"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







martes, 17 de diciembre de 2013

Gatos y perros



Habiéndome enterado de la disputa sobre perros y gatos que está a punto de tener lugar en su club literario, no puedo evitar contribuir con unos cuantos aullidos y silbidos tomísticos sobre mi posición en el asunto, aun cuando soy plenamente consciente de que la palabra de un venerable exmiembro nada tiene que hacer frente a la brillantez de los muchos miembros actuales que ladrarán desde el lado contrario. Conociendo mis escasas aptitudes para la argumentación, un valioso corresponsal me ha proporcionado documentación sobre una disputa similar que ha tenido lugar en el New York Tribune, en la que el señor Carl Van Doran se puso de mi lado y el señor Albert Payson Terhune estuvo defendiendo la tribu canina. De ellos estaré encantado de plagiar tantos datos como necesite, aunque mi amigo, con una sutileza auténticamente maquiavélica, me ha proporcionado únicamente una parte de la sección felina, al tiempo que me entregó el dossier perruno al completo. Sin duda imagina que de ese modo, teniendo en cuenta mi propio sesgo empático, logra algo parecido a la justicia definitiva; pero para mí es extremadamente inconveniente, ya que me fuerza a ser más o menos original en algunas de las partes de las siguientes observaciones.

Entre perros y gatos, mi grado de preferencia es tan alto que nunca se me ocurriría compararlos. No es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos; pero por el gato he sentido siempre un respeto y un afecto especial, desde los días más tempranos de mi infancia. En su gracia sin tacha y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido.

El perro apela a emociones baratas y fáciles; el gato lo hace a las fuentes más profundas de la imaginación y la percepción cósmica en la mente humana. No es accidental que los contemplativos egipcios, junto a espíritus poéticos posteriores como los de Poe, Gautier, Baudelaire y Swinburne, fueran todos adoradores sinceros del flexible micifuz. Naturalmente, las preferencias de cada uno en materia de perros y gatos dependen totalmente del temperamento y el punto de vista.

Me da la impresión de que el perro es el favorito de la gente superficial, sentimental y emocional: gente que siente más que piensa, que otorga importancia a la humanidad y a las emociones populares y convencionales de lo simple, y que encuentra el más grande consuelo en los lazos de adulación y dependencia de la sociedad gregaria. Tal gente vive en un mundo limitado de imaginación; aceptando acríticamente los valores del folklore popular, y prefiere siempre que les den la razón en sus creencias, sentimientos y prejuicios, más que disfrutar del placer puramente estético y filosófico que surge de la discriminación, la contemplación y el reconocimiento de la belleza austera y absoluta. Esto no significa que los elementos más baratos no se encuentren también en el amor hacia los gatos del amante medio de los gatos, sino simplemente que en el ailurófilo existe la base del esteticismo puro que el canófilo no posee. El auténtico amante de los gatos exige un ajuste más claro con el universo que el que proporcionan las comunes obviedades domésticas, un ajuste que rechaza tragar la noción sentimental de que todas las personas buenas aman a los perros, los niños y los caballos, mientras que los malos los aborrecen y son aborrecidos por ellos. No está dispuesto a establecerse a sí mismo y sus sentimientos desnudos como medida de los valores universales, o a permitir que nociones éticas superficiales deformen su juicio. En una palabra, prefiere admirar y respetar que adorar e idolatrar; y no cae en la falacia de que la sociabilidad y la amabilidad sin fundamento, o la devoción y la obediencia esclavizadoras, constituyan algo intrínsicamente admirable o elevado.

Los amantes de los perros basan toda su argumentación en esas cualidades comunes, serviles y plebeyas, y juzgan de forma que resulta divertida la inteligencia de una mascota por su grado de conformidad a sus propios deseos. Los amantes de los gatos evitan esa ilusión, repudian la idea de que la servidumbre rastrera y la compañía servil para con el hombre sean méritos supremos, y se mantienen libres para admirar la independencia aristocrática, el amor propio y la personalidad individual unidas a la gracia y la belleza extremas, tal y como las ejemplifica el frío, ágil, cínico e invicto señor de los tejados.

