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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Mishima y la homosexualidad



Por Fernando Trujillo

Junio ha sido declarado el mes gay por la comunidad LGBT y este mes se asocia a esta cultura con marchas, reivindicación de personajes asociados a los ambientes homosexuales o que haya aportado algo a la cultura gay.
En estos festejos el Lobby LGBT nunca ha mencionado y hecho apología de la obra del autor Yukio Mishima siendo este uno de los primeros autores en abordar de forma abierta este tema. ¿Por qué? Hay muchas razones pero principalmente porque la figura de Mishima es el opuesto a los ideales del lobby gay.
Mientras que la comunidad homosexual occidental predica un estilo de vida basado en el hedonismo y los valores burgueses, Mishima predico la acción, los valores tradicionales japoneses frente a los valores occidentales decadentes. Mientras que ellos ponen de ejemplo un tipo de hombre afeminado, vestido de colores chillones y exhibicionista, Mishima era ejemplo de masculinidad, militancia, estética aristocrática frente a la anti-estética y el mal gusto de la comunidad gay occidental.
Pero más que nada se debe a que la obra temprana del autor se aborda la homosexualidad no como algo “fabuloso”, sin gozo ni alegría sino como algo tormentoso. Las novelas Confesiones de una máscara y Colores prohibidos ambas presentan a personajes atormentados y confundidos con su propia sexualidad, la primera es la narración de un joven que oculta su homosexualidad y que remite a varios paisajes autobiográficos del autor—narrando un episodio verdadero de la adolescencia del autor en el que se masturba con una imagen de San Sebastián—su admiración en secreto por el cuerpo masculino y su intento de enamorarse de una muchacha de su edad, el personaje de Confesiones no celebra su propia homosexualidad, intenta cortejar y enamorarse de una muchacha pero cae en frustración cuando sus instintos homosexuales se lo impiden. Lejos de ser una apología Confesiones de una máscara es un relato trágico de una persona homosexual, más apegado a la realidad que la ficción gay posterior.
La siguiente novela Colores prohibidos publicada en 1951 es una historia trágica sobre un escritor ya anciano obsesionado con un atractivo joven al que convence de seguir un plan perverso para vengarse de todas sus frustraciones con el sexo femenino. La novela es la más abiertamente homosexual del autor y en ella nuevamente vemos el elemento gay no como algo saludable o divertido sino como algo insano, bajo, como elemento asociado al odio hacia las mujeres y a la frustración sexual, el personaje de Yuichi el joven hermoso objeto del viejo escritor, al no poder amar a las mujeres se embarca en los bajos fondos en busca de sexo tanto con hombres como mujeres, busca destruir a las mujeres en un juego insano entre el joven y el anciano.
En ambas novelas la condición homosexual se presenta como un elemento trágico, el autor nunca celebro su propia homosexualidad, tampoco la condeno abiertamente sino que fue esta asociada a una dualidad de erotismo y muerte, en toda su obra hay siempre se encuentra presente esta dualidad, el amor y la muerte, lo fuerte y lo débil, todo converge en una narración trágica y pasional.
Donde se presenta mejor esta dualidad entre el Eros y Thanatos es en el relato Kyoko’s House (adaptado brillantemente por Paul Schrader en su biopic sobre Mishima), donde un joven actor se involucra en una relación sadomasoquista que termina en un pacto suicida y en relato corto llevado al cine, Patriotismo donde el protagonista comete con un suicidio ritual frente a los ojos de su amada.

Mishima antes que nada fue un samurái y un poeta, no quiso solo escribir sino hacer de su vida una obra viviente, vivir el camino del samurái. Por eso ejercito su cuerpo, el cuerpo flácido está asociado con la fealdad, con la modernidad, mientras que un cuerpo musculoso está asociado con lo fuerte, con lo alto, con los valores del guerrero.
Dentro de la mentalidad posmoderna es común ejercitar su cuerpo para ser más atractivo frente a otros hombres y mujeres, para conseguir sexo en un bar, por tener una buena salud pero no para ser mejores hombres o mujeres, solo por atractivo físico. Mishima realizo un culto al cuerpo por ambas razones, un cuerpo musculoso es hermoso pero también representa una masculinidad sana frente al cuerpo decadente de la posmodernidad.
Todas estas cuestiones están recogidas en su ensayo Sol y Acero, el ejercitar el cuerpo no es con fines meramente sexuales sino para ser un mejor hombre, un samurái.
El ejercitar el cuerpo masculino está asociado a la comunidad gay, no para ser mejores hombres sino con fines sexuales, la sexualizacion masiva del cuerpo y el ver todo de una manera sexual es herencia del freudianismo.
Mishima predicaba la masculinidad frente al afeminamiento del hombre moderno, el heroísmo frente al hedonismo y la promiscuidad.
Pero más que nada Mishima hablaba del autocontrol, el someter tus bajas pasiones mediante el entrenamiento del cuerpo y el espíritu. Esa es una de las razones por las que el lobby gay nunca lo ha usurpado como un icono para su agenda, porque la filosofía tras su obra y vida contrasta con todas sus ideas.
El lobby gay quiere una agenda arcoíris, presentar una imagen homosexual desbordante de alegría, optimismo, una vida que se presenta fabulosa. Mishima es un pesimista, un hombre trágico, la condición homosexual se presenta sórdida y trágica, todo un contraste con ese “mundo fabuloso” que los medios a favor del lobby nos quieren mostrar.
El lobby gay quiere personas exhibicionistas, vestidos de colores, promiscuos y descontrolados. Mishima predico la mesura, el autocontrol, la ética frente a la inmoralidad, las tradiciones de su patria frente a las ideas occidentales.
A pesar de estas diferencias, en su vida personal Mishima mantuvo una amistad con Akihiro Miwa, cantante, director y compositor abiertamente gay y drag queen, actualmente un símbolo del lobby gay en Japón.
Miwa compuso una pieza para una adaptación de un texto de Mishima al teatro, desde ahí mantuvieron una cercana amistad hasta su suicidio ritual en 1970.
Mishima es uno de esos “homosexuales de derecha” como Jack Donovan y Michael Kuhnen (uno de los primeros lideres neonazis en Alemania, expulsado de su propio movimiento debido a su homosexualidad y muerto de Sida en 1991), personajes incomodos para el lobby gay y que su estilo de vida así como su pensamiento es una Cosmovisión totalmente diferente y opuesta a este.
Mishima contrajo nupcias en 1958 con Yoko Sugiyama la cual le dio dos hijos, posiblemente nunca supero sus tendencias homosexuales pero si las controlo por medio de la autodisciplina y el estilo de vida del samurái.
La lección en todo caso es que una vida de disciplina, guiada por la ética del guerrero puede subliminar y someter las pasiones, la mesura como forma de vida.
Por todas esas razones Mishima nunca será un icono gay y es mejor asi. Su vida y su obra han superado toda la vulgaridad de la época posmoderna.


Septiembre 2017

martes, 17 de diciembre de 2013

Gatos y perros



Habiéndome enterado de la disputa sobre perros y gatos que está a punto de tener lugar en su club literario, no puedo evitar contribuir con unos cuantos aullidos y silbidos tomísticos sobre mi posición en el asunto, aun cuando soy plenamente consciente de que la palabra de un venerable exmiembro nada tiene que hacer frente a la brillantez de los muchos miembros actuales que ladrarán desde el lado contrario. Conociendo mis escasas aptitudes para la argumentación, un valioso corresponsal me ha proporcionado documentación sobre una disputa similar que ha tenido lugar en el New York Tribune, en la que el señor Carl Van Doran se puso de mi lado y el señor Albert Payson Terhune estuvo defendiendo la tribu canina. De ellos estaré encantado de plagiar tantos datos como necesite, aunque mi amigo, con una sutileza auténticamente maquiavélica, me ha proporcionado únicamente una parte de la sección felina, al tiempo que me entregó el dossier perruno al completo. Sin duda imagina que de ese modo, teniendo en cuenta mi propio sesgo empático, logra algo parecido a la justicia definitiva; pero para mí es extremadamente inconveniente, ya que me fuerza a ser más o menos original en algunas de las partes de las siguientes observaciones.

Entre perros y gatos, mi grado de preferencia es tan alto que nunca se me ocurriría compararlos. No es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos; pero por el gato he sentido siempre un respeto y un afecto especial, desde los días más tempranos de mi infancia. En su gracia sin tacha y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido.

El perro apela a emociones baratas y fáciles; el gato lo hace a las fuentes más profundas de la imaginación y la percepción cósmica en la mente humana. No es accidental que los contemplativos egipcios, junto a espíritus poéticos posteriores como los de Poe, Gautier, Baudelaire y Swinburne, fueran todos adoradores sinceros del flexible micifuz. Naturalmente, las preferencias de cada uno en materia de perros y gatos dependen totalmente del temperamento y el punto de vista.

Me da la impresión de que el perro es el favorito de la gente superficial, sentimental y emocional: gente que siente más que piensa, que otorga importancia a la humanidad y a las emociones populares y convencionales de lo simple, y que encuentra el más grande consuelo en los lazos de adulación y dependencia de la sociedad gregaria. Tal gente vive en un mundo limitado de imaginación; aceptando acríticamente los valores del folklore popular, y prefiere siempre que les den la razón en sus creencias, sentimientos y prejuicios, más que disfrutar del placer puramente estético y filosófico que surge de la discriminación, la contemplación y el reconocimiento de la belleza austera y absoluta. Esto no significa que los elementos más baratos no se encuentren también en el amor hacia los gatos del amante medio de los gatos, sino simplemente que en el ailurófilo existe la base del esteticismo puro que el canófilo no posee. El auténtico amante de los gatos exige un ajuste más claro con el universo que el que proporcionan las comunes obviedades domésticas, un ajuste que rechaza tragar la noción sentimental de que todas las personas buenas aman a los perros, los niños y los caballos, mientras que los malos los aborrecen y son aborrecidos por ellos. No está dispuesto a establecerse a sí mismo y sus sentimientos desnudos como medida de los valores universales, o a permitir que nociones éticas superficiales deformen su juicio. En una palabra, prefiere admirar y respetar que adorar e idolatrar; y no cae en la falacia de que la sociabilidad y la amabilidad sin fundamento, o la devoción y la obediencia esclavizadoras, constituyan algo intrínsicamente admirable o elevado.

