"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







martes, 30 de junio de 2015

Una historia de fantasmas (III): El final



         (Tercera parte de Una historia de fantasmas para leer capítulos anteriores pulsar en I y II)

La noche de Halloween había llegado, eran las nueve y sus padres estaban fuera, todo mundo estaba en face haciendo comentarios sobre la fiesta en Tequila y algunos otros subían vídeos de relacionados con el tema del terror como Jaime el dueño de una tienda de discos de black metal que subió un par de vídeos de Mayhem (No Mosh, No Cover and No Fun), una tía de Mérida puso un  mensaje que pretendía ser gracioso pero que le pareció estúpido. Dos días después del pleito con Marieke no había salido de su casa excepto claro a las asesorías pero de ahí nada, se sentía apenado por la discusión del sábado pero no tenía más que hacer.
Leía las publicaciones, tenía mensajes de Cesar y Juan pero no presto atención a ninguno. No estaba interesado en nada, era su última noche y quería pasarla escuchando a Nirvana todo el día.
Gusano escribió a su muro para preguntarle si iría, no respondió, el álbum de “Nevermind” había terminado y lo puso de nuevo desde el principio.
Se le ocurrió entrar al muro de Jessica la mejor amiga de Marieke para ver si escribió algo respecto a ellos. Solo había un post en el que decía que iría a Tequila acompañada de Arturo. Hizo una mueca de desagrado.
Se imaginaba que todo lo que Marieke le contara a Jessica seria personalmente o por inbox, no lo escribiría en el muro para que todos lo vieran.
Habían surgido los celos al leer que iría con Arturo Larios, Arturo era todo lo contrario a lo que él era. Futbolista estrella, alumno ejemplar, tenía como principal meta estudiar política en la capital, lo que México necesitaba otro político más pensó con amargura.
Se metió a bañar, si iba a matarse quería estar limpio primero, abrió la regadera mientras pensaba en los momentos felices con Marieke. Cuando fueron a la feria, cuando iban al cine, tomando un helado en la plaza o jugando en el boliche. No todo había sido tan malo después de todo, al tener este pensamiento se resistió a seguir pensando en ella eso podría generarle cambiar sobre su idea del suicidio.
¿Qué futuro le esperaba? No tenía ninguna idea de lo que iba a hacer de su vida, no quería integrarse a la sociedad, no quería estudiar una carrera ni ser padre de familia. No quería nada de la vida, ya ni siquiera la música o la patineta le causaban placer.
Sus pensamientos se detuvieron al percatarse de que alguien había apagado su Ipod, salió de la regadera con la toalla y vio a Ximena acostada en su cama.
Ximena era su hermana mayor, dos años mayor que él, estaba en el último año de preparatoria y pensaba estudiar derecho, estudiaba la carrera por que era el sueño de su padre, así le dejaría el despacho cuando se jubile.
-¿Qué haces aquí?—pregunto. Esperaba que no haya descubierto las pastillas.
-Viéndote—le respondió con tono de sarcasmo.
 La ignoro y fue a encender de nuevo su Ipod, lo menos que quería en sus últimas horas era tener que lidiar con su hermana.
-¿Vas a ir a la fiesta?
-Sabes que no.
-Eres un amargado. El que Marieke te haya mandado al carajo no es el fin del mundo—todos creían que esto era por ella. Le parecía patético.  Quería que lo dejaran solo, que no lo molestaran ¿Era eso mucho pedir?
-Solo quiero que me dejen en paz.
-Eres un perdedor pero lo más triste es que eres un perdedor que se auto-compadece—le dijo con tono burlón. Jeremías agarro un vaso de plástico que estaba sobre su escritorio y se lo arrojo, su hermana se levanto haciéndole la seña del dedo y cerrando la puerta de un golpe. Estaba harto de ellas, de sus padres, de Marieke y de todo lo que le rodeaba.
A la única a la que extrañaría seria a Gaby su hermana menor, le tenía mucho cariño y esperaba que estuviera bien, lloraría por su muerte pero la superaría.
Puso seguro a la puerta y arrojo la toalla a la cama, se puso unos bóxers, una camisa de Nirvana y unos tejanos. Por último se puso su tenis, recogió la almohada y la arrojo al cesto que estaba en el baño.
En su Ipod puso ahora a Sonic Youth, siguió mirando su face, mirando el estado de Cesar en el que decía que tenía una botella de vodka en el auto.
Desactivo su cuenta y abrió un documento Word para escribir su nota, lo pensó un momento, no sabía cómo despedirse del mundo. Habia practicado en su mente durante la semana sin embargo ahora no se le ocurría nada.
Se levanto para ir a la cocina, esperaba a que Ximena ya se hubiera ido, no quería pelearse de nuevo. Se sirvió un vaso grande de agua y regreso a su cuarto, saco las pastillas del  cajón y abrió la bolsa. Se sentó de nuevo y esta vez tenía una idea de cómo sería su despedida:

