"Escribe con sangre y comprenderas que la sangre es espiritu"

Friederich Nietszche







viernes, 5 de diciembre de 2014

Iberos. Príncipes de Occidente




Hace un par de años se celebraron en Barcelona, con el reclamo de este mismo título, una exposición y un congreso que pretendían dar a conocer con más profundidad y profusión de datos y muestras la realidad de uno de los pueblos que habitaban, en la Antigüedad, en la Península Ibérica. Nosotros visitamos la exposición y pudimos extraer, entre otras, la siguiente consecuencia:
     Que no hace falta que seamos nosotros -los que defendemos concepciones del mundo y de la existencia diametralmente opuestos a las preconizadas por el Establishment que nos ha tocado padecer- los que tengamos que gastar nuestras energías en demostrar realidades tan obvias como la que tiene al pueblo ibero, o íbero, como uno más de entre los que forman parte de la gran familia indoeuropea. No hace falta, no, puesto que pudimos comprobar cómo los datos, restos arqueológicos y comentarios que se exponían en esta exposición y en sus publicaciones-guías venían a corroborar y a reforzar una realidad que para nosotros, y para muchos otros investigadores e historiadores, siempre ha sido incuestionable.  La “Cultura Oficial”, seguramente sin pretenderlo, vino a darnos la razón.    
     Las características más definitorias de la concepción de la vida, la existencia y la espiritualidad que siempre tuvieron los pueblos blancos no semitas eran, una y otra vez, asignadas a los iberos en los textos editados con motivo de la dicha exposición y en los comentarios vertidos por su comisaria, la Catedrática de Arqueología de la Universidad de Valencia Carmen Aranegui.
     Para empezar, la publicación-guía comienza afirmando textualmente que “Los iberos no vinieron de ninguna parte, aunque en otras épocas muchos estudiosos se empeñaron en afirmar que llegaron de Ásia o de África. Eran una gran etnia dividida en pueblos que habitaban la cuenca occidental del Mediterráneo”. Este es el primer golpe dado a los que pretenden encuadrarlos dentro de los pueblos semitas o camitas.    
     Otro de los rasgos de los pueblos indoeuropeos siempre fue el de su organización social de naturaleza vertical, fuertemente jerarquizada y estructurada en castas o estamentos sociales con unas funciones muy definidas y en cuya pirámide se hallaba la realeza detentadora de las potestades guerrera y espiritual. En el caso del mundo íbero no podía ser de otra manera y así los reyes detentaban el poder político y religioso como miembros que eran de la casta dirigente: la aristocracia o nobleza guerrera e impregnada de un sentido superior de la existencia. Casta que era la única que se dedicaba al ejercicio de las armas. Así, siguiendo la citada publicación, podemos leer que “En Iberia no existía un ejército profesional. Sólo los aristócratas tenían derecho a ser guerreros” o “Sólo los aristócratas tenían derecho a defender su ciudad, por eso están representados siempre –en esculturas e inscripciones- con sus armas”. Asimismo podemos seguir leyendo que “Era una sociedad jerarquizada. Los jefes  representaban a todo el grupo, organizado en familias nucleares”. Familias nucleares que nos recuerdan inmediatamente a otras equivalentes en otros pueblos boreales –o hiperbóreos, utilizando siempre terminología evoliana-  tales como los clanes celtas o las gens romanas.    
     De lo escrito en este parágrafo se desprende ineludiblemente una concepción guerrera de la vida muy propia también a los pueblos indoeuropeos, que no sólo concebían la guerra en su sentido externo y más obvio sino que incluso le daban una importancia mayor a su vertiente interna: en el fragor de la acción bélica el hombre vence sus debilidades, sus miedos, forja su voluntad, robustece su carácter, elimina las pequeñeces y miserias que nublan su alma y entra, en medio del frenesí del combate, en estados alterados de conciencia que le pueden permitir despertarse a una realidad superior de la vida más allá del mundo sensible.
     Y para corroborar el esencial sentido guerrero de la existencia del pueblo íbero seguimos leyendo que “El hombre, sin embargo, es la antítesis de la representación femenina. Sus atavíos más valiosos son las armas y a menudo se le representa desnudo con ellas” o que “Fueron famosos jinetes y participaron en batallas fuera de la propia Península. La máxima prerrogativa para un guerrero ibero era presentarse como jinete. El caballo, atributo guerrero y social, era para ellos un elemento de prestigio del más alto nivel” o también que “ Los animales eran símbolos sagrados, el ciervo se vincula a la divinidad femenina y el caballo –instrumento de guerra- a la masculina” o esta otra que dice que “los exvotos -u ofrendas a la divinidad- de bronce –ofrecidos por nobles- hacen alusión a las armas como signo de prestigio; en ellos los caballos están en muchos casos artísticamente enjaezados, lo que muestra una vez más la importancia de este animal –como la herramienta guerrera que representa- en la cultura ibera”. Como la función guerrera la ejercía el varón eran las tumbas de éste las más llamativas debido a la trascendencia que entre los pueblos íberos se le daba a esta función social y así seguimos con la lectura de la mencionada publicación y leemos que “…hay pocas tumbas ricas de mujeres, suelen ser sencillas y con muy pocas ofrendas”.    