Los amantes de los perros basan toda su argumentación en esas cualidades comunes, serviles y plebeyas, y juzgan de forma que resulta divertida la inteligencia de una mascota por su grado de conformidad a sus propios deseos. Los amantes de los gatos evitan esa ilusión, repudian la idea de que la servidumbre rastrera y la compañía servil para con el hombre sean méritos supremos, y se mantienen libres para admirar la independencia aristocrática, el amor propio y la personalidad individual unidas a la gracia y la belleza extremas, tal y como las ejemplifica el frío, ágil, cínico e invicto señor de los tejados.

La gente de ideas ordinarias burgueses respetables sin imaginación, satisfechos con su ronda diaria de cosas y que suscriben el credo popular de los valores sentimentales— será siempre amante de los perros. Para ellos nunca habrá nada más importante que ellos mismos y sus primitivos sentimientos, y nunca dejarán de estimar y glorificar al compañero animal que mejor los ejemplifica. Tales personas están sumergidas en el vórtice de idealismo y envilecimiento oriental que arruinó la civilización clásica en la Edad Oscura, y viven en un mundo desierto de valores sentimentales abstractos, donde las ilusiones empalagosas de la mansedumbre, la amabilidad, la hermandad, y la humildad quejumbrosa se magnifican como virtudes supremas, y toda una ética y una filosofía falsas se levantan sobre las tímidas reacciones del sistema flexor de músculos. Esta herencia, impuesta irónicamente sobre nosotros cuando la política romana elevó a la supremacía la fe de una gente azotada y vencida al final del imperio, ha mantenido de forma natural un fuerte arraigo en los débiles y sentimentalmente inconscientes, y quizá alcanzó su culminación en el insípido siglo XIX, cuando la gente acostumbraba a alabar a los perros “porque son tan humanos” (¡como si la humanidad fuera un criterio válido de mérito!), y el honrado Edwin Landseer pintó cientos de presumidos Fidos y Carlos y Rovers con toda su trivialidad, nimiedad y “monería” antropoide de victorianos eminentes.
 Pero entre este caos de servilismo intelectual y emocional, unas pocas almas libres han mantenido las viejas realidades civilizadas que el medievalismo eclipsara —la austera lealtad clásica hacia la verdad, la fuerza y la belleza, que proporciona una mente clara y un espíritu valeroso al ario occidental lleno de vida, enfrentado a la majestad, hermosura y frialdad de la Naturaleza—. Esta es la estética y la ética viril de los músculos extensores —las creencias y preferencias osadas, optimistas, asertivas, de conquistadores, cazadores, guerreros orgullosos, dominantes, invictos e intrépidos— y tiene poca utilidad para los engaños y lloriqueos del fraternal y sensiblero pacificador, y para el pusilánime y el sentimental. La belleza y la suficiencia —cualidades gemelas del cosmos mismo— son los dioses de esta clase libre y pagana; para quien adora tales cosas eternas, la virtud suprema no podrá hallarse en la humildad, el apego, la obediencia y la confusión emocional. Este tipo de adorador buscará aquello que mejor represente la hermosura de las estrellas y los mundos y los bosques y los mares y las puestas de sol, y que mejor exprese la suavidad, el señorío, la exactitud, la autosuficiencia, la crueldad, la independencia y la impersonalidad desdeñosa y caprichosa de la Naturaleza que gobierna todas las cosas. Belleza, frialdad, reserva, reposo filosófico, autosuficiencia, misterio indomado, ¿dónde más podemos encontrar estas cosas encarnadas con ni siquiera la mitad de la perfección y completud que marcan su encarnación en el incomparable gato, que se desliza suavemente y ejecuta su órbita misteriosa con la inexorable e implacable certeza de un planeta en el infinito?

Que los campesinos burgueses sin imaginación aprecian a los perros, pero los gatos llaman la atención del filósofo, aristócrata, poeta, sensible, quedará claro en cuanto reflexionemos sobre el asunto de la asociación biológica. La gente plebeya práctica juzga algo sólo por su tacto, sabor y olor inmediato, mientras que los espíritus más delicados forman sus estimaciones a partir de las imágenes e ideas relacionadas que el objeto en cuestión trae a sus mentes. De este modo, cuando consideramos el asunto de los perros y los gatos, el estólido patán sólo ve dos animales ante él, y basa su preferencia en su capacidad relativa de conformarse con sus ideas sensibleras y vagas sobre la ética, la amistad y la servidumbre lisonjera. Por otra parte, el pensador y caballero considera a cada uno según sus afiliaciones naturales, y no puede dejar de observar que en las grandes simetrías de la vida orgánica, los perros están al lado de los descuidados lobos, zorros, chacales, coyotes, dingos y hienas, mientras que los gatos caminan orgullosamente junto a los señores de la jungla, y tienen a su alteza el león, al sinuoso leopardo, al regio tigre y a las elegantes panteras y jaguares como su familia.

Los perros son los jeroglíficos de la emoción ciega, la inferioridad, el apego servil y el gregarismo: los atributos de los hombres ordinarios, estúpidamente apasionados y subdesarrollados tanto intelectual como imaginativamente. Los gatos son las runas de la belleza, la invencibilidad, el prodigio, el orgullo, la libertad, la frialdad, la autosuficiencia y la delicada individualidad: las cualidades de la clase maestra de hombres, sensible, ilustrada, mentalmente desarrollada, pagana, cínica, poética, filosófica, desapasionada, reservada, independiente, nietzscheana, indómita, civilizada.
El perro es al campesino lo que el gato es al caballero. Podríamos, de hecho, juzgar el tono y el sesgo de una civilización por su actitud relativa hacia los perros y los gatos. El Egipto orgulloso donde el faraón era faraón y las pirámides se elevaban en belleza ante su deseo, que las soñó, se inclinó ante el gato, y se construyeron templos para su divinidad en Bubastis. En la Roma imperial, el grácil leopardo adornó la mayor parte de los mejores hogares, reposando su belleza insolente en el atrio con collar y cadena de oro; mientras que, después del tiempo de los Antoninos, el gato se importó de Egipto y se apreció como un lujo raro y costoso. Hasta aquí los pueblos dominantes e ilustrados.

Cuando llegamos, sin embargo, a la rastrera Edad Media con sus supersticiones y éxtasis y monasticismos y divagaciones sobre los santos y sus reliquias, encontramos que la hermosura fría e impersonal de los felinos está en muy baja estima; y contemplamos un lamentable espectáculo de odio y crueldad hacia estas pequeñas y bellas criaturas a las que únicamente sus virtudes como ratoneras les otorgaron un poco de tolerancia por parte de los patanes ignorantes ofendidos por su frialdad autosuficiente y temerosos de su independencia críptica y esquiva, que imaginaron relacionada con los poderes oscuros de la brujería.

Estos palurdos esclavos de la oscuridad oriental no podían tolerar lo que no servía a sus baratas emociones y endebles propósitos. Deseaban un perro para acariciar y cazar y cobrar y traer, y no encontraban ninguna utilidad en el presente del gato: belleza eterna desinteresada para alimento del espíritu.

Es posible imaginar cómo debieron ofenderse ante la calma magnífica de Pussy, su tranquilidad, relajación y desdén respecto a los triviales objetivos y preocupaciones humanas. Si tiras un palo, el perro servil resuella y tropieza para traértelo de vuelta. Haz lo mismo frente a un gato, y te mirará con aire divertido, frialdad educada y algo de aburrimiento. Y, del mismo modo que la gente inferior prefiere al animal inferior que se afana con excitación porque alguien quiere algo, así las personas superiores respetan al animal superior que vive su propia vida y sabe que cuando esos extraños bípedos se dedican puerilmente a lanzar palos, se trata de un asunto que no le incumbe y del que ni se percata. El perro ladra y suplica y se revuelve para entretenerte cuando haces sonar el látigo. Eso le gusta al campesino amante de la mansedumbre, que aprecia un estímulo para su propia importancia. El gato, por otra parte, te “engatusa” para que juegues con él cuando le apetece que le entretengan; te hace correr por la habitación con una bola de papel arrastrando de una cuerda cuando tiene gana de ejercicio, pero rechaza todos tus intentos de hacerle jugar cuando no está de humor. Eso es personalidad e individualidad y respeto a sí mismo —la maestría tranquila de un ser cuya vida es suya, y no tuya—, y la persona superior lo reconoce y aprecia porque también ella es un espíritu libre cuya posición está afianzada, y cuya única ley es su propia herencia y sentido estético. En consecuencia, podemos ver que el perro llama la atención de aquellas almas emocionales primitivas cuyas demandas principales al universo son las de afecto incondicional, compañerismo desinteresado, y consideración y servilismo lisonjeros; mientras que el gato reina entre esos espíritus más contemplativos e imaginativos que lo único que le piden al universo es la visión objetiva de la belleza intensa y etérea, y la simbolización animada del orden y la suficiencia suave, implacable, reposada, parsimoniosa e impersonal de la Naturaleza. El perro da, pero el gato es.