31 de octubre de 2011
Para quien la encuentre:
Mi nombre es Jeremías Rodríguez  y si has encontrado esta carta significa que estoy muerto, hace unas semanas tome la decisión de quitarme la vida y elegí esta noche para hacerlo.  ¿Por qué? Se preguntaran, bien no tengo una respuesta concreta de por qué hice esto solo puedo decirles que no hay futuro para mí y para los que son como yo.
Mi generación está condenada al fracaso, he visto a toda la gente de mi edad drogada, alienada, deprimida y enojada, he descubierto que pase lo que pase todo seguirá igual, creceremos, tendremos un bonito diploma si es que llegamos a graduarnos por supuesto, tendremos un trabajo de porquería y una familia de mierda.
No quiero nada de esto y sé que mi generación aborrece tal idea aunque no se atrevan a admitirlo.  Esta vida es demasiado controlada, mecanizada, rutinaria, tan aburrida y no encuentro un escape a ella (o al futuro), no quiero ser un padre de familia ni un abogado como  mi viejo. No quiero ser nada.
No sé como sea la muerte, no sé si llegare a un cielo con ángeles tocando el arpa o a un infierno con un diablo rojo riendo malévolamente, no lo sé pero la muerte puede dar esa libertad que tanto he buscado.  
Posiblemente busquen una explicación a mi muerte, mi papa dirá que quería llamar la atención, mis maestros dirán que “pudieron hacer algo” y mis amigos dirán que fue el rompimiento con mi novia.
Mama no llores no fue tu culpa, papa no soy el hijo que querías, Ximena creo que te voy a extrañar y Gaby te dejo mi Ipod, mis discos, todo lo que está en mi cuarto es tuyo así que viejos no vendan ni se desahogan de algo que hay en esta habitación.
No busquen explicaciones, esta fue mi elección, en esta vida uno no elige a que raza pertenecer, en que familia nacer, no elige nada pero puede elegir de que manera puede morir y he tomado la decisión de quitarme la vida.
Me despido y que disfruten la vida o lo que sea a lo que llamen vida, no pido un altar o que vayan a rezarme. No pido nada al fin que ya estoy muerto.

Atte

Jeremías

Leyó un par de veces más la carta y dijo que así estaba bien, la imprimió y la doblo poniéndola debajo del reproductor.
Puso en el Ipod la canción “Smell like teen spirits” cantada por Tori Amos, amaba esa versión y quería que fuera lo último que escuchara.
Se acostó en la cama y se tomo las pastillas de un solo trago, se convulsiono, sentía que se estaba ahogado y que perdía el conocimiento. Esto era morir, no era muy agradable pero esto pasaría y entonces a lo que sigue sea lo que sea.
Diez minutos después de haberse tomado las pastillas Jeremías se quedo mirando el techo y luego la puerta, su visión se hacía más borrosa y sintió que todo terminaba. Sintió que ya no podía mover las manos, ni los pies, ni podía hablar. Imágenes vinieron a su mente, imágenes de su infancia, sus amigos, Marieke, Gaby, las visitas a Mérida y a Campeche, eso que dicen de que antes de morir ves tu vida pasar era cierto, sentía que escuchaba el tema de los “Años Maravillosos” y su vida se extinguía.

Así fue como Jeremías Rodríguez de diecisiete años de edad, abandono el mundo de los vivos.

