"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







domingo, 14 de octubre de 2012

El Cristianismo



Por Alain de Benoist

Al establecerse en Europa, en una cultura que, cuando apareció, ya tenía tras de sí dos o tres mil de años de existencia, el cristianismo contribuyó enérgicamente a su transformación. Aportaba en efecto "novedades" inauditas. En primer lugar la idea de una humanidad universal, compuesta de individuos iguales esencialmente en tanto que dotados con un alma en igual relación con Dios. Luego la distinción, heredada de los hebreos, entre un ser no creado, necesario y perfecto, y un ser creado, contingente e imperfecto. Colocados como abismalmente distintos, el mundo y Dios debían por lo tanto pensarse separadamente.

El mundo perdía al mismo tiempo su autosuficiencia y su calidad de ser: no sólo ya no era el lugar de lo divino sino que, siendo imperfecto, podía legítimamente garantizar la esperanza de su mejoramiento. Desacralizado, lo existente tal como es, el todo se encontraba sometido a un deber-ser. Se añadía el concepto de una salvación, que se mantenía sobre todo como especie de compensación: confortar el individuo de su pertenencia a este mundo imperfecto. Se añadía aún una concepción de la historia como creación terminada, es decir, como sistema irreversiblemente orientado hacia el futuro. Y finalmente la idea de pecado, combinada a la de una corrupción original, hereditaria. Estas nuevas ideas contribuyeron a hacer de Europa lo que pasó a ser progresivamente: un mundo ajeno a si mismo.

El cristianismo también aportó una intolerancia de una clase nunca vista. Esta intolerancia, ligada a los nuevos conceptos de dogma, herejía y conversión, le han caracterizado desde sus principios. Toda la primera literatura cristiana no es más que un largo grito de odio, de apelaciones a la prohibición, a la destrucción, al saqueo. Más tarde, en todas partes donde tuvo el poder, la Iglesia persiguió. Estas persecuciones, asociadas a las cruzadas, a las conversiones forzadas, a la lucha contra los herejes, los indígenas, los paganos o los judíos hicieron víctimas a decenas de millones. Con la Inquisición, la exigencia de conformidad se extendió hasta el ámbito privado, creando el modelo de todas las futuras "policías del pensamiento".

La modernidad vio la transferencia sistemática de todos los grandes conceptos teológicos a la teoría del Estado. El modelo de la "monarquía de Dios", transpuesto en el sistema papal, inspiró todas las formas del absolutismo político. El universalismo moderno, que extiende por todas partes el reino de lo mismo (igualitarismo), también es mérito del cristianismo. El universalismo cristiano personifica un elemento de estandarización igualitaria contra un universo concebido en términos de pluralidad: "Quien destruye los cultos nacionales destruye también las particularidades nacionales y ataca al mismo tiempo el Imperium romanum que respeta a los cultos y particularidades nacionales" (Celso).

El mundo moderno nació de un movimiento dialéctico. Por una parte, se emancipó de la religión, que envió al ámbito privado como mera opinión individual, atrayéndose así, inicialmente, la hostilidad de la Iglesia. Del otro, se construyó a sí mismo por medio de un proceso de secularización de ideas cristianas reflejadas de forma profana, es decir, sobre una interpretación "mundana" de los valores inscritos en la fe cristiana y en su concepción del tiempo.
El cristianismo significó históricamente una prepararación para la llegada de la modernidad, por lo tanto termina con ella su papel estrictamente religioso. Esto es lo que explica el carácter paradójico de la situación actual del cristianismo: al mismo tiempo que decae como creencia, triunfa como ideología. El mundo contemporáneo apenas cree ya en Dios, pero sigue más que nunca pensando en categorías cristianas. Se puede, por lo tanto, hablar de una "monoteización" de lo social. El cristianismo puede denunciar el indiferentismo o el materialismo del que ha sido víctima hoy, pero nunca reconocerá que él mismo lo ha generado. Finalmente, la modernidad no es más que la última de las enfermedades cristianas.

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