La gente simple siempre sobredimensiona el elemento ético en la vida, y es bastante natural que también lo hagan en el ámbito de las mascotas. En consonancia, oímos muchos dichos inanes a favor de los perros basados en que son fieles, mientras que los gatos son traicioneros. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿cuáles son los puntos de referencia? Ciertamente, el perro tiene tan poca imaginación e individualidad que no conoce motivo alguno más que los de su amo; pero, ¿qué mente sofisticada podría percibir una virtud positiva en esa abnegación estúpida de su instinto? La discriminación debería sin duda alguna dar como vencedor al superior gato, que tiene demasiada dignidad natural como para  aceptar otro esquema de cosas que no sea el suyo, y que en consecuencia no le importa en absoluto lo que cualquier torpe humano pueda pensar, desear o esperar de él. No es traidor, porque nunca ha reconocido ninguna lealtad con nada excepto con sus propios deliberados deseos; y la traición implica básicamente una separación respecto a algún pacto explícitamente reconocido. El gato es un realista, no un hipócrita. Toma lo que le apetece cuando quiere, y no hace promesas. Nunca permite que esperes de él más de lo que da, y si eliges de forma estúpida ser lo suficientemente victoriano como para confundir sus ronroneos y frotamientos de autosatisfacción con señales de un afecto fugaz hacia ti, la culpa no es suya. No tratará ni por un momento de que creas que quiere algo más de ti que comida y calor y cobijo y diversión —y, ciertamente, está justificado para criticar tu desarrollo imaginativo y estético si no reconoces su gracia, belleza y alegre influencia decorativa un pago suficientemente abundante para todo lo que le das—. El amante de los gatos no necesita asombrarse del amor que otros les tienen a los perros (de hecho, puede que él también posea esa cualidad; porque los perros son a menudo encantadores, y tan adorables de esa manera suya condescendiente como un viejo y fiel sirviente o arrendatario a los ojos de su señor), pero no puede evitar asombrarse ante aquellos que no comparten su amor por los gatos. El gato es un símbolo tan perfecto de belleza y superioridad que parece prácticamente imposible que un auténtico esteta y cínico civilizado pueda no adorarlo. Nos denominamos “amos” de un perro, pero ¿quién osaría decirse “amo” de un gato? Somos propietarios de un perro: está con nosotros como esclavo e inferior porque así lo queremos. Pero damos alojamiento a un gato: adorna nuestro hogar como un invitado, compañero, huésped e igual porque así es su deseo.

No es ningún honor ser el estúpidamente idolatrado amo de un perro cuyo instinto es idolatrar, pero se trata de un tributo muy distinto ser elegido como el amigo y confidente de un gato filosófico que es su propio amo de un modo absoluto y que puede con toda facilidad elegir otro compañero si encuentra uno más agradable e interesante. Un signo, creo, de esta gran verdad relativa a la mayor dignidad del gato se ha filtrado en el saber popular mediante el uso de los nombres “gato” y “perro” como términos de oprobio. Mientras que “gato” nunca se ha aplicado a ningún tipo de indeseable más que a la ligeramente rencorosa e inofensivamente maliciosa mujer cotilla, las palabras “perro” y “canalla” han estado siempre ligadas a las más graves vilezas, deshonores y degradaciones. En la cristalización de esta nomenclatura sin duda ha tenido que ver que la mente popular se ha dado cuenta, de forma débil y medio consciente, de que hay profundidades de vileza rastrera, quejumbrosa, aduladora y servil que ningún pariente del león y del leopardo puede nunca alcanzar. El gato puede caer bajo, pero nunca será domado. Es, como los nórdicos entre los hombres, uno de esos que o bien gobiernan sus propias vidas o bien mueren.

No tenemos más que observar analíticamente a los dos animales para ver que los puntos se acumulan a favor del gato. La belleza, que es probablemente lo único que tiene un significado básico en todo el cosmos, debe ser nuestro criterio principal; y aquí el gato supera al perro de un modo tan brillante que toda comparación palidece. Algunos perros, es cierto, son bellos en un grado muy destacado; pero incluso el nivel más elevado de belleza canina es muy inferior a la media felina. El gato es clásico mientras que el perro es gótico, el perro es prosa, el gato es poesía  —en ningún otro lugar del mundo animal podemos descubrir tal perfección helénica en la forma, con su anatomía adaptada a la función, como en los felinos—. El minino es un templo dórico —una columnata jónica— en el total clasicismo de sus armonías estructurales y decorativas. Y esto es tan verdadero en movimiento como estáticamente, porque el arte no tiene paralelismo para la gracia mágica del más insignificante movimiento del gato. El esteticismo puro y perfecto de los perezosos estiramientos del gatito, sus aplicados lavados de cara, revolcones lúdicos, y pequeños movimientos involuntarios mientras duerme son algo tan profundo y vital como la mejor poesía pastoral o género pictórico; mientras que la exactitud infalible de sus saltos y cabriolas, carreras y cazas, tiene un valor artístico igualmente alto aunque de un modo más enérgico. Pero es su capacidad para el ocio y el reposo lo que hace al gato preeminente. El señor Carl Van Vechten, en “Peter Whiffle”, toma el descanso ilimitado del gato como un modelo para la filosofía vital, y el profesor William Lyon Phelps ha captado de modo muy efectivo el secreto de la felinidad cuando dice que el gato no está simplemente echado, sino que “derrama su cuerpo sobre el suelo como un vaso de agua”. ¿Qué otra criatura ha combinado de este modo el esteticismo de la mecánica y la hidráulica? Contrástese esto con el inepto jadeo, resuello, ajetreo, babeo, arañado y torpeza general del perro medio, con sus falsos e inútiles movimientos. Y en los detalles de limpieza, el puntilloso gato está por supuesto a años luz. Siempre es agradable tocar un gato, pero sólo las personas insensibles pueden dar la bienvenida de modo uniforme a los frenéticos y húmedos olfateos y pataleos de un polvoriento y quizá no inodoro canino que salta y se agita y se revuelve en desmañada actividad febril por ninguna otra razón más que la de que sus centros nerviosos ciegos se han visto espoleados por algún estímulo sin sentido. Hay un fastidioso exceso de malas maneras en toda esa furia perruna (la gente de buena familia no nos soba y manosea), y sin duda encontramos al gato amable y reservado en sus avances, y delicado incluso cuando se desliza elegantemente en tu regazo con cultivados ronroneos, o salta caprichoso sobre la mesa en la que estás escribiendo para jugar con tu pluma con modulados y seriocómicos golpecitos. No me asombra en absoluto que Mahoma, ese jeque de las buenas maneras, amara a los gatos por su educación y desdeñara a los perros por su grosería; o que los gatos sean los favoritos en los educados países latinos, mientras que los perros tomen la delantera en la Europa Central dura, práctica y bebedora de cerveza. Obsérvese a un gato comiendo, y luego mírese al perro. El primero se contiene por una delicadeza inherente e inevitable, y otorga una especie de gracia a uno de los procesos más carentes de ella. El perro, por el contrario, es totalmente repulsivo en su bestial e insaciable avidez; actuando de acuerdo con su estirpe salvaje al devorar vorazmente como un lobo, de la forma más abierta y desvergonzada.

Volviendo a la belleza de línea: ¿no es significativo que, mientras que muchas razas normales de perros son notoria y admitidamente feas, ningún felino saludable y bien desarrollado, de ninguna de las especies, es otra cosa distinta de bello? Hay, por supuesto, muchos gatos feos; pero se trata siempre de casos individuales de mestizaje, malnutrición, deformidad, o herida. Ninguna raza de gatos en su condición natural puede, por mucho que estiremos la imaginación, considerarse ni siquiera levemente vulgar; un record frente al cual debemos lamentar el deprimente espectáculo de bulldogs achatados de forma imposible, dachsunds grotescamente alargados, Airedales horriblemente deformes y peludos, y otros semejantes. Por supuesto, podría decirse que ningún criterio estético es otra cosa más que relativo; pero siempre funcionamos con tales criterios como siempre lo hemos hecho empíricamente, y al comparar gatos y perros bajo la estética de la Europa occidental no podemos ser injustos con ninguno. Si alguna tribu desconocida del Tibet encuentra que los Airedales son bellos y los gatos persas feos, no discutiremos con ellos en su propio territorio; pero por ahora estamos ocupándonos de nosotros mismos y de nuestro territorio, y aquí el veredicto no admitiría demasiada duda ni siquiera del más ardiente canófilo. Tal persona normalmente obvia el problema con una paradoja epigramática, y dice que “¡Snookums es tan encantador, que es hermoso!” Esta es la inclinación infantil por lo grotesco y cursi, por lo “mono”, que vemos del mismo modo encarnada en cómics populares, muñecas monstruosas, y todos los oropeles decorativos deformes tipo “Billikin” o “Krazy Kat” que se encuentran en los “refugios” y “rincones acogedores” de la plebe que se cree sofisticada.