La gente de ideas ordinarias burgueses respetables sin imaginación, satisfechos con su ronda diaria de cosas y que suscriben el credo popular de los valores sentimentales— será siempre amante de los perros. Para ellos nunca habrá nada más importante que ellos mismos y sus primitivos sentimientos, y nunca dejarán de estimar y glorificar al compañero animal que mejor los ejemplifica. Tales personas están sumergidas en el vórtice de idealismo y envilecimiento oriental que arruinó la civilización clásica en la Edad Oscura, y viven en un mundo desierto de valores sentimentales abstractos, donde las ilusiones empalagosas de la mansedumbre, la amabilidad, la hermandad, y la humildad quejumbrosa se magnifican como virtudes supremas, y toda una ética y una filosofía falsas se levantan sobre las tímidas reacciones del sistema flexor de músculos. Esta herencia, impuesta irónicamente sobre nosotros cuando la política romana elevó a la supremacía la fe de una gente azotada y vencida al final del imperio, ha mantenido de forma natural un fuerte arraigo en los débiles y sentimentalmente inconscientes, y quizá alcanzó su culminación en el insípido siglo XIX, cuando la gente acostumbraba a alabar a los perros “porque son tan humanos” (¡como si la humanidad fuera un criterio válido de mérito!), y el honrado Edwin Landseer pintó cientos de presumidos Fidos y Carlos y Rovers con toda su trivialidad, nimiedad y “monería” antropoide de victorianos eminentes.
 Pero entre este caos de servilismo intelectual y emocional, unas pocas almas libres han mantenido las viejas realidades civilizadas que el medievalismo eclipsara —la austera lealtad clásica hacia la verdad, la fuerza y la belleza, que proporciona una mente clara y un espíritu valeroso al ario occidental lleno de vida, enfrentado a la majestad, hermosura y frialdad de la Naturaleza—. Esta es la estética y la ética viril de los músculos extensores —las creencias y preferencias osadas, optimistas, asertivas, de conquistadores, cazadores, guerreros orgullosos, dominantes, invictos e intrépidos— y tiene poca utilidad para los engaños y lloriqueos del fraternal y sensiblero pacificador, y para el pusilánime y el sentimental. La belleza y la suficiencia —cualidades gemelas del cosmos mismo— son los dioses de esta clase libre y pagana; para quien adora tales cosas eternas, la virtud suprema no podrá hallarse en la humildad, el apego, la obediencia y la confusión emocional. Este tipo de adorador buscará aquello que mejor represente la hermosura de las estrellas y los mundos y los bosques y los mares y las puestas de sol, y que mejor exprese la suavidad, el señorío, la exactitud, la autosuficiencia, la crueldad, la independencia y la impersonalidad desdeñosa y caprichosa de la Naturaleza que gobierna todas las cosas. Belleza, frialdad, reserva, reposo filosófico, autosuficiencia, misterio indomado, ¿dónde más podemos encontrar estas cosas encarnadas con ni siquiera la mitad de la perfección y completud que marcan su encarnación en el incomparable gato, que se desliza suavemente y ejecuta su órbita misteriosa con la inexorable e implacable certeza de un planeta en el infinito?

Que los campesinos burgueses sin imaginación aprecian a los perros, pero los gatos llaman la atención del filósofo, aristócrata, poeta, sensible, quedará claro en cuanto reflexionemos sobre el asunto de la asociación biológica. La gente plebeya práctica juzga algo sólo por su tacto, sabor y olor inmediato, mientras que los espíritus más delicados forman sus estimaciones a partir de las imágenes e ideas relacionadas que el objeto en cuestión trae a sus mentes. De este modo, cuando consideramos el asunto de los perros y los gatos, el estólido patán sólo ve dos animales ante él, y basa su preferencia en su capacidad relativa de conformarse con sus ideas sensibleras y vagas sobre la ética, la amistad y la servidumbre lisonjera. Por otra parte, el pensador y caballero considera a cada uno según sus afiliaciones naturales, y no puede dejar de observar que en las grandes simetrías de la vida orgánica, los perros están al lado de los descuidados lobos, zorros, chacales, coyotes, dingos y hienas, mientras que los gatos caminan orgullosamente junto a los señores de la jungla, y tienen a su alteza el león, al sinuoso leopardo, al regio tigre y a las elegantes panteras y jaguares como su familia.

Los perros son los jeroglíficos de la emoción ciega, la inferioridad, el apego servil y el gregarismo: los atributos de los hombres ordinarios, estúpidamente apasionados y subdesarrollados tanto intelectual como imaginativamente. Los gatos son las runas de la belleza, la invencibilidad, el prodigio, el orgullo, la libertad, la frialdad, la autosuficiencia y la delicada individualidad: las cualidades de la clase maestra de hombres, sensible, ilustrada, mentalmente desarrollada, pagana, cínica, poética, filosófica, desapasionada, reservada, independiente, nietzscheana, indómita, civilizada.
El perro es al campesino lo que el gato es al caballero. Podríamos, de hecho, juzgar el tono y el sesgo de una civilización por su actitud relativa hacia los perros y los gatos. El Egipto orgulloso donde el faraón era faraón y las pirámides se elevaban en belleza ante su deseo, que las soñó, se inclinó ante el gato, y se construyeron templos para su divinidad en Bubastis. En la Roma imperial, el grácil leopardo adornó la mayor parte de los mejores hogares, reposando su belleza insolente en el atrio con collar y cadena de oro; mientras que, después del tiempo de los Antoninos, el gato se importó de Egipto y se apreció como un lujo raro y costoso. Hasta aquí los pueblos dominantes e ilustrados.