© Fernando Trujillo, todos los derechos reservados

Junio 2015

jueves, 18 de junio de 2015

Una historia de fantasmas (II): Marieke I

         


                                                  
    
(Segunda parte de Una historia de fantasmas, para ir a la parte uno pulsar en el enlace Capitulo I)

Jeremías se encontraba esa mañana de sábado en su computadora navegando por face sin mucho que hacer. Ninguna de las publicaciones de sus amigos le parecía en absoluto interesante sin embargo ¿Qué más había por hacer? No tenía ningún objetivo, sus asesorías le estaban aburriendo y lo rutinario de la vida se hacía cada vez más pesado.
A sus diecisiete años Jeremías era un nini al igual que muchos sus amigos, había sido dado de baja en la escuela por sus bajas calificaciones y se inscribió a la prepa abierta, lo cual era un pretexto para no tener que hacer nada.
Tomaba asesorías dos horas en la mañana, el resto del día se la pasaba en casa escuchando las mismas canciones en su Ipod, en face o en el parque con sus amigos.
El próximo año tendría que hacer el servicio militar pero no le gustaba la idea, no le gustaba seguir órdenes ni jerarquías. En general no le gustaba nada. Cesar le envió un mensaje por el chat de face, dio una palmada pequeña al escritorio por no haber cerrado el chat. Bueno ya lo habían visto, ninguno de los dos tenía algo que hacer así que Cesar le propuso ir al parque a pasar el rato.
Bueno en el parque no tenia que soportar las miradas reprobatorias de sus padres ni tener que aguantar a sus hermanas. Se puso una camisa con el logotipo de los Misfist, un pantalón corto de color caqui, un billete de cien pesos que tenía en un cajón, su Ipod y su patineta. Se puso los audífonos y puso a todo volumen la canción “Halloween” de los Misfist. Cerró la puerta y se subió a su patineta.
Mientras recorría la calle pensaba en su futura muerte, leyó todo lo referente al suicidio pero se había cuidado muy bien de no decir algo referente al tema o publicar un post suicida en face.
Había leído que hablar dando del tema seria una señal de lo que haría y tendría a todo mundo como moscas sobre él para disuadirlo y tratar de convencerlo de que la vida era un regalo, las clásicas cosas que le dicen a los suicidas.
Era seguro que cuando muriera todos buscarían una razón, un por que a la llamada “salida fácil”, se lo atribuirían a su fracaso en la escuela o al rompimiento con Marieke.
No existía una razón, nada de depresiones o problemas mentales, era su decisión esa era la única causa. Su vida no pertenecía a sus padres ni a Marieke, ni a nadie solo a él y había decidido acabar con ella.  
Estaba hastiado, estaba harto de vivir, no entendía cómo es que podía haber gente que podía seguir continuando con esas existencias tan vacías.
Cesar Vásquez estaba en el parque, estaba acompañado de Salvador y de Jimmy que tenía un refresco de cola, era seguro que tuviera unas gotitas de vodka dentro.
-¿Qué tal?—saludo dándole la mano a sus amigos.
Se subieron a sus patinetas y se pusieron a rodar en la pista, incluso algo que amaba como la patineta le estaba pareciendo aburrido.
Rolando y Guadalupe estaban ahí con sus patinetas, Laura y Natalia también estaban ahí sentadas en una banca con sus helados.
-Voy a tomar algo—le aviso a sus amigos. Se encontraban algunas familias congregadas en el parque, niños jugando, ancianos jugando ajedrez. El día estaba un poco nublado. 
Dos policías estaban apoyados en su patrulla tomando unos refrescos, un anciano estaba sentado en una banca mirando a su nieta jugar con unas burbujas.
En una esquina estaba Jaibo acompañado de Iván y Memo, Jaibo era un conocido vendedor de drogas de la región, siempre tenía mercancía en los bolsillos pero se cuidaba muy bien de que la policía no lo detuviera, de todos modos tenia algunos contactos en la policía que le podían hacer el paro en caso de ser detenido.
-Que tranza—saludo Jaibo.
-Que onda—devolvió el saludo Jeremías, ocasionalmente le compraba algo de su mercancía sobre todo hierba. Se habían conocido en la primaria pero nunca fueron amigos cercanos, su única relación era de negocios.
-Tengo un nuevo paquete por si te interesa.
-Luego ahora no tengo lana—respondió Jeremías caminando hacia la tienda, para su mala suerte ahí se encontraba Marieke acompañada de Lila. 
Marieke y Jeremías se quedaron viendo por unos instantes, ninguno tenía algo que decirse, tenía que admitir que todavía latía su corazón por ella pero cada día que pasaba la sentía más distante.
Se acerco al mostrador pidiendo un refresco de cola, cuando se dio la vuelta ella estaba en frente.
-Hola—saludo.
-Hola—le respondió sin mucho ánimo y queriendo irse de inmediato pero ella lo detenía, era una de las chicas más hermosas de toda la ciudad con su rubia cabellera y su rostro de muñeca. Su familia tenia muchos negocios de la ciudad, el padre de Jeremías era abogado de su padre, su familia era descendiente de austriacos y todas las mujeres pertenecientes a ella era de una belleza abrumadora. Se conocieron en la primaria como la mayoría de los chicos de la ciudad, terminando la secundaria comenzaron a salir y pronto se hicieron novios.
-¿Qué has pensado sobre nosotros?—pregunto Marieke, la última vez que habían hablado fue hace una semana pero decir hablar seria un eufemismo para la pelea que tuvieron en aquel entonces. Ella odiaba lo apático y desinteresado que era Jeremías.
-No tenemos nada de qué hablar—dijo bruscamente soltándose de su brazo,  le dolía el verla y el escucharla.
Todo se había ido al diablo hace mucho pero lo más doloroso fue lo que paso, ella quería que el fuera otro tipo de persona, que estudiara derecho en la facultad de Mérida pero él no quería nada de eso. Los primeros días fueron buenos, iban al cine, al parque, la invitaba a algo de comer pero luego todo comenzó a ser más monótono, el perdió el interés no solo por ella sino por la vida rutinaria.
Cuando comenzaron su noviazgo los padres de ambos estaban felices, sus padres decían que ella era la mujer ideal y que encausaría a Jeremías a dejar la vida de nini, los padres de ella decían que era un buen muchacho aunque en el fondo sabia que el padre lo aborrecía y sabia que ellos preferían a un tipo como Arturo Larios  y efectivamente este era el consuelo de Marieke ahora.
-Esto no debió terminar así.
-Fue tu decisión.
-Si tan solo te esforzaras….
No estaba de humor para verla, no quería volver a escucharla, la tenía en su cabeza todo el tiempo, recordando los momentos hermosos y recordando los fracasos, era más doloroso recordar lo bueno porque el sentimiento de fracaso se hacía más fuerte, pesa más sobre uno mismo, tenerla cerca le hacia daño.
-Sabes que…..solo vete…..vete con Arturo y a mi déjame en paz—no la miro, si lo hubiera hecho le diría cosas más crueles, la llamaría puta y otros insultos para humillarla, quería hacerlo, podía hacerlo pero no lo hizo, no la iba a lastimar.  Marieke no dijo nada, lo miraba entre triste y molesta por su indiferencia, por no verla a los ojos, Lila la jalo del brazo para alejarla de aquel doloroso momento.
Jeremías tiro el refresco y corrió, había sido demasiado, todo aquello había llegado al límite y exploto. No le importaba lo que pensaran de él, al cabo que pronto estaría muerto.  



