensión que aparece a través de su trabajo: la tensión entre la perfección artística de su práctica y el proyecto ideológico “ex-apted”. ¿Por qué su caso debe ser diferente al de Ezra Pound, William Butler Yeats, y otros modernistas con tendencias fascistas que hace tiempo han vuelto a nuestro canon artístico? Quizás la búsqueda por la “verdadera identidad ideológica” de Leni Riefenstahl está mal conducido. No hay tal identidad quizás: Ella se arrojó auténticamente alrededor de lo incoherente, se cogió en una telaraña de fuerzas contradictorias.

 ¿No es, entonces, la mejor manera de señalar su muerte el tomarse el riesgo de gozar plenamente una película como Das blaue Licht, qué contiene la posibilidad de una lectura política de su obra de una manera totalmente distinta al del punto de vista prevaleciente?

Tomado de Aktion Reinhard


sábado, 14 de marzo de 2015

El Sátiro



 Clark Ashton Smith

Raoul, conde de la Frenaie, era por naturaleza el más confiado de los maridos. Aquella ausencia de suspicacia se debía en parte a la falta de imaginación. Y por lo que respecta a sus demás cualidades, sin duda las embotaban los fuertes vinos de Averoigne. Sea como fuere, de no haber sido por la más imprevista pero fatal de las circunstancias, jamás habría sospechado nada de la amistad de Adele, su esposa, con Olivier du Montoir, joven poeta que, si no hubiera sufrido aquel imprevisto y nefasto percance, en su momento podría haber rivalizado con Ronsard como una de las estrellas más rutilantes de la poesía. De hecho, al señor conde le enorgullecía que aquel joven y atractivo rapsoda, que se había bañado en las fuentes del Helicón y cuyos sonetos y baladas ya gozaban de cierto renombre allende los límites de Averoigne, mostrase predilección por su esposa. Tampoco le molestaba que los evidentes encantos de Adele inspirasen explícitamente muchas de sus creaciones, que en ellas ensalzara sin ambages su cabellera de ébano, su áurea mirada y demás atributos no menos atractivos y consustanciales a la perfección femenina.

El señor conde no tenía la menor intención de entender la poesía: como muchos otros, la consideraba materia apartada de las cosas mundanas y del sentido común. La métrica y la rima le aturdían las facultades mentales. Mientras tanto, el atrevimiento de las baladas y de su autor fueron aumentando paulatinamente. Una semana de maravilloso calor bastó para fundir las nieves de aquel invierno tan severo. La primavera pobló los campos con sus flores más tempranas. Olivier había incrementado la frecuencia de sus visitas al castillo de la Frenaie. Él y Adele pasaban mucho rato a solas, ya que casi todos los temas de que trataban trascendían los intereses y la comprensión del señor conde. Y ahora, en primavera, salían a pasear por los bosques circundantes, vergel de verdor que prácticamente se extendía hasta los grises muros y la barbacana de la fortaleza. El aire se embriagaba con las intensas y frescas fragancias de las primeras flores silvestres. Si aquellos paseos fueron el blanco de chismorreos, se produjeron con tal discreción que jamás llegaron a los oídos de Raoul, o incluso de los dos afectados.

Tal como se desarrollaban los acontecimientos, resulta difícil comprender por qué de pronto el señor conde se preocupó por la integridad de su honor conyugal. Quizá entre alguno de sus episodios de caza y bebida en que distribuía su tiempo se percató de que su mujer estaba más joven y hermosa que nunca, que florecía del modo en que las mujeres florecen bajo los mágicos rayos del amor. Acaso había descubierto alguna mirada de ardiente pasión entre Adele y Olivier. O a lo mejor aquella prematura primavera le había atravesado el etílico lodazal de su cerebro con un batallón de sensaciones y pensamientos largo tiempo olvidados, y por fin se hizo la luz en él. Fuera lo que fuese, ya llevaba días preocupado. Y una tarde de principios de abril, a su retorno de Vyones, adonde había ido para atender unos asuntos, la servidumbre le informó que la señora condesa y Olivier du Montoir habían salido a dar un paseo por el bosque. Su abúlica expresión no reveló cuáles eran sus auténticos pensamientos. Pareció reflexionar durante unos instantes.

-¿Adónde se dirigieron? Es preciso que hable enseguida con la señora condesa.
Los sirvientes le indicaron la dirección. Salió en su busca, siguiendo lentamente el sendero que habían tomado, hasta que el castillo desapareció de su vista. A partir de entonces, aceleró la marcha y, al internarse en la espesura, comenzó a acariciar la empuñadura de su espada.
-Tengo un poco de miedo, Olivier. ¿Vamos a alejarnos mucho más?

