"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







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sábado, 20 de abril de 2019

Tres soñadores de la disidencia





Por Fernando Trujillo


Introducción

La literatura fantástica siempre ha sido criticada por ser escapista, y si lo es, el vivir en una época corrompida y cada vez más repugnante hace que nuestro ser se refugie en otros mundos, en otras realidades. Es un escape hacia épocas más bellas, a otros mundos lejos de la podredumbre de este occidente decadente.
Ante el horror del racionalismo moderno el espíritu busca gritar, busca huir y busca crear otras realidades lejos del mundo material.
La civilización occidental ha perdido sus mitos en pos de una falsa ilusión de progreso, desde la época de la Ilustración llego el racionalismo, el materialismo, el intelectualismo a imponerse como modelos de pensamiento. El hombre occidental fue perdiendo sus mitos y sus símbolos con ellos también perdió su alma. 
Los mitos quedaron desterrados al “pasado primitivo”, algo ajeno a la civilización industrial, algo que no tenía cabida en la sociedad moderna.
Diferentes poetas y escritores han expresado el horror del racionalismo, han buscado una manera de poder escapar a esta sociedad mecanizada y volver a los mitos.
La literatura fantástica y de terror hizo su aparición en el siglo XIX el siglo de las industrias, de las urbes, del legado de la Ilustración, como una reacción contra la perdida de los mitos. Esta tendencia la podemos ver en tres autores de culto que por desgracia el Sistema ha convertido en objetos de consumo, de un fandom desmedido en el que sus principales ideas se han perdido.
Hablo de los estadounidenses H.P Lovecraft y Robert E Howard y del británico J.R.R Tolkien. Tres autores, tres anglosajones, los tres fueron soñadores y los tres con su literatura marcaron a generaciones e influyeron en la historia de las letras. Hasta el día de hoy sus estilos, sus características han sido imitadas por muchos escritores fantásticos pero no sus ideas.
He escogido a estos tres autores por sus similitudes pero más que nada porque a pesar de sus diferencias los tres tenían ideas similares y un rechazo por el occidente decadente.

Tradición

Los tres autores sentían una profunda nostalgia por tiempos antiguos, ajenos a la decadencia de la civilización moderna. Los tres se sentía ajenos a la época que les tocó vivir, una época corrompida, regida por una burocracia y un sistema económico atroz, un occidente que había perdido su alma.
Lovecraft sentía un gran afecto por la época colonial, era un gran devoto de la cultura anglosajona y un estudioso de la historia de Nueva Inglaterra. Era un hombre que amaba su tierra y veía la guerra de independencia como una tontería que separo a la nación anglosajona. Lovecraft no se andaba con patriotismos tontos ni problemas fronterizos, no se consideraba un ciudadano americano sino un patriota anglosajón, para él lo importante no eran las nacionalidades artificiales sino la grandeza e importancia de la cultura anglosajona.
Lovecraft escribía en un inglés arcaico, escribía a mano pero por presión de su editor tenía que escribir a máquina algo que el odiaba. En su relato temprano “La Calle” profetiza el futuro de occidente devastado por la inmigración masiva.
Howard gran amigo por correspondencia de Lovecraft y escritor en la revista Weird Tales—que albergo a grandes genios del relato sobrenatural como Clark Ashton Smith y Fritz Leiber—era un hombre que se sentía ajeno a este mundo, hombre de carácter solitario y sombrío escribió relatos sobre barbaros de fuerza sobrehumana, mundos perdidos en el tiempo regidos por la espada y la hechicería. En los relatos de Howard no había lugar para la mediocridad, existía el bien y existía el mal, el primero representado por los barbaros mientras que el segundo representado por la magia y la civilización.
Howard creo muchas historias que van desde la aventura, el terror, el western pero de todos fue Conan de Cimmeria un bárbaro que se convierte en rey por su espada el que lo catapulto a la fama.
Uno de los ciclos más interesantes de Howard es el de “vidas pasadas” también llamado “Ciclo de Memoria Racial”, en esta serie de relatos hombres blancos viven atrapados en la civilización moderna, un determinado evento les hace recordar sus vidas pasadas en las que fueron barbaros, hombres aventureros viviendo en una época primitiva en donde el más fuerte predominaba pero también una época en donde predominaba el honor y la valentía, alejada de los valores de dinero y mediocridad de la civilización moderna.
Tolkien por otra parte fue un amante de la naturaleza, de los campos, de los árboles, era un hombre de profundas convicciones religiosas que amaba los libros y fumar pipa.
Algo que a mi parecer las películas de Peter Jackson y el fandom contemporáneo ignoran-convenientemente—es que su opus magna “El Señor de los Anillos” tiene como trasfondo la catolicidad tradicionalista. Tolkien era un devoto católico tradicionalista aunque les pese a muchos grupillos que lo quieren ver como un neopagano.
En la obra de Tolkien hay un enfrentamiento entre el bien y el mal, entre la tradición y la modernidad, esta modernidad está representada por Mordor con su industrialización, la destrucción de la naturaleza, la fealdad y brutalidad de los orcos y claro por el Anillo Único representación de la usura internacional.
Así los elfos con su sabiduría y belleza representarían a los ángeles mientras que los orcos con su fealdad y maldad representarían a las tinieblas.
A lo largo de la saga el protagonista Frodo lleva el Anillo Único con el fin de destruirlo, tendrá que soportar la tentación de apoderarse que el maligno objeto le ofrece, hay una lucha espiritual entre el protagonista y el espíritu de la tentación encarnado en el Anillo, de esta manera Frodo representaría a un mártir del cristianismo que tiene su propia cruz encarnado en este anillo.
En el mundo de Tolkien hay una primacía de la luz, de la tradición, del amor por la tierra, es la nostalgia que sienten los hobbits protagonistas por la Comarca, la nostalgia que tienen los elfos por su tierra primordial. La sangre tiene una importancia capital, no como algo meramente biológico sino que algo sagrado, en la que se encuentra la herencia y la memoria de los antepasados. Aragon quien está destinado a ser rey es heredero de las proezas de sus antepasados y también de los errores de su antepasado Isildur.





Aristocracia

En los tres autores se ve una defensa de la aristocracia entendiendo esta como el gobierno de los mejores. En cada una de sus obras podemos ver una apología a la elite, la aristocracia, la jerarquía y la caballería.
Lovecraft venia de un viejo linaje aristocrático, a pesar de que la fortuna familiar se había agotado y él vivía con pocos ingresos de sus cuentos aún mantenía esa dignidad y un porte aristocrático. Para Lovecraft la aristocracia estaba representada por los colonos anglosajones que construyeron Nueva Inglaterra, en sus cuentos ambientados en el siglo XX habla de viejos linajes ya en decadencia, corrompidos por rituales oscuros, mezcla de sangre y pactos demoniacos.
En su relato “La Sombra fuera del tiempo” describe a la Gran Raza una especie extraterrestre con una sociedad fascista, regida por una elite aristocrática y con prácticas eugenésicas. 
En la epopeya de Tolkien la aristocracia está representada por los reyes y caballeros que lideran la lucha contra el mal. Aragorn es el rey arquetípico, un hombre de nobles sentimientos que encabeza a los pueblos libres contra Sauron, le siguen Eowyn una valkiria arquetípica y Eomer sobrinos del rey Theoden.
Los aristócratas lo son de sangre y espíritu, hay una gran importancia en los valores de sangre y herencia que representan los pueblos de la Tierra Media, un mundo medieval en el que existe la jerarquía y el orden.
Su antítesis vendría siendo Saruman quien vendría a representar a la politiquería moderna, hábil manipulador Saruman levanta a los montañeses y pastores de Isengard contra la elite por derecho divino en una clara analogía del comunismo.
Howard tomaría un camino diferente al de Tolkien, para Howard la aristocracia era más espiritual que sanguínea, los barbaros eran la auténtica aristocracia, guerreros y conquistadores era la espada con la que imponían su propia ley.
Conan de Cimmeria y Kull de Atlántida legitimaron sus derechos como reyes al derrocar a las decadentes monarquías de Aquilonia y Valusia.