© Fernando Trujillo, todos los derechos reservados

Junio 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Una historia de fantasmas (I): El Boulevard




La historia que estoy por publicar es una novela corta que llevo haciendo desde el año 2011 y nunca he podido llegar a completar, la he retomado y luego la dejo, ya sea por escribir otros proyectos que tengo como prioridad, por cuestiones de trabajo o de escuela pero he decidido terminarla ¿Por qué? Porque creo que un buen escritor debe terminar sus proyectos y con “Una historia de fantasmas” en lo personal quiero hacer un experimento. Publicar una novela por entregas, algunas de las mejores obras de la literatura como Oliver Twist de Dickens o Miguel Strogoff de Julio Verne se publicaron de esta manera, Lovecraft y Howard publicaron sus obras más largas por entregas en la mítica Weird Tales. Espero que este experimento que haga de un resultado positivo, ya he publicado artículos por entregas (El Poder del Patriarcado y En defensa de la eugenesia) pero esta vez es un relato de ficción que narra una historia de terror, fantasía, apatía juvenil pero también de esperanza. Sin mas que decir sean bienvenidos a este relato llamado Una historia de fantasmas.

Fernando Trujillo

                                                         
Mi nombre es Jeremías Rodríguez
Morí siendo un adolescente
Pero no termino ahí.
Soy un fantasma
Esta es mi historia.
                                                                      