En lo que respecta a la inteligencia, encontramos que los caninitas sostienen afirmaciones divertidas. Divertidas porque miden de un modo muy ingenuo lo que conciben ser la inteligencia de un animal por su grado de servidumbre al deseo humano. Un perro puede traerle al amo la presa cobrada, un gato no lo hará, por lo tanto (¡sic!), el perro es más inteligente. Los perros pueden recibir entrenamientos más complejos para el circo o para obras de vodevil que los gatos, por tanto (¡Oh Zeus, oh Royal Mount!) son cerebralmente superiores. Por supuesto, todo esto es el más puro sinsentido. Nunca diríamos que un hombre débil de espíritu es más inteligente que un ciudadano independiente porque podemos hacer que vote según nuestros deseos mientras que no podemos influir sobre el ciudadano independiente, y sin embargo incontables personas aplican un argumento exactamente paralelo al valorar la materia gris de perros y gatos. La competencia en servilismo es algo que no tiene nunca fin para ningún Thomas o Tabitha que se precie, y está claro que cualquier estimación realmente efectiva de la inteligencia canina y felina debe proceder desde una observación cuidadosa de perros y gatos de un modo independiente — sin la influencia de los seres humanos—, evaluando cómo formulan objetivos propios y utilizan su propio equipamiento mental para alcanzarlos. Cuando hacemos esto, llegamos a un respeto muy saludable por nuestro amigo que ronronea al calor del hogar, y hace tan poco despliegue de sus deseos y métodos de negocios; porque en cualquier idea y cálculo muestra una unión de intelecto, deseo, y sentido de la proporción deliberada y fría como el acero, que pone totalmente en evidencia las sensiblerías emocionales y los trucos dócilmente adquiridos del “listo” y “fiel” pointer u ovejero.

Obsérvese a un gato que decide cruzar una puerta, y véase cuán pacientemente espera su oportunidad, sin perder nunca de vista su propósito incluso aunque se vea en la obligación de fingir otros intereses entretanto. Obsérvesele concentrado en la caza, y compárese su paciencia calculadora y el silencioso estudio del terreno con el forcejeo y pataleo ruidoso de su rival canino. No vuelve a menudo con las manos vacías. Sabe lo que quiere, y está determinado a conseguirlo del modo más efectivo, incluso a costa del sacrificio de tiempo —que, filosóficamente, reconoce como algo sin importancia en el cosmos sin objetivo—. Nada puede desviar o distraer su atención; y sabemos que entre los humanos esta es la cualidad de la tenacidad mental, esa habilidad para seguir un único camino a través de distracciones complejas que se considera un signo bastante bueno de vigor y madurez intelectual. Los niños, las viejas arpías, los campesinos y los perros divagan; los gatos y los filósofos persisten en su empeño. En ingenio, también el gato atestigua su superioridad. Los perros pueden entrenarse bien para hacer una sola cosa, pero los psicólogos nos dicen que esas respuestas a una memoria automática inculcada desde fuera son de poco valor como índices de auténtica inteligencia. Para juzgar el desarrollo abstracto de un cerebro, enfréntalo a condiciones nuevas y no familiares para ver cómo su propia fortaleza le permite alcanzar su objetivo a través del razonamiento puro sin caminos marcados. Aquí los gatos pueden idear silenciosamente una docena de alternativas misteriosas y con éxito, mientras que el pobre Fido ladra asombrado preguntándose de qué va todo eso. Concediendo que Rover el retriever puede tener más opciones de ganarse el aprecio popular sentimental metiéndose en una casa en llamas para salvar al niño al modo del cine tradicional, queda el hecho de que el bigotudo y ronroneador Nig es un organismo biológico más elevado —de algún modo fisiológica y psicológicamente más cercano al hombre debido a su auténtica libertad respecto a las órdenes humanas—, y como tal merecedor de un respeto más elevado por parte de aquellos que juzgan según criterios puramente filosóficos y estéticos. Podemos respetar a un gato como no podemos respetar a un perro, sin importar cuál de ellos resulte más atractivo para nuestro simple capricho de tomarles cariño; y si fuéramos estetas y analistas en lugar de vulgares amantes y emocionalistas, las escalas deberían inevitablemente volverse por completo en favor del gato.

Es preciso añadir, no obstante, que ni siquiera el reservado y suficiente gato está privado de atractivo sentimental. Una vez que nos libramos de los sesgos éticos incultos —el prejuicio de “traidor” y “antipático cazador de pájaros”—, encontramos en el “inofensivo gato” el cúlmen mismo del feliz simbolismo doméstico; y los gatitos pequeños se convierten en objetos a adorar, idealizar y celebrar con los más rapsódicos de los dáctilos y anapestos, yámbicos y trocaicos. Yo mismo, en mi propia madurez senescente, confieso profesar una predilección desmesurada y en absoluto filosófica por los gatitos pequeños negros como el carbón y de grandes ojos amarillos, y no puedo pasar al lado de uno sin acariciarlo, del mismo modo que el Dr. Johnson no podía pasar al lado de una farola sin tocarla.1 Asimismo, muchos gatos desarrollan un sentimiento bastante análogo al cariño recíproco tan exageradamente ensalzado en perros, seres humanos, caballos y otros. Los gatos llegan a asociar a ciertas personas con actos que contribuyen a su placer de forma continuada, y adquieren para ellos un reconocimiento y un apego que se manifiesta en la excitación placentera cuando se acercan —tanto si llevan comida y bebida como si no— y cierta tristeza en su ausencia prolongada. Un gato con el que yo tenía una relación muy próxima llegó al extremo de no aceptar comida si no era de mi mano, e incluso prefería estar hambriento antes que tocar ni siquiera el más mínimo pedazo proporcionado por algún amable vecino. También tenía claros y distintos afectos entre el resto de gatos de aquel hogar idílico, ofreciendo voluntariamente comida a uno de sus amigos bigotudos, pero peleando de la forma más salvaje la más mínima mirada que lanzara su negro rival “Snowball” sobre su plato. Si se argumentara que esos afectos felinos son esencialmente “egoístas” y “prácticos” en su composición última, déjennos responder preguntando hasta qué punto los afectos humanos, exceptuando aquellos que surgen directamente del bruto instinto primitivo, tienen alguna otra base.

Después de que el jurado evaluador haya obtenido el importe total de cero, seremos más capaces de abstenernos de censurar ingenuamente al gato “egoísta”.

La superior vida interior imaginativa del gato, que da como resultado un superior dominio de sí mismo, es bien conocida. Un perro es un ser lastimero, que depende por completo de la compañía y se halla totalmente perdido a no ser que se encuentre en una jauría o al lado de su amo. Déjenle solo y no sabrá qué hacer más que ladrar y aullar y trotar hasta que se quede dormido de puro agotamiento. Un gato, sin embargo, nunca se encuentra sin la potencialidad del entretenimiento. Lo mismo que un hombre superior, sabe cómo estar solo y feliz. Una vez que ha mirado a su alrededor sin encontrar a nadie que lo entretenga, se dedica a la tarea de entretenerse a sí mismo; y nadie conoce realmente a los gatos sin haber tenido la ocasión de observar a hurtadillas a algún alegre y equilibrado gatito que cree estar solo. Únicamente después de vislumbrar la gracia natural con la que trata de cazar su rabo y su espontáneo ronroneo es posible comprender totalmente el encanto de aquellas líneas que Coleridge escribió refiriéndose más bien a los niños humanos que a los gatitos: ".... un ágil duende, que canta y baila solo, simplemente ."2No obstante, podrían escribirse volúmenes enteros sobre el juego en los gatos, ya que sus variedades y aspectos estéticos son infinitos. Sea suficiente decir que en tales pasatiempos los gatos han exhibido rasgos y acciones que los psicólogos declaran auténticamente motivados por el humor genuino y por la fantasía en su sentido más puro; de tal modo que la tarea de “hacer reír a un gato” puede no ser algo tan imposible incluso fuera de las fronteras de Cheshire.

Resumiendo, un perro es un ser incompleto. Del mismo modo que un hombre inferior, necesita estímulos emocionales externos y debe establecer algo artificial como un dios o un motivo. El gato, en cambio, es perfecto en sí mismo. Es un ser real e integrado porque se cree y se siente como tal, mientras que el perro sólo puede concebirse a sí mismo en relación con algo distinto. Azota a un perro y te lamerá la mano. El animal no tiene ninguna idea de sí mismo excepto como una parte inferior de un organismo del que tú eres la parte superior —no puede pensar en devolverte los golpes más de lo que uno puede pensar en golpear su propia cabeza cuando le castiga con un dolor de cabeza—. Pero azota a un gato y observa cómo te mira amenazante y cómo retrocede bufando con su dignidad y autoestima ultrajada. Un golpe más y te lo devolverá; porque es un caballero y un igual, y no aceptará que se infrinja su personalidad y cuerpo de privilegios. Sólo está en tu casa porque desea estar, o quizá incluso como ofreciéndote un favor condescendiente. Es la casa, no tú, lo que le gusta; porque los filósofos se dan cuenta de que los seres humano no son, como mucho, más que accesorios menores del paisaje. Da un paso más de la cuenta, y te dejará de una vez por todas. Te has equivocado en tu relación con él y te crees su amo, y ningún gato auténtico puede tolerar tamaña violación de las buenas maneras. En lo sucesivo, buscará otra compañía con mayor capacidad de discernimiento y una perspectiva más clara. Dejemos a esas personas anémicas que creen en “poner la otra mejilla” que se consuelen a sí mismas con los perros rastreros; para el pagano robusto con la sangre de los crepúsculos nórdicos corriendo por sus venas no hay ningún animal como el gato, intrépido corcel de Freya, que puede tener la osadía de mirar fijamente a la cara incluso a Thor y Odín, con sus grandes y redondos ojos transparentes, amarillos o verdes.

En estas observaciones creo que he delineado con bastante amplitud las diversas razones por las cuales, en mi opinión y usando el ingenioso y oportuno título de Mr. Van Doren: “los caballeros prefieren a los gatos”. La respuesta de Mr. Terhune en un número posterior del Tribune me parece desafortunada, en el sentido de que se trata más de una refutación de hechos que de una simple afirmación personal de la militancia del autor en esa convencional mayoría “muy humana” que se toma el afecto y la compañía en serio, que disfrutan siendo importantes para algo vivo, que odian a los “parásitos” sobre una base meramente ética sin consultar el derecho de la belleza a existir por sí misma, y por tanto aman al amigo más noble y más fiel del hombre, el perenne perro. Supongo que Mr. Terhune ama también a los caballos y a los niños, porque los tres suelen ir convencionalmente juntos en el credo del gran 100% como los afectos esenciales de cualquier hombre bueno y amable que se precie, de los hombres de “cuello Arrow” y de la escuela de héroes de Harold Bell Wright, incluso aunque los coches y Margaret Sanger hayan hecho mucho para reducir estos dos últimos elementos.