Cuando llegamos, sin embargo, a la rastrera Edad Media con sus supersticiones y éxtasis y monasticismos y divagaciones sobre los santos y sus reliquias, encontramos que la hermosura fría e impersonal de los felinos está en muy baja estima; y contemplamos un lamentable espectáculo de odio y crueldad hacia estas pequeñas y bellas criaturas a las que únicamente sus virtudes como ratoneras les otorgaron un poco de tolerancia por parte de los patanes ignorantes ofendidos por su frialdad autosuficiente y temerosos de su independencia críptica y esquiva, que imaginaron relacionada con los poderes oscuros de la brujería.

Estos palurdos esclavos de la oscuridad oriental no podían tolerar lo que no servía a sus baratas emociones y endebles propósitos. Deseaban un perro para acariciar y cazar y cobrar y traer, y no encontraban ninguna utilidad en el presente del gato: belleza eterna desinteresada para alimento del espíritu.

Es posible imaginar cómo debieron ofenderse ante la calma magnífica de Pussy, su tranquilidad, relajación y desdén respecto a los triviales objetivos y preocupaciones humanas. Si tiras un palo, el perro servil resuella y tropieza para traértelo de vuelta. Haz lo mismo frente a un gato, y te mirará con aire divertido, frialdad educada y algo de aburrimiento. Y, del mismo modo que la gente inferior prefiere al animal inferior que se afana con excitación porque alguien quiere algo, así las personas superiores respetan al animal superior que vive su propia vida y sabe que cuando esos extraños bípedos se dedican puerilmente a lanzar palos, se trata de un asunto que no le incumbe y del que ni se percata. El perro ladra y suplica y se revuelve para entretenerte cuando haces sonar el látigo. Eso le gusta al campesino amante de la mansedumbre, que aprecia un estímulo para su propia importancia. El gato, por otra parte, te “engatusa” para que juegues con él cuando le apetece que le entretengan; te hace correr por la habitación con una bola de papel arrastrando de una cuerda cuando tiene gana de ejercicio, pero rechaza todos tus intentos de hacerle jugar cuando no está de humor. Eso es personalidad e individualidad y respeto a sí mismo —la maestría tranquila de un ser cuya vida es suya, y no tuya—, y la persona superior lo reconoce y aprecia porque también ella es un espíritu libre cuya posición está afianzada, y cuya única ley es su propia herencia y sentido estético. En consecuencia, podemos ver que el perro llama la atención de aquellas almas emocionales primitivas cuyas demandas principales al universo son las de afecto incondicional, compañerismo desinteresado, y consideración y servilismo lisonjeros; mientras que el gato reina entre esos espíritus más contemplativos e imaginativos que lo único que le piden al universo es la visión objetiva de la belleza intensa y etérea, y la simbolización animada del orden y la suficiencia suave, implacable, reposada, parsimoniosa e impersonal de la Naturaleza. El perro da, pero el gato es.

La gente simple siempre sobredimensiona el elemento ético en la vida, y es bastante natural que también lo hagan en el ámbito de las mascotas. En consonancia, oímos muchos dichos inanes a favor de los perros basados en que son fieles, mientras que los gatos son traicioneros. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿cuáles son los puntos de referencia? Ciertamente, el perro tiene tan poca imaginación e individualidad que no conoce motivo alguno más que los de su amo; pero, ¿qué mente sofisticada podría percibir una virtud positiva en esa abnegación estúpida de su instinto? La discriminación debería sin duda alguna dar como vencedor al superior gato, que tiene demasiada dignidad natural como para  aceptar otro esquema de cosas que no sea el suyo, y que en consecuencia no le importa en absoluto lo que cualquier torpe humano pueda pensar, desear o esperar de él. No es traidor, porque nunca ha reconocido ninguna lealtad con nada excepto con sus propios deliberados deseos; y la traición implica básicamente una separación respecto a algún pacto explícitamente reconocido. El gato es un realista, no un hipócrita. Toma lo que le apetece cuando quiere, y no hace promesas. Nunca permite que esperes de él más de lo que da, y si eliges de forma estúpida ser lo suficientemente victoriano como para confundir sus ronroneos y frotamientos de autosatisfacción con señales de un afecto fugaz hacia ti, la culpa no es suya. No tratará ni por un momento de que creas que quiere algo más de ti que comida y calor y cobijo y diversión —y, ciertamente, está justificado para criticar tu desarrollo imaginativo y estético si no reconoces su gracia, belleza y alegre influencia decorativa un pago suficientemente abundante para todo lo que le das—. El amante de los gatos no necesita asombrarse del amor que otros les tienen a los perros (de hecho, puede que él también posea esa cualidad; porque los perros son a menudo encantadores, y tan adorables de esa manera suya condescendiente como un viejo y fiel sirviente o arrendatario a los ojos de su señor), pero no puede evitar asombrarse ante aquellos que no comparten su amor por los gatos. El gato es un símbolo tan perfecto de belleza y superioridad que parece prácticamente imposible que un auténtico esteta y cínico civilizado pueda no adorarlo. Nos denominamos “amos” de un perro, pero ¿quién osaría decirse “amo” de un gato? Somos propietarios de un perro: está con nosotros como esclavo e inferior porque así lo queremos. Pero damos alojamiento a un gato: adorna nuestro hogar como un invitado, compañero, huésped e igual porque así es su deseo.