Adele y Olivier se habían apartado un poco de los límites que solían abarcar sus paseos. Se hallaban en una zona del bosque de Averoigne donde los árboles son más viejos y altos. Se decía que algunos de los enormes robles ya eran viejos y altos en tiempos del paganismo. Muy poca gente frecuentaba aquellas lindes. Y entre los habitantes de la región, a lo largo de generaciones se habían transmitido extrañas leyendas y creencias. En aquellos andurriales habían acontecido hechos que suponían una afrenta a la ciencia y una blasfemia. Se decía que quien osara penetrar en los confines inmemoriales de aquellos claros bañados por las sombras silvestres sería presa de malignos influjos. Varias eran las creencias y las leyendas, sólo vagas especulaciones. Sin embargo, todas coincidían en que el bosque estaba poseído por alguna entidad enemiga de los hombres, algún espíritu primordial más antiguo que Jesucristo o Satanás. Quienquiera que hollase los dominios de aquel ser terminaba siendo pasto del horror, la locura, la posesión infernal o de pasiones irracionales y torvas que conducían a la condenación del alma. También había personas que, entre susurros, explicaban quién era aquel espíritu, describían su aspecto y contaban historias asombrosas. Sin embargo, tales asuntos eran desoídos por los cristianos devotos.

-Sólo un poco más -insistió Olivier-. Mirad a vuestro alrededor, dueña mía, fijaos cómo estos viejos árboles se han engalanado con la radiante frescura de abril, cómo se regocijan ante el retorno del calor y los rayos del sol.
-Pero la gente explica historias horribles, Olivier.
-Cuentos para asustar a los niños. Sigamos un poco más. Nada nos hará daño; sólo nos aguarda una inmensa y cautivadora belleza.

Efectivamente, las nuevas hojas hacían que los grandes robles y hayas pareciesen imbuidos de juventud. El bosque semejaba rebosar despreocupación y júbilo divinal. Costaba creer en fábulas y supersticiones. Era uno de esos días en que el corazón siente la imperiosa necesidad de amor perpetuo, de errar por siempre jamás. Así pues, tras superar ciertos reparos femeninos y con muchas promesas, Olivier convenció a Adele y prosiguieron. En el sendero aparecían huellas de animales u hombres que les permitieron seguir el camino con mayor facilidad. Las ramas que pendían en ambos márgenes los envolvían en un suave manto de verdor y daban la impresión de engullirlos. Algunos rayos dorados de sol traspasaban las altas copas para crear aureolas en torno a las bellas y escondidas lilas que florecían entre los contorsionados amasijos de enormes raíces. Los troncos estaban retorcidos, llenos de señales centenarias, contrahechos y deformados por el peso de incontables años, pero con un hálito de antigua sabiduría, de serena armonía. Adele prorrumpió en exclamaciones de gozo y alegría. Ni ella ni Olivier veían nada siniestro o inquietante en la exquisita belleza y desbordante pintoresquismo que les ofrecía la vieja floresta.

-¿Me creéis ahora? -preguntó Olivier- ¿Tenéis algo que temer de unas flores y unos árboles inofensivos?

Adele se limitó a sonreír. En medio de aquel círculo dorado de rayos de sol, ella y Olivier se contemplaron con intensa intimidad. En el inmóvil aire flotaba un extraño perfume que llegaba en lentas oleadas, procedente de un origen indeterminado; una fragancia que semejaba hablar maliciosamente de amor, permisividad, languidez, complacencia. Ninguno sabía de qué flor emanaba, ya que desconocían casi todos los ejemplares que se hallaban en los contornos, algunos con forma de pesadas campanas blancas o rosas, otros con pétalos rizados y gemelos, o con corolas como heridas sonrosadas. Al mirarse de aquel modo, se notaron ensartados por un fogonazo de pasión. Se les aceleró el pulso como si hubieran ingerido un eficaz filtro. Los ojos de Olivier, brillando con manifiesta pasión, y el moderado rubor en las mejillas de la señora condesa eran el síntoma de que compartían el mismo deseo. El amor incontenible, mutuamente ocultado hasta aquel momento, se abría paso por las venas de ambos. Siguieron caminando en silencio, con la incómoda sensación de un descubrimiento que procuraban reprimir a toda costa. No osaban pronunciar palabra; tampoco repararon en el aspecto de la zona en que se adentraban. Y ninguno de los dos prestó atención a la repugnante deformidad de los troncos, los obscenos y monstruosos hongos cuya palidez mancillaba las sombras silvestres, las flores carmesíes que se exhibían provocativamente al sol. El hechizo de su lujuria se cernía sobre los amantes, ebrios por la mandrágora de la pasión. Todo lo que estaba más allá de sus cuerpos, de sus corazones, del latido de su ardiente sangre, era más difuso que los sueños.