Los perros, entonces, son campesinos y las mascotas de los campesinos, los gatos son caballeros y las mascotas de los caballeros. El perro es para quien coloca el sentimiento crudo y la ética y el humanocentrismo más rancio sobre la belleza austera y desinteresada, que simplemente adora “al pueblo y lo popular”, y no le importa la torpeza descuidada en caso de que haya alguien que realmente se preocupe de él.  El tipo al que no le interesa demasiado la intelectualidad, pero que siempre hace lo que debe, que no encuentra a menudo el Saddypost o el N.Y. World demasiado profundos para él; que no se siente atraído por Valentino, pero piensa que Doug Fairbanks está bien para entretenerse una tarde. Saludable, constructivo, optimista, cívico, doméstico (he olvidado mencionar la radio), normal..., esa es la clase de persona emprendedora a la que deben gustar los perros.

El gato es para el aristócrata (bien sea de nacimiento, de inclinación o ambas cosas) que admira a sus pares de la aristocracia. Es para el hombre que aprecia la belleza como única fuerza viva en un universo ciego y sin propósito, y que adora esa belleza en todas sus formas independientemente de las ilusiones sentimentales y éticas del momento. Para el hombre que conoce la superficialidad del sentimiento y la vaciedad de los objetos y aspiraciones humanas, y que por tanto se aferra únicamente a lo que es real — como la belleza es real porque pretende un significado más allá de la emoción que suscita y que es—. Para el hombre que se siente suficiente en el cosmos, y no pide escrúpulos de prejuicio convencional, pero ama el reposo y la fuerza y la libertad y el lujo y la suficiencia y la contemplación; que siendo un alma fuerte y sin miedo desea algo que respetar más que algo que lama su cara y acepte que alterne golpes y caricias; que busca un par orgulloso y bello en la nobleza igualitaria del individualismo más que un acobardado y servil satélite en la jerarquía del miedo, la servidumbre y la delegación. El gato no es para el trabajadorcillo activo y engreído que cree tener una misión, sino para el poeta ilustrado y soñador que sabe que el mundo no contiene nada que merezca la pena hacerse. El diletante, el connoisseur, el decadente, si quieren llamarlo así, aunque en una época más sana que esta hubo cosas que estos hombres podían hacer, de tal modo que fueron los planificadores y líderes de aquellos gloriosos tiempos paganos. El gato es para quien hace las cosas no por el deber sin más, sino por poder, placer, esplendor, romance y glamour: para el arpista que canta solo en la noche de viejas batallas, o el guerrero que sale a luchar en esas batallas por belleza, gloria, fama y el esplendor de una tierra sobre la que no cae ninguna sombra de debilidad. Para aquel que no se alivia con tonterías de prosa y utilidad, sino que para estar cómodo pide la tranquilidad y la belleza y el dominio y la cultura que hacen que el esfuerzo merezca la pena. Para el hombre que sabe que jugar, no trabajar, y el ocio, no el ajetreo, son las cosas grandes de la vida; y para quien el círculo vicioso del esfuerzo únicamente para poder esforzarse más aún es una amarga ironía que el alma civilizada acepta en su mínima expresión posible.

Belleza, suficiencia, tranquilidad y buenas maneras —¿qué más puede requerir la civilización?—. Y todo eso lo tenemos en el divino monarca que descansa gloriosamente en su cojín de seda frente al fuego del hogar. Hermosura y alegría por sí mismas, orgullo y armonía y coordinación, espíritu, sosiego y perfección, todo está presente en el gato, y no se precisa más que una comprensiva desilusión para su completa adoración. ¿Qué alma completamente civilizada no haría sino servir a un sacerdote tan elevado de Bast? La estrella del gato, creo, está ahora en ascendiente, mientras emergemos poco a poco de los sueños de la ética y la conformidad que nublaron el siglo XIX y elevaron al carroñero y desagradable perro a la cima del aprecio sentimental. Aún no es posible decir si un renacimiento del poder y la belleza restaurará nuestra civilización occidental, o si las fuerzas de la desintegración son ya demasiado poderosas como para que alguna mano las detenga, pero en el momento presente de desenmascaramiento cínico del mundo, entre la pretensión de los dieciochescos y el misterio siniestro de las décadas por venir, podemos al menos vislumbrar un destello de la antigua perspectiva y de la vieja claridad y honestidad paganas. Y un ídolo alumbrado por ese destello, que aparece justo y bello sobre un trono soñado de seda y oro bajo una cúpula criselefantina, es una forma de gracia inmortal que no siempre ve reconocidos sus méritos entre los inútiles mortales: el elevado, el invicto, el misterioso, el lujurioso, el babilonio, el impersonal, el eterno compañero de la superioridad y el arte; el prototipo de belleza perfecta y el hermano de la poesía; el suave, solemne, flexible y patricio gato.

H. P. Lovecraft (1926)

1 El conocido escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo que le impulsaba, entre otras excentricidades, a tocar cada farola que se encontraba en su camino [N. de la T.].
2 Samuel T. Coleridge (1816), Christabel (conclusión de la parte II) [Nota de la T.].
Publicado en Something About Cats and Other Pieces. Arkham House, 1949.
Versión en castellano: Marta

lunes, 14 de octubre de 2013

Breve tratado de la rebelión


Robert de Herte

Ernest Jünger escribió en 1951 en el “Tratado del Rebelde”: «Para el rebelde son indispensables dos cualidades. Rechaza dejarse prescribir las leyes del poder, ya sea que usen la propaganda o empleen la violencia. Su decisión es defenderse». Dominique Venner agregó: «Aquello que los rebeldes han tenido en común en todos los tiempos es el hecho de haber descubierto, por diversas vías, una incompatibilidad absoluta entre su propio ser y el mundo en que les tocaba vivir».


El rebelde rechaza, con su conducta, el orden en que está dado el mundo en el que fue arrojado. Lo rechaza en nombre de una legitimidad que se encuentra más allá de la legalidad. Lo rechaza porque encuentra la legitimidad y la norma en sí mismo[...]. Su rechazo es total. El rebelde es aquel que no cree, desprecia a aquellos que buscan deslumbrarlo haciéndole ver honores, intereses, privilegios, reconocimientos. En la mesa de juego, es aquel que no juega: el espíritu del tiempo resbala sobre él como el agua sobre las piedras. Espíritu libre, hombre libre, no coloca nada por encima de la libertad de la mente y de la persona. Él mismo es expresión de libertad. «Es rebelde, quien está inmerso en la libertad, ley de su propia naturaleza», escribió Jünger.

Él no es solamente un hombre que rechaza someterse. Ciertamente, como el que resiste o el disidente, el rebelde es la prueba de que una alternativa es siempre posible, rebelión no solo ligada a las circunstancias; es de orden existencial. El rebelde siente físicamente la impostura, la siente instintivamente. Disidente se hace, rebelde se nace. El rebelde es rebelde porque cualquier otro modo de ser le es imposible. El resistente deja de combatir cuando carece de instrumentos. Pero el rebelde, aún en prisión, continúa su rebelión; por ello puede ser considerado un perdedor, sin embargo, no es vencido jamás. Los rebeldes no siempre pueden cambiar el mundo, pero el mundo nunca ha logrado cambiarlos.
Ante un mundo hacia el cual siente desprecio o disgusto, el rebelde no puede considerar satisfactoria la indiferencia, que es demasiado cercana a la neutralidad. El rebelde esta hecho para la lucha, aunque la misma sea sin esperanza. No es un
renunciante. El rebelde se siente extraño en el mundo que habita, sin todavía desear dejar de habitarlo: sabe que se puede nadar contra la corriente a condición de no abandonar el lecho del río.
Pertenece a esa minoría que en todas las épocas prefirió el peligro a la esclavitud, sabe que el respeto de sí siempre debe ser conquistado. Su alejamiento, puramente interior, no impide el contacto, dado que tal contacto es necesario para la lucha. Si «recurre al bosque», no lo hace para refugiarse -si bien a menudo es un proscrito- sino para retomar la fuerza vital. «El bosque siempre esta presente», prosigue Jünger. «Existe el bosque en el desierto como en la ciudad, donde el Rebelde vive escondido bajo la máscara de cualquier profesión. Existen bosques en la propia patria, así como sobre cualquier suelo donde pueda expresar su resistencia. Pero sobre todo existen bosques detrás de las líneas enemigas».
El revolucionario persigue un objetivo; no necesariamente es así para el rebelde. El rebelde puede luchar para afirmar un estilo. Lucha porque no puede hacer otra cosa que luchar. El revolucionario entiende llegar a un objetivo, mientras el rebelde
encarna, ante todo, un estado de ánimo. El rebelde desprecia el juego de dejarse arrastrar por la ola extremista y la manipulación presuntamente eficaz de los «slogan». No se encuentra entre aquellos que se limitan a anunciar el Apocalipsis, sin tener el mínimo medio para ponerle remedio. [...]
En el «curso de la historia», en compensación, el rebelde reconoce el instante y lo atrapa. Para romper el cerco, para tentar introducir un grano de arena en la máquina, razona sobre situaciones concretas. Determina la estrategia en relación con lo que ve transcurrir bajo sus ojos, no recurre a modelos superados. El rebelde es antes que nada móvil. Moviliza el pensamiento y lo hace móvil. No es soldado, sí guerrillero. No conduce operaciones regulares, lanza golpes de mano. No está detrás de una línea del frente, pero atraviesa todos los frentes. El rebelde puede ser activo o contemplativo, hombre de conocimiento o de acción. En el plano estratégico puede ser quebracho o rosal, lobo o león. Los hay de diversos géneros. En el ámbito del pensamiento, fueron rebeldes Péguy, Bernanos, Orwell, y mas recientemente Jack Keourac, Dominique de Roux, Burroughs, Passolini, Mishima, Jean Cau [...], En el ámbito de la acción, después de tantos «despertadores de pueblos», podemos citar al subcomandante Marcos, que, sin cometer ningún atentado, defiende de modo ejemplar la libertad de los indígenas de Chiapas. De Robin Hood a los zapatistas, la filiación es una sola.
Los rebeldes siempre existieron, pero el mundo actual les reserva un rol del todo particular Durante la modernidad, el rebelde aparecía rechazado respecto del revolucionario: se estimaba que estaba privado de una clara conciencia ideológica y que prefería el juego desordenado de las reacciones instintivas a las estrategias largamente meditadas. Hoy que la modernidad está concluyendo, ellos reencuentran el puesto e les corresponde.
La globalización hace de la Tierra un mundo privado de exterior, privado de otra parte, que no es posible atacar partiendo de un punto más allá de sí mismo. Un mundo de este tipo no es impulsado a la explosión, sino más bien a una depresión implosiva. El rebelde es apto para este mundo porque anima redes y propaga sus ideas de forma viral. Desde este punto de vista, es también una figura posmoderna, pero figura antagonista. De un modo siempre más homogéneo encarna la singularidad.
Es un punto opaco en un mundo lanzado a la transparencia totalitaria, un sujeto en un mundo de objetos virtuales, un sedicioso por excelencia en un mundo civilizado devenido en policíaco. Un extraño que puede ser en buen derecho excluido en nombre de la lucha contra la exclusión, si no fuera que preventivamente el mismo se excluyó.
He aquí por qué, en un cierto sentido, el futuro pertenece al pensamiento rebelde, al pensamiento que diseña inéditos frentes de batalla, esboza una nueva topografía prefigura otro mundo. Porque la historia siempre queda abierta. Jünger dice llamar Rebelde aquel «que aislado y privado de la patria por la marcha del universo, se ve entregado a la nada». Y escribe «Cuando un pueblo entero se prepara a pasar al bosque, se convierte en una temible potencia».