No es ningún honor ser el estúpidamente idolatrado amo de un perro cuyo instinto es idolatrar, pero se trata de un tributo muy distinto ser elegido como el amigo y confidente de un gato filosófico que es su propio amo de un modo absoluto y que puede con toda facilidad elegir otro compañero si encuentra uno más agradable e interesante. Un signo, creo, de esta gran verdad relativa a la mayor dignidad del gato se ha filtrado en el saber popular mediante el uso de los nombres “gato” y “perro” como términos de oprobio. Mientras que “gato” nunca se ha aplicado a ningún tipo de indeseable más que a la ligeramente rencorosa e inofensivamente maliciosa mujer cotilla, las palabras “perro” y “canalla” han estado siempre ligadas a las más graves vilezas, deshonores y degradaciones. En la cristalización de esta nomenclatura sin duda ha tenido que ver que la mente popular se ha dado cuenta, de forma débil y medio consciente, de que hay profundidades de vileza rastrera, quejumbrosa, aduladora y servil que ningún pariente del león y del leopardo puede nunca alcanzar. El gato puede caer bajo, pero nunca será domado. Es, como los nórdicos entre los hombres, uno de esos que o bien gobiernan sus propias vidas o bien mueren.

No tenemos más que observar analíticamente a los dos animales para ver que los puntos se acumulan a favor del gato. La belleza, que es probablemente lo único que tiene un significado básico en todo el cosmos, debe ser nuestro criterio principal; y aquí el gato supera al perro de un modo tan brillante que toda comparación palidece. Algunos perros, es cierto, son bellos en un grado muy destacado; pero incluso el nivel más elevado de belleza canina es muy inferior a la media felina. El gato es clásico mientras que el perro es gótico, el perro es prosa, el gato es poesía  —en ningún otro lugar del mundo animal podemos descubrir tal perfección helénica en la forma, con su anatomía adaptada a la función, como en los felinos—. El minino es un templo dórico —una columnata jónica— en el total clasicismo de sus armonías estructurales y decorativas. Y esto es tan verdadero en movimiento como estáticamente, porque el arte no tiene paralelismo para la gracia mágica del más insignificante movimiento del gato. El esteticismo puro y perfecto de los perezosos estiramientos del gatito, sus aplicados lavados de cara, revolcones lúdicos, y pequeños movimientos involuntarios mientras duerme son algo tan profundo y vital como la mejor poesía pastoral o género pictórico; mientras que la exactitud infalible de sus saltos y cabriolas, carreras y cazas, tiene un valor artístico igualmente alto aunque de un modo más enérgico. Pero es su capacidad para el ocio y el reposo lo que hace al gato preeminente. El señor Carl Van Vechten, en “Peter Whiffle”, toma el descanso ilimitado del gato como un modelo para la filosofía vital, y el profesor William Lyon Phelps ha captado de modo muy efectivo el secreto de la felinidad cuando dice que el gato no está simplemente echado, sino que “derrama su cuerpo sobre el suelo como un vaso de agua”. ¿Qué otra criatura ha combinado de este modo el esteticismo de la mecánica y la hidráulica? Contrástese esto con el inepto jadeo, resuello, ajetreo, babeo, arañado y torpeza general del perro medio, con sus falsos e inútiles movimientos. Y en los detalles de limpieza, el puntilloso gato está por supuesto a años luz. Siempre es agradable tocar un gato, pero sólo las personas insensibles pueden dar la bienvenida de modo uniforme a los frenéticos y húmedos olfateos y pataleos de un polvoriento y quizá no inodoro canino que salta y se agita y se revuelve en desmañada actividad febril por ninguna otra razón más que la de que sus centros nerviosos ciegos se han visto espoleados por algún estímulo sin sentido. Hay un fastidioso exceso de malas maneras en toda esa furia perruna (la gente de buena familia no nos soba y manosea), y sin duda encontramos al gato amable y reservado en sus avances, y delicado incluso cuando se desliza elegantemente en tu regazo con cultivados ronroneos, o salta caprichoso sobre la mesa en la que estás escribiendo para jugar con tu pluma con modulados y seriocómicos golpecitos. No me asombra en absoluto que Mahoma, ese jeque de las buenas maneras, amara a los gatos por su educación y desdeñara a los perros por su grosería; o que los gatos sean los favoritos en los educados países latinos, mientras que los perros tomen la delantera en la Europa Central dura, práctica y bebedora de cerveza. Obsérvese a un gato comiendo, y luego mírese al perro. El primero se contiene por una delicadeza inherente e inevitable, y otorga una especie de gracia a uno de los procesos más carentes de ella. El perro, por el contrario, es totalmente repulsivo en su bestial e insaciable avidez; actuando de acuerdo con su estirpe salvaje al devorar vorazmente como un lobo, de la forma más abierta y desvergonzada.

