"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







miércoles, 2 de enero de 2013

El mundo de los Indoeuropeos



Por Alain de Benoist


Más de 450 millones de representantes de la especie Homo Sapiens viven actualmente en Europa. Herederos de una misma cultura, tienen también un origen común. Sus ancestros son los indoeuropeos.
El término “indoeuropeo” pertenece en estricto sentido al campo de la lingüística, y secundariamente a la etnología. Comenzó a emplearse a finales del siglo XIX, época en que fueron publicados los trabajos de Franz Bopp, Alexander von Humbolt y Jacob Grimm sobre el estudio comparado de los principales sistemas lingüísticos hablados en Europa (a excepción del lapón, el finés, el húngaro y el vasco). A partir de una correlación de formas, este método comparativo dedujo (por medio de una serie de operaciones de equivalencia análogas al cálculo de proporciones aritméticas) una parentela que implicaba la necesidad lógica de un origen común. En otros términos, las actuales “lenguas-hijas” europeas tienen una misma “lengua-madre”: el indoeuropeo. Fue un descubrimiento capital, que enlaza el más antiguo pasado con el corazón del más inmediato presente.

Gracias al titánico esfuerzo de los lingüistas, pudo restaurarse parcialmente, y sucesivamente, la gramática, la sintaxis y el léxico del indoeuropeo. Por convención, se distinguen tres etapas sucesivas de esta lengua: el protoindoeuropeo, el indoeuropeo común (fase inmediatamente precedente a las primeras dispersiones) y el indoeuropeo tardío o veteroindoeuropeo, casi con toda seguridad hablado en una zona que abarca desde las estepas rusas al norte del Caspio hasta las orillas surorientales del Báltico.

Además de un amplio conjunto de lengua hoy día desaparecidas (ilirio, macedonio, hitita, tocario, véneto, tracio-frigio etc.), la familia de las lenguas derivadas del indoeuropeo común comprende las formas arcaicas de las lenguas indioarias (sánscrito, hindi, pali, antiguo persa), así como el griego, el albanés y la totalidad de las lenguas eslavas, bálticas, célticas, germánicas y latinas. Los investigadores no tardaron en preguntarse sobre el origen de estos pueblos que hablaban estas lenguas al salir de la prehistoria. “Se considera entonces –escribe Bosch-Gimpera– la existencia de un pueblo primitivo (el “Urvolk” de la escuela alemana), cuya cuna (“Urheimat“) los más sitúan en los confines entre Asia y Europa, hablando una lengua original (“Ursprache“), de cuyos dialectos derivan las lenguas indoeuropeas históricas”.

Dos tesis sobre la “Urheimat” Innumerables polémicas, en las que nunca estuvieron ausentes las implicaciones políticas, se han mantenido sobre la cuestión del origen o de la Patria Ancestral de los indoeuropeos. La lingüística constituye la más fuerte base para establecer las indicaciones precisas. “El indoeuropeo común –observa de nuevo Bosch-Gimpera– comprende una serie de términos que designan una flora, una fauna y un clima propio de las regiones templadas, más húmedas que secas y más frías que calurosas (…) Numerosas lenguas indoeuropeas utilizan palabras vecinas para designar los mismos animales: el oso, el lobo, el castor, la ardilla; los mismos árboles: abedul, haya, sauce; y otros términos generales: miel, frío, hielo, nieve.

Todo esto nos sugiere sin duda que los dialectos indoeuropeos, antes de su dispersión, eran hablados por individuos que habitaban una región templada, boscosa y continental”. La idea de un origen “asiático” de los indoeuropeos, avanzada en 1888 por Max Müller y después por Arbois de Jubainville, C.F. Keary y William Ripley, ya no es defendida en la actualidad por ninguno de los investigadores serios, los cuales se enfrentan en dos escuelas.

La tesis nórdica, o germánica, se funda en los caracteres somáticos atribuidos a los pueblos indoeuropeos por los textos antiguos. Estos caracteres (cabellos rubios, ojos azules o claros, talla elevada, labios finos, prominencia del mentón dolicocefalia, etc.) son específicos de las subrazas nórdicas, formadas a partir de un sustrato cromañoide en un territorio comprendido entre las riberas del mar del Norte y el Báltico y su Hinterland. En 1878, Theodor Poesche sitúa la “Urheimat” en la actual Lituania; el lituano parece ser, en efecto, la lengua viva indoeuropea más cercana al indoeuropeo común.