Modernidad

En los tres autores se puede ver un genuino rechazo a la decadencia de occidente, eso los llevo a crear sus propias realidades ajenas a la corrupción de la modernidad.
La Tierra Media de Tolkien es un mundo idealizado—razón por la que muchos que no entienden su pensamiento lo han criticado—en donde hay una tradición medieval, sociedades feudales regidas por una jerarquía de reyes y caballeros.
La modernidad está representada por los orcos, los nazgul—reyes parlamentarios y degenerados—las criaturas oscuras de Mordor, Gollum—el hombre occidental corrompido por el poder de la usura—y las entidades satánicas que representan al mal: Morgoth y Sauron. La Guerra del Anillo es una guerra entre la tradición y la modernidad, en el que al final la tradición se termina imponiendo.
Lovecraft es menos optimista que Tolkien, el cosmos descrito en sus relatos está lleno de horrores, de caos y de entidades alienígenas acechando en los rincones más oscuros del universo, esperando la destrucción de la especie humana.
Existen dos ciclos literarios en su obra, por un lado tenemos el Ciclo Onírico inspirado en la literatura de Lord Dunsany, un mundo puramente fantástico que sería un universo idealizado, alejado de la modernidad. Por otro lado (con un Lovecraft más maduro y pesimistas) tenemos lo que después de su muerte su pupilo August Derleth bautizaría como los Mitos de Cthulhu. Un cosmos situado en la civilización fáustica, con ciudades decadentes en donde no hay lugar para la belleza sino para el horror materialista.
La descripción que el autor hace de Arkham, Dunwich e Insmonth con sus calles en ruinas, sus habitantes corrompidos, el olor a sal y a putrefacción son un reflejo de la civilización corrompida, sin olvidarnos de la descripción que hace de la ciudad de Nueva York lejos del glamur que le dan otros escritores, Lovecraft la describe con ciclópeas edificaciones y un sentimiento de horror y opresión.
Muchos de los que leen a Lovecraft les gusta sus elementos terroríficos pero ignoran esa atmosfera fáustica de sus cuentos, la tragedia del hombre desarraigado.
A través de la literatura de terror Lovecraft describió el ocaso de la civilización occidental y por medio de su racismo profetizo la revuelta de los pueblos de color contra occidente. Lovecraft fue para el relato de terror lo que Spengler fue para la filosofía contemporánea.
Mientras que Tolkien y Lovecraft defendían la idea de civilización, Howard veía en la civilización algo artificial, un síntoma de la decadencia y la modernidad.
En la literatura de Howard hay un enfrentamiento entre el mundo bárbaro de carácter indo-europeo y el mundo civilizado. Bran Mark Morn jefe de los pictos enfrentándose a los romanos, Salomón Kane el aventurero puritano viajando libremente haciendo justicia por propia mano, son ejemplos de barbaros, hombres libres contra el Sistema. Los personajes de Howard son barbaros, hombres de gran fuerza física, vitalistas, libres, honorables que se enfrentan al mundo civilizado. Este concepto de barbaros contra un sistema opresor seria usado por Jack Donovan para su discurso “Los Nuevos Barbaros”.
Howard un heredero de la literatura de Jack London y Edgar Rice Burroughs, veía la civilización como una cárcel para el hombre blanco. El mundo bárbaro que describe es vitalista, libre, brutal y sangriento pero también más honesto y natural. El bárbaro celta y nórdico, el nómada indo-europeo explorando tierras hostiles y rescatando a doncellas de terribles peligros. Un hombre completamente opuesto al hombre civilizado.

La literatura como escape

Estos autores usaron la literatura como una forma de escape del mundo real, como un puente entre la mediocre realidad y el mundo del mito. Cada uno en sus letras busco una tradición que se había perdido.
La literatura de estos tres autores marca una disidencia con el mundo literario más racional y mecanizado, una rebelión contra la racionalización del espíritu humano. La literatura fantástica es escapista, es una forma de volver a conectarnos con esos mitos que se nos ha arrebatado.
Estos tres autores tienen referencias a símbolos, tradiciones, arquetipos y referencias a mitos indoeuropeos.
Algunos biógrafos de Lovecraft describen que la literatura era un modo de salir de su pesimismo y de sus ideas suicidas. Lo mismo podría decirse de Howard pero el término sucumbiendo al suicidio en el año de 1936. Murió a los treinta años dejando muchos relatos publicados y otros de forma póstuma. Lovecraft su amigo por correspondencia moriría un año después de cáncer.
Ninguno de los dos vivió para ver la muerte de la Gran Idea Europea en 1945 y el proceso de destrucción de occidente.
Tolkien por otra parte escribió el Hobbit como un cuento para sus hijos, a la mitad del relato sabía que el mundo que estaba escribiendo era más grande de lo que había pensado. Había descubierto el mundo del mito, ese pasaje escondido en el inconsciente colectivo lleno de símbolos y arquetipos.
Tolkien murió en 1973, a diferencia de Lovecraft y Howard el gozo del éxito literario de su obra. Para el momento en el que murió la civilización occidental se encontraba en un proceso de decadencia, habían aparecido los movimientos hippies, la popularización de las doctrinas new age, la juventud estaba más interesada en las drogas y en vivir el momento que en los mitos.
Actualmente los tres son objeto de culto entre los círculos literarios, los círculos geek, sus obras son objeto de consumo para hacer juegos de rol, películas, muñecos, comics pero entre todo este fandom se han perdido sus ideas.
El trasfondo spengleriano de Lovecraft ha sido olvidado, viéndolo como un escritor de cuentos de miedo, el catolicismo tradicionalista de Tolkien se ha perdido viéndolo como un escritor de fantasía e incluso como un profeta del neopaganismo más absurdo. La idea del bárbaro indo-europeo de Howard es ignorada, viéndolo de una forma superficial, como un escritor de aventuras.  El pensamiento de estos tres soñadores es incompatible con las ideas del mundo burgués.
Los relatos de Lovecraft han tenido tantas malas adaptaciones al cine agregando además sexo, gore, humor soez. La única serie que tiene el pesimismo y atmosfera de decadencia es a mi parecer True Detectives, serie policiaca de HBO que tiene influencias lovecraftianas.
Tolkien y Howard también ha tenido adaptaciones al cine, el primero en una película animada y en una trilogía fílmica que lo hizo objeto de consumo en las masas. El segundo tuvo una exitosa adaptación de Conan, que siendo buena no tiene la esencia de los relatos.
A pesar de todo, estos tres soñadores nos legaron una literatura rica y de una alta calidad literaria, imitados pero nunca igualados que podemos seguir disfrutando. Lovecraft, Howard y Tolkien fueron unos disidentes literarios, rompiendo con la así llamada “literatura seria” sus espíritus se rebelaron contra la modernidad, creando cosmovisiones y mitos para una época que ha perdido el suyo.

Septiembre 2014




Fuentes

Marshall, Matt “La Triada Pneumatica: Analisis de la obra y vida de H.P Lovecraft, Herman Hesse y Yukio Mishima”

Thule La Cultura de la Otra Europa “Edgar A. Poe y H.P Lovecraft”


 Publicado por primera vez en Filosofia Disidente: Tres soñadores de la disidencia

Ensayo incluido en el libro TOLKIEN: Redescubriendo el lenguaje del mito y la aventura en Editorial Eas Tolkien: redescubriendo el lenguaje del mito y la aventura