Volviendo a la belleza de línea: ¿no es significativo que, mientras que muchas razas normales de perros son notoria y admitidamente feas, ningún felino saludable y bien desarrollado, de ninguna de las especies, es otra cosa distinta de bello? Hay, por supuesto, muchos gatos feos; pero se trata siempre de casos individuales de mestizaje, malnutrición, deformidad, o herida. Ninguna raza de gatos en su condición natural puede, por mucho que estiremos la imaginación, considerarse ni siquiera levemente vulgar; un record frente al cual debemos lamentar el deprimente espectáculo de bulldogs achatados de forma imposible, dachsunds grotescamente alargados, Airedales horriblemente deformes y peludos, y otros semejantes. Por supuesto, podría decirse que ningún criterio estético es otra cosa más que relativo; pero siempre funcionamos con tales criterios como siempre lo hemos hecho empíricamente, y al comparar gatos y perros bajo la estética de la Europa occidental no podemos ser injustos con ninguno. Si alguna tribu desconocida del Tibet encuentra que los Airedales son bellos y los gatos persas feos, no discutiremos con ellos en su propio territorio; pero por ahora estamos ocupándonos de nosotros mismos y de nuestro territorio, y aquí el veredicto no admitiría demasiada duda ni siquiera del más ardiente canófilo. Tal persona normalmente obvia el problema con una paradoja epigramática, y dice que “¡Snookums es tan encantador, que es hermoso!” Esta es la inclinación infantil por lo grotesco y cursi, por lo “mono”, que vemos del mismo modo encarnada en cómics populares, muñecas monstruosas, y todos los oropeles decorativos deformes tipo “Billikin” o “Krazy Kat” que se encuentran en los “refugios” y “rincones acogedores” de la plebe que se cree sofisticada.

En lo que respecta a la inteligencia, encontramos que los caninitas sostienen afirmaciones divertidas. Divertidas porque miden de un modo muy ingenuo lo que conciben ser la inteligencia de un animal por su grado de servidumbre al deseo humano. Un perro puede traerle al amo la presa cobrada, un gato no lo hará, por lo tanto (¡sic!), el perro es más inteligente. Los perros pueden recibir entrenamientos más complejos para el circo o para obras de vodevil que los gatos, por tanto (¡Oh Zeus, oh Royal Mount!) son cerebralmente superiores. Por supuesto, todo esto es el más puro sinsentido. Nunca diríamos que un hombre débil de espíritu es más inteligente que un ciudadano independiente porque podemos hacer que vote según nuestros deseos mientras que no podemos influir sobre el ciudadano independiente, y sin embargo incontables personas aplican un argumento exactamente paralelo al valorar la materia gris de perros y gatos. La competencia en servilismo es algo que no tiene nunca fin para ningún Thomas o Tabitha que se precie, y está claro que cualquier estimación realmente efectiva de la inteligencia canina y felina debe proceder desde una observación cuidadosa de perros y gatos de un modo independiente — sin la influencia de los seres humanos—, evaluando cómo formulan objetivos propios y utilizan su propio equipamiento mental para alcanzarlos. Cuando hacemos esto, llegamos a un respeto muy saludable por nuestro amigo que ronronea al calor del hogar, y hace tan poco despliegue de sus deseos y métodos de negocios; porque en cualquier idea y cálculo muestra una unión de intelecto, deseo, y sentido de la proporción deliberada y fría como el acero, que pone totalmente en evidencia las sensiblerías emocionales y los trucos dócilmente adquiridos del “listo” y “fiel” pointer u ovejero.