[Robert de Herte es pseudónimo de Alain de Benoist. Este ensayo fue publicado en "Elements" Nº 101, Mayo de 2001, París, y en "Diorama" Nº 245, Mayo-Junio de 2001, Florencia]

jueves, 3 de octubre de 2013

El budismo "aristocrático" de Julius Evola

Era 1943 cuando Evola publicaba La doctrina del despertar, o sea, un momento en que la historia daba un trágico giro, en particular en Italia, donde el estallido de una de las más crueles guerras civiles se injertaba en un conflicto mundial que parecía haber echado a doblar las campanas pregonando la muerte de la cultura europea. Ciudades enteras, transformadas en piras, habían dejado de existir, y esto no era más que el preludio del inminente apocalipsis... En esta atmósfera trágica, cuando cabría haber esperado de los intelectuales una actitud combativa, fundada sobre los valores de la acción, del coraje y del heroísmo, Julius Evola daba a leer a su público un libro ¡sobre budismo! Habida cuenta de la imagen que el Occidente se había formado de las tradiciones orientales y más en particular de la enseñanza de Shakya Muni, cabe pensar que entre los numerosos posibles lectores de obra tan inesperada en un periodo crucial de la historia de Italia, hubiera quienes vieran en este "ensayo sobre el ascetismo budista" una especie de ¡provocación! Tanto más que los orígenes aristocráticos del autor no parecían predisponerlo, en modo alguno, a interesarse de manera particular por una religión donde los monjes, ajenos al inundo, desempeñan el papel principal.

Se trataba, en realidad, de un malentendido. Se olvidaba, por ejemplo, que el futuro Buda era también de estirpe noble o, más exactamente, era h¡jo de rey y príncipe heredero y había sido educado en vistas a que un día heredaría la corona. Se le había enseñado la profesión de las armas y el arte de gobernar y, a la edad justa, se había casado y tenido un hijo. Cosas, todas éstas, que evocarían rnas la formación física y mental de un futuro samurai que la de un seminarista que se prepara a tomar las Ordenes. Un hombre como.Julius Evola era el mas apropiado para dlsipar tal error.

Y lo hace en dos frentes: por un lado, no deja de recordar en su libro cuáles fueron los orígenes de Buda, el príncipe Siddhartha, destinado al trono de Kapilavastu; por otro, se empeña en demostrar que el ascetismo budista no es una resignación pusilánime frente a las desgracias de la vida, sino un combate de orden espiritual no menos heroico que el de un caballero en el campo de batalla. Como dice el propio Buda (Mahavagga 2, 15): "Mejor morir combatiendo que vivir como vencido". Tal resolución coincide con el ideal de Evola de triunfar sobre las resistencias materiales con el fin de alcanzar el Despertar a través de la meditación; no obstante, hay que señalar que el vocabulario guerrero está contenido en los escritos más antiguos del budismo, o sea, los que mejor reflejan la enseñanza viva del Maestro. Evola se entrega incansablemente a borrar esa imagen flaca y desteñida que el Occidente se ha creado de una doctrina que en sus orígenes se la quería aristocrática y reservada a "campeones".

Es sabido que después de Schopenhauer, en la cultura occidental se difundió la idea de que el budismo enseñaba una doctrina de renuncia al mundo, entendida como actitud pasiva: "dejernos que las cosas sigan su curso; al fin y al cabo no nos interesan". Dado que en este mundo inferior "todo es malo", sabio es aquel que, como san Simeón Estilita, se retira, si no a vivir sobre una columna, por lo menos a un lugar aislado para meditar. Y la imagen más corriente que nos hacemos de los budistas es de monjes con hábitos color azafrán que van mendigando su alimento y no hacen ‑según se cree‑ más que recitar textos aprendidos de carretilla, puesto que la oración propiamente dicha está prohibida, por lo cual su religión se antoja una forma de ateísmo.

Evola demuestra muy bien que esa noción del budismo está radicalmente falseada por una serie de prejuicios. ¿Pasividad?, ¿inacción? ¡Todo lo contrario! Buda no cesa de exhortar a los discípulos a "esforzarse por la victoria" y él mismo, en el ocaso de la vida, podrá decir con ufanía: katam karaniyam (¡lo que tenía que hacer lo he hecho!). ¿Pesimismo? Es cierto que Buda, tomando una fórmula del brahmanismo, religión en la que había sido educado antes de partir de Kapilavastu, afirma que sobre la tierra "todo es sufrirniento"; pero es así, aclara él mismo, porque esperamos que nuestros actos nos reporten de inmediato beneficios concretos. Los guerreros arriesgan su vida por el ansia del saqueo y por el placer de la gloria; pero quedan inevitablemente decepcionados: el botín es magro y pronto malversado y la gloria se marchita con rapidez... Mas si se toma conciencia de este estado de cosas (he aquí unaspecto del Despertar), el pesimismo se disipa, por cuanto que la realidad es la que es, ni buena ni mala de por sí: pertenece a un devenir que no puede ser interrumpido. Es preciso vivir y actuar, pues, a sabiendas de que para nosotros ha de contar sólo el instante. Por lo tanto, el deber (el dhanuna) se afirma como la única referencia válida: "haz lo que debes", o sea, "haz, pero de modo que tu actuar sea del todo desinteresado".

Se adivina cómo Evola no ha tenido que fatigarse mucho para mostrar que este ideal es el de los caballeros andantes de nuestro Medievo, los cuales ponían su espada al servicio de toda causa noble, sin aguardar recompensa alguna. Combatían porque un día fueron preparados para rendir tal servicio y no para enriquecerse despojando a sus adversarios. ¿Eran pesirnistas? Desde luego que no, si al concluir su vida podían decir, como Buda: "¡Lo que debía hacer lo he hecho!" Tampoco eran optimistas, puesto que el principio "todo marcha bien en el mejor de los mundos posibles" no es menos ilusorio que su contrario.

Por fin, el término de "ascetismo" es susceptible de generar errores en quien observe el budismo desde el exterior. Evola recuerda, a tal propósito, que el sentido original de esta palabra es "ejercicio práctico", "disciplina" y, se podría decir también, "aprendizaje". Mas no, como estamos inclinados a creer, una voluntad de mortificación ligada a la idea de penitencia que llega, por ejemplo, a la autoflagelación, pues "es preciso sufrir para espiar los propios pecados", sino una escuela de la voluntad, un heroísmo puro (o sea, desinteresado), que Evola, conocedor de la materia, parangona con el esfuerzo del alpinista. Para el profano, la escalada es un esfuerzo inútil, para el montañista es un desafío que se lanza a sí mismo con el solo propósito de poner a prueba su valentía, su perseverancia y, eventualmente, su heroísmo. Hay aquí una actitud que el brahmanismo conocía ya bajo ciertas formas del yoga, en especial las tántricas. A esto, Evola, unos años antes, había dedicado el libroEl hombre como potencia (1926).

En el ámbito espiritual el modo de proceder es el mismo. Buda en determinado momento, según se sabe, estuvo tentado de una forma de ascetismo semejante a la del ermitaño del desierto; ayunos prolongados, prácticas tendientes a "quebrantar la resistencia del cuerpo", etc. Pero llegó a ser verdaderamente él mismo, obtuvo el Despertar, sólo cuando comprendió que este camino no llevaba a ninguna parte. Con gran escándalo de sus primeros discípulos dejó de mortificarse, comió hasta satisfacer el hambre y volvió a mezclarse con el mundo de los hombres. Pero a partir de entonces comenzó a actuar con desprendimiento: el mundo ya no podía hacer presa de él, que se había convertido en un “héroe", como habrían dicho los griegos antiguos, o casi un dios.

