"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 6 de noviembre de 2009

Asi hablo Zaratustra



Friederich Nietszche

Cuándo desdeñáis lo que es agradable, la cama blanda, y cuando nunca os creéis bastante lejos de la molicie para reposar, entonces asistís al origen de vuestra virtud. ¡Verdaderamente, vuestra virtud es un nuevo bien y mal, un nuevo murmullo profundo, y la voz de un manantial nuevo! Esa nueva virtud es poder, es un pensamiento dominador guiado por un alma sagaz, es un sol dorado en el cual se enrosca la serpiente del conocimiento.

¡Pero abrigad hoy una saludable desconfianza!. Y tened secretas vuestras razones. Porque éste hoy pertenece al populacho de la gran ciudad. Aquí y allí no hay nada que mejorar, nada que empeorar. Ay de esta gran ciudad!¡Ya quisiera ver la columna de fuego en que ha de consumirse! Porque tales columnas de fuego han de preceder al gran mediodía. Pero esto tiene su tiempo y su propio destino. A ti, te doy esta enseñanza: ¡dónde ya no se puede amar, se debe… pasar!

Zaratustra; cura tu alma con cantos nuevos, para que puedas sustentar tu gran destino, que no ha sido aún el destino de nadie. Porque tus animales saben bien quién eres, Zaratustra, y lo que debes llegar a ser: Tú eres el maestro del eterno retorno de las cosas: ¡Ése es ahora tu destino!. Tú has de ser el primero que enseña esta doctrina, ¡cómo ese gran destino no será también tu mayor peligro y tu enfermedad!. Mira, nosotros sabemos lo que enseñas. Que todas las cosas vuelven eternamente y nosotros hemos existido ya infinidad de veces y todas las cosas con nosotros. Enseñas que hay un gran año de revueltas, un monstruo de año, que, a semejanza de un reloj de arena, tiene siempre que volverse de nuevo para correr y vaciarse de nuevo; de esta suerte, que todos esos años son iguales a sí mismos, en grandes y en pequeños. Y si tú quisieses morir ahora, Zaratustra, sabemos también cómo te hablarías a ti mismo; hablarías sin temblar y más bien respirarías de alegría, porque tú, el más paciente, te verías libre de un gran peso. "Me muero, desaparezco (dirías), dentro de un instante no seré ya nada. Las almas son tan mortales como los cuerpos. Pero el nudo de las causas en que me encuentro cogido volverá y … ¡tornará a crearme!. Yo mismo formo parte de las causas de eterno retorno de las cosas. Volveré con este sol, en esta tierra, con esta águila, con esta serpiente, no para una vida nueva, ni para una vida mejor o análoga: Volveré eternamente para esta misma vida, igual en grande y también en pequeña, a fin de repetir otra vez las mismas palabras del gran mediodía de la tierra y de los hombres, a fin de adoctrinar de nuevo a los hombres sobre el Superhombre.

Porque solitarios de hoy, día vendrá en que vosotros los apartados seréis un pueblo. Vosotros, que os habéis entresacado a vosotros mismos, formaréis un día un pueblo elegido; y de él nacerá el Superhombre. En verdad, la tierra se hará un día un lugar de curación.

Pero yo y mi destino no hablamos al "hoy", ni hablamos tampoco al "nunca"; tenemos paciencia para hablar, y tiempo, mucho tiempo, para ello. Porque él habrá de venir un día y no de pasada. ¿Quién habrá de venir un día y no de pasada? Nuestro gran azar: es decir, nuestro grande y lejano Reinado del hombre, el Reinado de Zaratustra que dura mil años… Si esa "lontananza" está lejos aún, ¡qué me importa! No por eso es menos sólida para mí… Confiadamente me afirmo con los pies sobre esta base, sobre una base eterna, sobre duras rocas primitivas, sobre estos antiguos montes, los más altos y duros.

¡Oh, bendita hora del rayo! ¡Oh, misterio de antes del mediodía!

Alguna vez habré de convertirlos en corrientes de fuego y en profetas de lenguas de llamas. Profetizarán aún con lenguas de llamas: ¡Ya viene, ya se acerca el Gran Medio Día!

¡Guárdame de todas las pequeñas victorias! ¡Azar de mi alma, a quien llamo destino! ¡Tú que estás en mí y por encima de mí, guárdame y resérvame para un gran destino. Y tu última grandeza, voluntad mía, consérvala para el fin, ¡para que seas implable en tu victoria! ¡Ay! ¡Quién no sucumbe a su victoria! ¡Ay! ¿Qué ojos no se han oscurecido en esa embriaguez de crepúsculo?. Para estar preparado y maduro como el bronce candente y como la nube henchida de relámpagos: Preparado para mí mismos y mi voluntad más oculta: un arco anhelante de su flecha, una flecha anhelante de su estrella: Una estrella preparada y madura en su mediodía, ardiente y traspasada, gozosa de la flecha celeste que la destruye: Sol e implacable voluntad del sol, pronta a destruir en la victoria! ¡Oh, voluntad, necesidad mía, tregua de todas miseria!, ¡Resérvame para una Gran Victoria!

Así hablaba Zaratustra.

Extraido del libro Así habló Zaratustra

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