miércoles, 5 de octubre de 2016

El pesimismo de Lovecraft




Por Fernando Trujillo

Definir a Lovecraft como un escritor de terror es demasiado limitado, el genio lovecraftniano es tan grande como su obra y abarca desde la literatura fantástica hasta la filosofía y la ciencia.
Niño prodigio aprendió a leer a temprana edad, a la edad de quince años escribía en una revista científica y descubrió la existencia de Plutón. Hombre de gran intelecto escribió para revistas pulp hasta su muerte pero dentro de este género de revistas (calificado como de poca monta) llevo el terror a nuevas dimensiones.
La influencia de Lovecraft llega desde la literatura, el cine, la televisión, los tebeos, los videojuegos, no hay duda de que el mundo del terror le debe todo pero como señale, verlo como un escritor de cuentos de miedo es demasiado limitado. Por desgracia en nuestra época solo se ve como un escritor de terror con monstruos cósmicos, imágenes grotescas, seres extraños pero su trasfondo pesimista, su racismo científico, sus ideas filosóficas acerca del universo, la raza y la civilización occidental han sido obviamente ignorados desde sus lectores hasta por los escritores a los que ha influenciado y es que el pensamiento lovecraftiano es incómodo y totalmente opuesto a la mentalidad posmoderna.
Quien vea a H.P Lovecraft como alguien que escribió sobre monstruos con tentáculos y dioses antiguos es que no ha entendido absolutamente nada de su obra y ha ignorado la filosofía pesimista detrás de ella.
Lovecraft veía con disgusto la independencia de su país, el fin del periodo colonial al que tanto amo, testigo de la decadencia de la sociedad americana de su tiempo (que en esa época se comenzaba a gestar) desarrollo una misantropía y aversión por su época.
Alguna vez definí a Lovecraft como el Spengler del relato de terror, su visión pesimista sobre la decadencia de la civilización occidental y la tragedia del hombre blanco moderno lo hacen el equivalente al filósofo alemán.
En la narrativa lovecraftniana entramos en una atmosfera de ciudades decadentes, de barrios miserables poblados por personas de color con secretos y rituales extraños, antiguas familias nobles en decadencia habitando viejas mansiones y cuyo linaje esta corrompido por la endogamia o el mestizaje racial.
La Sombra sobre Insmouth es uno de los mejores ejemplos, uno de los cuentos más aterradores y descriptivos del genio de Providence, en este relato el pueblo de Insmouth ha pactado con los Profundos una raza maligna con apariencia de peces o sapos que se infiltran primero como amigos, casan a sus hijas con los hombres de cuya descendencia salen seres híbridos y repulsivos, poco a poco su infiltración van tomando control del pueblo hasta masacrar a la población autóctona y tomar el control, destruyendo el legado del hombre blanco y sustituyéndolo por el suyo ¿Suena familiar?
En la obra de Lovecraft vemos la decadencia y el fin de la civilización occidental a manos de seres alienígenas y pueblos extraños con costumbres macabras y supersticiosas alejadas de la razón y la ciencia (las dos creencias de Lovecraft).
El pesimismo de Lovecraft viene de ese inevitable destino para la civilización blanca, el tiempo devora las naciones, la decadencia las termina corrompiendo y son arrasadas por los pueblos de color más vigorosos pero ese pesimismo no viene solo de este saber trágico sino del destino del hombre en el universo.
Como un hombre de mentalidad científica uno de sus tempranos intereses fue la astronomía, el estudio del cosmos y la existencia humana, lo que lo llevo a desarrollar ideas pesimistas y trágicas alrededor del hombre y su relación con el cosmos. Lovecraft se alejó de los temas habituales del terror sobrenatural y lo llevo a un campo científico, en el que el progreso científico nos va llevando a un atavismo sin retorno, es en Lovecraft cuando el espacio exterior se convierte en un concepto infinito y aterrador para la mentalidad humana, las fronteras cósmicas, los seres alienígenas, dimensiones fuera que conviven con nuestro espacio tiempo Lovecraft aplica un cierto realismo científico en su narrativa que lleva al lector a descubrir que vive en un cosmos frio y hostil.
Es ahí donde nace el horror cósmico.
Si bien los precursores de este subgénero fueron Chambers con su Rey Amarillo y Arthur Machen, fue Lovecraft quien le dio un realismo más cercano al materialismo científico dándole una forma y creando incluso una escuela filosófica que superaría al género literario.
En sus cartas siempre se mostró como un frio escéptico, veía con desagrado la modernidad, el cine y la radio que veía como medios vulgares, se mostró partidario de la razón como base para una civilización superior.
Las concepciones religiosas y científicas le dan al hombre una vital importancia en el universo pero Lovecraft propone una concepción más oscura e incómoda. El universo es un lugar caótico, sin ningún dios y sin ningún sentido, si bien el universo que creo tiene sus propias deidades estas no son divinas o malignas sino que son entidades alienígenas a los que los seres humanos les dieron ese nombre, seres que lejos de cualquier etiqueta están más allá de las ideas de bien y mal y la existencia del hombre les es irrelevante.
El hombre es insignificante ante el universo, solo somos una partícula que no tiene mayor relevancia dentro de un frio cosmos, no hay ningún plan cósmico, todo lo que es el bien, los sentimientos, el mal, la moral solo eran ficciones victorianas (como el mismo las califico).
Tal vez toda esta concepción está representada en Azathot la deidad suprema del universo lovecraftiano un monstruoso caos nuclear ciego e idiota condenado a un sueño eterno. Estamos encerrados en un universo ciego y mecanizado en el que todo lo destruido vuelve a la nada y de la nada viene todo.
Vivimos una existencia sin propósito, en un universo caótico y totalmente indiferente de la existencia humana, todo lo que hemos creado, todas nuestras ideas al final serán arrasadas por el tiempo y olvidadas.
Todas estas ideas optimistas del hombre como un ser superior eran solo ficciones para no ver el horror de un cosmos indiferente y sin ningún sentido. No hay nada de grande en la existencia del hombre más que su propia percepción de sí mismo (el egoísmo) pero fuera de eso somos criaturas insignificantes.
Estas ideas son chocantes para la gente, esta filosofía contrasta con nuestra manera de pensar y es que es mejor pensar que somos algo más grande que nosotros mismos a pensar que somos insignificantes.
Por eso los libros de Paulo Coehlo, Alejandro Jodorowsky, Jorge Bucay y hasta Carlos Cuauhtémoc Sánchez son best-sellers, porque le dicen a sus lectores que ellos son importantes para el universo, la vida (denle el nombre que quieran), que si son optimistas les pasaran cosas buenas, que el universo conspira a su favor y toda esa basura buenrollista que sirve para vender basura.
La esencia de la literatura lovecraftniana es trágica, se vive en un universo de horrores cósmicos, frio y para no caer en la locura inventamos conceptos morales, vivimos en la ignorancia de estos conceptos que nos dan una seguridad.
Ningún escritor de terror, ninguno de sus seguidores posteriores ha logrado capturar todo ese trasfondo, tal vez el único que logro hacerlo haya sido Thomas Ligotti con sus cuentos pesimistas y su visión oscura de la existencia.
La primera temporada de la serie True Detectives inspirada en la mitología lovecraftiana ha sido la única de esta tendencia en capturar toda la atmosfera pesimista y trágica creando escenarios lúgubres, decadentes con hombres blancos en decadencia moral y espiritual dominados por los instintos más bestiales.
Todas estas ideas filosóficas son chocantes con nuestra época, el pesimismo es síntoma de madurez mientras que el optimismo es un síntoma infantil y nuestra sociedad está hundida en un burdo optimismo, la gente posmoderna cree que es la “mejor generación de la historia”, el hastag #Lovewins inunda las redes sociales, creemos que el mundo se está haciendo un lugar más tolerante, amigable y sensible y que estamos llegando a una utopía pacifista pero solo somos una civilización que se ha hundido en el infantilismo.
El amor tan celebrado por los progres es un concepto demasiado humano, la tolerancia nos está llevando a la invasión y la sumisión, nuestro pacifismo está llevando la civilización a su inevitable y desastroso final, en este mundo los pesimistas son los verdaderos rebeldes.
La literatura de Lovecraft es ajena a toda esta sociedad y es por eso que el público moderno solo se fijó en los elementos superficiales, los explota como modo de consumo desterrando sus ideas al olvido.
La verdad es que el mundo moderno no se parece a una utopía optimista y está más cercana a la pesadilla lovecraftniana.


Octubre 2016

martes, 17 de diciembre de 2013

Gatos y perros



Habiéndome enterado de la disputa sobre perros y gatos que está a punto de tener lugar en su club literario, no puedo evitar contribuir con unos cuantos aullidos y silbidos tomísticos sobre mi posición en el asunto, aun cuando soy plenamente consciente de que la palabra de un venerable exmiembro nada tiene que hacer frente a la brillantez de los muchos miembros actuales que ladrarán desde el lado contrario. Conociendo mis escasas aptitudes para la argumentación, un valioso corresponsal me ha proporcionado documentación sobre una disputa similar que ha tenido lugar en el New York Tribune, en la que el señor Carl Van Doran se puso de mi lado y el señor Albert Payson Terhune estuvo defendiendo la tribu canina. De ellos estaré encantado de plagiar tantos datos como necesite, aunque mi amigo, con una sutileza auténticamente maquiavélica, me ha proporcionado únicamente una parte de la sección felina, al tiempo que me entregó el dossier perruno al completo. Sin duda imagina que de ese modo, teniendo en cuenta mi propio sesgo empático, logra algo parecido a la justicia definitiva; pero para mí es extremadamente inconveniente, ya que me fuerza a ser más o menos original en algunas de las partes de las siguientes observaciones.

Entre perros y gatos, mi grado de preferencia es tan alto que nunca se me ocurriría compararlos. No es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos; pero por el gato he sentido siempre un respeto y un afecto especial, desde los días más tempranos de mi infancia. En su gracia sin tacha y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido.

El perro apela a emociones baratas y fáciles; el gato lo hace a las fuentes más profundas de la imaginación y la percepción cósmica en la mente humana. No es accidental que los contemplativos egipcios, junto a espíritus poéticos posteriores como los de Poe, Gautier, Baudelaire y Swinburne, fueran todos adoradores sinceros del flexible micifuz. Naturalmente, las preferencias de cada uno en materia de perros y gatos dependen totalmente del temperamento y el punto de vista.