Obsérvese a un gato que decide cruzar una puerta, y véase cuán pacientemente espera su oportunidad, sin perder nunca de vista su propósito incluso aunque se vea en la obligación de fingir otros intereses entretanto. Obsérvesele concentrado en la caza, y compárese su paciencia calculadora y el silencioso estudio del terreno con el forcejeo y pataleo ruidoso de su rival canino. No vuelve a menudo con las manos vacías. Sabe lo que quiere, y está determinado a conseguirlo del modo más efectivo, incluso a costa del sacrificio de tiempo —que, filosóficamente, reconoce como algo sin importancia en el cosmos sin objetivo—. Nada puede desviar o distraer su atención; y sabemos que entre los humanos esta es la cualidad de la tenacidad mental, esa habilidad para seguir un único camino a través de distracciones complejas que se considera un signo bastante bueno de vigor y madurez intelectual. Los niños, las viejas arpías, los campesinos y los perros divagan; los gatos y los filósofos persisten en su empeño. En ingenio, también el gato atestigua su superioridad. Los perros pueden entrenarse bien para hacer una sola cosa, pero los psicólogos nos dicen que esas respuestas a una memoria automática inculcada desde fuera son de poco valor como índices de auténtica inteligencia. Para juzgar el desarrollo abstracto de un cerebro, enfréntalo a condiciones nuevas y no familiares para ver cómo su propia fortaleza le permite alcanzar su objetivo a través del razonamiento puro sin caminos marcados. Aquí los gatos pueden idear silenciosamente una docena de alternativas misteriosas y con éxito, mientras que el pobre Fido ladra asombrado preguntándose de qué va todo eso. Concediendo que Rover el retriever puede tener más opciones de ganarse el aprecio popular sentimental metiéndose en una casa en llamas para salvar al niño al modo del cine tradicional, queda el hecho de que el bigotudo y ronroneador Nig es un organismo biológico más elevado —de algún modo fisiológica y psicológicamente más cercano al hombre debido a su auténtica libertad respecto a las órdenes humanas—, y como tal merecedor de un respeto más elevado por parte de aquellos que juzgan según criterios puramente filosóficos y estéticos. Podemos respetar a un gato como no podemos respetar a un perro, sin importar cuál de ellos resulte más atractivo para nuestro simple capricho de tomarles cariño; y si fuéramos estetas y analistas en lugar de vulgares amantes y emocionalistas, las escalas deberían inevitablemente volverse por completo en favor del gato.

Es preciso añadir, no obstante, que ni siquiera el reservado y suficiente gato está privado de atractivo sentimental. Una vez que nos libramos de los sesgos éticos incultos —el prejuicio de “traidor” y “antipático cazador de pájaros”—, encontramos en el “inofensivo gato” el cúlmen mismo del feliz simbolismo doméstico; y los gatitos pequeños se convierten en objetos a adorar, idealizar y celebrar con los más rapsódicos de los dáctilos y anapestos, yámbicos y trocaicos. Yo mismo, en mi propia madurez senescente, confieso profesar una predilección desmesurada y en absoluto filosófica por los gatitos pequeños negros como el carbón y de grandes ojos amarillos, y no puedo pasar al lado de uno sin acariciarlo, del mismo modo que el Dr. Johnson no podía pasar al lado de una farola sin tocarla.1 Asimismo, muchos gatos desarrollan un sentimiento bastante análogo al cariño recíproco tan exageradamente ensalzado en perros, seres humanos, caballos y otros. Los gatos llegan a asociar a ciertas personas con actos que contribuyen a su placer de forma continuada, y adquieren para ellos un reconocimiento y un apego que se manifiesta en la excitación placentera cuando se acercan —tanto si llevan comida y bebida como si no— y cierta tristeza en su ausencia prolongada. Un gato con el que yo tenía una relación muy próxima llegó al extremo de no aceptar comida si no era de mi mano, e incluso prefería estar hambriento antes que tocar ni siquiera el más mínimo pedazo proporcionado por algún amable vecino. También tenía claros y distintos afectos entre el resto de gatos de aquel hogar idílico, ofreciendo voluntariamente comida a uno de sus amigos bigotudos, pero peleando de la forma más salvaje la más mínima mirada que lanzara su negro rival “Snowball” sobre su plato. Si se argumentara que esos afectos felinos son esencialmente “egoístas” y “prácticos” en su composición última, déjennos responder preguntando hasta qué punto los afectos humanos, exceptuando aquellos que surgen directamente del bruto instinto primitivo, tienen alguna otra base.

Después de que el jurado evaluador haya obtenido el importe total de cero, seremos más capaces de abstenernos de censurar ingenuamente al gato “egoísta”.