Tal es el significado profundo de la enseñanza del príncipe Siddhartha, transformado en "el Despertado", el buddha, o "el asceta salido de la dinastía real Shakya (Shakya Muni)". Y todo el valor del libro de Evola está en poner de manifiesto este budismo auténtico. Para ello recurre masivamente a las fuentes originales, las recogidas en el canon en lengua pali, la lengua utilizada por Buda en su predicación. Aunque se trata siempre de una erudición mantenida bajo control, que no se tiene ella misma como fin, cual a menudo ocurre con los especialistas, sino que cumple su papel, esencial pero subalterno, de medio de demostración. La obra de Evola, como él mismo recalca en el título, es un "ensayo", un compendio, no una summa. No es una historia del budismo primitivo, antes bien una reflexión sobre la verdadera naturaleza del ascetismo budista y sobre su posible integración en el mundo moderno.

¿Quién puede saber lo que Evola pensaba mientras escribía este libro? Por mi parte me inclino a creer que, presintiendo la tragedia inminente, quiso ilustrar la virtud de la perseverancia y de la fidelidad, aunque el combate no tuviera camino de salida. Y cuando, en 1945, recibió en Viena la terrible herida que lo dejó inmovilizado los treinta años que aún le quedaban por vivir, se puede creer que, sobreponiéndose a sus sufrimientos y a su desazón por no poder ya escalar las cimas que siempre lo habían atraído, se dijo que, como fuera, había hecho lo que tenía que hacer, habiendo nacido tal día y en tal lugar: testimoniar la verdad. Y si, por desgracia, en esta edad oscura en la que el universo se precipita hacia su fin (necesario para que aparezca un mundo nuevo, según la doctrina cíclica del tiempo), la gente no es capaz de recibir tal testimonio, ¿qué más da? Como dijo el propio Buda: "Quien ha despertado es sernejante a un león que ruge hacia las cuatro direcciones del espacio". ¿Quién puede saber cómo resonará el eco de este rugido? Como quiera, es el rugido de un vencedor y esto es sólo lo que cuenta.


Jean Varenne

domingo, 9 de junio de 2013

La Prostitucion Sagrada



 Julius Evola 

 Todo culto tradicional apunta esencialmente a la actualización de la presencia real de cierta entidad suprasensible en un medio dado, o bien a la transmisión participativa, a un individuo o a un grupo, de la influencia espiritual que corresponde a esa entidad. Los principales medios empleados a tal objeto son los ritos, los sacrificios y los sacramentos. Ahora bien, en varias culturas, también la sexualidad se empleó con tal fin. 

 Uno de los casos más típicos puede observarse en el ámbito de los Misterios de la Gran Diosa, a través de las prácticas eróticas precisamente destinadas a evocar el principio de ésta y a reavivar su presencia en cierto lugar y en una comunidad determinada. Ese, entre otros, era particularmente el verdadero objeto de la prostitución sagrada practicada en los templos de muchas divinidades femeninas de tipo afrodítico pertenecientes al Mediterráneo: Ishtar, Mylitta, Anaitis, Afrodita, Innini y Athagatia. 
Hay que distinguir aquí dos aspectos. Por una parte, estaba la costumbre de que toda muchacha llegada a la pubertad no podía contraer posibles nupcias antes de haber ofrecido su virginidad, y ello no en un contexto de amor profano, sino de Sacralidad: debía entregarse, en el recinto sagrado del templo, a un extranjero que hiciese una ofrenda simbólica e invocase, a través de ella, a la diosa.
 Por otro lado, había templos con un cuerpo fijo de hierodulas, es decir, de mujeres consagradas a la diosa, sacerdotisas cuyo culto consistía en el acto que los modernos no saben designar de otro modo que con el verbo “prostituirse”.
 Celebraban el misterio del amor carnal, en el sentido, no de un rito formalista y simbólico, sino de un rito mágico operativo: para alimentar la corriente de psiquismo que daba cuerpo a la presencia de la diosa y, al propio tiempo, para transmitir a los que se unían a ellas, como en un sacramento eficaz, la influencia o virtud de esta diosa. Estas jóvenes llevaban también el nombre de “vírgenes” (Parthónoj hierai), se consideraba que encarnaban en cierta forma a la diosa, que eran las “portadoras” de la diosa, de la que tomaban, en su función erótica específica, su denominación genérica ishtaritu. 
Aquí, el acto sexual desempeñaba por una parte la función general propia de los sacrificios evocatorios o capaces de reavivar presencias divinas y por otra desempeñaba un papel estructuralmente idéntico al de la presencia eucarística era, para el hombre, el medio de participar en el sacrum, llevado y administrado por la mujer en este caso; era una técnica para obtener un contacto experimental con la divinidad, para abrirse a ella, pues el trauma del acto sexual, con la interrupción de la conciencia individual que trae consigo, constituye una condición particularmente propicia para ello. Todo esto, como principio. 

 Este empleo de la mujer no estaba restringido a los Misterios de la Gran Diosa del antiguo mundo mediterráneo; se sabe que se practicó también en Oriente. La ofrenda ritual de las vírgenes se encuentra igualmente en la India, en los templos de Jaggernaut, para “alimentar” a la divinidad, es decir, para activar eficazmente su presencia. En muchos casos, las danzarinas de los templos cumplían la misma función sacerdotal que las hierodulas de Ishtar y de Mylitta, y sus danzas consteladas de mudras, o sea de gestos simbólico-evocadores presentaba generalmente carácter sagrado. También su “prostitución” era sagrada. Por eso incluso familias muy destacadas consideraban un honor, y no una vergüenza, que sus hijas fuesen consagradas desde la mas tierna edad a este servicio en los templos. Con el nombre de devadási, a estas mujeres se las consideraba a veces las esposas de un dios. En tal caso, más que portadoras del sacrum femenino, iniciadoras de los hombres en los Misterios de la Diosa, eran las mujeres destinadas a servir genéricamente de fuego en la unión sexual, que, como hemos visto, en textos tradicionales hindúes es comparada con el sacrificio en el fuego.

 Además, como ya hemos señalado, hay que considerar que, incluso cuando estaba fuera de tales marcos culturales e institucionales, el hetairismo (la actividad de hetaira) antiguo y oriental tenía aspectos no sólo profanos, pues las mujeres estaban calificadas para darle al acto del amor unas dimensiones y un desenlace que hoy en día se ignoran. Entre las hetairas de Extremo Oriente, que solían estar agrupadas en hermandades que tenían sus “armas”, sus insignias simbólicas y una antigua tradición propia, está comprobada la existencia de conocimientos de lo que podría denominarla fisiología suprabiológica y sutil. Hay razones para pensar que, en algunos casos, la ars amatoria profana nació por degradación de elementos externos de una ciencia sui generis basada en un saber sacerdotal y tradicional; no está excluido que, entre posturas indicadas en obras como las cuarenta y ocho Figurae Veneris de Forberg haya algunas que en su origen tuviesen valor de mudra, o sea de posturas mágico-rituales aplicadas al acto sexual, dado que, como señalaremos en su momento, hay significados de este tipo que han subsistido incluso en prácticas de magia sexual de algunos círculos modernos. 

 Ya hemos hablado de los filtros de amor, de los que también se ha perdido el sentido completo, puesto que ya sólo se conocen sus usos degradados, en la forma de mistificaciones supersticiosas populares propias de brujas. Aquí, en realidad, lo que podría entrar en juego, más que el arte de hacer nacer anormalmente una pasión común es el arte de dar a la experiencia sexual unas dimensiones distintas de las eros corriente.
 Se sabe que Demóstenes hizo condenar a una amante de Sófocles que tenía fama de confeccionar filtros de amor; pero en el proceso resultó que había recibido una iniciación y que frecuentaba ambientes cercanos a los Misterios. Por lo general, a muchas hetairas, o figuras de tipo hetérico, incluso en las sagas y las leyendas, se las describe como magas; a causa de la fascinación que ejercían, por supuesto pero también a causa de sus conocimientos específicos en el ámbito de la magia. Por lo que se refiere al Kâma Sutra (1, l), la lista de las habilidades que debía poseer una ganika, o hetaira de clase alta, resulta bastante prolija y barroca, pero es significativo que entre ellas figuren las artes mágicas, el arte de trazar diagramas místico-evocatorios (mandala) y la de preparar ensalmos De la famosa Frine se cuenta que se mostró desnuda no sólo en el contexto del conocido episodio de su proceso (donde por demás sus valedores destacan, más que el aspecto estético de su belleza profana. elaspecto sacral-afrodítico; por eso refiere Ateneo: “Los jueces quedaron embargados del sagrado temor de la divinidad: no osaron condenar a la profetisa y sacerdotisa de Afrodita”), sino también a los iniciados de Eleusis y luego en la gran fiesta de Poseidón, o sea en relación con las “Aguas”, de las que Poseidón es dios: ahí probablemente estaba en primer plano el lado profundo, mágico-abismal, de la desnudez femenina, de la que ya hemos hablado. En conjunto, debemos retener que, en el origen a la mujer-hetaira no le era ajena la función de administradora del Misterio femenino, según posibilidades que podían ser naturales o tradicionalmente cultivadas, abiertas a la mujer en la misma medida en que en ella se active un lado fundamental del principio del que ella, como ser humano, es encarnación, individuación, símbolo vivo. 