     En una sociedad guerrera como ésta los valores directamente relacionados con la milicia formaban parte innata de la idiosincracia de sus gentes. Así nos encontramos en la revista-guía con afirmaciones como la que sigue a continuación:
     “La “fides” y la “devotio”  eran cualidades que se les reconocían a los iberos. La lealtad y el mantenimiento de la palabra, el compromiso hasta la muerte, les distinguían de otros pueblos”
     Y así no nos extrañamos de que se hayan encontrado esculturas como una monumental en la que aparece la figura del héroe idealizado en combate con otros guerreros o con animales fantásticos.    
     Y dentro de este contexto no podían faltar los ritos iniciáticos mediante los cuales el adolescente dejaba de ser un niño y pasaba a formar parte de lo que en algunas tradiciones se ha conocido como “sociedades de hombres”; esto es, que pasaba a ser un guerrero. Así se han hallado muchas estatuillas en santuarios íberos que representan este tipo de rito iniciático.
     Aparte, óbviamente, de la vestimenta y de las armas uno de los signos externos que identificaban al que ya formaba parte de las “sociedades de hombres” aludidas era la barba; tal como se puede comprobar en el anverso de algunas monedas romanas del S. I a. C., como es el caso de unos denarios sertorianos de plata encontrados en Huesca. 
     Y si hablamos de ritos sagrados no podemos pasar por alto los funerarios, puesto que si siempre existió una costumbre definitoria de la mentalidad de los pueblos hiperbóreos ésta fue la de incinerar los cadáveres y los iberos, como miembros de este gran tronco racial, no fueron 
-tal como se indica en la revista- una excepción: “Los cadáveres de los aristócratas íberos ardían en una pira funeraria durante más de un día. Los guerreros se incineraban con sus armas, que eran dobladas y arrojadas al fuego junto con otras pertenencias significativas. Finalizada la cremación, metían los restos en una urna que era enterrada junto al ajuar funerario”. “Al pueblo también se le incineraba. Hay necrópolis con tumbas modestas, con pocas ofrendas y sin monumentos funerarios importantes”.
     Pueblos como los semitas, con su concepción pelásgica, matriarcal, telúrica y horizontal de la existencia, optan por el enterramiento de los cadáveres y su devolución a las entrañas de la Madre Tierra . Frente a ellos los pueblos boreales , con su percepción uránico-solar y vertical de la vida, eligieron la cremación del cuerpo para facilitar de esta manera la salida del espíritu o alma (siempre ha habido mucha disparidad a la hora de definir uno y otro ente) y su elevación hasta fundirse con el Sol –astro símbolo de la más alta Esencia divina- o hasta llegar a las otras dimensiones atemporales y  no espaciales –a menudo identificadas con el Cielo, con lo alto- que esperan tras el fin de la vida física.Y continuamos citando textualmente que “Es frecuente que para acompañar el monumento funerario aparezcan alas de pájaro. Eso hace pensar que los iberos situaban el más allá en la esfera de lo celeste”.    
     Parece ser que en algunos casos, los menos, también se llegó, entre los iberos, a practicar otro rito funerario asociado igualmente a pueblos indoeuropeos como, por ejemplo, los persas, que habían abrazado la religión de Zaratrusta –el mazdeísmo o zoroastrismo-, consistente en conseguir la desaparición del soporte físico de la persona exponiéndolo en lugares elevados
-montículos o atalayas construidas a tal efecto- a la rapiña de los buitres. Rapaces que en su posterior vuelo ascendente se pensaba que portaban el alma del fallecido hacia el Sol. (Todavía en nuestros días los descendientes de los mazdeístas que huyeron a la Índia –los parsis- practican, en este país, dicho ritual funerario.)