A los argumentos antropológicos se añaden los argumentos lingüísticos y arqueológicos, Karl Penka (Die Herkunft der Arier, 1886) sitúa el hogar de nacimiento de los indoeuropeos en el norte de Alemania y la Escandinavia meridional. Sus tesis son completadas por Isaac Tylor (1888) y Hermann Hirt (Die Urheimat der Indogermanen, 1892). En 1902, Gustaf Kossinna, fundador de la revista “Mannus”, propone una Patria Ancestral situada en la Alemania central. La validez de la tesis nórdico-germana será aceptada por Harold Bender, Hans Seger, Schachermeyer, Gustav Neckel, Ernst Meyer, Julius Pokorny (el gran restaurador de la lengua céltica original), Stuart Mann, etc. También ha sido repropuesta recientemente por Nicolas Lahovary, Paul Thieme y el gran historiador del sánscrito Raim Chandra Jaim (The most ancient Aryan Society, 1974). La segunda tesis, y la más corroborada por la arqueología, es la de una “Urheimat” situada en la Rusia meridional. Otto Schrader la presentó por vez primera en 1890, seguido por V. Gordon Childe (The Aryans, 1926), Walter Schulz (1955), R.A. Crossland (1957) y, sobre todo, por el gran prehistoriador español Pedro Bosch-Gimpera, quien, en 1961, escribía: “El agregado étnico que habrá de dar lugar a la formación de los pueblos indoeuropeos se manifiesta en los entornos del primer neolítico.

El indoeuropeo es un pueblo nacido dentro del neolítico, y sus primeras representaciones materiales evidenciadas por la arqueología –datadas aproximadamente en el V milenio aC– son estrictamente neolíticas. Este rol parece corresponder a ciertos grupos étnicos del sur de la Rusia contemporánea” (Los Indoeuropeos, 1961). La idea de una Patria Original rusomeridional ha sido particularmente defendida por la arqueóloga Marija Gimbutas en sus dirigentes trabajos publicados desde 1954. Para Gimbutas, los pueblos nómadas de la cultura kurgan (los “kurgan” son la primera manifestación conocida de los túmulos funerarios), que a partir del cuarto milenio antes de nuestra era penetran en la cuenca del Danubio procedentes del Este y darán lugar a la cultura balcánica veteroeuropea, la primera que se desarrolla independientemente tanto de las culturas eneolíticas eurooccidentales como de las nacidas en Mesopotamia (los protosumerios) y la cuenca mediterránea, son los indoeuropeos.

La cultura kurgan es de naturaleza indoeuropea, y sus representantes deben ser considerados los primeros indoeuropeos. Las dos tesis no son inconciliables. Un autor como Ward Goodenough (Pastoralism and Indo-European Origins, 1970) ha propuesto interpretar a los pueblos kurgan como una simple extensión pastoril de una cultura indoeuropea que se habría desarrollado en la Europa septentrional; esto es, una parte de estos pueblo que, después de haber destruido la cultura paleolítica europea, habrían descendido hacia el sur (los “pueblos del hacha de guerra” o “Streitaxtvölker“) difundiendo primeramente las técnicas de la piedra pulimentada y después de la metalurgia del bronce, y que habrían sido los ancestros de los luvitas, los hitittas y los griegos micénicos.

Elementos de esta cultura permanecerían en la Europa central antes de formar los contingentes de una ulterior diáspora. Esta teoría, muy convincente para Adriano Romualdi, es lógica para Hans Krahe, quien distingue, sobre el plano lingüístico, entre la lengua veteroeuropea (“Altereuropaïsch” –no confundir con los “pueblos viejoeuropeos” [paleolíticos o eneolíticos, no indoeuropeos, como los ligures] de los que habla Marija Gimbutas) y el indoeuropeo (“Indogermanisch“) propiamente dicho. También goza del favor de James Mallory, autor de uno de los ensayos más recientes sobre la cuestión (A short history of the Indo-European Problem, 1974). La Patria Original podría entonces situarse en una zona circunscrita entre el Elba y el Vístula, limitando al norte con la península de Jutlandia y al sur con los montes Cárpatos.

Estructuras sociales “Atestiguados históricamente” hacia el segundo milenio antes de nuestra era, los indoeuropeos ya han dejado una larga historia tras ellos. “La arqueología les hace remontar a los principios del neolítico –precisa Bosch-Gimpera. Las raíces de su formación étnica habría que situarlas en el mesolítico”. “Hacia el 8.000 aC –subraya Geipel–, los glaciares escandinavos se retiran definitivamente hacia el norte. Las Islas Británicas se separan del continente.