Me da la impresión de que el perro es el favorito de la gente superficial, sentimental y emocional: gente que siente más que piensa, que otorga importancia a la humanidad y a las emociones populares y convencionales de lo simple, y que encuentra el más grande consuelo en los lazos de adulación y dependencia de la sociedad gregaria. Tal gente vive en un mundo limitado de imaginación; aceptando acríticamente los valores del folklore popular, y prefiere siempre que les den la razón en sus creencias, sentimientos y prejuicios, más que disfrutar del placer puramente estético y filosófico que surge de la discriminación, la contemplación y el reconocimiento de la belleza austera y absoluta. Esto no significa que los elementos más baratos no se encuentren también en el amor hacia los gatos del amante medio de los gatos, sino simplemente que en el ailurófilo existe la base del esteticismo puro que el canófilo no posee. El auténtico amante de los gatos exige un ajuste más claro con el universo que el que proporcionan las comunes obviedades domésticas, un ajuste que rechaza tragar la noción sentimental de que todas las personas buenas aman a los perros, los niños y los caballos, mientras que los malos los aborrecen y son aborrecidos por ellos. No está dispuesto a establecerse a sí mismo y sus sentimientos desnudos como medida de los valores universales, o a permitir que nociones éticas superficiales deformen su juicio. En una palabra, prefiere admirar y respetar que adorar e idolatrar; y no cae en la falacia de que la sociabilidad y la amabilidad sin fundamento, o la devoción y la obediencia esclavizadoras, constituyan algo intrínsicamente admirable o elevado.

Los amantes de los perros basan toda su argumentación en esas cualidades comunes, serviles y plebeyas, y juzgan de forma que resulta divertida la inteligencia de una mascota por su grado de conformidad a sus propios deseos. Los amantes de los gatos evitan esa ilusión, repudian la idea de que la servidumbre rastrera y la compañía servil para con el hombre sean méritos supremos, y se mantienen libres para admirar la independencia aristocrática, el amor propio y la personalidad individual unidas a la gracia y la belleza extremas, tal y como las ejemplifica el frío, ágil, cínico e invicto señor de los tejados.

La gente de ideas ordinarias burgueses respetables sin imaginación, satisfechos con su ronda diaria de cosas y que suscriben el credo popular de los valores sentimentales— será siempre amante de los perros. Para ellos nunca habrá nada más importante que ellos mismos y sus primitivos sentimientos, y nunca dejarán de estimar y glorificar al compañero animal que mejor los ejemplifica. Tales personas están sumergidas en el vórtice de idealismo y envilecimiento oriental que arruinó la civilización clásica en la Edad Oscura, y viven en un mundo desierto de valores sentimentales abstractos, donde las ilusiones empalagosas de la mansedumbre, la amabilidad, la hermandad, y la humildad quejumbrosa se magnifican como virtudes supremas, y toda una ética y una filosofía falsas se levantan sobre las tímidas reacciones del sistema flexor de músculos. Esta herencia, impuesta irónicamente sobre nosotros cuando la política romana elevó a la supremacía la fe de una gente azotada y vencida al final del imperio, ha mantenido de forma natural un fuerte arraigo en los débiles y sentimentalmente inconscientes, y quizá alcanzó su culminación en el insípido siglo XIX, cuando la gente acostumbraba a alabar a los perros “porque son tan humanos” (¡como si la humanidad fuera un criterio válido de mérito!), y el honrado Edwin Landseer pintó cientos de presumidos Fidos y Carlos y Rovers con toda su trivialidad, nimiedad y “monería” antropoide de victorianos eminentes.
 Pero entre este caos de servilismo intelectual y emocional, unas pocas almas libres han mantenido las viejas realidades civilizadas que el medievalismo eclipsara —la austera lealtad clásica hacia la verdad, la fuerza y la belleza, que proporciona una mente clara y un espíritu valeroso al ario occidental lleno de vida, enfrentado a la majestad, hermosura y frialdad de la Naturaleza—. Esta es la estética y la ética viril de los músculos extensores —las creencias y preferencias osadas, optimistas, asertivas, de conquistadores, cazadores, guerreros orgullosos, dominantes, invictos e intrépidos— y tiene poca utilidad para los engaños y lloriqueos del fraternal y sensiblero pacificador, y para el pusilánime y el sentimental. La belleza y la suficiencia —cualidades gemelas del cosmos mismo— son los dioses de esta clase libre y pagana; para quien adora tales cosas eternas, la virtud suprema no podrá hallarse en la humildad, el apego, la obediencia y la confusión emocional. Este tipo de adorador buscará aquello que mejor represente la hermosura de las estrellas y los mundos y los bosques y los mares y las puestas de sol, y que mejor exprese la suavidad, el señorío, la exactitud, la autosuficiencia, la crueldad, la independencia y la impersonalidad desdeñosa y caprichosa de la Naturaleza que gobierna todas las cosas. Belleza, frialdad, reserva, reposo filosófico, autosuficiencia, misterio indomado, ¿dónde más podemos encontrar estas cosas encarnadas con ni siquiera la mitad de la perfección y completud que marcan su encarnación en el incomparable gato, que se desliza suavemente y ejecuta su órbita misteriosa con la inexorable e implacable certeza de un planeta en el infinito?

Que los campesinos burgueses sin imaginación aprecian a los perros, pero los gatos llaman la atención del filósofo, aristócrata, poeta, sensible, quedará claro en cuanto reflexionemos sobre el asunto de la asociación biológica. La gente plebeya práctica juzga algo sólo por su tacto, sabor y olor inmediato, mientras que los espíritus más delicados forman sus estimaciones a partir de las imágenes e ideas relacionadas que el objeto en cuestión trae a sus mentes. De este modo, cuando consideramos el asunto de los perros y los gatos, el estólido patán sólo ve dos animales ante él, y basa su preferencia en su capacidad relativa de conformarse con sus ideas sensibleras y vagas sobre la ética, la amistad y la servidumbre lisonjera. Por otra parte, el pensador y caballero considera a cada uno según sus afiliaciones naturales, y no puede dejar de observar que en las grandes simetrías de la vida orgánica, los perros están al lado de los descuidados lobos, zorros, chacales, coyotes, dingos y hienas, mientras que los gatos caminan orgullosamente junto a los señores de la jungla, y tienen a su alteza el león, al sinuoso leopardo, al regio tigre y a las elegantes panteras y jaguares como su familia.

Los perros son los jeroglíficos de la emoción ciega, la inferioridad, el apego servil y el gregarismo: los atributos de los hombres ordinarios, estúpidamente apasionados y subdesarrollados tanto intelectual como imaginativamente. Los gatos son las runas de la belleza, la invencibilidad, el prodigio, el orgullo, la libertad, la frialdad, la autosuficiencia y la delicada individualidad: las cualidades de la clase maestra de hombres, sensible, ilustrada, mentalmente desarrollada, pagana, cínica, poética, filosófica, desapasionada, reservada, independiente, nietzscheana, indómita, civilizada.
El perro es al campesino lo que el gato es al caballero. Podríamos, de hecho, juzgar el tono y el sesgo de una civilización por su actitud relativa hacia los perros y los gatos. El Egipto orgulloso donde el faraón era faraón y las pirámides se elevaban en belleza ante su deseo, que las soñó, se inclinó ante el gato, y se construyeron templos para su divinidad en Bubastis. En la Roma imperial, el grácil leopardo adornó la mayor parte de los mejores hogares, reposando su belleza insolente en el atrio con collar y cadena de oro; mientras que, después del tiempo de los Antoninos, el gato se importó de Egipto y se apreció como un lujo raro y costoso. Hasta aquí los pueblos dominantes e ilustrados.

Cuando llegamos, sin embargo, a la rastrera Edad Media con sus supersticiones y éxtasis y monasticismos y divagaciones sobre los santos y sus reliquias, encontramos que la hermosura fría e impersonal de los felinos está en muy baja estima; y contemplamos un lamentable espectáculo de odio y crueldad hacia estas pequeñas y bellas criaturas a las que únicamente sus virtudes como ratoneras les otorgaron un poco de tolerancia por parte de los patanes ignorantes ofendidos por su frialdad autosuficiente y temerosos de su independencia críptica y esquiva, que imaginaron relacionada con los poderes oscuros de la brujería.

Estos palurdos esclavos de la oscuridad oriental no podían tolerar lo que no servía a sus baratas emociones y endebles propósitos. Deseaban un perro para acariciar y cazar y cobrar y traer, y no encontraban ninguna utilidad en el presente del gato: belleza eterna desinteresada para alimento del espíritu.