Kike estaba faroleando como era su costumbre, hablaba de aquella chica francesa con la que se encontró en un antro de Mérida la otra noche, en su versión el ligaba a la chica y pasaron la noche en una habitación de un motel barato.
Lo más probable era que conoció a una chica con la que bailo un momento y luego ella lo mando al diablo pero estaba agregando de su propia cosecha para tener algo interesante que contar a sus amigos a su regreso.
Todos sus amigos sabían que esa era la verdad sin embargo ninguno lo desmentía solo asentían a todo lo que decía.
Una típica noche de viernes sin nada que hacer, como siempre estaban reunidos en el boulevard tomando y fumando mientras platicaban, ningún tema de importancia solo cosas para pasar el tiempo.
-¿Y cómo se llamaba la francesa?—se le ocurrió preguntar a Cesar.
-Remy.
-¿No es nombre de hombre?—pregunto Juan de repente.
-También es nombre de mujer—replico Kike a la defensiva, temeroso de que su historia se fuera al carajo. Juan asintió sacando la cajetilla de su bolsillo. Le ofreció uno a Jeremías, a Salvador y a Fabio.
Una patrulla estaba pasando, Cesar escondió el vodka en la mochila cuidadosamente, cuando se fue prendieron los cigarros. Mauricio al que todos llamaban “Gusano” propuso que se fueran de una vez a Tequila pero no tenían dinero y si mucha flojera. Ahí en el Boulevard tenían trago y música a alto volumen, no necesitaban ir al antro.
Jimmy se sirvió un poco más de vodka, le sirvió un poco a Cesar en su coca y a Kike, ya se estaba acabando y casi era hora de que se dejaran de vender bebidas alcohólicas.
El único lugar cercano era con don Mariano que siempre les vendía trago de forma secreta, otra patrulla estaba pasando. Juan y Cesar saludaron a los oficiales con sus caras de niños buenos,  Cesar les dijo a los demás que se fueran a su casa que ahí podrían tomar tranquilos pero ninguno de ellos tenía ánimo. Se quedarían en el Boulevard como todas las noches en las que no tenían plan.
-Esto se está acabando—dijo Jimmy mostrando la botella que ya estaba menos de la mitad, sus amigos asintieron.
-¿Qué hacemos?—pregunto Kike.
-Voy con don Mariano por otra botella ¿Me acompañas Jeremías?—pregunto Salvador, Jeremías que habia estado callado toda la noche arrojo la colilla de su cigarro y asintió, no había nada que hacer ni aquí ni en ningún lado.
Cada uno de los amigos dio algo para la botella, se subieron al auto y Salvador puso a todo volumen a Calle 13. Jeremías odiaba el raggeton pero no dijo nada, sus amigos conocían su opinión y no les importaba, claro que a decir verdad a él tampoco le importaba lo que pensaran de él.
Salvador estaba hablando de la fiesta de Halloween que habría en Tequila, dijo que habría una fiesta de disfraces y que él se disfrazaría de Drácula, Jeremías asentía en silencio, haciendo un mohín de vez en cuando. El antro estaría lleno de tipos disfrazados del conde, no era para nada original pero se guardo sus palabras.
-¿Tú te vas a disfrazar?
-Nel, no pienso ir.
-¿Por?
-No tengo lana.
-¿No será por Marieke?
-Eso me vale madres—respondió a la defensiva. Salvador no dijo nada, era mejor cambiar de tema. Se estaciono a una calle de donde vivía don Mariano, se bajaron y tocaron a su puerta. Don Mariano pasaba de los cincuenta años, era un hombre bajo, con barba y gafas grandes. Se encontraba en camisa sport y shorts.
-¿Qué quieren?
-Una botella de vodka, de preferencia Oso Negro—dijo Salvador. El viejo puso una mueca de negación, Jeremías ya se sabía el teatrito, el viejo fingía negarse porque si los polis lo descubrían vendiendo alcohola menores le cerrarían el changarro pero luego accedía a vendérselos más caro de lo usual.
-Pues creo que me queda una botella pero les va a costar.
-¿Cuánto?—pregunto Jeremías.
-Setecientos pesos—dijo el viejo dejando a los chicos con la boca abierta. Siempre les cobraba menos de cuatrocientos pesos, aquello era un abuso.
-No vamos a pagar esa cantidad por una botella de vodka—replico Salvador. El viejo alzo las manos diciendo que era eso o nada. Jeremías le hizo un gesto a su amigo para que pusiera lo que faltaba y luego los demás se lo repondrían. Salvador entrego el dinero al viejo y este les hizo una seña para que esperaran.
-Hijo de puta—susurro Salvador.
Don Mariano regreso con la botella de vodka, les deseo buenas noches a los jóvenes con una mueca que reflejaba su cinismo.
Volvieron al Boulevard, ahí Salvador les contó molesto la cantidad que tuvo que pagar por una botella. Después de hacer su rabieta se calmo y continúo bromeando con el resto de sus amigos. Hablaban de la fiesta de Halloween, de los disfraces y de Tequila.
Jeremías se había alejado para fumar a solas, el mundo a su alrededor le parecía tan aburrido, todo era lo mismo dio tras día. No le interesaba la fiesta de Halloween ni el concurso de disfraces, ni Marieke ni la escuela. Habia decidido acabar con su vida y lo haría en la noche de Halloween.