La floresta se volvió más espesa, las ramas arqueadas semejaban urdimbres de tinieblas. Los ojos de criaturas feroces los contemplaron desde sus ocultas madrigueras, con destellos de malicioso carmesí o frío e intenso berilo. Y un pestilente hedor de aguas estancadas, asfixiadas por las hojas del último otoño, se alzó para dar la bienvenida a los amantes y para atenuar un poco el peligroso encantamiento que los atenazaba. Se detuvieron junto a un estanque circundado por rocas; los alisos multiplicaban sus deterioradas copas como deseando perpetuar para siempre los agónicos resabios de un caduco frenesí. Y allí, entre las ramas bajas de los alisos, entre un brote de hojas nuevas, descubrieron un rostro que les lanzó una mirada lasciva. Era una visión increíble. Durante unos instantes no pudieron creer lo que veían. Sobre la cara semihumana se alzaban dos cuernos entre una mata de grueso vello, ojos rasgados, boca animal, barba con cerdas de jabalí. La cara era vieja, inimaginablemente vieja, surcada por arrugas y líneas fruto de inequívocos eones de lujuria. La mirada era un crisol incontrolable de malicia y corrupción atesoradas desde los tiempos del paganismo. El rostro de Pan, desde su secreto escondrijo, contemplaba con odio a los intrusos.

Un terror de pesadilla se apoderó de Adele y Olivier: enseguida les vinieron a la memoria todas las leyendas. Se había roto el hechizo de su pasión, los efectos de la droga del deseo habían remitido por completo. Como si hubieran despertado de un profundo sueño, vieron aquella faz y percibieron, más allá del salvaje palpitar de su sangre, el eterno conflicto entre el bien y el mal, las carcajadas del terror, cuando la visión desapareció entre el ramaje. Estremecida, Adele se echó por primera vez en brazos de su amante.

-¿Habéis visto eso? -susurró.
Olivier la atrajo hacia sí. Ante aquella deliciosa proximidad, la repugnante criatura que habían visto se le hizo improbable e irreal. Sin duda alguna clase de contrahechizo había conjurado aquel horror hasta hacerlo desaparecer. Sin embargo, ignoraba si habían sido víctimas de una alucinación pasajera, una fantasía causada por las hojas de los alisos o por el demonio que decían que moraba en Averoigne. La estupefacción que había causado todo aquello carecía de fundamento lógico o racional. Fuera lo que fuese, se sentía muy feliz: gracias a eso, Adele se había refugiado en sus brazos. Sólo podía pensar en la proximidad, la calidez de los labios que durante tanto tiempo había ansiado besar. Comenzó a tranquilizarla, a disipar sus temores, a hacerle ver que todo podría haber sido fruto de la imaginación. Mezcló los esfuerzos por calmarla con ardientes declaraciones de amor. La besó... se olvidaron del sátiro...

Raoul los encontró juntos, tendidos sobre una alfombra de musgo dorado por los rayos del sol, que pasaban por el único resquicio que encontraron entre el elevado follaje. Ni lo vieron llegar ni lo oyeron cuando se detuvo, con el acero desenvainado ante aquella imagen de ilegítima felicidad. A punto estaba de ensartarlos de una sola estocada cuando sucedió algo tan inesperado como inconcebible. Con celeridad sobrenatural, una criatura de pelo castaño, un ser que no era ni hombre ni bestia, sino más bien infernal mezcla, surgió de las ramas de los alisos y arrebató a Adele de los brazos de Olivier. Raoul sólo pudo presenciar la acción fugazmente; después fue incapaz de describir cómo sucedió. Era el rostro que había contemplado con lujuria a los amantes desde la espesura. Sus extremidades y cuerpo pertenecían a los de criaturas propias de las leyendas antiguas. Desapareció tan inefablemente como había aparecido, llevándose consigo a la mujer entre sus brazos. Sus gritos de terror fueron anulados por los enloquecidos y diabólicos estertores de sus carcajadas.

La distancia fue apagando los gritos y carcajadas, entre la impenetrable espesura, hasta desaparecer por completo; luego se hizo un imperturbable silencio. Lo único que pudieron hacer Raoul y Olivier fue mirarse mutuamente con la más absoluta estupefacción.