Es posible imaginar cómo debieron ofenderse ante la calma magnífica de Pussy, su tranquilidad, relajación y desdén respecto a los triviales objetivos y preocupaciones humanas. Si tiras un palo, el perro servil resuella y tropieza para traértelo de vuelta. Haz lo mismo frente a un gato, y te mirará con aire divertido, frialdad educada y algo de aburrimiento. Y, del mismo modo que la gente inferior prefiere al animal inferior que se afana con excitación porque alguien quiere algo, así las personas superiores respetan al animal superior que vive su propia vida y sabe que cuando esos extraños bípedos se dedican puerilmente a lanzar palos, se trata de un asunto que no le incumbe y del que ni se percata. El perro ladra y suplica y se revuelve para entretenerte cuando haces sonar el látigo. Eso le gusta al campesino amante de la mansedumbre, que aprecia un estímulo para su propia importancia. El gato, por otra parte, te “engatusa” para que juegues con él cuando le apetece que le entretengan; te hace correr por la habitación con una bola de papel arrastrando de una cuerda cuando tiene gana de ejercicio, pero rechaza todos tus intentos de hacerle jugar cuando no está de humor. Eso es personalidad e individualidad y respeto a sí mismo —la maestría tranquila de un ser cuya vida es suya, y no tuya—, y la persona superior lo reconoce y aprecia porque también ella es un espíritu libre cuya posición está afianzada, y cuya única ley es su propia herencia y sentido estético. En consecuencia, podemos ver que el perro llama la atención de aquellas almas emocionales primitivas cuyas demandas principales al universo son las de afecto incondicional, compañerismo desinteresado, y consideración y servilismo lisonjeros; mientras que el gato reina entre esos espíritus más contemplativos e imaginativos que lo único que le piden al universo es la visión objetiva de la belleza intensa y etérea, y la simbolización animada del orden y la suficiencia suave, implacable, reposada, parsimoniosa e impersonal de la Naturaleza. El perro da, pero el gato es.

La gente simple siempre sobredimensiona el elemento ético en la vida, y es bastante natural que también lo hagan en el ámbito de las mascotas. En consonancia, oímos muchos dichos inanes a favor de los perros basados en que son fieles, mientras que los gatos son traicioneros. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿cuáles son los puntos de referencia? Ciertamente, el perro tiene tan poca imaginación e individualidad que no conoce motivo alguno más que los de su amo; pero, ¿qué mente sofisticada podría percibir una virtud positiva en esa abnegación estúpida de su instinto? La discriminación debería sin duda alguna dar como vencedor al superior gato, que tiene demasiada dignidad natural como para  aceptar otro esquema de cosas que no sea el suyo, y que en consecuencia no le importa en absoluto lo que cualquier torpe humano pueda pensar, desear o esperar de él. No es traidor, porque nunca ha reconocido ninguna lealtad con nada excepto con sus propios deliberados deseos; y la traición implica básicamente una separación respecto a algún pacto explícitamente reconocido. El gato es un realista, no un hipócrita. Toma lo que le apetece cuando quiere, y no hace promesas. Nunca permite que esperes de él más de lo que da, y si eliges de forma estúpida ser lo suficientemente victoriano como para confundir sus ronroneos y frotamientos de autosatisfacción con señales de un afecto fugaz hacia ti, la culpa no es suya. No tratará ni por un momento de que creas que quiere algo más de ti que comida y calor y cobijo y diversión —y, ciertamente, está justificado para criticar tu desarrollo imaginativo y estético si no reconoces su gracia, belleza y alegre influencia decorativa un pago suficientemente abundante para todo lo que le das—. El amante de los gatos no necesita asombrarse del amor que otros les tienen a los perros (de hecho, puede que él también posea esa cualidad; porque los perros son a menudo encantadores, y tan adorables de esa manera suya condescendiente como un viejo y fiel sirviente o arrendatario a los ojos de su señor), pero no puede evitar asombrarse ante aquellos que no comparten su amor por los gatos. El gato es un símbolo tan perfecto de belleza y superioridad que parece prácticamente imposible que un auténtico esteta y cínico civilizado pueda no adorarlo. Nos denominamos “amos” de un perro, pero ¿quién osaría decirse “amo” de un gato? Somos propietarios de un perro: está con nosotros como esclavo e inferior porque así lo queremos. Pero damos alojamiento a un gato: adorna nuestro hogar como un invitado, compañero, huésped e igual porque así es su deseo.

No es ningún honor ser el estúpidamente idolatrado amo de un perro cuyo instinto es idolatrar, pero se trata de un tributo muy distinto ser elegido como el amigo y confidente de un gato filosófico que es su propio amo de un modo absoluto y que puede con toda facilidad elegir otro compañero si encuentra uno más agradable e interesante. Un signo, creo, de esta gran verdad relativa a la mayor dignidad del gato se ha filtrado en el saber popular mediante el uso de los nombres “gato” y “perro” como términos de oprobio. Mientras que “gato” nunca se ha aplicado a ningún tipo de indeseable más que a la ligeramente rencorosa e inofensivamente maliciosa mujer cotilla, las palabras “perro” y “canalla” han estado siempre ligadas a las más graves vilezas, deshonores y degradaciones. En la cristalización de esta nomenclatura sin duda ha tenido que ver que la mente popular se ha dado cuenta, de forma débil y medio consciente, de que hay profundidades de vileza rastrera, quejumbrosa, aduladora y servil que ningún pariente del león y del leopardo puede nunca alcanzar. El gato puede caer bajo, pero nunca será domado. Es, como los nórdicos entre los hombres, uno de esos que o bien gobiernan sus propias vidas o bien mueren.

No tenemos más que observar analíticamente a los dos animales para ver que los puntos se acumulan a favor del gato. La belleza, que es probablemente lo único que tiene un significado básico en todo el cosmos, debe ser nuestro criterio principal; y aquí el gato supera al perro de un modo tan brillante que toda comparación palidece. Algunos perros, es cierto, son bellos en un grado muy destacado; pero incluso el nivel más elevado de belleza canina es muy inferior a la media felina. El gato es clásico mientras que el perro es gótico, el perro es prosa, el gato es poesía  —en ningún otro lugar del mundo animal podemos descubrir tal perfección helénica en la forma, con su anatomía adaptada a la función, como en los felinos—. El minino es un templo dórico —una columnata jónica— en el total clasicismo de sus armonías estructurales y decorativas. Y esto es tan verdadero en movimiento como estáticamente, porque el arte no tiene paralelismo para la gracia mágica del más insignificante movimiento del gato. El esteticismo puro y perfecto de los perezosos estiramientos del gatito, sus aplicados lavados de cara, revolcones lúdicos, y pequeños movimientos involuntarios mientras duerme son algo tan profundo y vital como la mejor poesía pastoral o género pictórico; mientras que la exactitud infalible de sus saltos y cabriolas, carreras y cazas, tiene un valor artístico igualmente alto aunque de un modo más enérgico. Pero es su capacidad para el ocio y el reposo lo que hace al gato preeminente. El señor Carl Van Vechten, en “Peter Whiffle”, toma el descanso ilimitado del gato como un modelo para la filosofía vital, y el profesor William Lyon Phelps ha captado de modo muy efectivo el secreto de la felinidad cuando dice que el gato no está simplemente echado, sino que “derrama su cuerpo sobre el suelo como un vaso de agua”. ¿Qué otra criatura ha combinado de este modo el esteticismo de la mecánica y la hidráulica? Contrástese esto con el inepto jadeo, resuello, ajetreo, babeo, arañado y torpeza general del perro medio, con sus falsos e inútiles movimientos. Y en los detalles de limpieza, el puntilloso gato está por supuesto a años luz. Siempre es agradable tocar un gato, pero sólo las personas insensibles pueden dar la bienvenida de modo uniforme a los frenéticos y húmedos olfateos y pataleos de un polvoriento y quizá no inodoro canino que salta y se agita y se revuelve en desmañada actividad febril por ninguna otra razón más que la de que sus centros nerviosos ciegos se han visto espoleados por algún estímulo sin sentido. Hay un fastidioso exceso de malas maneras en toda esa furia perruna (la gente de buena familia no nos soba y manosea), y sin duda encontramos al gato amable y reservado en sus avances, y delicado incluso cuando se desliza elegantemente en tu regazo con cultivados ronroneos, o salta caprichoso sobre la mesa en la que estás escribiendo para jugar con tu pluma con modulados y seriocómicos golpecitos. No me asombra en absoluto que Mahoma, ese jeque de las buenas maneras, amara a los gatos por su educación y desdeñara a los perros por su grosería; o que los gatos sean los favoritos en los educados países latinos, mientras que los perros tomen la delantera en la Europa Central dura, práctica y bebedora de cerveza. Obsérvese a un gato comiendo, y luego mírese al perro. El primero se contiene por una delicadeza inherente e inevitable, y otorga una especie de gracia a uno de los procesos más carentes de ella. El perro, por el contrario, es totalmente repulsivo en su bestial e insaciable avidez; actuando de acuerdo con su estirpe salvaje al devorar vorazmente como un lobo, de la forma más abierta y desvergonzada.