La superior vida interior imaginativa del gato, que da como resultado un superior dominio de sí mismo, es bien conocida. Un perro es un ser lastimero, que depende por completo de la compañía y se halla totalmente perdido a no ser que se encuentre en una jauría o al lado de su amo. Déjenle solo y no sabrá qué hacer más que ladrar y aullar y trotar hasta que se quede dormido de puro agotamiento. Un gato, sin embargo, nunca se encuentra sin la potencialidad del entretenimiento. Lo mismo que un hombre superior, sabe cómo estar solo y feliz. Una vez que ha mirado a su alrededor sin encontrar a nadie que lo entretenga, se dedica a la tarea de entretenerse a sí mismo; y nadie conoce realmente a los gatos sin haber tenido la ocasión de observar a hurtadillas a algún alegre y equilibrado gatito que cree estar solo. Únicamente después de vislumbrar la gracia natural con la que trata de cazar su rabo y su espontáneo ronroneo es posible comprender totalmente el encanto de aquellas líneas que Coleridge escribió refiriéndose más bien a los niños humanos que a los gatitos: ".... un ágil duende, que canta y baila solo, simplemente ."2No obstante, podrían escribirse volúmenes enteros sobre el juego en los gatos, ya que sus variedades y aspectos estéticos son infinitos. Sea suficiente decir que en tales pasatiempos los gatos han exhibido rasgos y acciones que los psicólogos declaran auténticamente motivados por el humor genuino y por la fantasía en su sentido más puro; de tal modo que la tarea de “hacer reír a un gato” puede no ser algo tan imposible incluso fuera de las fronteras de Cheshire.

Resumiendo, un perro es un ser incompleto. Del mismo modo que un hombre inferior, necesita estímulos emocionales externos y debe establecer algo artificial como un dios o un motivo. El gato, en cambio, es perfecto en sí mismo. Es un ser real e integrado porque se cree y se siente como tal, mientras que el perro sólo puede concebirse a sí mismo en relación con algo distinto. Azota a un perro y te lamerá la mano. El animal no tiene ninguna idea de sí mismo excepto como una parte inferior de un organismo del que tú eres la parte superior —no puede pensar en devolverte los golpes más de lo que uno puede pensar en golpear su propia cabeza cuando le castiga con un dolor de cabeza—. Pero azota a un gato y observa cómo te mira amenazante y cómo retrocede bufando con su dignidad y autoestima ultrajada. Un golpe más y te lo devolverá; porque es un caballero y un igual, y no aceptará que se infrinja su personalidad y cuerpo de privilegios. Sólo está en tu casa porque desea estar, o quizá incluso como ofreciéndote un favor condescendiente. Es la casa, no tú, lo que le gusta; porque los filósofos se dan cuenta de que los seres humano no son, como mucho, más que accesorios menores del paisaje. Da un paso más de la cuenta, y te dejará de una vez por todas. Te has equivocado en tu relación con él y te crees su amo, y ningún gato auténtico puede tolerar tamaña violación de las buenas maneras. En lo sucesivo, buscará otra compañía con mayor capacidad de discernimiento y una perspectiva más clara. Dejemos a esas personas anémicas que creen en “poner la otra mejilla” que se consuelen a sí mismas con los perros rastreros; para el pagano robusto con la sangre de los crepúsculos nórdicos corriendo por sus venas no hay ningún animal como el gato, intrépido corcel de Freya, que puede tener la osadía de mirar fijamente a la cara incluso a Thor y Odín, con sus grandes y redondos ojos transparentes, amarillos o verdes.

En estas observaciones creo que he delineado con bastante amplitud las diversas razones por las cuales, en mi opinión y usando el ingenioso y oportuno título de Mr. Van Doren: “los caballeros prefieren a los gatos”. La respuesta de Mr. Terhune en un número posterior del Tribune me parece desafortunada, en el sentido de que se trata más de una refutación de hechos que de una simple afirmación personal de la militancia del autor en esa convencional mayoría “muy humana” que se toma el afecto y la compañía en serio, que disfrutan siendo importantes para algo vivo, que odian a los “parásitos” sobre una base meramente ética sin consultar el derecho de la belleza a existir por sí misma, y por tanto aman al amigo más noble y más fiel del hombre, el perenne perro. Supongo que Mr. Terhune ama también a los caballos y a los niños, porque los tres suelen ir convencionalmente juntos en el credo del gran 100% como los afectos esenciales de cualquier hombre bueno y amable que se precie, de los hombres de “cuello Arrow” y de la escuela de héroes de Harold Bell Wright, incluso aunque los coches y Margaret Sanger hayan hecho mucho para reducir estos dos últimos elementos.

Los perros, entonces, son campesinos y las mascotas de los campesinos, los gatos son caballeros y las mascotas de los caballeros. El perro es para quien coloca el sentimiento crudo y la ética y el humanocentrismo más rancio sobre la belleza austera y desinteresada, que simplemente adora “al pueblo y lo popular”, y no le importa la torpeza descuidada en caso de que haya alguien que realmente se preocupe de él.  El tipo al que no le interesa demasiado la intelectualidad, pero que siempre hace lo que debe, que no encuentra a menudo el Saddypost o el N.Y. World demasiado profundos para él; que no se siente atraído por Valentino, pero piensa que Doug Fairbanks está bien para entretenerse una tarde. Saludable, constructivo, optimista, cívico, doméstico (he olvidado mencionar la radio), normal..., esa es la clase de persona emprendedora a la que deben gustar los perros.