     Volviendo, con tal de definir posiciones, a los contrastes, hemos de recordar que mientras que para los pueblos semitas el fin de la vida física ha constituido siempre una tragedia, puesto que nunca han tenido muy claro el concepto de alma y hasta su misma existencia y, por tanto, con la muerte se acaba del todo, según ellos, el periplo existencial de la persona, cuyos residuos habrían de esperar –tal y como cree el judaísmo- a la anunciada futura resurrección de la carne para poder volver a existir, para los pueblos boreales, en cambio, la muerte física suponía el paso previo para el inicio de otra existencia más perfecta, o perfecta, e imperecedera, eterna. Por esta razón lo que para etnias semitas constituía tristeza, luto y dolor, para los pueblos indoeuropeos suponía muy a menudo alegría, fiesta, jolgorio y felicidad. Y, de acuerdo con lo expuesto, en la revista leemos que “una de las formas que tenían los íberos de despedir al difunto era con una gran comilona de la que el muerto también participaba simbólicamente”
     Esta ausencia de miedo hacia la muerte, junto a las cualidades propias del guerrero –valor, fidelidad, lealtad, honor; así como la superación de la aprensión al sufrimiento físico- explican la cita hecha párrafos más arriba que hacía referencia “al compromiso hasta la muerte” del “milites” íbero. 
     Tocando de nuevo el tema de la concepción vertical y uránico-solar del existir común a los pueblos boreales, no hemos de dejar de señalar que, entre éstos, el accidente geográfico elevado o la construcción vertical siempre han evocado al “Axis Mundi” o eje simbólico que une Tierra y Cielo, vida sensible o física con vida suprasensible o metafísica. Y, referido a nuestro pueblo objeto del presente estudio, podemos seguir leyendo que “Los monumentos o esculturas que se edifican sobre o junto a la tumba son torres, pilares estela, túmulos escalonados,…”   
     Al tener la misma extracción racial y, en consecuencia, compartir visiones del mundo el romano invasor de la Península Ibérica no tuvo ningún inconveniente a la hora de mezclarse sanguíneamente con el ibero invadido y de asimilarlo al orbe romano. Los territorios peninsulares fueron incorporados al mundo romano e Hispania se convirtió, en pie de igualdad, en una Provincia más del Imperio romano. Aquí no hubo problemas de asimilación, al contrario de lo que ocurrió con la Palestina judía, que al pertenecer, en buena parte, a un tronco racial diferente y al poseer una cosmovisión diametralmente opuesta a la de la romanidad, nunca se integró en sus estructuras políticas, sociales ni religiosas y recibió, en consecuencia, el status de Protectorado del Imperio.
     Para lo reforzar y argumentar lo que se acaba de exponer continuaremos con las referencias a la revista-guia:
     “A su llegada a la Península, a finales del siglo III a. C., Roma encontró una cultura fácilmente adaptable al modelo romano”. “El movimiento de tropas romanas, unos 6.000 hombres por legión, que se instalaron en Hispania para conquistarla, dejó tras de sí un montón de hijos que con el tiempo reclamaron sus derechos. Para ellos se fundó la ciudad de Carteya (San Roque, Cádiz), para los hijos de hispanas y soldados romanos. La realidad es que de ese cruce nació Hispania”. “Se llegó a la plena romanización de los pueblos ibéricos”. “Roma no encontró gran oposición en el ámbito de la cultura ibérica, donde se fue introduciendo y adaptando a través de las clases sociales dominantes que pactaron con ella y comenzaron a vivir a la romana sin que se decretasen esos cambios”.    
     Pero, sin duda, lo que más nos llamó la atención cuando visitamos la exposición en cuestión fue el contemplar la “Estela de Sinarcas”, que data del siglo I a. C. Y que se encontró en este municipio valenciano. En ella se hallan grabados caracteres íberos que si no nos hubiesen sido previamente presentados como tales no hubiéramos dudado un ápice en identificarlos rápidamente con las runas nórdicas. Entre dichos caracteres se encontraban unos no parecidos ni aproximados en su trazado sino idénticos a la runa Odal u Odila, a la del Sol o Sowilo, a la Ingwaz o Inguz de la fertilidad, a la Ehwaz asociada al corcel Sleipnir de Odín, a la Eewaz que recuerda, entre otras cosas, los ciclos de vida y muerte, a la Tyr o Tiwaz, a la Kenaz que significa fuego y representa la Iluminación y, también, la fidelidad, a la Gebo que significa dar, a la Hagalaz que quiere decir granizo y a la Isa cuyo significado etimológico es hielo… 
     …¿Hay alguien que se siga atreviendo a poner en duda la adscripción indoeuropea de los íberos? Creemos haber dejado del todo desmontada una de las grandes falsedades que han venido postulando algunos  pseudohistoriadores y falsos antropólogos adláteres del Sistema establecido. Ya se dejó bien patente en otro artículo (“¿Mitad moros, mitad judíos?”) que las mayores aportaciones de sangre que hemos recibido los españoles nos vienen esencialmente de íberos, celtas, romanos y visigodos y si nadie ha discutido nunca el origen indoeuropeo de los tres últimos, nadie honesto habrá de discutir jamás la también paternidad hiperbórea de los iberos.


Eduard Alcantara 


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