Volviendo a la belleza de línea: ¿no es significativo que, mientras que muchas razas normales de perros son notoria y admitidamente feas, ningún felino saludable y bien desarrollado, de ninguna de las especies, es otra cosa distinta de bello? Hay, por supuesto, muchos gatos feos; pero se trata siempre de casos individuales de mestizaje, malnutrición, deformidad, o herida. Ninguna raza de gatos en su condición natural puede, por mucho que estiremos la imaginación, considerarse ni siquiera levemente vulgar; un record frente al cual debemos lamentar el deprimente espectáculo de bulldogs achatados de forma imposible, dachsunds grotescamente alargados, Airedales horriblemente deformes y peludos, y otros semejantes. Por supuesto, podría decirse que ningún criterio estético es otra cosa más que relativo; pero siempre funcionamos con tales criterios como siempre lo hemos hecho empíricamente, y al comparar gatos y perros bajo la estética de la Europa occidental no podemos ser injustos con ninguno. Si alguna tribu desconocida del Tibet encuentra que los Airedales son bellos y los gatos persas feos, no discutiremos con ellos en su propio territorio; pero por ahora estamos ocupándonos de nosotros mismos y de nuestro territorio, y aquí el veredicto no admitiría demasiada duda ni siquiera del más ardiente canófilo. Tal persona normalmente obvia el problema con una paradoja epigramática, y dice que “¡Snookums es tan encantador, que es hermoso!” Esta es la inclinación infantil por lo grotesco y cursi, por lo “mono”, que vemos del mismo modo encarnada en cómics populares, muñecas monstruosas, y todos los oropeles decorativos deformes tipo “Billikin” o “Krazy Kat” que se encuentran en los “refugios” y “rincones acogedores” de la plebe que se cree sofisticada.

En lo que respecta a la inteligencia, encontramos que los caninitas sostienen afirmaciones divertidas. Divertidas porque miden de un modo muy ingenuo lo que conciben ser la inteligencia de un animal por su grado de servidumbre al deseo humano. Un perro puede traerle al amo la presa cobrada, un gato no lo hará, por lo tanto (¡sic!), el perro es más inteligente. Los perros pueden recibir entrenamientos más complejos para el circo o para obras de vodevil que los gatos, por tanto (¡Oh Zeus, oh Royal Mount!) son cerebralmente superiores. Por supuesto, todo esto es el más puro sinsentido. Nunca diríamos que un hombre débil de espíritu es más inteligente que un ciudadano independiente porque podemos hacer que vote según nuestros deseos mientras que no podemos influir sobre el ciudadano independiente, y sin embargo incontables personas aplican un argumento exactamente paralelo al valorar la materia gris de perros y gatos. La competencia en servilismo es algo que no tiene nunca fin para ningún Thomas o Tabitha que se precie, y está claro que cualquier estimación realmente efectiva de la inteligencia canina y felina debe proceder desde una observación cuidadosa de perros y gatos de un modo independiente — sin la influencia de los seres humanos—, evaluando cómo formulan objetivos propios y utilizan su propio equipamiento mental para alcanzarlos. Cuando hacemos esto, llegamos a un respeto muy saludable por nuestro amigo que ronronea al calor del hogar, y hace tan poco despliegue de sus deseos y métodos de negocios; porque en cualquier idea y cálculo muestra una unión de intelecto, deseo, y sentido de la proporción deliberada y fría como el acero, que pone totalmente en evidencia las sensiblerías emocionales y los trucos dócilmente adquiridos del “listo” y “fiel” pointer u ovejero.

Obsérvese a un gato que decide cruzar una puerta, y véase cuán pacientemente espera su oportunidad, sin perder nunca de vista su propósito incluso aunque se vea en la obligación de fingir otros intereses entretanto. Obsérvesele concentrado en la caza, y compárese su paciencia calculadora y el silencioso estudio del terreno con el forcejeo y pataleo ruidoso de su rival canino. No vuelve a menudo con las manos vacías. Sabe lo que quiere, y está determinado a conseguirlo del modo más efectivo, incluso a costa del sacrificio de tiempo —que, filosóficamente, reconoce como algo sin importancia en el cosmos sin objetivo—. Nada puede desviar o distraer su atención; y sabemos que entre los humanos esta es la cualidad de la tenacidad mental, esa habilidad para seguir un único camino a través de distracciones complejas que se considera un signo bastante bueno de vigor y madurez intelectual. Los niños, las viejas arpías, los campesinos y los perros divagan; los gatos y los filósofos persisten en su empeño. En ingenio, también el gato atestigua su superioridad. Los perros pueden entrenarse bien para hacer una sola cosa, pero los psicólogos nos dicen que esas respuestas a una memoria automática inculcada desde fuera son de poco valor como índices de auténtica inteligencia. Para juzgar el desarrollo abstracto de un cerebro, enfréntalo a condiciones nuevas y no familiares para ver cómo su propia fortaleza le permite alcanzar su objetivo a través del razonamiento puro sin caminos marcados. Aquí los gatos pueden idear silenciosamente una docena de alternativas misteriosas y con éxito, mientras que el pobre Fido ladra asombrado preguntándose de qué va todo eso. Concediendo que Rover el retriever puede tener más opciones de ganarse el aprecio popular sentimental metiéndose en una casa en llamas para salvar al niño al modo del cine tradicional, queda el hecho de que el bigotudo y ronroneador Nig es un organismo biológico más elevado —de algún modo fisiológica y psicológicamente más cercano al hombre debido a su auténtica libertad respecto a las órdenes humanas—, y como tal merecedor de un respeto más elevado por parte de aquellos que juzgan según criterios puramente filosóficos y estéticos. Podemos respetar a un gato como no podemos respetar a un perro, sin importar cuál de ellos resulte más atractivo para nuestro simple capricho de tomarles cariño; y si fuéramos estetas y analistas en lugar de vulgares amantes y emocionalistas, las escalas deberían inevitablemente volverse por completo en favor del gato.

Es preciso añadir, no obstante, que ni siquiera el reservado y suficiente gato está privado de atractivo sentimental. Una vez que nos libramos de los sesgos éticos incultos —el prejuicio de “traidor” y “antipático cazador de pájaros”—, encontramos en el “inofensivo gato” el cúlmen mismo del feliz simbolismo doméstico; y los gatitos pequeños se convierten en objetos a adorar, idealizar y celebrar con los más rapsódicos de los dáctilos y anapestos, yámbicos y trocaicos. Yo mismo, en mi propia madurez senescente, confieso profesar una predilección desmesurada y en absoluto filosófica por los gatitos pequeños negros como el carbón y de grandes ojos amarillos, y no puedo pasar al lado de uno sin acariciarlo, del mismo modo que el Dr. Johnson no podía pasar al lado de una farola sin tocarla.1 Asimismo, muchos gatos desarrollan un sentimiento bastante análogo al cariño recíproco tan exageradamente ensalzado en perros, seres humanos, caballos y otros. Los gatos llegan a asociar a ciertas personas con actos que contribuyen a su placer de forma continuada, y adquieren para ellos un reconocimiento y un apego que se manifiesta en la excitación placentera cuando se acercan —tanto si llevan comida y bebida como si no— y cierta tristeza en su ausencia prolongada. Un gato con el que yo tenía una relación muy próxima llegó al extremo de no aceptar comida si no era de mi mano, e incluso prefería estar hambriento antes que tocar ni siquiera el más mínimo pedazo proporcionado por algún amable vecino. También tenía claros y distintos afectos entre el resto de gatos de aquel hogar idílico, ofreciendo voluntariamente comida a uno de sus amigos bigotudos, pero peleando de la forma más salvaje la más mínima mirada que lanzara su negro rival “Snowball” sobre su plato. Si se argumentara que esos afectos felinos son esencialmente “egoístas” y “prácticos” en su composición última, déjennos responder preguntando hasta qué punto los afectos humanos, exceptuando aquellos que surgen directamente del bruto instinto primitivo, tienen alguna otra base.

Después de que el jurado evaluador haya obtenido el importe total de cero, seremos más capaces de abstenernos de censurar ingenuamente al gato “egoísta”.