 Precisamente es esta posibilidad la que hay que considerar a la hora de examinar otros complejos rituales antiguos: una posible sexuación trascendente, o sea la incorporación efectiva, o momentánea o casi duradera, en determinados seres humanos femeninos, de las divinidades o arquetipos de su sexo: en los mismos términos con los que en el catolicismo se habla de la presencia real de la divinidad en las hostias, establecida por el rito. En muchos monumentos egeos, a menudo las representaciones de las sacerdotisas se confunden prácticamente con las de la Gran Diosa y permite suponer que las primeras eran el objeto concreto del culto rendido a la segunda, mientras que son bien conocidas las figuras, incluso históricas, de soberanas del Mediterráneo oriental en las que se veía la imagen viva de Ishtar. Isis y otras divinidades del mismo tipo. Pero además hay que considerar el caso de encarnaciones momentáneas de estas divinidades en un ser dado, determinadas por un clima mágico-ritual del mismo tipo del que en principio debería efectuarse el misterio “el mvsterium transformationis” de la propia misa cristiana. 

 Un orden de ideas análogo entra en cuestión en el caso del hieros gamos en sentido estricto, o sea de teogamias, de uniones rituales y culturales de un hombre con una mujer, destinadas entonces a celebrar y renovar el Misterio del Ternario, esa unión del eterno masculino con el eterno femenino, del Cielo con la Tierra, de donde procede la corriente central de la creación. 
En las personas de los que cumplían estos ritos era, pues, como si se encarnasen y actuasen los correspondientes principios, y su unión momentánea física se convertía en una reproducción evocativa de la unión divina mas allá del tiempo y del espacio. 
El fin de tales ritos, pues, era distinto del de los otros que ya hemos recordado y explicado como ritos de participación en la sustancia o influencia de una u otra divinidad. Era el Tres, el Ternario más allá del estado dual, el que era evocado a través de la acción nupcial de los dos, para activar periódicamente en una comunidad determinada una influencia correspondiente, pero en el mareo del ritualismo, y no de las experiencias individuales iniciáticas de las que hablaremos más adelante.

 De este tipo de ritos podrían recordarse numerosos ejemplos procedentes de tradiciones culturales de civilizaciones muy diversas. 
De todos ellos, citaremos el ejemplo de los misterios antiguos en los cuales una vez al año la sacerdotisa principal que personificaba a la diosa se unía al hombre, que representaba el principio masculino, en el lugar sagrado. Consumado el rito, las demás sacerdotisas llevaban el nuevo fuego sagrado, que se consideraba generado por tal unión, y con su llama se encendía el fuego de los hogares de las distintas gentes. 
Algunos han señalado con razón la analogía de este rito con el que todavía se celebra el sábado santo en Jerusalén. Por lo demás, el propio rito pascual de consagración del agua, sobre todo tal como se celebra en la Iglesia ortodoxa, conserva huellas visibles del simbolismo sexual: el cirio, que tiene un significado fálico evidente, se sumerge por tres veces en la fuente, símbolo del principio femenino de las Aguas; se toca el agua, se sopla por tres veces sobre ella marcando la letra griega P, y la fórmula de consagración pronunciada durante este acto de unión incluye estas palabras: “Que la virtud del Espíritu Santo descienda en toda la profundidad de esta fuente.., y fecunde toda la sustancia de esta agua, para la regeneración”. En oriente, la difundidísima iconografía del lingam (el Phallus) puesto dentro del loto (padma) o dentro del triángulo invertido que es signo del yoni femenino y símbolo de la Diosa o Shakti, obedece al mismo significado; y este simbolismo como veremos más adelante, puede aludir también a Operaciones Sexuales concretas. 

 En efecto, a menudo el rito original de la hierogamia solo subsistió en formas en las que un rito simbólico o una unión simulada ocuparon el lugar de la unión sexual real de un hombre con una mujer. En materia de aplicaciones, esto nos permite pasar a una consideración sobre los ritos sexuales estacionales de fertilidad, que son uno de los caballos de batalla de las escuelas etnológicas actuales, que tras haberse fijado en un primer momento en el “mito solar”, tras haber pasado a continuación al “totemismo” y ver entonces totemismo por todas partes, se inclinan ahora por las interpretaciones “agrarias”, y recurren a ellas a cada instante.

 En realidad, en estos ritos hay que considerar una de las posibles aplicaciones mágicas operativas del contexto que hemos examinado hace poco. Hablando de las orgías, ya hemos dicho que éstas pueden propiciar el contacto experimental con lo primigenio y lo preformal en el espíritu de quienes participan en ellas. Por su propia naturaleza, por el cambio de nivel existencial que implica, ese estado hace posible. llegado el caso, una eficaz inserción extranormal de la fuerza del hombre en la trama cósmica, en el orden de los fenómenos naturales y en general en todo ciclo de fecundidad: como intervención, en la dirección fundamental del proceso natural, de un poder superior que intensifica y galvaniza. Así, en esencia, es exacto lo que dice Eliade a este respecto: “Generalmente, la orgía corresponde a la hierogamia. A la union de la pareja divina ha de corresponder, en la tierra, el frenesí genesíaco ilimitado.. Los excesos cumplen una función precisa y saludable en la economía de lo sagrado Rompen las barreras entre el hombre, la sociedad, la naturaleza y los dioses; ayudan a hacer circular la fuerza, la vida, los gérmenes, de un nivel a otro, de una zona de la realidad a todas las demás”. Es, efectivamente, uno de los significados posibles de una parte del vasto acervo de ritos “agrarios” recogidos por Frazer. 
Sin embargo. cuando no se trata de pueblos salvajes, sino de tradiciones históricas en las que unas formas aisladas y bien circunscritas de hierogamia ritual sustituyen en principio a los fenómenos orgiásticos colectivos, es importante no generalizar, distinguir entre el contenido del rito mágico -naturalista en cierto modo- puesto unilateralmente de relieve por las escuelas etnológicas, y un contenido superior, misteriosófico, que se refiere esencialmente a la obra de regeneración interna: y ello aunque en ciertos casos un mismo complejo hierogámico, basándose en relaciones de correspondencia analogica, puede haber integrado los dos contenidos. Tal parece haber sido el caso de 1os Misterios de Eleusis, en los que el rito de arar se asoció al hieros gamos como rito iniciático. 
El descuidar esta bivalencia es un rasgo característico de una investigación que, sin darse cuenta, obedece a la tendencia general de las disciplinas profanas modernas, que consiste en reducir constantemente lo superior a lo inferior, o bien en poner de relieve únicamente lo inferior cada vez que es posible hacerlo. 

 Según los casos, en el sistema de las participaciones rituales realizadas por medio de la sexualidad, la fuente de lo sagrado puede ser ya el hombre, ya la mujer. Por eso pueden encontrarse hierogamias parciales y no bilaterales, o sea uniones, en las que sólo una de las partes se transforma en su naturaleza y reviste carácter no humano sino divino, mientras que la otra conserva rasgos puramente humanos, y entonces la unión puede orientarse no a la participación mística, sino incluso a la procreación. Los relatos legendarios en los que aparece este tema “mujeres poseídas por un “dios”, hombres que poseen a una diosa” son demasiado conocidos para que haga falta recordarlos. Bastará aludir a algunos casos en los que tales conexiones se presentan dentro de marcos institucionales regulares. Así, en el antiguo Egipto, no era el soberano como hombre, sino como encarnación de Horus, quien se unía a la esposa y la fecundaba para continuar la línea de la “realeza divina”. En la fiesta helénica de las Antesterias, la acción más importante era el sacrificio privado que la mujer del arconte-rey hacía a Dioniso en su templo del Leneo, y su unión con el dios, así como en Babilonia se conocía la hierogamia de una joven escogida que, ascendidos ritualmente los siete planos de la torre sagrada aterrazada, el zikurrat, de noche, en una estancia nupcial situada por encima de estos niveles (“más allá de los siete”) esperaba la unión sexual con el dios. Igualmente se consideraba que la sacerdotisa de Apolo en Patara pasaba la noche unida con el dios en el “lecho sagrado”. 

 El hecho de que el dios (y por tanto también uno de sus representantes) pudiese algunas veces tener por simbolismo un animal determinado, a causa de una tosca interpretación literal, dio paso más tarde a la variante constituida por aparentes acoplamientos de seres humanos con animales sagrados. Así Herodoto (II, 46) habla del carnero sagrado de Mendes, llamado “el señor de las jóvenes”, al que se entregaban las mujeres para tener descendencia “divina”; y en las propias tradiciones romanas subsiste un eco de temas relacionados: lo que dice Ovidio (Fast., II, 438-442) de la voz divina que había mandado a las esposas sabinas de los romanos que se dejasen fecundar por el sacer hircus. 

 De nuevo el fundamento doctrinal de todo esto es la idea de que pueda suprimirse el límite humano e individual, que en el individuo “hombre o mujer” por transubstanciación, en determinados casos pueda encarnarse, aflorar o atisbarse la “presencia real”. Esta idea le parecía natural a la humanidad tradicional a causa de la concepción del mundo que le era inherente; no ocurre lo mismo con el hombre moderno, que tiene que considerarla pura fantasía y que puede tomársela en serio, como máximo, en la forma desrealizada y psicologizada de irrupción de los arquetipos del inconsciente. Todavía más difícil le resultará, por tanto, entender el contenido de realidad presente en las tradiciones que hablan de integraciones a través del principio femenino, en las que no figura en modo alguno ninguna mujer real, y en cambio interviene esencialmente una “mujer invisible”, una influencia que no pertenece al mundo fenoménico, sino que es una manifestación no individual, e indirecta, del poder que representan las distintas imágenes de la mitología del sexo.