El Báltico encuentra su unión con el mar del Norte. La tundra deja paso a los bosques de coníferas. Europa pasa a tener un clima templado”.

A partir del segundo neolítico, los grupos indoeuropeos son ya semisedentarios. Los hombres se dedican a la ganadería, las mujeres y los jóvenes practican una agricultura rudimentaria.

Este nuevo tipo de economía sucede a otro modo de vida: el de los grandes cazadores, que practican el nomadismo sobre territorios muy extensos y cuyos miembros se reagrupan en base a la edad.

 El resultado es una explosión demográfica que va a provocar una completa transformación de la vida social. Es el momento en que los “genos”, o grandes familias de carácter exogámico –término derivado de la raíz indoeuropea ºeg-, que designa la idea de “sí-mismo”; cfr. latín “ego“–, comienzan a asociarse entre sí, a fin de preservar las propiedades hereditarias en común e impedir la dispersión de los jóvenes y los válidos.

Cada genos, entonces, establece o refuerza la regla exogámica y la organización patrilocal en el cuadro de una serie de asociaciones tribales con los demás genos, a través de alianzas selladas por matrimonios según una estructura relativamente rígida, a base de obligaciones y de prestaciones recíprocas. No comprendiendo más que a los hombres libres, los “bien nacidos” (“ingenuo” = “in genos“), los genos se convierten en una “comunidad de sangre”.

Como tal, se distingue de la comunidad económica, el “domos” –de la raíz indoeuropea ºdms–, que es el conjunto formado por el genos y la nueva clase de los no-propietarios, esclavos o siervos libres. En un nivel superior, una distinción similar se establece entre el “wenos” (raíz ºewg-, con el significado de “nosotros” cfr. inglés “we“, alemán “wir“) o comunidad por alianza resultante de la unión de varios genos, y la comunidad económica correspondiente, el “weikos” (cfr. latín “vicus“, castellano “villa“). Ulteriormente, estructuras sociales más complejas (ciudades-Estado, reinos, etc.) se establecieron sobre la misma base, el “pueblo” se definía así como una extensión del “nosotros”, como conjunto de hombres y mujeres ligados por alianzas los unos a los otros. La noción de “ethnos” (indoeuropeo ºsw-edh-nos-) deriva directamente del ºswe-, es decir de la comunidad de sangre asegurada por el intercambio de matrimonios en el interior del wenos. En la base, el sistema social es fundamentalmente patriarcal.

El genos se define por identificación al “ego paterno”, representante de una estirpe que se remonta hasta ºDeiwos Pitar, el “Padre de lo Alto”, es decir el Dios Supremo. Si, en ciertas sociedades primitivas de tipo agrícola, una muerte ritual (la “muerte del padre” en la doctrina de Freud) simboliza la destrucción de la filiación paterna y asegura la validez de la sola descendencia matrilineal, entre los indoeuropeos, el “parto del padre” en la filiación está simbolizado por el ritual de la “covada”. El padre engendra simbólicamente y reconoce al hijo haciéndole pasar sobre (es decir, “entre”) las piernas, simulando el alumbramiento.

En el vocabulario del indoeuropeo común, la madre (la voz “mater” está fuertemente asociada al principio “material”) es “la que trae al mundo”. Solamente el padre “engendra”, es decir “introduce en el seno” del genos. El “engendrar” y el “genos” comparten la misma raíz (ºgen-).

El soberano electo Allí donde las circunstancias animan a los genos a dotarse de una autoridad general, esta recae necesariamente sobre uno de los patriarcas, uno de los jefes de genos elegido por consenso. “El rey es a sus súbditos lo que el padre a sus hijos” (Aristóteles). El rey (raíz ºreg-, con el sentido de “elevado”; cfr. latín “rex“, céltico “rix“, sánscrito “rajá“) es elegido por sus “pares”, sus iguales. En cierta época histórica, esta delegación de poder pasa de ser provisional a permanente, pasando entonces la monarquía a ser hereditaria.