La superior vida interior imaginativa del gato, que da como resultado un superior dominio de sí mismo, es bien conocida. Un perro es un ser lastimero, que depende por completo de la compañía y se halla totalmente perdido a no ser que se encuentre en una jauría o al lado de su amo. Déjenle solo y no sabrá qué hacer más que ladrar y aullar y trotar hasta que se quede dormido de puro agotamiento. Un gato, sin embargo, nunca se encuentra sin la potencialidad del entretenimiento. Lo mismo que un hombre superior, sabe cómo estar solo y feliz. Una vez que ha mirado a su alrededor sin encontrar a nadie que lo entretenga, se dedica a la tarea de entretenerse a sí mismo; y nadie conoce realmente a los gatos sin haber tenido la ocasión de observar a hurtadillas a algún alegre y equilibrado gatito que cree estar solo. Únicamente después de vislumbrar la gracia natural con la que trata de cazar su rabo y su espontáneo ronroneo es posible comprender totalmente el encanto de aquellas líneas que Coleridge escribió refiriéndose más bien a los niños humanos que a los gatitos: ".... un ágil duende, que canta y baila solo, simplemente ."2No obstante, podrían escribirse volúmenes enteros sobre el juego en los gatos, ya que sus variedades y aspectos estéticos son infinitos. Sea suficiente decir que en tales pasatiempos los gatos han exhibido rasgos y acciones que los psicólogos declaran auténticamente motivados por el humor genuino y por la fantasía en su sentido más puro; de tal modo que la tarea de “hacer reír a un gato” puede no ser algo tan imposible incluso fuera de las fronteras de Cheshire.

Resumiendo, un perro es un ser incompleto. Del mismo modo que un hombre inferior, necesita estímulos emocionales externos y debe establecer algo artificial como un dios o un motivo. El gato, en cambio, es perfecto en sí mismo. Es un ser real e integrado porque se cree y se siente como tal, mientras que el perro sólo puede concebirse a sí mismo en relación con algo distinto. Azota a un perro y te lamerá la mano. El animal no tiene ninguna idea de sí mismo excepto como una parte inferior de un organismo del que tú eres la parte superior —no puede pensar en devolverte los golpes más de lo que uno puede pensar en golpear su propia cabeza cuando le castiga con un dolor de cabeza—. Pero azota a un gato y observa cómo te mira amenazante y cómo retrocede bufando con su dignidad y autoestima ultrajada. Un golpe más y te lo devolverá; porque es un caballero y un igual, y no aceptará que se infrinja su personalidad y cuerpo de privilegios. Sólo está en tu casa porque desea estar, o quizá incluso como ofreciéndote un favor condescendiente. Es la casa, no tú, lo que le gusta; porque los filósofos se dan cuenta de que los seres humano no son, como mucho, más que accesorios menores del paisaje. Da un paso más de la cuenta, y te dejará de una vez por todas. Te has equivocado en tu relación con él y te crees su amo, y ningún gato auténtico puede tolerar tamaña violación de las buenas maneras. En lo sucesivo, buscará otra compañía con mayor capacidad de discernimiento y una perspectiva más clara. Dejemos a esas personas anémicas que creen en “poner la otra mejilla” que se consuelen a sí mismas con los perros rastreros; para el pagano robusto con la sangre de los crepúsculos nórdicos corriendo por sus venas no hay ningún animal como el gato, intrépido corcel de Freya, que puede tener la osadía de mirar fijamente a la cara incluso a Thor y Odín, con sus grandes y redondos ojos transparentes, amarillos o verdes.

En estas observaciones creo que he delineado con bastante amplitud las diversas razones por las cuales, en mi opinión y usando el ingenioso y oportuno título de Mr. Van Doren: “los caballeros prefieren a los gatos”. La respuesta de Mr. Terhune en un número posterior del Tribune me parece desafortunada, en el sentido de que se trata más de una refutación de hechos que de una simple afirmación personal de la militancia del autor en esa convencional mayoría “muy humana” que se toma el afecto y la compañía en serio, que disfrutan siendo importantes para algo vivo, que odian a los “parásitos” sobre una base meramente ética sin consultar el derecho de la belleza a existir por sí misma, y por tanto aman al amigo más noble y más fiel del hombre, el perenne perro. Supongo que Mr. Terhune ama también a los caballos y a los niños, porque los tres suelen ir convencionalmente juntos en el credo del gran 100% como los afectos esenciales de cualquier hombre bueno y amable que se precie, de los hombres de “cuello Arrow” y de la escuela de héroes de Harold Bell Wright, incluso aunque los coches y Margaret Sanger hayan hecho mucho para reducir estos dos últimos elementos.

Los perros, entonces, son campesinos y las mascotas de los campesinos, los gatos son caballeros y las mascotas de los caballeros. El perro es para quien coloca el sentimiento crudo y la ética y el humanocentrismo más rancio sobre la belleza austera y desinteresada, que simplemente adora “al pueblo y lo popular”, y no le importa la torpeza descuidada en caso de que haya alguien que realmente se preocupe de él.  El tipo al que no le interesa demasiado la intelectualidad, pero que siempre hace lo que debe, que no encuentra a menudo el Saddypost o el N.Y. World demasiado profundos para él; que no se siente atraído por Valentino, pero piensa que Doug Fairbanks está bien para entretenerse una tarde. Saludable, constructivo, optimista, cívico, doméstico (he olvidado mencionar la radio), normal..., esa es la clase de persona emprendedora a la que deben gustar los perros.

El gato es para el aristócrata (bien sea de nacimiento, de inclinación o ambas cosas) que admira a sus pares de la aristocracia. Es para el hombre que aprecia la belleza como única fuerza viva en un universo ciego y sin propósito, y que adora esa belleza en todas sus formas independientemente de las ilusiones sentimentales y éticas del momento. Para el hombre que conoce la superficialidad del sentimiento y la vaciedad de los objetos y aspiraciones humanas, y que por tanto se aferra únicamente a lo que es real — como la belleza es real porque pretende un significado más allá de la emoción que suscita y que es—. Para el hombre que se siente suficiente en el cosmos, y no pide escrúpulos de prejuicio convencional, pero ama el reposo y la fuerza y la libertad y el lujo y la suficiencia y la contemplación; que siendo un alma fuerte y sin miedo desea algo que respetar más que algo que lama su cara y acepte que alterne golpes y caricias; que busca un par orgulloso y bello en la nobleza igualitaria del individualismo más que un acobardado y servil satélite en la jerarquía del miedo, la servidumbre y la delegación. El gato no es para el trabajadorcillo activo y engreído que cree tener una misión, sino para el poeta ilustrado y soñador que sabe que el mundo no contiene nada que merezca la pena hacerse. El diletante, el connoisseur, el decadente, si quieren llamarlo así, aunque en una época más sana que esta hubo cosas que estos hombres podían hacer, de tal modo que fueron los planificadores y líderes de aquellos gloriosos tiempos paganos. El gato es para quien hace las cosas no por el deber sin más, sino por poder, placer, esplendor, romance y glamour: para el arpista que canta solo en la noche de viejas batallas, o el guerrero que sale a luchar en esas batallas por belleza, gloria, fama y el esplendor de una tierra sobre la que no cae ninguna sombra de debilidad. Para aquel que no se alivia con tonterías de prosa y utilidad, sino que para estar cómodo pide la tranquilidad y la belleza y el dominio y la cultura que hacen que el esfuerzo merezca la pena. Para el hombre que sabe que jugar, no trabajar, y el ocio, no el ajetreo, son las cosas grandes de la vida; y para quien el círculo vicioso del esfuerzo únicamente para poder esforzarse más aún es una amarga ironía que el alma civilizada acepta en su mínima expresión posible.

Belleza, suficiencia, tranquilidad y buenas maneras —¿qué más puede requerir la civilización?—. Y todo eso lo tenemos en el divino monarca que descansa gloriosamente en su cojín de seda frente al fuego del hogar. Hermosura y alegría por sí mismas, orgullo y armonía y coordinación, espíritu, sosiego y perfección, todo está presente en el gato, y no se precisa más que una comprensiva desilusión para su completa adoración. ¿Qué alma completamente civilizada no haría sino servir a un sacerdote tan elevado de Bast? La estrella del gato, creo, está ahora en ascendiente, mientras emergemos poco a poco de los sueños de la ética y la conformidad que nublaron el siglo XIX y elevaron al carroñero y desagradable perro a la cima del aprecio sentimental. Aún no es posible decir si un renacimiento del poder y la belleza restaurará nuestra civilización occidental, o si las fuerzas de la desintegración son ya demasiado poderosas como para que alguna mano las detenga, pero en el momento presente de desenmascaramiento cínico del mundo, entre la pretensión de los dieciochescos y el misterio siniestro de las décadas por venir, podemos al menos vislumbrar un destello de la antigua perspectiva y de la vieja claridad y honestidad paganas. Y un ídolo alumbrado por ese destello, que aparece justo y bello sobre un trono soñado de seda y oro bajo una cúpula criselefantina, es una forma de gracia inmortal que no siempre ve reconocidos sus méritos entre los inútiles mortales: el elevado, el invicto, el misterioso, el lujurioso, el babilonio, el impersonal, el eterno compañero de la superioridad y el arte; el prototipo de belleza perfecta y el hermano de la poesía; el suave, solemne, flexible y patricio gato.