© Fernando Trujillo, todos los derechos reservados

Junio 2015


viernes, 5 de junio de 2015

Mishima o el heroísmo trágico de la antimodernidad


No cabe duda que en estas ocasiones el suicido es un mensaje. Primero, porque deja establecido que para algunos hombres hay cosas más importantes que la vida misma, y que sin esas cosas la vida no se justifica. Pero también porque la épica de ese tipo de suicido está atada a una causa, y más allá de la derrota de esa causa, tampoco vale la pena vivir
Mientras escucho la música de Philip Glass, de la vieja película “Mishima, una vida en cuatro capítulos” producida por Francis Ford Coppola y George Lucas, y dirigida por Paul Schrader, recientemente remasterizada, no puedo menos que reflexionar sobre cierto sentido trágico dela vida. Ese mismo sentido trágico de la existencia que tuvieron los griegos –a los que Mishima conocía muy bien– y los demás grandes pueblos antes de hacerse progresistas, y comenzar a creer que cada día nos acercamos más a la autosatisfacción y menos al sufrimiento y la muerte. Pero el sufrimiento y la muerte de todos modos nos acechan y finalmente nos alcanzan, a veces sin haber logrado ser en la vida, más que una bolsa de mecánicos orgasmos, de imágenes vacías que no podríamos recordar y una infinidad de contradicciones angustiantes.
Es notable ver cómo la muerte por suicidio, en determinados casos –en este caso mediante el rito del sepukku– genera a su alrededor un espacio que algunos hombres reconocen todavía como sagrado. Un punto donde se convocan los irreductibles, los que todavía reconocen el significado simbólico de las cosas.
El hacerse a sí mismo de Mishima, en un sentido que podríamos denominar alquímico, me remite a la antigua práctica de las artes marciales, que silenciosamente todavía desarrollan millones de personas aún en Occidente, algunas sin comprender su profundo significado.
La autodisciplina como un placer superior, como un crecimiento continuo, tiene mucho que ver con el arte, se llame éste Bushido, escultura, poesía, teatro, pintura o danza. Todas esas artes la practicó de algún modo Mishima.
Su torturada vida es una parábola poética. Desde su narcisismo que muchos de los preocupados por esos temas no dudaron de calificar de homosexual, hasta la ardua disciplina de la Sociedad del Escudo, nos muestra siempre una búsqueda desesperada por moldear las formas de la belleza en un sentido externo y en un sentido interno, inconexamente primero y en una profunda fusión después.
Los que hacen gala de un antinorteamericanismo y un antijudaísmo barato deberían escuchar atentamente la música de Philip Glass, músico que reúne ambos orígenes, además de ser budista y un defensor de la causa tibetana. Lamentablemente, no es el buen gusto lo que generalmente se globaliza.
Posiblemente la sugestión que Occidente conserva por la cultura japonesa, no es más que la admiración silenciosa y furtiva por todo lo que hemos perdido. Reconocemos en un japonés imperial como Mishima, cosas que excepcionalmente reconozcamos en un occidental. O quizá nos resulte menos peligroso el reconocimiento de ese tipo de estética e ideas en la lejanía del Oriente, que sacando a la luz los muchos ejemplos de grandes suicidas con ideas afines en el Occidente. Y dejamos bien claro nuestra convicción sobre que en ambos casos, merecen nuestro reconocimiento y admiración.
No cabe duda que en estas ocasiones el suicido es un mensaje. Primero, porque deja establecido que para algunos hombres hay cosas más importantes quela vida misma, y que sin esas cosas la vida no se justifica. Pero también porque la épica de ese tipo de suicido está atada a una causa, y más allá de la derrota de esa causa, tampoco vale la pena vivir.
Exactamente lo contario de la mentalidad progresista, que cree encaminarse siempre hacia la ausencia de sufrimiento, en una irracional negación dela muerte.
Por eso los progresistas suelen convertir todas las derrotas en victorias, porque por irracionales y falsas que resulten sus tesis, para ellos el actual sentido del mundo representa un pensamiento totalitario que lo justifica todo, y de ningún modo podrían reconocer que ese sentido del mundo es negativo y también racionalmente falso.
Juan Pablo Vitali
En memoria del último samurai! Ta Teno Kai!