En sus orígenes, el rey está sujeto al control de los patriarcas, en el seno de un consejo de notables o asamblea, similar a la “sahba” de los indoarios, a la “gerusía” de los helenos, al “senado” romano, al “thing” germánico, al “althing” celta, etc. El rey es elegido por sus iguales, a los que está sujeto, al tiempo que gobierna en nombre de Deiwos Pitar, Padre de lo Alto (griego “Zeus Patr” [pronunciado "Tseus Patér"], latín “Deus Iovis Pater“, más tarde “Júpiter“). La forma elemental de la soberanía entre los indoeuropeos es, pues, una suerte de aristodemocracia en la que el monarca ejerce una doble función religiosa y política, inseparable la una de la otra.

Toda sociedad indoeuropea es una sublimación del genos, donde la cohesión social está asegurada por la proyección de esta estructura original en una superestructura religiosa y política. Términos indisociables, porque entre los indoeuropeos la sociedad de los dioses es una proyección de la sociedad de los hombres.

El culto cívico es, asimismo, una extensión del culto doméstico, responsabilidad del padre. Pastores, agricultores y guerreros, los indoeuropeos trabajan la alfarería y practican la metalurgia. “La arqueología evidencia que domesticaron al perro, fueron los primeros en montar a caballo y utilizaban los bueyes como bestias de carga”, escribe Bosch-Gimpera. Los rebaños son símbolo de la prosperidad.

El término indoeuropeo ºpeku- designa a vez la riqueza personal (cfr. latín “pecunia“, francés “pécule“) y al ganado (cfr. latín “pecus“, sánscrito “pasu“, gótico “fehu“). La visión del mundo Los trabajos de los indoeuropeistas, particularmente de Georges Dumézil, han demostrado la existencia, incluso antes de las primeras dispersiones, de una “ideología” indoeuropea común, de una estructura mental específica conformada por una misma visión del mundo que se manifiesta en una particular concepción del hecho religioso, de la sociedad, de la soberanía, de las relaciones entre los hombres y entre los hombres y los dioses, por una teología, una liturgia, una poesía y una literatura épica comunes.

Esta “ideología”, escribe Dumézil, es “obra de pensadores cuyos sucesores son los brahamanes indoarios, los druidas celtas y los colegios sacerdotales romanos”. (La ideología tripartita de los indoeuropeos, 1958). En el dominio de la poesía, los trabajos de Antoine Meillet y Roman Jakobson, ampliados más tarde por Calvert Watkins y Donald Ward, han revelado estructuras análogas entre las literaturas griega, védica, eslava e irlandesa que solamente pueden explicarse por una herencia común y que hacen presuponer la existencia, en las primeras comunidades indoeuropeas, de una corporación de “cantores-poetas”, semejantes a los “ollaves” irlandeses o los “escaldos” de la vieja Escandinavia.

A propósito de la sociedad indoeuropea, Donald Ward (On the poets and poetry of Indo-Europeans, 1973) reanuda la fructífera distinción, introducida por Margaret Mead (Cooperation and competition among primitive peoples, 1937), entre “shame cultures” o “culturas de la vergüenza” y “guilt cultures” o “culturas de la culpa”. En las “shame cultures”, la noción ética fundamental es la del honor, el poder mirarse a la cara. Esta ética del honor implica un lazo directo con el medio sociocultural; un acto despreciable quita honor al nombre y, en consecuencia, implica a los ancestros y a los descendientes.

En las “guilt cultures”, la falta es objetivizada por un tercero supremo, que interioriza e individualiza la sanción; los dogmas revelados definen una moral del pecado. Según Ward, la noción de “vergüenza”, común a los griegos, latinos, celtas y germanos, es típicamente indoeuropea, por oposición a la noción de “pecado”, característica de los grandes sistemas metafísicos universalistas de origen abrahámico y semita.

Caracteres específicos Toda la historia de la antigua Europa se articula en torno a las dos grandes olas migratorias de los indoeuropeos. La primera hay que situarla entre el 2.200 y el 2.000 antes de nuestra era. De ella proceden las sociedades iránica y védica, el imperio hitita y los reinos de la planicie Anatólica, las civilizaciones históricas de los griegos y los latinos, los celtas y los germanos. Al Oeste, los indoeuropeos ocupan la península Ibérica, las Galias, las islas Británicas y Escandinavia. Al Sur, según la cronología tradicional, la ciudad de Roma se funda en el año 753 antes de nuestra era.