H. P. Lovecraft (1926)

1 El conocido escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo que le impulsaba, entre otras excentricidades, a tocar cada farola que se encontraba en su camino [N. de la T.].
2 Samuel T. Coleridge (1816), Christabel (conclusión de la parte II) [Nota de la T.].
Publicado en Something About Cats and Other Pieces. Arkham House, 1949.
Versión en castellano: Marta

viernes, 12 de julio de 2013

Los gatos de Ulthar


H.P Lovecraft 

 Se dice que en Ulthar, que se encuentra más allá del río Skai, ningún hombre puede matar a un gato; y ciertamente lo puedo creer mientras contemplo a aquel que descansa ronroneando frente al fuego. Porque el gato es críptico, y cercano a aquellas cosas extrañas que el hombre no puede ver. Es el alma del antiguo Egipto, y el portador de historias de ciudades olvidadas en Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la remota y siniestra África. La Esfinge es su prima, y él habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge y recuerda aquello que ella ha olvidado. 

En Ulthar, antes de que los ciudadanos prohibieran la matanza de los gatos, vivía un viejo campesino y su esposa, quienes se deleitaban en atrapar y asesinar a los gatos de los vecinos. Por qué lo hacían, no lo sé; excepto que muchos odian la voz del gato en la noche, y les parece mal que los gatos corran furtivamente por patios y jardines al atardecer. Pero cualquiera fuera la razón, este viejo y su mujer se deleitaban atrapando y matando a cada gato que se acercara a su cabaña; y, a partir de los ruidos que se escuchaban después de anochecer, varios lugareños imaginaban que la manera de asesinarlos era extremadamente peculiar. Pero los aldeanos no discutían estas cosas con el viejo y su mujer; debido a la expresión habitual de sus marchitos rostros, y porque su cabaña era tan pequeña y estaba tan oscuramente escondida bajo unos desparramados robles en un descuidado patio trasero. La verdad era, que por más que los dueños de los gatos odiaran a estas extrañas personas, les temían más; y, en vez de confrontarlos como asesinos brutales, solamente tenían cuidado de que ninguna mascota o ratonero apreciado, fuera a desviarse hacia la remota cabaña, bajo los oscuros árboles. Cuando por algún inevitable descuido algún gato era perdido de vista, y se escuchaban ruidos después del anochecer, el perdedor se lamentaría impotente; o se consolaría agradeciendo al Destino que no era uno de sus hijos el que de esa manera había desaparecido. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de dónde vinieron todos los gatos. 

 Un día, una caravana de extraños peregrinos procedentes del Sur entró a las estrechas y empedradas calles de Ulthar. Oscuros eran aquellos peregrinos, y diferentes a los otros vagabundos que pasaban por la ciudad dos veces al año. En el mercado vieron la fortuna a cambio de plata, y compraron alegres cuentas a los mercaderes. Cuál era la tierra de estos peregrinos, nadie podía decirlo; pero se les vio entregados a extrañas oraciones, y que habían pintado en los costados de sus carros extrañas figuras, de cuerpos humanos con cabezas de gatos, águilas, carneros y leones. Y el líder de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos, y un curioso disco entre los cuernos. 

 En esta singular caravana había un niño pequeño sin padre ni madre, sino con sólo un gatito negro a quien cuidar. La plaga no había sido generosa con él, mas le había dejado esta pequeña y peluda cosa para mitigar su dolor; y cuando uno es muy joven, uno puede encontrar un gran alivio en las vivaces travesuras de un gatito negro. De esta forma, el niño, al que la gente oscura llamaba Menes, sonreía más frecuentemente de lo que lloraba mientras se sentaba jugando con su gracioso gatito en los escalones de un carro pintado de manera extraña. 

 Durante la tercera mañana de estadía de los peregrinos en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; y mientras sollozaba en voz alta en el mercado, ciertos aldeanos le contaron del viejo y su mujer, y de los ruidos escuchados por la noche. Y al escuchar esto, sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la oración. Estiró sus brazos hacia el sol y rezó en un idioma que ningún aldeano pudo entender; aunque no se esforzaron mucho en hacerlo, pues su atención fue absorbida por el cielo y por las formas extrañas que las nubes estaban asumiendo. Esto era muy peculiar, pues mientras el pequeño niño pronunciaba su petición, parecían formarse arriba las figuras sombrías y nebulosas de cosas exóticas; de criaturas híbridas coronadas con discos de costados astados. La naturaleza está llena de ilusiones como esa para impresionar al imaginativo. 

 Aquella noche los errantes dejaron Ulthar, y no fueron vistos nunca más. Y los dueños de casa se preocuparon al darse cuenta de que en toda la villa no había ningún gato. De cada hogar el gato familiar había desaparecido; los gatos pequeños y los grandes, negros, grises, rayados, amarillos y blancos. Kranon el Anciano, el burgomaestre, juró que la gente siniestra se había llevado a los gatos como venganza por la muerte del gatito de Menes, y maldijo a la caravana y al pequeño niño. Pero Nith, el enjuto notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran probablemente los más sospechosos; pues su odio por los gatos era notorio y, con creces, descarado. Pese a esto, nadie osó quejarse ante la dupla siniestra, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró que había visto a todos los gatos de Ulthar al atardecer en aquel patio maldito bajo los árboles. Caminaban en círculos lenta y solemnemente alrededor de la cabaña, dos en una línea, como realizando algún rito de las bestias, del que nada se ha oído. Los aldeanos no supieron cuánto creer de un niño tan pequeño; y aunque temían que el malvado par había hechizado a los gatos hacia su muerte, preferían no confrontar al viejo campesino hasta encontrárselo afuera de su oscuro y repelente patio.  
De este modo Ulthar se durmió en un infructuoso enfado; y cuando la gente despertó al amanecer ¡he aquí que cada gato estaba de vuelta en su acostumbrado fogón! Grandes y pequeños, negros, grises, rayados, amarillos y blancos, ninguno faltaba. Aparecieron muy brillantes y gordos, y sonoros con ronroneante satisfacción. Los ciudadanos comentaban unos con otros sobre el suceso, y se maravillaban no poco. Kranon el Anciano nuevamente insistió en que era la gente siniestra quien se los había llevado, puesto que los gatos no volvían con vida de la cabaña del viejo y su mujer. Pero todos estuvieron de acuerdo en una cosa: que la negativa de todos los gatos a comer sus porciones de carne o a beber de sus platillos de leche era extremadamente curiosa. Y durante dos días enteros los gatos de Ulthar, brillantes y lánguidos, no tocaron su comida, sino que solamente dormitaron ante el fuego o bajo el sol. 

 Pasó una semana entera antes de que los aldeanos notaran que, en la cabaña bajo los árboles, no se prendían luces al atardecer. Luego, el enjuto Nith recalcó que nadie había visto al viejo y a su mujer desde la noche en que los gatos estuvieron fuera. La semana siguiente, el burgomaestre decidió vencer sus miedos y llamar a la silenciosa morada, como un asunto del deber, aunque fue cuidadoso de llevar consigo, como testigos, a Shang, el herrero, y a Thul, el cortador de piedras. Y cuando hubieron echado abajo la frágil puerta sólo encontraron lo siguiente: dos esqueletos humanos limpiamente descarnados sobre el suelo de tierra, y una variedad de singulares insectos arrastrándose por las esquinas sombrías. 

 Posteriormente hubo mucho que comentar entre los ciudadanos de Ulthar. Zath, el forense, discutió largamente con Nith, el enjuto notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados con preguntas. Incluso el pequeño Atal, el hijo del posadero, fue detenidamente interrogado y, como recompensa, le dieron una fruta confitada. Hablaron del viejo campesino y su esposa, de la caravana de siniestros peregrinos, del pequeño Menes y de su gatito negro, de la oración de Menes y del cielo durante aquella plegaria, de los actos de los gatos la noche en que se fue la caravana, o de lo que luego se encontró en la cabaña bajo los árboles, en aquel repugnante patio. 

 Y, finalmente, los ciudadanos aprobaron aquella extraordinaria ley, la que es referida por los mercaderes en Hatheg y discutida por los viajeros en Nir, a saber, que en Ulthar ningún hombre puede matar a un gato.