El gato es para el aristócrata (bien sea de nacimiento, de inclinación o ambas cosas) que admira a sus pares de la aristocracia. Es para el hombre que aprecia la belleza como única fuerza viva en un universo ciego y sin propósito, y que adora esa belleza en todas sus formas independientemente de las ilusiones sentimentales y éticas del momento. Para el hombre que conoce la superficialidad del sentimiento y la vaciedad de los objetos y aspiraciones humanas, y que por tanto se aferra únicamente a lo que es real — como la belleza es real porque pretende un significado más allá de la emoción que suscita y que es—. Para el hombre que se siente suficiente en el cosmos, y no pide escrúpulos de prejuicio convencional, pero ama el reposo y la fuerza y la libertad y el lujo y la suficiencia y la contemplación; que siendo un alma fuerte y sin miedo desea algo que respetar más que algo que lama su cara y acepte que alterne golpes y caricias; que busca un par orgulloso y bello en la nobleza igualitaria del individualismo más que un acobardado y servil satélite en la jerarquía del miedo, la servidumbre y la delegación. El gato no es para el trabajadorcillo activo y engreído que cree tener una misión, sino para el poeta ilustrado y soñador que sabe que el mundo no contiene nada que merezca la pena hacerse. El diletante, el connoisseur, el decadente, si quieren llamarlo así, aunque en una época más sana que esta hubo cosas que estos hombres podían hacer, de tal modo que fueron los planificadores y líderes de aquellos gloriosos tiempos paganos. El gato es para quien hace las cosas no por el deber sin más, sino por poder, placer, esplendor, romance y glamour: para el arpista que canta solo en la noche de viejas batallas, o el guerrero que sale a luchar en esas batallas por belleza, gloria, fama y el esplendor de una tierra sobre la que no cae ninguna sombra de debilidad. Para aquel que no se alivia con tonterías de prosa y utilidad, sino que para estar cómodo pide la tranquilidad y la belleza y el dominio y la cultura que hacen que el esfuerzo merezca la pena. Para el hombre que sabe que jugar, no trabajar, y el ocio, no el ajetreo, son las cosas grandes de la vida; y para quien el círculo vicioso del esfuerzo únicamente para poder esforzarse más aún es una amarga ironía que el alma civilizada acepta en su mínima expresión posible.

Belleza, suficiencia, tranquilidad y buenas maneras —¿qué más puede requerir la civilización?—. Y todo eso lo tenemos en el divino monarca que descansa gloriosamente en su cojín de seda frente al fuego del hogar. Hermosura y alegría por sí mismas, orgullo y armonía y coordinación, espíritu, sosiego y perfección, todo está presente en el gato, y no se precisa más que una comprensiva desilusión para su completa adoración. ¿Qué alma completamente civilizada no haría sino servir a un sacerdote tan elevado de Bast? La estrella del gato, creo, está ahora en ascendiente, mientras emergemos poco a poco de los sueños de la ética y la conformidad que nublaron el siglo XIX y elevaron al carroñero y desagradable perro a la cima del aprecio sentimental. Aún no es posible decir si un renacimiento del poder y la belleza restaurará nuestra civilización occidental, o si las fuerzas de la desintegración son ya demasiado poderosas como para que alguna mano las detenga, pero en el momento presente de desenmascaramiento cínico del mundo, entre la pretensión de los dieciochescos y el misterio siniestro de las décadas por venir, podemos al menos vislumbrar un destello de la antigua perspectiva y de la vieja claridad y honestidad paganas. Y un ídolo alumbrado por ese destello, que aparece justo y bello sobre un trono soñado de seda y oro bajo una cúpula criselefantina, es una forma de gracia inmortal que no siempre ve reconocidos sus méritos entre los inútiles mortales: el elevado, el invicto, el misterioso, el lujurioso, el babilonio, el impersonal, el eterno compañero de la superioridad y el arte; el prototipo de belleza perfecta y el hermano de la poesía; el suave, solemne, flexible y patricio gato.

H. P. Lovecraft (1926)

1 El conocido escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo que le impulsaba, entre otras excentricidades, a tocar cada farola que se encontraba en su camino [N. de la T.].
2 Samuel T. Coleridge (1816), Christabel (conclusión de la parte II) [Nota de la T.].
Publicado en Something About Cats and Other Pieces. Arkham House, 1949.
Versión en castellano: Marta

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