Al Este, una rama de los pueblos indoeuropeos (los tocarios) se adentran más allá de las fronteras actuales de China, dejando sentir su influencia en los “reinos bárbaros” del norte del país. El filólogo Hans Hensen ha demostrado que palabras chinas como “mi” (miel), “yen” (ganso, oca), “ch´yan” (perro; cfr. francés “chien“), “ma” (caballo), tienen origen indoeuropeo. Gracias a la doma del caballo y al uso de carros de combate, los pueblos indoeuropeos se lanzan, en oleadas sucesivas, a la conquista del mundo.

Durante siglos, una de las señales del “hombre de bien” será la posesión de un caballo, que imprime la consideración del “caballero”, el “equite” romano, el “reiter” germánico, el “chavalier” de los francos. Sin embargo, subraya Nicolas Lahovary, “es necesario considerar ante todo estas conquistas como un resultado mayor que la mera superioridad militar.

Antes que en las condiciones materiales, deben interpretarse como consecuencia de ciertas cualidades psicológicas, de la fuerza de carácter de los individuos y, por extensión, del grupo étnico. No otro es el secreto de la prodigiosa expansión de los indoeuropeos a costa de pueblos inteligentes cuya civilización, en muchos casos, estaba más desarrollada que la propia”.

Después de recordar la historia de estas migraciones, de un modo por otra parte bastante sumario y confuso, John Geipel examina la distribución de las características físicas propias de los antiguos europeos: estatura, color de cabello y ojos, índices cefálicos y faciales, etc. Sus observaciones en algunos casos obtienen resultados inesperados. “Puede ser significativo, por ejemplo, que en las regiones de Europa donde todavía existe una superposición vertical de las mandíbulas que no ha sido suplantada por el avance de la mandíbula superior, son precisamente las regiones donde las consonantes silábicas (como la “th” anglosajona) son utilizadas por la fonética de las lenguas locales”. El parentesco interetnológico de los pueblos indoeuropeos está confirmado por la distribución específica de los grupos sanguíneos 0 (de un 45 a un 75 % de los sujetos), A (de un 5 a un 40 %) y B (de un 4 a un 18 %). John Geipel también ha estudiado la fisonomía de los actuales europeos, antes de lanzarse al estudio de las “razas de Europa”, ante el cual habría topado inevitablemente con fuertes reticencias poco científicas.

“El hombre que llega a la antigua Europa es ya un mestizo, y nosotros, sus descendientes, no somos otra cosa”. Pero todo individuo es un “mestizo” en la medida en que es el resultado de un cierto número de cruces, comenzando por el de sus padres. Geipel subestima la ingenuidad de su público si pretende hacerle creer que las características raciales son siempre relativas.

La raza es una noción dinámica y estadística. Se define por la frecuencia media de un cierto número de genes que determinan, en una población dada, las características o las predisposiciones fisiológicas, patológicas y psicológicas.

Proponer, como el profesor Livingtone, reemplazar este término por el de “línea de frecuencia”, no es sino jugar con las palabras, porque es precisamente en la combinación de las “líneas de frecuencia” donde los antropólogos extraen la definición racial de los grandes grupos humanos. Georges Montandon fue el primero, allá por 1933, en sustituir la idea de “homogeneidad racial” por la de “raza pura”, expresión equívoca sin valor científico y, por otra parte, fácil de refutar.

El fenómeno humano se caracteriza por una diferenciación cada vez mayor fácilmente observable, y no hay un lugar donde suponer que “la indiferencia del origen es un hecho histórico” (John Geipel). Geipen también asegura que “el lenguaje y la etnia no ejercen ninguna influencia el uno sobre la otra”. Esto es bien cierto para el ejemplo que propone (los negros anglófonos de Norteamérica). Pero la reaparición de la morfología propia de las lenguas africanas (aglutinantes) en los dialectos antillanos o en el “black english” (la jerga de los getthos negros de los EEUU) no deja de ser reveladora. De una época a otra, el contexto varía.

El advenimiento que fue la “revolución neolítica” provocó la puesta en marcha de grupos humanos que, hasta el momento, habían permanecido aislados durante todo el periodo de formación de las razas. “Este aislamiento condiciona la diferenciación racial –escribe Giorgio Locchi–, al igual que un aislamiento lingüístico condiciona una extrema diferenciación de la lengua. No es arriesgado afirmar que al final de esta época de la humanidad (al término de la glaciación de Würm), a cada grupo racial corresponda una lengua específica” (Linguistique et sciencies humanines, en “Nouevelle École”, abril 1968).

* * *

Traducción de Santiago Rivas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario