"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 20 de octubre de 2017

Islandia



Por Xavier Bankimaro
Si observas un mapa del mundo o un globo terráqueo y localizas Islandia, te das cuenta de que está justo en el fin del mundo: muy al norte, cerca del ártico, en una posición geográfica y poética que la aleja de Europa, pero también de América, un simple y libre más allá.
Sólo por el origen escandinavo de sus habitantes y su situación política es que se denomina un país europeo. Y menciono lo anterior porque para ser descendientes de los vikingos, su temperamento es increíblemente pacífico y moderado en general; tal vez se deba a sus géiseres que hacen que todo rastro de ira sea expulsado de sus entrañas en forma de agua hirviendo, desde lo más profundo de la tierra, desde lo más profundo del infierno, hasta ser enfriado por sus majestuosos cielos, extirpando así los demonios de la isla.
Sus paisajes son tan hermosos que de noche, cuando se observan las auroras boreales, pareciera que así como en algunos lugares el cielo se duplica en el mar, en Islandia las montañas se duplicaran en el cielo; jardines flotantes donde los adultos aún pueden soñar a que son niños y los niños a jugar que aún pueden, en este mundo predador, a ser niños.
Hay menos islandeses en todo el mundo que en un sólo distrito de ciudades como México, São Paulo, Nueva York, Londres, Berlín, Tokio…
Sólo hay dos caminos cuando todo esté perdido: la locura o Islandia.
Cuando todo vaya a morir, cuando se acerque cuando se acerca el apocalipsis, cuando el corazón se despedace en amorfos pedazos de hielo…
Toma un globo terráqueo o un mapa y concéntrate en Islandia, y comprende que siempre hay un lugar más allá de donde estamos, un fin del mundo que nos ofrece otro camino hacia otro fin del mundo.
Un territorio inexplorado, un agujero en la jaula por el que no te has asomado y ofrece, por lo menos, la ilusión de un escape.


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